“El metal en el Caribe ha empezado a interactuar críticamente con el contexto de las islas”. Esta es una de las conclusiones del documental The Metal Islands, una vez que entra a las escenas socioculturales de esta música en Cuba, República Dominicana y Puerto Rico. Si por un lado el material forma parte de los escasos acercamientos a la cultura metalera en la región; por otro, refleja la intención antropológica que gana presencia en citas cinematográficas como el festival latinoamericano de La Habana donde, en esta edición, tuvo peso el interés por indagar en la música como eje de la identidad y la vida en nuestros territorios.
 

 Fotograma de The Metal Islands. Momento de diálogo entre las bandas Tendencia, de Cuba, Abbadon,
de República Dominicana y Dantesco, de Puerto Rico

 

Puede decirse que el cine latinoamericano ha tenido por sí esa actitud de seguir los cambios en los comportamientos sociales y sus espacios. La manera en que aborda diferentes conflictos culturales, que ha representado historias simplificadas u olvidadas en la cotidianidad y en los medios, que ha redescubierto el misticismo que envuelve cada día a esta zona del mundo y su relación con aspectos políticos, económicos, sociales, religiosos y otros, da cuenta del amplio arco cultural que nos pertenece.

La reinterpretación que proponen estos registros va más allá del reflejo de relatos marginados para incidir también en cambios sociales. Aunque, no se apuntaría inmediatamente a lo político, más bien se trata de contribuir con humanismo a la comprensión de lo que somos y sus causas. Y de ahí, con las luces sobre la necesidad de transformación de perspectivas individuales, transitar al campo de las políticas.

Los aplausos arrancados al público durante las ediciones del festival muchas veces tienen que ver con esta propuesta de la antropología, expresada metafóricamente, es decir, mediante el uso de símbolos —en ocasiones inquietantes, extremos, que desconciertan hasta que logran descifrarse—; la recreación de personajes reales e, incluso, el trabajo con actores no profesionales que viven en las profundidades espirituales y cotidianas a las que un filme quiere llegar; o la etnografía, o sea, la entrada a un espacio comunitario para dialogar con quienes lo conforman.

Lejos de la posición de aquellos antropólogos que buscaban al “otro”, las miradas, las voces, los enfoques surgen desde adentro de los espacios que se desandan, mostrando las conexiones entre los diferentes ámbitos que atraviesan nuestra sociedad. La sensibilidad —en mi opinión, más accesible en un audiovisual que en otro tipo de textos— que queda palpitando al detallar la vida en una atmósfera de violencia, migraciones, soledad, incomprensión, de amistad en las intersecciones más insospechadas, de dictaduras de hombres, del cuerpo, mientras cambia la fisonomía de un lugar, es lo que permite “la convivencia” como fin último del cine en América Latina y su evocación a extenderla más allá del arte.

Como The Metal Islands, los documentales Samba en la cajita (Renata Baldi, Brasil); Violeta más viva que nunca (Ángel Parra y Daniel Sandoval, Chile); Sara y Diana. La Victoria (Claudia Rojas, Cuba); Las reinas de la melodía (Armando Linares, Cuba); Residente (Residente, Puerto Rico); Indestructible. El alma de la salsa (Diego El Cigala, España) y otros hasta Pienso en Alemania en la noche (Romuald Karmakar, Alemania), donde interviene el Dj chileno-alemán Ricardo Villalobos, tienen en común la temática de la música.

Ante esta fuerte presencia en las jornadas del festival, la antropología cultural, a tono con preguntas actuales de la disciplina, pudiera defender la tesis de que todo ello tiene que ver con que la música prefigura una sociedad más libre, al generar espacios y memoria donde es posible la expresión abierta, por ejemplo, para el arte, para el amor entre dos mujeres, para la identidad, para posicionamientos frente a contextos en crisis. En ese sentido, ayuda a legitimar lo que sucede a nivel social, y que instituciones llamadas a hacerlo no han hecho o no han logrado del todo.

Desde esa perspectiva, el caso de The Metal Islands es muy interesante. Siendo un documental salido de la academia y con una explícita dirección etnográfica podría no jugar demasiado con rompimientos y estructuras dramatúrgicas novedosas, pero su mayor valor, a mi modo de ver, al aterrizar en el festival de La Habana, es llegar a una zona pública para discutir, desde las voces de quienes defienden esta música derivada del rock, sobre su construcción identitaria y la recontextualización de los códigos metaleros en los escenarios culturales, históricos y políticos de los tres países caribeños en los que se adentra. El profesor Nelson Varas-Díaz, al frente de esta producción, sigue los trabajos audiovisuales sobre heavy metal del antropólogo canadiense Sam Dunn, quien primero hizo el giro del ámbito universitario a la sociedad.

A partir de las problemáticas vividas por el metal en Cuba desde los 80, al constituir una escena en medio de un proceso que entendió esa música como extranjerizante y negativa para la proyección del hombre nuevo y el cambio social; las contradicciones de los cultores de estas sonoridades en República Dominicana, tildados de delincuentes y reprendidos al iniciar sus encuentros durante un poder de tintes dictatoriales (gobierno de Joaquín Balaguer); y la marginación que afrontaron los metaleros en Puerto Rico bajo el colonialismo, muestra los difíciles y distintos orígenes de estos sonidos en el Caribe. En ese sentido, el material también da cuenta de que los modos de evolución del metal en la región han estado estrechamente relacionados al contexto y a las transformaciones que se han ido produciendo en el mismo.

Así, intenta demostrar igualmente que la supuesta mímesis que algunos hallan en esta música dentro del área se desvanece al entenderse que se trata de una cultura global, con códigos establecidos, que han venido usándose como expresión de una identidad, de regeneración  y fuerza cultural que, a la vez, ha integrado símbolos locales en función de recrear la actitud emancipatoria del metal y, fundamentalmente, el más extremo. Para ilustrarlo aparecen varios ejemplos como el uso de relatos populares, figuraciones que dialogan con los recursos chocantes del heavy metal y manifestaciones artísticas que respondieron a una etapa de crisis social, como el Psicoanálisis del vejigante, surgida en Puerto Rico en medio de la represión.
 

Psicoanálisis del vejigante, pintura de Rafael Tufiño
 

El documental pone énfasis en la autonomía de estas escenas musicales, pero también en los cambios que han conseguido en torno a las políticas culturales, como ha sido el caso de la Agencia Cubana de Rock en Cuba. Pero también deja claro que muchas problemáticas han permanecido en el tiempo y que nuevos desafíos se han incorporado para los seguidores del metal.

De ahí que uno de los momentos más importantes del material sea la construcción que imagina de una escena caribeña que, sobre todo, apunte a incentivar la colaboración entre músicos en esta zona. Aunque ya se sabe que como cultura global o translocal, las miradas de los metaleros y metaleras siempre serán hacia sitios disímiles a nivel mundial.

Por otro lado, el título es también elocuente. Reafirma la idea de la diversidad cultural y la presencia del metal, con escenas vigorosas aunque subterráneas en Cuba, República Dominicana y Puerto Rico, más conocidos en los estudios de música popular y también a escala social, por el son, el merengue y la salsa, respectivamente.

Aunque de algún modo The Metal Islands pasó inadvertido para muchos durante estas jornadas de cine, su propuesta ayuda a entender el metal como cultura en el Caribe y el ascenso de la producción relacionada con la música en la cita. Sobre todo, invita a conocer las profundidades que se mueven con las ondas de la música.