Acabo de saber por las redes sociales que ha fallecido en La Habana, a los 85 años, el gran Daniel Chavarría. Gran amigo, gran escritor, buen vecino, mejor contertulio, inolvidable compañero de aventuras literarias. El Chava fue, desde que yo tenía 25 años, mi primer gran interlocutor literario en La Habana. El primero y el único. Porque fue, ha sido durante más de un cuarto de siglo de amistad, el único intelectual de la isla que me tomó en serio como narrador y como poeta, obviando, sin dejar de admirarlo, al repentista que era y sigo siendo. Recuerdo que nos conocimos en casa de una amiga común, Bárbara Alina. Recuerdo que él se había leído mi poemario Cuarto de mala música antes de conocerme en persona, y que llegué a su encuentro como el poeta autor de un libro que “tengo de cabecera”, dijo, el primero de los grandes elogios que me regaló esa noche. Recuerdo que hablamos de poesía y reímos y bebimos hasta la madrugada.

Daniel Chavarría
Foto: diazpimienta.com
 

Y solo entonces, ya con “el pico caliente”, saqué al repentista que hay en mí y me puse a improvisarle en décimas. No se pueden imaginar el entusiasmo, casi infantil, de Daniel Chavarría cuando me oyó improvisar décimas. Sacó las risas y los aplausos y la admiración del uruguayo que era, y durante casi una hora el profesor de griego y de latín, y el narrador de novelas policiacas y el guionista de cine, abrieron paso al uruguayo que era Chava para que llegaran a nuestra tertulia Martín Fierro y el Indio Taboada y la pampa y los payadores del río de La Plata. Evocar aquel primer encuentro, describirlo en toda su emoción y belleza, es imposible. Solo sé que allí nació una amistad en el plano intelectual y personal que ha durado hasta ahora. Una complicidad que nos ha llevado al intercambio de manuscritos para mutuas lecturas. Tuve el privilegio de leer algunas de sus novelas más reconocidas antes de ser premiadas. Me las mandaba por correo electrónico. También yo le mandé por correo electrónico una de mis primeras novelas policíacas (aún inédita). Y fue el primero en leerse el manuscrito de la que, para él, es mi novela más compleja y más lograda (aún inédita). Y cuento todo esto no para lucimiento personal, sino para corroborar esa confianza mutua como narradores, esa fe y admiración literarias que nos unió desde el principio, algo que no me ha pasado ni con los escritores de mi generación, para los que el sambenito repentista siempre ha pesado mucho. (En realidad, yo siempre he estado más ligado a los intelectuales “viejos” que a mis contemporáneos y en esto, estoy casi seguro, tiene mucho que ver el repentismo).

Chava y yo fuimos, en toda la extensión de la palabra, amigos. Yo vivía en San Miguel del Padrón y viajaba muchas veces hasta El Vedado solo para charlar con Chavarría. Para hablar de literatura, de antropología cultural, de oralidad y de escritura. Sabía que tenía que llegar a su casa pasadas las cinco de la tarde, porque el señor Daniel, disciplinado como pocos, se levantaba a las cinco de la mañana, trabajaba hasta el mediodía, almorzaba y se echaba la siesta. Llegar antes era chocar de frente contra una pared llamada Hilda. De Carpentier aprendí las ventajas de madrugar para escribir antes de que la vida cotidiana nos engulla. De Chavarría aprendí (aunque no lo cumpla a veces) lo importante de hacerlo cada día, la disciplina del escritor-obrero, la responsabilidad con los lectores. Otras cosas aprendí del Chava: la importancia de la no pedantería. Pocas veces he conocido a una sabio real con un perfil tan natural, tan “de vecino”. Chavarría, polizón cuando joven, aventurero contumaz, narrador oral envidiable, era también un uruguayo tan cubanizado que daba gusto conversar con él y verlo disfrutar de los aseres cotidianos, del vendedor estraperlista, de la vecina vocinglera, del borrachín de turno, todos futuros habitantes de sus libros que no sabían, por supuesto, que el delincuente literario del pelo blanco-blanco les estaba robando rasgos, frases, gestos y vivencias para su galería de personajes. Esto también lo aprendí con el Chava. O más bien lo perfeccioné: ahora soy un delincuente menos previsible.

Chavarría también tenía el don de la inteligencia y la sabiduría sin poses. Ahora que abunda tanto la pose intelectual, la voz y el tono y el gesto y la mirada de intelectual perdonavidas, era de agradecer un tipo como el Chava, que hablaba de la Grecia antigua con el mismo tono con el que hablaba de los carnavales de Guanabacoa, que citaba a Albert Bates Lord y a Milman Parry para analizar un hallazgo repentista, como si Lord y Parry hubieran visto Palmas y Cañas el último domingo; que dejaba a sus alumnos de la Universidad de La Habana con ganas de que llegara la siguiente clase, como cuando se acaba el capítulo semanal de una telenovela y hay que contar los días hasta el próximo. Daba gusto escucharlo. Verlo actuar en público. Era uno de los pocos escritores con éxito de ventas en la isla y lo sabía y lo disfrutaba, con una risa escandalosamente franca y un deleite genuino. Le encantaba su propio personaje. Lo cuidaba con mimo. El tipo alto de pelo blanco y barba blanca, fornido, era un viejo lindo que debió ser cuando joven un galán de cine. Casi no, seguro. Galán y truhán y trashumante y bandolero culto enredado entre faltas y aviones, botellas de whisky y armas. Daba gusto escucharlo, repito. Engatusaba a los oyentes. Contaba en alta voz usando las mismas técnicas de cómo contaba por escrito. ¿O era a la inversa? Su dominio y conocimiento de la oralidad lo convirtió un prestidigitador de la escritura. Lo vi y lo acompañé en muchas aventuras literarias. Fui el presentador de algunos de sus libros en la Feria (no recuerdo ningún otro escritor cubano, narrador o poeta, que me haya invitado a presentarle un libro). Él fue, asimismo, el presentador de mi Quijote en verso en el Parque del Quijote de La Habana, no recuerdo si en 2005 o 2006, un acto fractal en todos los sentidos: un Quijote en verso escrito por un habanero que se presenta en el Parque del Quijote de La Habana con un presentador que parecía —y era— un auténtico Quijote (aunque con sobrepeso), secundado por un escudero como yo, Sancho feliz y a gusto.

Recuerdo también nuestras aventuras italianas. Sobre todo, una. Feria del libro de Turín (2001) y la entrega de los prestigiosos premios internacionales Grinzane Cavour. Se cumplían 20 años de los premios y yo fui invitado como repentista, para entregarlos en verso. Ese año recogía el galardón el chileno Antonio Skármeta, además de la Premio Nobel Toni Morrinson, el libanés Amin Maalouf, el norteamericano Chaim Potok, la británica Boris Lessing y el catalán Vázquez Montalbán. Pero claro, yo no hablo italiano, así que propuse (y a gusto aceptaron) que Chavarría fuera mi traductor e intérprete, mi partenaire escénico. Y fue un lujo, una experiencia única. Llegamos a Turín un día antes y disfrutamos (yo más que él) de grandes veladas y ágapes exquisitos (la cena en el café Lavazza, por ejemplo: inolvidable). También estaba el gran Paco Ignacio Taibo II, inteligente, culto, divertido, un tipo que no bebía alcohol, pero parecía siempre que iba una copa por delante de nosotros. Fueron muchas las horas de compadreo y de complicidades. Y llegó el día. Mejor dicho, la noche. En la prensa italiana salían artículos que destacaban la entrega del premio y mi presencia junto al gran Chavarría (muy conocido allí por sus novelas editadas por Marco Tropea). Del teatro de Turín no recuerdo el nombre, pero era de esos teatros que uno solo ha visto en películas y yo me sentía más guajiro que nunca, más colado que nunca en fiesta ajena. El Chava no. El Chava estaba como en casa propia. Hablaba italiano y español e inglés de manera impecable, y no hablaba en latín porque los curas no suelen asistir a este tipo de actos. Las puertas del teatro estaban custodiadas por guardias que parecían salidos de un libro de Salgari. Y todos los asistentes, por supuesto, elegantísimos: trajes, corbatas, vestidos de lujo. Chava y yo, en cambio, ejercíamos de cubanos felices con una humilde vestimenta. Y una vez que ya estábamos sobre el escenario, al Chava no se le ocurrió otra cosa que decir, públicamente, que yo, el repentista, si no me daba un trago de grappa no improvisaba, que sin grappa no me salían los versos. Un buen chiste, pensé yo. Y parecía un buen chiste, pero no. El Chava hablaba en serio. Repitió: si no nos traen (ahora en plural) dos buenas grappa, el poeta no puede. Y un minuto, dos, tres… silencio y risas. Y así fue como en el acto más solemne de los actos solemnes imaginables, el Mago Chavarría coló una botella de la mejor grappa para aderezar mis improvisaciones, tomando como pie forzado (me dijo luego) algo que yo decía en mi libro Teoría de la improvisación poética: que el repentismo es, sobre todo, un rito báquico. Nos reímos muchísimo después, en la cena tras la entrega de premios, comentándolo. Y esa noche terminamos en la casa de la dueña del Imperio Martini, rodeados de grandes escritores que, corbata fuera ya, se sumaban a la fiesta de Baco con grappa, ron, vino, y sobre todo, Martini.

Otro día, tal vez en 2003 o 2004, llegué yo a La Habana y supe por la prensa que Daniel Chavarría daba una conferencia en la sede de la revista Revolución y Cultura, organizada por nuestra admirada Luisa Campuzano. Hacía muchos meses que yo estaba en España y tenía ganas, muchas ganas, de charlar con el Chava. Así que fui directo a la sede de la revista, para verlo. Bueno, directo no, antes pasé por una tienda y compré una botella de buen ron. Sabía nuestros gustos. Por supuesto, el Chava cuando me vio llegar se alegró muchísimo. Reímos, conversamos, él impartió su conferencia (magistral y divertida, como siempre) y no recuerdo si me hizo improvisar, pero casi seguro. Aunque esto último no importa para lo que quiero contar. Aquel día, cuando acabó la charla, Chava me dijo que su amigo, el escritor y periodista argentino Miguel Bonasso estaba de visita en Cuba y que él tenía muchas ganas de que Bonasso me conociera, o de que yo lo conociera a él, no recuerdo. Como tenía un transporte asignado por la revista para volver a su casa, le pidió al chofer que lo llevara —que nos llevara— a la casa de visita donde estaba Bonasso en el barrio El Laguito, en Playa. Antes, por supuesto, nos tomamos dos o tres rones cada uno, intercambiamos libros, reímos y contamos anécdotas. El chofer luego nos llevó al Laguito. Y entonces ocurrió: cuando estábamos a punto de llegar a la casa donde se alojaba Bonasso vimos la inconfundible presencia de la Guardia Personal. Hombres grandes, fornidos, con guayaberas blancas y elegantes cortaban el paso a los vehículos y cuidaban la entrada de la casa. Chava se dio cuenta: Vaya, creo que será imposible; parece que está el Jefe con Bonasso. Por supuesto, el Jefe era Fidel. Y la presencia de aquellos hombres grandes y fornidos con guayaberas y gafas oscuras no dejaba dudas. El chofer del carro que nos llevaba, por supuesto, lo entendió muy rápido y ya estaba dispuesto a dar la vuelta. Pero a mí se me ocurrió decirle: déjame hablar con ellos, déjame intentarlo. Eran los años en los que yo estaba muy cerca del Comandante gracias al repentismo y mi participación en las tribunas por la vuelta de Elián. Los guardias personales del Comandante me conocían, todos. Saqué la cabeza y le dije a uno ellos que éramos Chavarría y yo, y que veníamos a ver a Bonasso, que sabíamos que estaba el Comandante allí, pero que se lo dijeran y si no podíamos entrar nos íbamos. Para nuestra sorpresa, el propio Fidel Castro salió a recibirnos y a invitarnos a entrar en la casa. Y así fue como tuve una de las vivencias más curiosas, simpáticas e históricas de mi pequeña vida: en la intimidad de aquella casa de visita el comandante Fidel Castro estuvo casi media hora poniéndome pies forzados para que yo le improvisara décimas a don Miguel Bonasso y a su esposa, que estaba muy enferma, allí presente. La cara de Bonasso y de su esposa era de agradecimiento feliz; pero la cara de Fidel era de felicidad y orgullo, mezclado con sorpresa, sin saber que el verdaderamente sorprendido era yo. Y Daniel Chavarría participaba del jolgorio poético como un niño travieso. Por supuesto, él también me ponía pies forzados y daba explicaciones técnicas sobre la décima, evocando con Bonasso a Martín Fierro y a los payadores, mientras Fidel sonreía e invitaba a sacar vino tinto, un buen vino que degustábamos entre décima y décima. Más de una hora estuvimos allí, entre décimas, risas, anécdotas, chistes y más décimas. Parecíamos un grupo de amigos participando de una bohemia poética clandestina. Ya no recuerdo quiénes fueron los primeros en irse, si el Comandante y sus hombres o nosotros. Solo recuerdo que en uno de esos momentos de jovialidad el Comandante le comentó a Bonasso, señalándonos al Chava y a mí: “Son muy buena gente, solo que un poco borrachusos”. Y nos reímos mucho, todos.

He querido evocar estas vivencias con el Chava, con el gran Chavarría, como homenaje póstumo al amigo grande que se ha ido, que nos ha dejado. Al amigo, al maestro, al escritor de estirpe clásica y alma contemporánea, al bohemio y al intelectual; es mi pequeño homenaje a ese joven alto de pelo y barba blancos, que aparentaba más edad de la que tenía. Un joven alto de risa transparente y picardía de aventurero que me abrió las puertas de la inteligencia y la sabiduría primero que otros. Gracias, Chava, por todo lo que aprendí, por cuanto te debo. Yo seguiré llegando a Cuba y pensando en ir a visitarte, llamando por teléfono para saber si estás o tocando a la puerta, sin avisarte. Seguramente la próxima vez, como tantas otras, saldrá tu inseparable y locuaz Hilda, abrirá la puerta con discreción y me dirá, casi con pena: “está durmiendo”.

 

Tomado de http://www.diazpimienta.com