Uno de los tópicos más controvertidos del 39 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano lo fue, sin lugar a dudas, la pobre participación cubana en competencia. Entre los títulos más esperados estuvo Sergio y Serguei, del reconocido realizador Ernesto Daranas. Títulos como Los dioses rotos y Conducta lo avalan como un realizador de una mirada diferente sobre realidades complejas de nuestra contemporaneidad.


Protagonistas de Sergio y Serguei. Foto: Internet

 

Largas fueron las colas de los espectadores ávidos por disfrutar de esta última entrega del realizador cubano. No obstante haber recibido el aplauso mayoritario del público asistente a la premier en el cine Yara el pasado diciembre, Sergio y Serguei es una cinta irregular, menor en la filmografía de este talentoso realizador cubano. La problemática de la caída del campo socialista (específicamente la URSS) y el período especial cubano a principios de los 90 devienen contextos para narrar la amistad de Sergio, un profesor de marxismo y radioaficionado, y Serguei Krikalev, el último cosmonauta soviético perdido en el espacio que no logra comprender del todo su no regreso a la tierra por falta de combustible y, sobre todo, esa realidad otra que constituye la caída de su antigua URSS.

Esta sátira narrada en tercera persona por la hija del radioaficionado cubano será el hilo conductor de una serie de acontecimientos signados por el azar y la amistad de estos dos hombres: el cubano inmerso en una cruda lucha por la supervivencia y el cosmonauta soviético varado en el espacio y perdido en otra realidad aparentemente distante de la del cubano; pero cercanas por el absurdo de ambos contextos y las situaciones extremas que ambos viven.

Sergio nos habla de una realidad insuficiente, con sabor amargo (período especial), que intenta desde los códigos de la comedia, del humor, empatizar con un espectador ávido de la risa fácil, que pareciera que olvida, o intenta olvidar con esa carcajada interminable, su propio dolor y la herida aún sangrante de una época difícil de nuestra memoria histórica y personal. Lo que parecía una historia profunda de reflexión, que revisitaba un contexto histórico poco o nada narrado en el cine cubano, se nos convierte en más de lo mismo cuando su realizador escoge el tono del choteo o el costumbrismo para contarnos de los avatares del cubano, su supervivencia a como dé lugar y su amistad con el cosmonauta ruso, sobre todo sus conversaciones y lo absurdo que los une, por más que parezcan lejanos en contextos geográficos.

En contraposición al profesor radioaficionado están los represores, los personajes-dogmas, que constituyen mera caricatura y al final reproducen el consabido esquema narrativo: buenos vs. malos, sin una profundización desde el interior de los personajes, lo cual hace pobre el diseño de los mismos y, por ende, una historia que prometía narrar desde el dolor, desde la angustia y el inolvidable aislamiento que produjo para Cuba la caída del campo socialista y específicamente la antigua Unión Soviética.

En mi opinión, Sergio y Serguei es una película menor en nuestra cinematografía, que apenas roza el conflicto mayor: el período especial cubano y sus protagonistas. Pareciera que el filme está contado para esa empatía fácil con el espectador, que dialoga con el mismo desde códigos más que trillados por el cine cubano, haciendo que el verdadero conflicto de la historia se diluya.

La amistad del radioaficionado cubano con el norteamericano poco o nada aporta a la trama del filme, solo la dosis de risa fácil más ingrediente comercial y de distribución del mismo hacia el mercado extranjero, que potencia la inclusión en el reparto del reconocido Ron Perlman. Solo las escenas donde el chiste y la empatía con el público eludiendo el dolor o la distracción de una trama que tenía material más que suficiente para contar una historia en la cual esa huella o herida aún sangran y el olvido es una quimera, se convierten en leitmotiv del filme. Pasados los 30 minutos de metraje, ya sabemos todo de esta película aparentemente profunda de un período catártico de la historia nacional.

Recientemente pude leer un trabajo de Jorge Luis Lanza titulado “Un pasado que todavía es presente”. Para mi colega, la cinta constituye una de las pocas que ha reflejado de manera acertada la angustia existencial y la incertidumbre social experimentada por el cubano en esos sombríos años 90.

Después de leer el citado trabajo, me pregunté: ¿qué película había visto mi colega en el 39 Festival de La Habana? No sería la misma que me hizo sentir angustia, sí, pero angustia por ver tantas cintas que se parecen entre sí y que discursan sobre temas álgidos como el narrado; donde el verdadero conflicto se convierte en pretexto para hacernos pasar un rato de diversión y apenas de reflexión, y se sustituye por la comunicabilidad a toda costa con el espectador, haciendo que este aplauda el cine nacional más que por su hondura conceptual por la empatía fácil. El análisis verdadero de una historia como esta apenas se nos anuncia, pero no se desarrolla, y menos aún se explícita desde un serio análisis como lo requería la película.

Un logro del filme, según mi colega, es precisamente apelar a ese discurso que elude el hermetismo de una cinta como Madagascar, de Fernando Pérez. ¿Es que acaso el uso de códigos simbólicos y metafóricos en una historia como Madagascar hacen de ella una cinta menor, ininteligible para el espectador medio? ¿Es un logro la risa fácil por encima de la reflexión compleja que la elude, para diseccionar un contexto histórico sin precedentes como el llamado periodo especial?

actor cubano Héctor Noas
Héctor Noas recibe el Premio Vitral, que otorga la Ssociación Cubana del Audiovisual. Foto: ACN

 

El tono escogido por Ernesto Daranas es, sin lugar a dudas, el más ligero, el más llano, que no logra el filo jugoso de la parodia, sino más bien el que roza lo mismo que quisiera eludir: el choteo, sobre todo en los personajes llamados antagónicos, los que representan los mecanismos de control.

¿Donde está la metáfora en Sergio y Serguei? ¿Dónde el discurso inteligente y el subtexto profundo de la parodia? ¿Estarían para mi colega y para el propio realizador en las peripecias narradas por Sergio para eludir a los malos de la película? ¿En el posible involucramiento del FBI en la misma? ¿O en el absurdo por el absurdo de las situaciones, muchas de ellas traídas por los pelos como las que se narran en la historia?

Otro de los aciertos, según Lanza, es haber obtenido el premio de la popularidad en el 39 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano; yo le preguntaría: ¿cuántos pases tuvo la película en detrimento de cintas de innegables valores estéticos, como sin dudas lo fueron Zama, Los Perros, Alanis, entre otras? Es inevitable que una película exhibida hasta el cansancio obtuviera dicho premio. ¿No le pudiera parecer a mi colega que nos estábamos premiando a nosotros mismos? ¿Dónde radica la profundidad de Sergio y Serguei? ¿En el divertimento en sí? ¿Dónde la reflexión y disección de ese período álgido de nuestra historia nacional? ¿Qué constituye una metáfora para el crítico? ¿La sobresaturación de chistes y más chistes entre los protagonistas de la historia sin que esto implique otra cosa que la risa y la carcajada fácil?

Jamás podría ser Sergio y Serguei un homenaje sensible a ese cubano que supo a duras penas sobreponerse a ese período gris de nuestra contemporaneidad, y a las terribles adversidades como las sufridas en el llamado período especial.

Tampoco creo que la utilización de material de archivo en el filme dote al mismo de algo novedoso en nuestra cinematografía.

Faltó en Sergio y Serguei precisamente una sólida historia y sobre todo el diseño de personajes. Falló una tesis o súper objetivo si lo tuviera; más bien carece del mismo. Estamos abocados desde el mismo comienzo de la trama a reír y reír en una historia que pedía más que esa comunicación fácil con el público.

Una vez más, el cine cubano está en deuda con su público y con los amantes de nuestro cine. Es bien difícil poder desarrollar una sólida cinematografía si apenas contamos con financiamiento y productoras independientes que puedan ofrecer a los realizadores más jóvenes oportunidades para contar sus disímiles historias. La ausencia de la llamada Ley de Cine y el privilegio de la industria a unos pocos hacen que cintas que nada o poco aportan al discurso del cine actual sean las que logren ser filmadas, en detrimento de otras que podrían narrarse desde ópticas diversas para enriquecer una cinematografía que cada vez más se aleja del buen cine latinoamericano y de la propia tradición del buen cine cubano que ya no vemos en pantalla. Así que este pasado que retorna de manera infeliz a nuestra filmografía ha sido un ejemplo más de que debemos repensar las estructuras de financiamiento desde y fuera de la industria, para que podamos recobrar, entre todos, nuestro pasado fílmico y nuestra tradición en la cinematografía latinoamericana contemporánea.