El 17 de abril de 1958 fallecía una cantante, pero se asentaba de modo definitivo el mito que esa mujer había ido moldeando a lo largo de toda su existencia. Han pasado ya 60 años desde aquel momento en el que toda Cuba pareció quedar paralizada para rendir un último tributo a Rita Montaner. Y el mito, aún más que el recuerdo de su legado musical, sigue vibrante. Como cualquier otro nombre verdaderamente trascendental de nuestra cultura, Rita Montaner pervive en la memoria de muchos como una presencia controvertida, no exenta de contradicciones, que se mezclan con las imprescindibles leyendas urbanas y la presentan acá y allá con tintes muy diversos. Mucho se ha escrito sobre ella, y aún falta por recoger un conjunto de anécdotas que la dejan ver cómo esa mulata desafiante, celosa de su reinado, y dueña de una risa que Fina García - Marruz ha retratado como nadie en su célebre página. Bastaba, dicen, anunciar su nombre para que se acumularan las reacciones más diversas. Hoy, que se le escucha poco, recordarla es querer penetrar en su imagen de modo más agudo, para tenerla entre nosotros más allá de las frases de rigor que nos apabullan en todo homenaje. Ella, como suelen hacer los grandes, nos exige siempre un poco más.

Rita Montaner
Fina García-Marruz: "Yo no incluiría a Rita Montaner entre las voces cubanas,
sino entre las risas cubanas". Foto: Internet
 

De su biografía, vale recordar lo esencial. Nació en Guanabacoa en 1900 y despuntó, al igual que sus vecinos Ignacio Villa y Ernesto Lecuona, por sus condiciones naturales para la música, siendo ensalzada como pianista excepcional. Pero ella anhelaba otros aplausos, y lo suyo no era estar sentada ante el teclado desgranando páginas de Chopin. Tenía esa voz de soprano, esa flecha rápida que siempre quiso salir de su garganta hasta que el cáncer se lo permitió. Y la emprendió contra prejuicios de toda clase para convertirse no solo en una cantante de buena técnica, sino en una encarnación de lo que varios compositores iban procurando en aquellos días de fines de la década del 20. Se empeñó y lo consiguió. No había nada que Rita Aurelia Montaner Facenda se propusiera que no acabara obteniendo a su manera. Grabó para la Columbia, cantó en la transmisión inaugural de la radio en Cuba, estrenó el Mamá Inés en la revista Niña Rita, se fue a París, triunfó sustituyendo a la célebre Raquel Meller en esa capital…,  se convirtió en una embajadora de lo cubano. Y de ello da fe hasta Alejo Carpentier en varias de sus crónicas.

Los registros sonoros y su aparición en filmes —generalmente coproducciones cubano-mexicanas—, ayudan a entenderla mejor, incluso cuando ya esos patrones nos resulten tan ajenos. La Montaner echó mano a su gracia, a su sandunga criolla, para deslumbrar a los auditorios que solo concebían a la vedette envuelta en plumas o como bailarina exótica —imitó a Josephine Baker desde los años 20, ella, a quien le gustaba muy poco ser imitada—. Las películas, salvo excepciones muy contadas, no le hacen justicia: habrá que esperar a La Única, dirigida por Ramón Peón en 1952, para verla ser ella misma: ese personaje que bordó y del que hizo uso y abuso. En 1938, durante el rodaje de Romance del Palmar le hizo la vida imposible a María de los Ángeles Santana, a quien envidiaba la juventud y la esbeltez. Cuentan que cuando la joven actriz salió de una prueba de vestuario con el traje que le habían hecho para su número musical en el filme, Rita le propinó una de esas frases lapidarias: “parece una copa de champán virada al revés”, afirman que dijo. Aunque hay otros que aseguran haberla oído decir algo mucho más grosero y descacharrante. No es la única anécdota que ella protagonizó que se recuerda con variantes de tono subido. Me ahorro aquí aquella respuesta que regaló a una dama que, mientras cenaban, insistía en saber cómo Rita se mantenía tan fresca a pesar de su edad.

Cuando muere, en 1958, la televisión cubana le rinde un homenaje sin precedentes. El pueblo la acompañó más allá de sus desplantes, de sus caprichos y celos. Ella era, como me dijo Ramón Fajardo Estrada, la artista más auténticamente cubana que hemos tenido. Luchó siempre contra los prejuicios raciales, denunció con su “lengua lisa” a los corruptos del gobierno, adaptó su voz a las estampas costumbristas cuando ya el repertorio lírico se le hizo demasiado arduo; y aún así logró poner a La Habana a sus pies nuevamente en 1955 cuando centralizó como Madame Flora la ópera La Médium, de Gian Carlo Menotti, en la sala Hubert de Blanck. Sus devotos cuentan que esa interpretación, cúspide de toda su trayectoria, le arrebató la voz para siempre. Y no falta quien asegura que en las madrugadas aún puede oírsele cantar entre los muros de ese teatro. Los santos le habían dado la espalda, por un desplante que aseguran ella les hizo, y también perdura como un ejemplo de desobediencia, para recordarnos que ni la fama ni el triunfo deben envanecernos. Sesenta años después de todo eso, ella sigue siendo la Única, aunque la EGREM haya editado una colección de notables cantantes cubanas que, a pesar de titularse precisamente Únicas, no incluye una sola grabación de quien tuvo ese epíteto como corona irrebatible.

A que mantengamos vivo su recuerdo han colaborado varios estudiosos y apasionados de la música cubana. Cristóbal Díaz Ayala, Aldo Martínez Malo (que mitificaba sus encuentros y recuerdos con la diva, de cuyas pertenencias fue un celoso guardián), Miguel Barnet, y sobre todo el ya mencionado Ramón Fajardo Estrada, quien logró una verdadera resurrección del mundo y el eco de la Montaner con el libro que le dedicara y con el que ganó el Premio Casa de las Américas. Fajardo, que ha sido fiel a esa devoción entregando luego volúmenes esenciales sobre Bola de Nieve, Lecuona y desplegando otras maniobras de rescate que ya se hacían impostergables, demostró que la nostalgia no depende solo de esas grabaciones imperfectas, de los deslices vocales o del tono melodramático de esos filmes: nos devolvió otra idea de Cuba en la cual Rita Montaner era un eje que dividía pasiones y criterios. Rita Montaner: testimonio de una época, acumula datos, reseñas de la prensa y testimonios de quienes conocieron bien a la intérprete de El manisero y Mejor que me calle. Lo hace con un equilibrio consciente de todos los matices de su personalidad, y de las inseguridades que ella tuvo como parte de su carácter. Rita quiso ser siempre visible, y eso la tuvo constantemente en estado de batalla. Ganó muchas y perdió otras: en México, donde tanto trabajó y fue aplaudida, también tuvo enemigos por sus rencillas con Toña la Negra, y en ese país tuvo una bronca monumental con Bola de Nieve cuando éste se le fue de pianista acompañante con otra figura de éxito. Fue justamente ella quien lanzó a Ignacio Villa a la escena presentándolo allá con ese apodo, y si quiso ridiculizarlo, el tiro le salió por la culata, porque desde ese momento, Bola —mucho más recordado y oído hoy que ella misma— se adueñó del escenario con su carisma irrepetible. Eso y mucho más se cuenta en el libro. Su eficacia radica no solo en la nota precisa y el dato correcto, sino también en el retrato vívido que nos devuelve de una mujer que, con su pequeña estatura, su piel mulata, su ingenio rápido y sus dotes musicales, sigue representándonos, no importa qué.

Valdría preguntarse qué le debe Cuba aún a Rita Montaner. El libro de Fajardo sirvió de base a un documental de Rebeca Chávez, que sigue al que Oscar Valdés le dedicara en 1980. Sus numerosas grabaciones merecen una antología digna de su trayectoria, en la cual deslumbrarían algunas de sus grabaciones para la radio, como aquella de Quirino con su tres para el Show de la mañana, en la que se oye delirar al auditorio. Una película biográfica, me dicen algunos. Y no cabe duda de que en su vida haya suficiente anecdotario como para presentarla bajo un matiz de mucho interés. Ella es el principio y el fin de una época, murió poco antes de que Cuba cambiara para siempre. Hay que verla de nuevo en esas fotos, junto a las D´Aida que debutaron cantando un tema que le rendía tributo, en Argentina junto a los grandes de ese país, sobre la pista de Tropicana o luciendo el abanico de sus quince años para cantar la Salida de Cecilia Valdés. Todo eso es cierto, pero la deuda es aún mayor, y tiene que ver con el concepto de un repertorio, de una identidad, de cierta fidelidad a la idea de la música como imagen de un país que sin dejar de ser placentera, pueda eludir lugares comunes y estereotipos, carentes de la gracia que siempre fue su mejor divisa. Lo que ella aportó a la cultura cubana está en esa manera de reír, de echarnos en cara lo mejor y lo peor que somos desde una guaracha, un tema de inspiración santera, o una canción criolla. Nuestras cantantes deberían aprender más de ella, aunque ninguna pueda ponerse al lado de su encanto. Encanto, esa cualidad que se tiene o no se tiene, y que no depende del caudal de voz o de la presencia física. En Rita Montaner perdura una idea de Cuba. Tras ella vinieron boleristas, grandes nombres del filin, salseras y baladistas. Y tantas más. Pero ninguna será como la Única. Ese es su triunfo. Sesenta años después. Y en lo que resta del siglo en el que, oyéndola de nuevo, su muerte no será una carta de olvido. La oigo, esta mañana, en Ciudad México, donde salió a escena con su paso de cubana rotunda. Y logra que la Isla se me haga menos distante.