Una breve y muy intensa visita al 13 Taller de Títeres de Matanzas me bastó para corroborar, otra vez, el valor de esta fiesta bienal que, nacida en 1994 de la mano de un grupo de artistas liderados por René Fernández, como expresión de la genuina necesidad de validar su oficio y de extender los horizontes hasta donde llegaran sus sueños, inconmensurables, ha sido modelo de encuentro, instancia de crecimiento y fraternidad en el teatro de figuras de la Isla, y ha irradiado su voluntad de diálogo humanista hacia Latinoamérica y el mundo.

Entre mis motivaciones de este año para acudir al TITIM estuvo la invitación para representar a la Temporada de Teatro Latinoamericano y Caribeño Mayo Teatral en un acto de hermanamiento con aquel, celebrado en el contexto de la reunión “Ventana abierta a la Comisión UNIMA Tres Américas”, en la Casa de la Memoria Escénica el sábado 28 de abril, precisamente el día del aniversario 59 de la Casa de las Américas. Retomo algunas de mis palabras de elogio y celebración, salidas de la identificación y el reconocimiento por una labor que durante más de dos décadas ha sostenido esta cita. Hoy, a cargo de Rubén Darío Salazar y Zenén Calero —acompañantes de René en los primeros pasos—, como ejemplar relevo, cada bienio hacen de esta cita una insuperable plataforma de visibilidad, reflexión y aprendizaje para los artistas cubanos, y acerca a creadores y espectadores de la Isla a los más destacados exponentes individuales y grupales de la manifestación. Así, afianza a Matanzas como capital titiritera, sin dejar de abrirse a expresiones afines y multiplica los puentes, tan entrañables en ese entorno, al vasto espacio de los lazos profesionales y humanos.

Gracias al Taller se ha ponderado con justeza la labor de nuestros mejores artistas, desde los antiguos guiñoles formados con la Revolución, y forjadores de tradiciones, hasta una gran autora para niños en su centenario, Dora Alonso, creadora de nuestro títere más querido, Pelusín del Monte, y en el medio, a un diapasón de figuras de diversas disciplinas que prefiero no enumerar a riesgo de incompletitud, para resumirlo en la presencia persistente en nuestra memoria de Xiomara Palacio y Freddy Artiles, y en la rotunda y palpable de Armando Morales, el más reciente Premio Nacional de Teatro.

También, allí hemos conocido de cerca el magisterio de Eduardo Di Mauro, Mireya Cueto y Roberto Espina, y herencias vivas y multiplicadas de Javier Villafañe, y nos han abierto los secretos tras retablos y talleres de vanguardias del oficio tan disímiles como La Espada de Madera, Tinglado, Guachipilín, Los Títeres de Policarpo, Chico Simões, Etcétera, Tablas y Diablas, XPTO, Pantómanos, Tempo, Sandglass, Teatro SEA y Deborah Hunt, entre muchísimos otros. En quehaceres y diálogos que dan vida cada vez a lemas y dedicatorias, para enrumbar bien los pasos, los cuales, sumados, en su fragor trajeron a Matanzas en 2014 la sede del Consejo Mundial de la Unión Internacional de la Marioneta, para fijar en el Caribe el interés de los titiriteros de todo el orbe.

Artista neozelandesa Deborah Hunt. Fotos: De la autora
 

Decía que mi visita fue corta, pero los anticipos que el evento tuvo en La Habana me introdujeron en su ambiente antes de su inauguración oficial el 24 de abril pasado. La capital acogió primero al Teatro SEA, de Puerto Rico-Nueva York, dirigido por Manuel Morán, y fundado en 1985, con una versión musical de La cucarachita Martina. El montaje se apoya en coloridos títeres recreados desde el bunraku, articulado con otras técnicas de manipulación —la luz negra, títeres de sombra y de varilla, y actuación en vivo—. La puesta revela un fuerte vínculo con la tradición del teatro musical estadounidense, que se fusiona con la cultura popular en una visualidad profusa en formas y colores, al incorporar atractivos elementos para conformar una espectacularidad sui generis, basada en la artesanía teatral y en luces de fantasía, más un pequeño espacio de karaoke, en un híbrido que revela mucho de su origen intercultural entre la Isla del Caribe y la gran urbe. El arte de la escena de SEA —que significa Sociedad Educativa de las Artes— fusiona la manipulación, la palabra, la plástica y la música a través de un depurado sentido didáctico, que se dirige al niño y a toda la familia consciente de fenómenos como el bilingüismo y otros ligados con las circunstancias de la migración boricua y en general latinoamericana a los Estados Unidos.

La agrupación, que es más una sociedad —como indica su nombre— por la cantidad de artistas que la integran, hoy más de 80, vertebra en su discurso artístico la riqueza de la cultura latinoamericana, al hacer ostensible la participación en la obra presentada de artistas boricuas junto a dominicanos, mexicanos, peruanos, salvadoreños y estadounidenses, quienes comparten la manipulación, la narración y un contagioso clima de juego que invade la platea. Está escrita, dirigida y producida por Manuel Morán, quien en su calidad de promotor de la escena caribeña trajo al 13 Taller también la serie documental que en tres materiales recoge la tradición titiritera de Puerto Rico, República Dominicana y Cuba, el primero de los cuales pudo verse ya en La Habana durante la pasada edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

También, como adelanto habanero, la Sala Manuel Galich de la Casa de las Américas recibió al grupo mexicano Teatro al Hombro, bajo la dirección del experimentado actor titiritero Rolando García, con El doctor improvisado. El pequeño grupo nos hizo encontrarnos con el arte del retablo y la técnica clásica del títere de guante, excelentemente manipulado por su líder. El montaje se basa en un cuento homónimo y en la novela Macario, de inicios del siglo XX, firmada por Bruno Traven, y hace honor a la cultura mexicana a través de la visualidad de los objetos y figuras y con la Muerte como uno de los personajes principales, recreada con humor y generadora de los principales acontecimientos, que el también responsable de la dramaturgia y la dirección representa con brillantez.

Rolando García se compaña por sus hijos gemelos Alán y Olín, fundadores con él de Teatro al Hombro en 2011. Los jóvenes interpretan música en vivo, con hermosos temas huastecas y combinan el canto y la ejecución de diversos instrumentos de cuerda. El doctor improvisado es una dinámica y hermosa experiencia de intercambio que insta a los espectadores a participar de la trama escénica. La perfecta manipulación del actor y la simultaneidad que consigue con a veces hasta tres personajes tras el primoroso retablillo, crea la ilusión en niños y adultos de que un grupo de personas trabaja detrás del telón.

Luego de recorrer festivales en México, España, Suiza, Argentina, Colombia, Guatemala y Ecuador, debutó en la capital para seguir a la sede principal del 13 TITIM y a Sancti Spíritus.

Apenas llegada a Matanzas en medio del evento, alcancé a ver la puesta juglaresca de Marineros, del bayamés Grupo de Teatro Callejero Andante, en el patio de la Casa de la Memoria, y disfruté cómo los actores Yulianner Suárez y Carlos Rafael Migueles del Toro, bajo la dirección de Juan González Fiffe, se mueven como pez en el agua al manipular el retablo portátil y artesanal de tela y fibra, y a los tres pichones carpinteros de Onelio Jorge Cardoso, empeñados en hacerse a la mar, mientras activan energía diáfana y rica interacción con los espectadores, entre canto, baile y juego.

Esa misma tarde, después de una conferencia ilustrada de Manuel Morán sobre la dirección en el teatro musical para niños, la exhibición del episodio dedicado a la República Dominicana de la serie documental Títeres del Caribe hispano, visibilizó la entrega al oficio de un conjunto de actores, directores, dramaturgos y gestores —con testimonios de Reynaldo Disla, Basilio Nova, Elvira Taveras, Manuel Chapuseaux y Dulce Elvira de los Santos, entre muchos otros—, que en la media isla han empeñado valiosas energías en el teatro de figuras, en un momento de atomización y desestímulo, y reafirmó cómo, en tanto recuento que valora la historia y la memoria, empeños de este tipo ejercen una efectiva acción de reconocimiento y potencian posibles recuperaciones.

Inmediatamente después, el concierto de lujo 13 canciones para estar contigo, de la soprano Bárbara Llanes, acompañada por Lucelsy Fernández, también soprano y discípula, y la pianista Roselsy Fernández, mostraron con altura cómo los títeres, la poesía y el mejor cancionero cubano se pueden aliar, y cómo la brillante voz del canto lírico cubano, en su faceta de compositora ha incorporado a su repertorio grandes voces de la lírica latinoamericana. La música dialogó con la danza y hermosas viñetas creadas por Yadiel Durán con actores y títeres, y dos maestros de la manifestación, Miriam Sánchez, del Teatro Nacional de Guiñol, y el director del Teatro Papalote y Premio Nacional de Teatro René Fernández Santana, recibieron la Distinción Hermanos Camejo y Pepe Carril que desde el 2015 entregan la Filial de Artes Escénicas de la UNEAC de Matanzas y el Centro Cubano de la Unima, en coordinación con el Comité Organizador del TITIM, la Casa de la Memoria Escénica y el Consejo Provincial de Artes Escénicas. De prodigiosa belleza fue el cierre de Bárbara y Lucelsy en “Canción para estar contigo”, de Norge Espinosa, tema del espectáculo homónimo del Teatro de las Estaciones.

La noche no sería menos intensa, pues en ella me rencontré con otra muestra del extraordinario talento de Deborah Hunt, una artista neozelandesa que se aplatanó boricua para engalanar el Caribe con máscaras y muñecos de singular estirpe. La visitante regular al evento femenino Magdalena sin Fronteras, de Santa Clara, llegó por primera vez a TITIM con su obra más reciente, Cuento 53, Snowhite, estrenada para celebrar 45 años de creación artística y antes presentada en San Juan, San Germán y Nueva York.


 

Deborah se acompaña por la chelista y compositora Shanti Lalita, y juntas recrean el texto subversivo y actualísimo de la catalana Ana Juan, y construyen un ambiente siniestro para una Blancanieves urbana y contemporánea, acosada por males de estos tiempos, como la violencia y la mercantilización de valores. El teatro de objetos, mediado por una conjunción de técnicas que la experimentada mascarera funde en un artefacto único y central, pero de múltiples expresividades, nos seduce y nos sobrecoge desde el primer instante. Lo visual animado y actuado se articula con la música en vivo en fascinante magia.

Teatro de papel, rodante y rico en cierta narrativa expresionista; fondos pictóricos que se desplazan en el retablillo uno tras otro para contextualizar cada pasaje, salidos de la técnica japonesa del kamishibai; pequeñas figuras planas que entran y salen sobre rieles al frente; sintéticos carteles de reminiscencias brechtianas y cargados de ironía, sostienen el cúmulo de estímulos. Mientras fuera del retablo, Deborah misma transita por varios roles: un impresionante diablo colorado y caníbal y las tres mujeres sacadas de la historia de los Hermanos Grimm. A la maestra le basta con incorporar un accesorio para transmutarse. Y hasta incorpora fugazmente al Príncipe en su entrada, en magistral manejo del movimiento y la presencia.

El predominio del negro y el gris, intervenidos por el rojo del inmenso corazón del que devora finas lascas de manzana, en potente simbología, y apenas salpicados por algún detalle blanco o verde —un collar de perlas, un chal o una flor—, signan el tono macabro de esta vieja historia, a la vez tan novedosa. Las puntiagudas narices diseñan caracterizaciones sobrecogedoras, afines con los acordes del cello, en manos de Shanti, quien casi al cierre irrumpe con un tema cantado que nos trae al presente con fiero llamado de alerta.

Sé de antemano que este Snowhite de Deborah Hunt es de esos espectáculos que calan la memoria para siempre. Feliz de retenerlo conmigo, no renunciaría sin embargo a volverlo a disfrutar ahora mismo.

El viernes se hizo sábado con La Noche con Títeres, un cabaret que animó el Teatro La Proa y despidió el cumpleaños 55 de Rubén Darío Salazar en plena faena. Erduyn Maza y Arneldys Cejas, almas del grupo capitalino, se lucieron como los excelentes manipuladores que son en chispeantes sketches, guiaron al resto de los artistas, y con Rubén y René correspondieron desde la joven Jornada Habana Titiritera: Figuras entre adoquines, a la invitación a hermanarse del TITIM.

A la mañana siguiente me tocaría a mí ser parte del acto semejante que referí al principio, con alegría y ya emprendiendo planes conjuntos para 2020. Con las ideas bullendo en mi cabeza me despedí del Taller andando el Parque de la Libertad tras El Mirón Cubano, como espectadora del estreno de Club de clown: una límpida acción sin palabras que revive a los personajes emblemáticos de la Comedia del Arte, bajo la dirección de Pancho Rodríguez; fiesta visual con cuerpos ataviados de blanco impoluto fundido con el maquillaje, también blanquísimo, en primorosa creación de Zenén Calero, como diseñador invitado. La familia de esculturas vivientes invade el centro de la ciudad e intercambia con sus habitantes, les toma fotos, comparte con niños y adultos. Esa es mi última imagen, entre las de muchos rostros y muñecos reencontrados y nuevos, en una escala fugaz pero llena de emoción y deleite: el 13 TITIM, esa cita con nombre eufónico y como de niño, que sigue creciendo.