Los imperios, en todos los tiempos, han acudido a estratagemas divisionistas para garantizar sus intereses y perpetuar el poder en los territorios ocupados y regiones de influencia o interés. Ha sido, históricamente, una de sus armas predilectas. Fue la estrategia de Roma para lograr consolidar sus dominios, y después de los persas, los hunos, los otomanos, los cruzados, Napoleón, los zares, etc. En África, portugueses, ingleses, franceses, belgas, holandeses, italianos, alemanes y españoles, utilizaron los conflictos étnicos a su favor. Lo mismo ocurrió en Asia, durante la expansión colonial. Fue la estrategia de Bush y la CIA en Iraq, y de Obama en Libia y hoy en Siria.

México fue conquistado por Cortés con un puñado de soldados, echando a pelear entre sí a los diferentes reinos autóctonos, y satanizando a sus líderes ante el pueblo. Lo mismo hizo Pizarro en Perú con el imperio Inca y más tarde los virreyes de Nueva España y México contra las tropas de Bolívar y Guadalupe Victoria respectivamente. Esa sería la táctica norteamericana en su expansión al oeste. Así, enfrentarían a las tribus indígenas, unas contra otras, y lograrían virar a los texanos contra México, para convertirlos en punta de lanza en la guerra de rapiña contra su propia patria.

Se trata de la vieja estrategia de dividir para vencer, que ha demostrado su eficacia, por lo que todos los pueblos están obligados a la reflexión histórica, profunda y mesurada, en pos de aprender las lecciones y preparar el futuro.

Quiero centrar mi intervención en el análisis de un tema poco tratado por la historiografía cubana: el empleo por España de soldados negros contra el Ejército Libertador durante nuestras guerras por la independencia. Se trata de un asunto, de extrema delicadeza y sensibilidad, que requiere un examen detallado, desde la ciencia histórica, por las dolorosas consecuencias que para nuestro pueblo dejó.

Como bien explica la Dra. María del Carmen Barcia en su trabajo titulado Los Batallones de Pardos y Morenos en Cuba (1600 - 1868), ante la alternativa de la defensa de un territorio pobremente poblado por lo exiguo de la población indígena, España empleó como soldados, a los negros y mulatos libres. Para estos, tal estatus representaba un ascenso social y determinado privilegios de los que carecía la mayoritaria población negra de la isla, esclava o no.

Al servicio de España, aquellos batallones libraron cruentos y gloriosos combates en el Caribe, en La Habana contra la invasión inglesa, en la América hispana, e incluso en la guerra de independencia de los Estados Unidos. Sin embargo, el triunfo de la Revolución haitiana produjo recelos en las autoridades, que se acrecentarían cuando de las propias filas de aquellas fuerzas, surgieron movimientos políticos y conspirativos como el de José Antonio Aponte en 1812, en que se vinculaban miembros de los batallones de pardos y morenos, con negros libres, y esclavos. El más mínimo brote de levantamiento racial en la isla, era ahogado brutalmente en sangre. De allí que la cabeza de Aponte fuese expuesta durante varios días con sadismo en la intersección de las calles Belascoaín y Carlos III, como escarmiento público.

La Guerra de Restauración en Santo Domingo, marcó un punto de inflexión en las autoridades coloniales españolas, respecto a la política del empleo de soldados negros en sus unidades regulares. En Santo Domingo, negros y mulatos formaban parte de las tropas regulares españolas. Ante la derrota inminente, el gobernador de aquella isla, José de la Gándara, escribió a los capitanes generales de Cuba y Puerto Rico el 27 de febrero de 1865 un informe reservado, en relación a la protección que debía ofrecer la Reina de España, a los dominicanos que habían sido leales:

“…La suerte y el destino futuro de los individuos del Ejército Dominicano, que por su lealtad han adquirido el derecho a la protección de España, es cuestión delicada y grave, y sobre la que creo conveniente llamar la atención de V.E. sometiendo a su examen algunas consideraciones.= S.M. quiere y la política aconseja como conveniente, que a los dominicanos fieles, que han comprometido su existencia y sacrificado sus intereses en defensa de nuestra bandera se les otorgue aquella protección. Pero al mismo tiempo la razón y la prudencia exigen que la protección que se les dé se defina y establezca por un sistema de rectitud y justicia, que determinando el verdadero mérito de cada uno, no dé lugar a los abusos, ni permita se echen en olvido los intereses generales del Estado, y circunstancias de suma trascendencia en la organización especial de nuestras posesiones de Cuba y Puerto Rico.= Si todos los generales, gefes y oficiales de las reservas dominicanas y los empleados de la Administración naturales de este país, así como sus familias, fueran individuos de la raza blanca, los inconvenientes de esta emigración, estarían reducidos al mayor o menor número de emigrados que tuviéramos que proteger, y al mayor o menor importe de las pensiones que se les señalaran; pero lejos de ser así, el mayor número pertenece a la raza de color, siendo negros y mulatos, generales brigadieres y jefes de todas las categorías; circunstancia grave que complica las dificultades consiguientes a un suceso de esta naturaleza, al reflexionar  que la mayor parte de estas personas, desearan ir a establecerse a las vecinas islas de Cuba y Puerto Rico, para buscar en ellas además de protección del Gobierno, la analogía de costumbres, idioma y religión. = V.E. comprenderá todos los inconvenientes que puede traer para ambas Islas la presencia y la diseminación en ellas, de una población de la naturaleza y condiciones de la emigración dominicana. Los hombres de este país, nacido en la libertad, acostumbrados al goce de todos los derechos políticos y civiles y disfrutando de las ventajas de todas las categorías sociales, llevarán sus hábitos y su altiva condición a unas posesiones donde existe la esclavitud, sirviendo en ellas de pernicioso ejemplo para los esclavos y libertos de su propia raza. Los habitantes blancos de aquellas Islas, acostumbrados a mirar con desprecio, a la raza dominada no podrán otorgar ningún género de consideraciones a los negros y mulatos dominicanos, por más que estén caracterizados con grados y empleos militares y civiles, mientras que estos a su vez no querrán someterse de buen grado a una situación que se les hará sobremanera violenta e intolerable, y que será por una y otra parte ocasión de conflictos, que accidentes y circunstancias particulares, pueden hacer que sean causa de perturbación para el orden público.=”

Y añadía más adelante:

“Si llegado el caso, tuvieran la misma libertad los hombres de color y optaran en su mayor número por ser trasladados a la isla de Cuba, desearía saber el momento de pensar de V.E. acerca de las medidas que para entonces creyera conveniente tomar, y si prefería señalar uno o más puntos de residencia para los emigrados o dejarlos establecerse donde les conviniera.= Me permito llamar la atención de V.E. hacia los proyectos de colonización que existen en esa Isla, sobre los terrenos de su parte oriental, comprendidos entre Santa Catalina y Baracoa y los de Mayarí en la Bahía de Nipe. Acaso fuera posible conciliar los intereses de los emigrados con los públicos de esa Isla, orillando muchos de los inconvenientes que, de otro modo, pudiera ofrecer la emigración”.

España empleaba el soldado negro, en Santo Domingo como aliado circunstancial e inevitable, pero en el caso de Cuba y Puerto Rico, aquel éxodo ponía en peligro la estratégica producción azucarera, uno de los principales baluartes del sustento económico de la metrópolis. Por ello la preocupación por el efecto de la llegada de los efectivos de las reservas dominicanas a la isla. En Cuba había para el 10 de octubre de 1868, una población de cerca de 1 millón 400 mil habitantes, de los cuales tres cuartos de millón eran blancos, y más de medio millón negros. Las tres quintas partes de los negros eran esclavos.

Gándara, en honor a la verdad, estaba sobre lo cierto. Un grupo importante de los militares dominicanos llegados a Cuba, se unieron a los conspiradores para pelear por la Independencia de la Isla y contra el flagelo degradante de la esclavitud. A ellos pertenecen Máximo Gómez, Modesto Díaz, los hermanos Marcano, los hermanos Chala, y Manuel de Jesús Peña y Reynoso. Algunos continuaron siendo fieles a España y en las filas de su ejército alcanzaron altos grados militares, incluidos los generales José Eusebio Puello, Francisco Javier Heredia, José Valera Álvarez, Juan Tejada y Valera, entre otros.

Fieles a su estrategia de utilización del factor étnico como recurso de poder, una de las primeras acciones del gobierno colonial en la isla fue la de movilizar y contraponer a las tropas insurrectas en las que el componente negro era mayoritario a tropas negras españolas, perfectamente armadas, e impecablemente uniformadas.

Por diversas razones y manejos políticos, entre 1807 y 1850 las Milicias Disciplinadas de Color se activaron y desactivaron varias veces. En junio de 1855 por orden de la Corona, se establecieron definitivamente con una fuerza equivalente a tres batallones, siendo reorganizadas mediantes dos órdenes reales en abril de 1856 y en octubre de 1867, respectivamente. Para esa fecha, fueron organizadas 22 compañías de milicias de color, agrupadas en dos Secciones, una en La Habana con doce compañías y otra con diez compañías en el Departamento Oriental.

Los miembros de las compañías de milicias de color eran negros libertos que habían mantenido buena conducta, según certificado de los Tenientes Gobernadores, y jurasen fidelidad a España, así como mulatos libres, reclutados voluntariamente por un período de cuatro años, al término de los cuales podían reenganchar por otros cuatro años con derecho a una gratificación de 2000 escudos al ser licenciados. Aquellos que demostrasen disposición e interés por continuar sus servicios en las milicias, podían ser ascendidos a sargentos, alférez o tenientes. A diferencias de los milicianos blancos, el salario era de 10 pesos para los pardos y mulatos (34 para los blancos) y 8 para los negros.

En 1871, se activaron dos compañías de color en el Departamento Oriental y posteriormente se crearon las llamadas Compañías de Libertos, 12 en total, incluidas en igual número de batallones de infantería del Ejército. Los elementos de estas compañías se desempeñaron como buenos soldados y se decidió mezclarlos con el resto de las compañías, lo que dio buenos resultados a los españoles. Los milicianos negros y mulatos, en su mayoría esclavos, solo recibían el haber del soldado y la libertad al terminar la guerra.  

Los decretos emitidos el 7 de febrero de 1874, por Joaquín Jovellar, Capitán General de la Isla, donde se ordenó llamar a filas con carácter obligatorio a ciudadanos blancos, mulatos y negros libertos, que no integraran los cuerpos de voluntarios y las milicias, evidencian que el régimen colonial explotó todas las posibilidades para lograr el incremento de sus fuerzas en el campo de operaciones.

Entre marzo y julio de 1874, por decisión del Capitán General de la Isla, se produjo una reorganización de las Milicias Disciplinadas de Color, mediante la cual se intentó formar doce batallones con libertos de 1 000 plazas cada uno, pero solo se pudo formar uno, que recibió la denominación de 1er Batallón de Libertos, con ocho compañías. Además, se organizaron tres batallones de milicias de color, que fueron denominados 1o España, 2o Habana y 3o Matanzas. Ese mismo año, fueron incorporados al Ejército, mediante llamado obligatorio, entre 800 y 900 libertos para ocupar cargos en las unidades regulares, como macheteros, chapeadores y camilleros.

En abril de 1874, es designado como Capitán General, el General José Gutiérrez de la Concha, quien trató de aplicar un plan de operaciones para la campaña de 1874, que preveía la formación de un "gran ejército de pardos y morenos",  integrado solo  por  negros, libertos y esclavos que, elegantemente vestidos y bien alimentados, una vez en la manigua fuese capaz de neutralizar y desmoralizar a los mambises negros, provocar su desmovilización y deserción masiva, y al quedar abandonados los principales jefes insurrectos, solo les quedaría entregarse a las autoridades españolas.

Este plan no se llegó a ejecutar, entre otros factores, por el temor a que los negros, una vez armados se sublevaran contra los españoles y las acciones militares se continuaron realizando por la iniciativa de los Comandantes Generales y los Jefes de Columnas.

En la guerra de los Diez Años, una de las operaciones más elaboradas por el gobierno español para contraponer a negros cubanos en ambos bandos, fue el nombramiento en agosto de 1869, del mariscal de campo dominicano Eusebio Puello, negro, como Jefe del Departamento Oriental y Puerto Príncipe. Se trataba de uno de los más aguerridos jefes militares de las reservas dominicanas. Para el general Gregorio Luperón, Puello era “…un héroe, de mucha firmeza, muy enérgico, de muchos bríos, pero oscureció su gloria, poniéndose al lado de los opresores”.

Su nombramiento conmocionó la racista sociedad camagüeyana, que se oponía a rendir honores a un negro. Como militar de carácter, emprendió operaciones militares de envergadura, saliendo él mismo al frente de las columnas de operaciones en las que predominaba el componente negro. Era, a manera de guerra psicológica, la forma más directa que encontró España de buscar la deserción en las aguerridas tropas Orientales, donde ya despuntaban jefes como Antonio Maceo, Guillermo Moncada, Policarpo Pineda, Adolfo Crombet, entre otros, que incursionaban ya en el territorio central. 

El 1ro de enero de 1870, en el combate de Juan Rodríguez o Minas de Guáimaro, con una columna española de 2000 efectivos al mando de Puello, se enfrentó a 550 mambises dirigidos por el general norteamericano Thomas Jordan. Fue una batalla sangrienta de más de 75 minutos, en la que el bando español, caído en una perfecta emboscada, tuvo más de 300 bajas. Esta derrota marcó el declive de la carrera militar de Puello, y su traslado a la capital de la isla, donde recibió ofensas públicas, más que por la derrota, por su condición de negro.
 

La esclavitud unos de los crímenes más horrendos de la humanidad
 

Durante la Guerra Chiquita, el tema racial volvió a emplearse, pero esta vez, para exacerbar el odio al negro y elevar el peligroso fantasma de una supuesta guerra de razas. El general español Camilo García Polavieja así la llamó: levantamiento de la raza de color, comparando al general Antonio Maceo, con los generales haitianos que habían ensombrecido el brillo de la Revolución haitiana, con el poder palaciego y las tiranías.

La guerra del 95 tuvo en el tratamiento al tema racial, características similares, con la diferencia que desde 1886, había desaparecido oficialmente la esclavitud y ahora España debía enfrentar a un ejército libertador que tenía como principales jefes militares a Máximo Gómez y Antonio Maceo. Maceo, por diversas razones era la figura que más preocupaba a la metrópolis; jefe negro, de inmenso prestigio político en la isla y el exterior, que concebía un proyecto de república liberal, antiimperialista, insertada en América.

Es por ello que el general Valeriano Weyler Nicolau, al ser nombrado capitán general de la isla de Cuba, acude al factor racial para contrarrestar la influencia del Titán de Bronce. Conocedor que entre las tropas de Maceo el componente negro era importante, convocó en octubre de 1896 la formación de Tercio de Voluntarios y Bomberos movilizados, y dentro de estos últimos, escogió 30 negros con un oficial voluntario al frente, para formar su escolta. Como el mismo confesaría en su libro “Mi mando en Cuba”, se trataba de una “medida política, para dar una prueba de confianza a esa raza, tan adicta a España en otros tiempos.”

Con esa escolta y parte de las tropas negras, pasó a Pinar del Río a combatir en la Sierra del Rosario al general Antonio y a tenderle emboscadas en la Línea del Mariel para evitar su paso a La Habana. De su confianza en ella, escribiría: "Otra sería la suerte de Cuba si los gobiernos de España hubieran sabido atraerse á la raza de color, organizarla, dirigirla, pues yo respondo de su adhesión absoluta, hasta el punto de que, cuando descanso en operaciones, mi sueño lo custodian los treinta negros que me sirven de escolta."

Weyler logró dividir a un sector de la población negra respecto a la causa de Cuba, logrando en ellos fidelidad a España. Quizás por ello en las filas mambisas, donde predominaba el mambisado negro y se combatía por una república integradora, la soñada por Céspedes, Agramonte, Martí, Gómez y Maceo, a los negros al servicio de España caídos prisioneros, no se les perdonaba la vida y eran ejecutados de inmediato. Muestra de este triste y desgarrador espectáculo lo narra, desde su vivencia personal, el mambí chileno Capitán Carlos Dublé, que peleara en La Habana bajo las órdenes del coronel Nestor Aranguren y que concluyera la guerra en Matanzas como ayudante del general Pedro Betancourt. Narraba Dublé:

Casi por la fuerza, pues, teníamos que ser testigos de la terrible escena.

Relampagueos de tigre llameaban en los ojos de ese puñado de negros próximos a morir. Se acercó a ellos un oficial, seguido por un grupo de jinetes montados, sacó su machete y les dijo en alta voz:” Ustedes van a ser fusilados por traidores a Cuba Libre”. Los negros se arremolinaron furiosos, como queriendo embestir, y prorrumpieron en gritos casi ininteligibles. “Vean, así mueren los cubanos fieles a España”, gritaba uno levantando los brazos en actitud desafiante. Nada más terrible que esas postreras exaltaciones de la pasión y de la ira en esos hombres que ya iban a enmudecer para siempre.” ¡Viva España, viva Cuba española!" -gritaban fuera de sí, metidos unos en el hoyo negro y fangoso en que ya iban a derrumbarse; hincados otros, suplicando que los mataran luego.

-Griten ¡Viva Cuba Libre! -les intimó el oficial.

-Viva España! -contestaron.

Y ese grito, el último de fidelidad al Rey y a la patria común, que se lanzara también en el último pedazo de un derruido imperio colonial, se extinguió, enmudeció para siempre, entre el trágico ruido de estertores; entre sangre, entre hermanos ejecutando a hermanos, entre hombres que caían de bruces, entre los leves y flotantes copitos de humo que se elevaban al cielo azul, llevando a la pobre España el último latido de fidelidad que recibiera en la tierra de Colón.

La satrapía de Weyler, el más tristemente célebre de los generales que España envió a Cuba y el que más vidas arrancó a nuestro pueblo con la reconcentración de la población civil, utilizó el recurso racial para dividir la unidad de un pueblo que luchaba por nacer como nación libre e independiente. Pero Weyler no fue más que un instrumento grotesco de aquella estrategia permanente del gobierno español en los asuntos de Cuba.

El 20 de mayo de 1902 nacía una república herida en su integridad por muchísimos problemas enraizados profundamente en la conciencia del pueblo cubano. En el mismo espacio insular convivirían los libertadores, negros y blancos mayoritariamente pobres, con los comerciantes españoles que no abandonaron la isla, autonomistas, anexionistas, y las clases políticas que de las mismas filas del independentismo buscaron cuotas de poder y hegemonía.

El gobierno interventor norteamericano, igualmente utilizó al negro durante las operaciones militares, para después referirse a ellos con el mayor desprecio. El general William Shafter, el jefe de las tropas yanquis, escribiría a su madre: “El Ejército no tiene mucha compasión por los cubanos. Todos los que hemos conocido aquí son negros sucios detestables que se comen nuestras raciones, rehúsan trabajar y rehúsan luchar.” Tanta era la afrenta.

Después, los dejarían fuera de las instituciones militares creadas, y cuando les permitieron entrar, los excluyeron de la alta oficialidad. Estados Unidos, al igual que España, empleó el tema racial para dividir a los cubanos. Así lo hizo Magoon al autorizar el movimiento de los Independientes de Color, poco antes de concluida la segunda ocupación. Cabría preguntarse:

•         ¿Qué propósito perseguía el Gobernador Charles Magoon al legalizar el Movimiento de los Independientes de Color? ¿Pura filantropía o perversas intenciones?

•         ¿Contó o no con la autorización de su Gobierno para tal decisión?

•         ¿Por qué un partido de razas en Cuba, cuando en Estados Unidos asesinaban brutalmente a los negros, cazados como fieras?

•         ¿Por qué si estimularon la creación del Partido, exigieron después su rápida y brutal represión?

Los archivos norteamericanos, sin dudas, tendrán respuestas documentales a estas interrogantes. El partido de razas aupado por Magoon, fue utilizado para dividir al pueblo cubano y justificar después la intervención militar. Los infelices hombres que lo integraron, muchos de ellos, veteranos del Ejército Libertador, fueron víctimas de la perversidad imperial.

En Estados Unidos se veía con desprecio a nuestro pueblo. Buena parte de los infantes de marina y marineros, nos trataban como salvajes. Los medios de comunicación y la cultura de su país, contribuía a ello. A manera de ejemplo, un incidente ocurrido en 1916. En junio se estrenó la película “My best girl”, en la que un soldado norteamericano sueña que disuelve él solo a un ejército de negros que enarbolaban, curiosamente, la bandera cubana.

La Revolución, desde su propia gestión, emprendió la lucha por una república integradora, que desterrara para siempre el fantasma del racismo. Contra él, marcharon a África miles de cubanos, blancos y negros, con Antonio Maceo como bandera inspiradora del internacionalismo, que en indestructible abrazo, abonaron con sangre fecunda, el camino hacia el fin del apartheid.

Queda mucho por hacer para que la igualdad sea plena, mucho que desarraigar del inconsciente y la sicología popular. Por ello debemos continuar profundizando en la historia de la patria, para que nada ni nadie divida a quienes, desde hace más de cien años, hemos peleado como hermanos en la construcción de una Patria digna.