“La necesidad de crear, de expresarnos, es también un acto amoroso hacia quienes reciben esa entrega. El oficio de dador que tiene el artista, ese ir desnudándose en cada acto creativo, es por encima de todo un acto amoroso. La creación salva tanto como salva el amor.

“Por eso en medio de la pandemia escribí un cuento de amor, la historia que hoy podemos presenciar en el cortometraje La novicia jardinera. El amor es un sentimiento esencial para la vida, y en circunstancias tan extremas como las que impuso la pandemia, sentí que dar amor era lo mejor que podíamos hacer, cada cual en aquello donde es más útil. Quise hacer una película que expresara esa capacidad de entrega. Ahí está”.

La novicia jardinera transcurre en los años 20 del siglo pasado, cuando la gripe española azotaba a la humanidad y la joven Adelina, recluida en un convento, intenta olvidar una ardiente pasión.

El cineasta Arturo Sotto es contundente en revelarme la esencia, no solo del cortometraje que podremos disfrutar durante la edición 43 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano (del 1 al 11 de diciembre), sino de su vida y su ímpetu creativo, ante todo.

La novicia jardinera fue el pretexto para volver a dialogar con él. Y aclaro, no he visto la obra, pero conocer información relacionada con su proceso siempre es necesario para seducir (y ser seducida) a verla.

Para empezar, la historia que durante poco más de 29 minutos nos regalan Andrea Doimeadiós, Daniel Romero, Verónica Lynn y Oneida Hernández, en los roles principales; y Fernando Hechavarría y Argelio Sosa, como actores invitados, no transcurre en el siglo XXI. Nos sitúa en los años 20 del siglo pasado, cuando la gripe española azotaba a la humanidad y la joven Adelina, recluida en un convento, intenta infructuosamente olvidar una ardiente pasión. Comienzo entonces a elucubrar lo difícil que puede haber resultado, en plenas restricciones derivadas por la propagación de la COVID-19, su realización.

“El Icaic decidió lanzar un concurso de cortometrajes para hacer una película coral, cuyo director general fue Fernando Pérez. Cuentos de un día más es esa película que también podrá ser vista en este Festival, y que se concibió a partir de esas seis historias, en las que la premisa fue la pandemia y el amor.

“Presenté el proyecto a concurso, fue seleccionado y se inició el trabajo; pero en el camino nos percatamos de que no se ajustaba a los presupuestos, los tiempos de filmación, y otros requisitos necesarios para llevarlo a cabo junto a los demás, por lo que resultó excluido. Sin embargo, el Icaic mantuvo su interés de aportar parte del financiamiento para su realización, y salí en busca del resto.

“Agradezco a Vedado Films, que aportó el equipamiento técnico, y a su productora general, Odalys García, quien se convirtió en la directora de producción y compartió conmigo la producción ejecutiva de la película. Infinitamente agradecido le estoy además al canal Cubavisión, por haberse interesado en el proyecto y aportar la mayor cantidad del financiamiento para concretarlo”.

“El oficio de dador que tiene el artista, ese ir desnudándose en cada acto creativo, es por encima de todo un acto amoroso”.

Una producción de época, con todas las complejidades que ello acarrea en el contexto actual…

Sí. Y mira que escribo con ciertos pies forzados. Me encanta hacer películas de época, tengo varios proyectos que se mueven en el tiempo; pero pensar en las carencias y dificultades que enfrentaré en el proceso, me sirve de autocensura. Sin embargo, siendo un cortometraje, decidí aventurarme.

El vestuario, por ejemplo, siempre es un elemento que se complejiza en nuestras producciones cuando los recursos son escasos, y en esta ocasión no podíamos confeccionarlo. Vladimir Cuenca, como diseñador, y Kirenia Reguera, como asistente, crearon el vestuario de la película como un puzzle, un rompecabezas que se va armando con partes diversas; de manera que no podíamos definir la orden religiosa a la que pertenecían nuestras monjas, apenas conformar ciertas jerarquías para diferenciarlas en los atuendos.

Otra dificultad mayúscula fue el jardín, porque es un vergel construido para la película, y había que mantenerlo vivo, y las flores frescas, hermosas. Todo se hizo en el interior de la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, en la Habana Vieja. Vivíamos el momento más álgido de la pandemia, no podíamos rodar en exteriores y tampoco de noche. De manera que convertimos la iglesia en un set múltiple del que sacamos el mayor provecho en seis intensas jornadas de trabajo. Agradecemos el apoyo prestado por los padres y el personal de la iglesia para poder rodar.

“Por tratarse de un cortometraje el tiempo en pantalla es menor; pero la intensidad de la historia no disminuye”.

¿La historia cambió según las adversidades?

Las condiciones plantedas, por difíciles que fueron, no cambiaron la historia de la película. La escribí previendo obstáculos y los fuimos superando. Si no obteníamos el permiso para rodar en un lugar, procurábamos la manera de hacerlo en el interior de la iglesia, que era lo único que teníamos seguro.

En cuanto al trabajo con el elenco actoral…

Era la primera vez que trabajaba con el elenco escogido, tanto los más jóvenes como algunos de los consagrados. No tuvimos mucho tiempo de preparación, solo unas pocas lecturas y dos o tres días de ensayo.

Es verdad que por tratarse de un cortometraje el tiempo en pantalla es menor, pero la intensidad de la historia no disminuye, y en menor tiempo los actores están obligados a construir personajes con la mayor cantidad de matices posibles. El reto se incrementa.

Recurres a Beatriz Corona una vez más para la música de una de tus obras…

Con Beatriz Corona es la tercera ocasión que trabajo. La primera colaboración se remonta a Amor vertical, luego Nido de Mantis y ahora este cortometraje.

Con Beatriz comencé a soñar la posibilidad de hacer la película antes de tener el financiamiento. Ella me enviaba temas musicales para evaluarlos, hasta llegar al que expresara la atmósfera musical de la historia, en cuanto a su espíritu romántico y su recogimiento. Quiero destacar que la música tiene un valor enorme porque expresa el carácter y el mundo interior de Adelina.

El trabajo de edición lo realicé con Alain García, un buen amigo, que participó en el rodaje y que además se encargó de hacer toda la labor de efectos digitales. La locación escogida tenía algunos elementos anacrónicos que había que borrar de la imagen porque la historia se desarrolla en los años 20. Cuando solicitábamos colaboración, nos enviaban un presupuesto que no podíamos asumir. Gracias a Alain pudimos limpiar la imagen de todos esos detalles, desde un bombillo hasta el cerrojo de una puerta. La tarea fue ardua. La verdad es que no puedo hacer más que agradecer, agradecer a todo el equipo que me acompañó. Siempre digo que en cada acto creativo me va la vida, una imagen que intenta expresar el nivel de entrega a la obra; pero en este caso, el nivel de riesgo nos ponía a todos en la misma condición, y no como una imagen, sino como una posibilidad real.

Alexander González en la dirección de fotografía; Maykel González como director de arte; Gustavo Caraballoso en el sonido directo; Osmany Olivares en el diseño de banda sonora; Elisa Ravelo como directora asistente; el maquillaje a cargo de Magaly Pompa y la peluquería, de Elio Durán; Libia Batista, en el casting. Ese es el equipo que junto a Sotto trabajó en esta obra, programada para el sábado 3 de diciembre a las 12:30 p. m. en el cine 23 y 12, y el viernes 9 de diciembre, a la misma hora, en el cine Yara, en la sección Concurso Latinoamericano.

“No importa el metraje que tenga la película, lo importante es darle continuidad a una obra que, se sabe, se hace para otros”.

¿Por qué un cortometraje cuando tienes tantos proyectos de largometraje en las gavetas?

Se hace el cine que se puede, no el que necesariamente queremos hacer. He aplicado varias veces al Fondo de Fomento del Cine Cubano y no hemos sido favorecidos con esa posibilidad de encaminar un proyecto. Y lo digo en plural porque en cada proyecto me acompañan muchos especialistas de notable experiencia y resultados en el cine cubano. Por eso me lanzo ante cualquier oportunidad o resquicio que nos permita seguir haciendo.

No importa el metraje que tenga la película, lo importante es darle continuidad a una obra que, se sabe, se hace para otros. Voy sembrando más esperanzas en los flechazos que en la propia diana.

Volver al cortometraje no es un problema, no es una involución en el trabajo. No considero que sea un trabajo menor. Recuerdo que, cuando egresé de la escuela de cine (EICTV), algunos directores le llamaban al corto la Cenicienta del cine, porque aunque existen festivales dedicados a este formato, es el más humilde de todos, el que menos repercusión tiene a nivel internacional.

Lo que sucede es que es tanto el esfuerzo que debo realizar para conseguir el financiamiento necesario para una obra que, muchas veces, prefiero destinar todas las energías a la realización de un largometraje porque, entre otros aspectos, el recorrido de uno y otro difiere en cuanto a su posterior distribución y comercialización.

Entonces, escoger el tiempo que durará una obra depende, entre otros factores, de las posibilidades reales para lograrla. Desde que escribo, ya lo hago con ciertas autocensuras. La económica, porque tengo que pensar en un cine no tan costoso; la comercial, porque cuando tienes financiamiento foráneo debes convencer a tus posibles inversores de que el resultado puede ser distribuido y comercializado, que el coproductor podrá recuperar lo invertido, y la política, en el orden de encontrar las maneras más audaces y factibles para que la película llegue a un buen puerto, cuando la expresión va acompañada de un espíritu crítico sobre la realidad.

Es un proceso consciente que no cercena mi libertad de imaginar, porque la imaginación, si termino cortándola, atándola, apresándola a unas condicionantes que limiten su capacidad de volar, sería un acto muy frustrante, y hasta poco ético.

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