La presencia de Simón Bolívar en el pensamiento y la obra martianos es de gran aprecio y veneración. Se refería a él con sincera comprensión y respeto, y también con sutiles y cuidadosos señalamientos a faltas o errores. No deseaba empañar una figura matriz y arquetipo, genio y hacedor, cuya importancia y grandeza sabía cruciales no solo para la causa cubana, sino para el resto de la América hispana. Me limitaré a referir dos discursos esenciales para profundizar en esa relación: los pronunciados en la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York; uno en honor de Venezuela (1892) y otro para honrar a Bolívar (1893).

“No había resuelto recelos y contradicciones con algunos jefes militares de la guerra de 1868. En esas circunstancias hablaría de Venezuela”.

En el primer discurso el Apóstol se encontraba ante un público diverso y patriótico, mientras preparaba “la guerra justa y necesaria” con gran actividad conspirativa por Tampa, Cayo Hueso, Jacksonville, Filadelfia, Nueva York, Santo Domingo, Haití, Jamaica… La emigración había aprobado las Resoluciones que derivarían en Bases del Partido Revolucionario Cubano, y Martí se enfrentaba a algunos próceres de la Guerra de los Diez Años, especialmente a Enrique Collazo por el discurso “Los pinos nuevos”, cuando criticó a Ramón Roa por su libro A pie y descalzo, que consideraba perjudicial para la causa emancipadora, pues se estaba llamando a la guerra y el texto insistía en sus penurias.

No había resuelto recelos y contradicciones con algunos jefes militares de la guerra de 1868. En esas circunstancias hablaría de Venezuela. Parecía imposible hacerlo y no mencionar a Bolívar. Martí se las arregló de manera magistral para evitar su nombre, pero en todo su discurso estuvo presente el Libertador, directa o indirectamente. Se trata de uno de los ejercicios propagandísticos y de activismo revolucionario más transversales y eficaces para transmitir la importancia del ideario y acción de Bolívar sin aludir explícitamente a su persona: “Porque yo no sé que haya derecho más grato que el de admirar como hijo al pueblo por donde América mostró al mundo cómo la libertad vence desnuda, sin más cureña que el lomo del caballo ni más rancho que recortes de cuero, al poder injusto que se socorre de las riquezas de la tiranía y del mismo ciego favor de la Naturaleza; de venerar como hijo a la tierra que nos ha dado en nuestro primer guerrero a nuestro primer político, y el más profundo de nuestros legisladores en el más terso y artístico de nuestros poetas”.[i]

“La sangre que dio por conquistar la libertad ha continuado dándola por conservarla”. Imágenes: Internet

El Apóstol enseña que Bolívar le mostró al mundo que es posible vencer a los imperios con el esfuerzo de los pueblos pobres que lo combaten, y, además, que en el enfrentamiento a la tiranía había que venerar a quien no solo fue un jefe militar, sino el “primer político” que debería legislar en profundidad, sin descuidar la belleza. Capacidad militar, altura política, habilidad legislativa y seducción de la palabra para atraer, persuadir, convencer, con ese espíritu romántico tan afín a los latinoamericanos… Todo lo tenía Bolívar: brillantez militar para ganar cualquier combate; suficiencia política para encaminar un proyecto y generar leyes y disposiciones de acuerdo con la cultura e historia del pueblo al cual se dirigen; aptitudes para llevar adelante los proyectos emancipadores que justifican esa guerra, y un verbo nuevo. Recordemos que Martí debía exaltar a Venezuela en la época de Joaquín Crespo; seguidor de Antonio Guzmán Blanco y de la ideología del “liberalismo amarillo” al que él mismo se había enfrentado. Sin embargo, exclamaba: “¡Pero a Venezuela, como a toda nuestra América, a nuestra América desinteresada, la hemos de querer y de admirar sin límites, porque la sangre que dio por conquistar la libertad ha continuado dándola por conservarla!”.[ii]

Martí acumulaba una experiencia en México bajo el régimen republicano de Sebastián Lerdo de Tejada, liberal y nacionalista vencido por la reacción militar para interrumpir la Reforma de Benito Juárez y dar paso al inicio de la dictadura de Porfirio Díaz. En Guatemala el Apóstol estuvo en medio de la frustración de la reforma liberal que el caudillo Justo Rufino Barrios había encabezado y traicionado. Su aprendizaje en Venezuela fue definitivo. Conocía no solo los resultados de este caudillismo interesado, sino de sus raíces esenciales; lo había enfrentado en Guatemala y Venezuela, y sabía que de alguna manera un caudillismo semejante había devorado a Bolívar cuando intentaba crear la unidad de la América liberada de España: la desintegración de la Gran Colombia fue la última esperanza. No podía pasar por alto ni la dignidad de Bolívar ni la situación de esos momentos en Venezuela. Por ello llamaba a “ordenar” las “fuerzas nacionales” en aras “de trabajar y de juntar”; estudiar “los problemas propios de la paz dichosa”, sin la influencia “de ideas de afuera, ni de amistades artificiales, ni de la creencia impropia y enervante en la irremediable superioridad ajena”.[iii]

“Su aprendizaje en Venezuela fue definitivo”.

Invocaba el espíritu de Bolívar sin mencionarlo: “Entró ya la América en aquella hora de alma eficaz y común en que se cumplirá por fin el angustioso anhelo, el deseo profético y mortal, de aquel cuyo nombre no se ha de decir, porque con evocarlo solo ya las almas se subliman y elevan; del que por las astas tomó a la Naturaleza, cuando la Naturaleza se le oponía, y la volcó en la tierra; del que cuando pensó en ‘poner una piedra fundamental para la libertad’ en América, no la pidió para la libertad de Venezuela, sino para la libertad sudamericana”.[iv] Continúa Bolívar en el trasfondo cuando hace referencia al terremoto del 26 de marzo de 1812, que causó miles de muertos y que la jerarquía católica realista aprovechó para asociarlo al castigo por el levantamiento de Bolívar. Cuentan que el Libertador, en respuesta, dijo: “¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”. Martí distingue el gesto altruista bolivariano de fraternidad americana que hoy conocemos como solidaridad.

En este discurso deja constancia de la complejidad de “el hombre de las dificultades”, como se autodenominó Bolívar en carta dirigida a Francisco de Paula Santander en 1825: “Ni de soberbia, ni de ambición, ni de despecho murió el hombre increíble que acaso pecó por todas ellas; sino del desacuerdo entre su espíritu previsor, turbado por aquella misma viveza de la fuerza personal que lo movía a las maravillas, y la época de distancias enemigas y de civilizaciones hostiles, o incompletas y ajenas, o aborígenes y degradadas, que juntó él mismo a vivir; del desacuerdo murió entre su concepto impaciente y original de los métodos de creación de un país a ningún otro semejante”.[v] De esta manera, para Martí, Bolívar estaba ante la construcción de un país tan enorme y de metas sociales y políticas tan gigantescas, que necesitaba más tiempo que el que su paciencia dictaba. Después enfatizó que “murió de lucha” y por tratar de conciliar las ideas continentales con las locales, en medio de desencuentros y de abismales contradicciones.

“Martí distingue el gesto altruista bolivariano de fraternidad americana que hoy conocemos como solidaridad”.

El otro discurso, por el contexto y por el tema, fue diferente. El prestigio ganado por el luchador incansable en las tareas organizativas del Partido Revolucionario Cubano para llevar la lucha contra el colonialismo español en la Isla ya era inmenso; su autoridad y estatura moral le permitían ser explícito, además de que el objetivo propuesto se centraba precisamente en honrar a Simón Bolívar, quien, para Martí, era fuego: “Vivió como entre llamas, y lo era. Ama, y lo que dice es como florón de fuego”.[vi] La comparación del Libertador con el fuego acredita un manejo simbólico muy pocas veces reservado por el orador para los grandes arquetipos humanos. Al decidirse por esta imagen, el Apóstol, que usaba de manera muy selectiva tales calificativos, lo asemejaba al Creador. El “florón de fuego”, y, en otro momento, el “horno”, significaban una concentración muy grande de lo humano junto a un inmenso potencial de rebeldía, capaz de realizar una transformación sustancial, como ocurrió.

“La comparación del Libertador con el fuego acredita un manejo simbólico muy pocas veces reservado por el orador
para los grandes arquetipos humanos”.

Para recordar a Bolívar lo exaltaba sin reparos, pero también precisaba con pulcritud su proeza, como puesto en su lugar ante los peligros de tanta grandeza: “Su gloria lo circunda, inflama y arrebata. Vencer ¿no es el sello de la divinidad? ¿Vencer a los hombres, a los ríos hinchados, a los volcanes, a los siglos, a la naturaleza? Siglos, ¿cómo los desharía, si no pudiera hacerlos? ¿No desata razas, no desencanta el continente, no evoca pueblos, no ha recorrido con las banderas de la redención más mundo que ningún conquistador con las de la tiranía, no habla desde el Chimborazo con la eternidad y tiene a sus plantas en el Potosí, bajo el pabellón de Colombia picado de cóndores, una de las obras más bárbaras y tenaces de la historia humana? ¿No le acatan las ciudades, y los poderes de esta vida, y los émulos enamorados o sumisos, y los genios del orbe nuevo, y las hermosuras?”.[vii] Bolívar estaba sometido a todas las tentaciones, como si fuera Dios: la obediencia de todos los demás y el poder absoluto, la posibilidad de la más absoluta vanidad y de las riquezas, e incluso, hasta de las “hermosuras”; pero había un pabellón “picado de cóndores”.

Ya Martí había escrito uno de los ensayos políticos más lúcidos y trascendentes sobre la región donde vivimos: “Nuestra América”; ahora repite conceptos clave: no se puede revolucionar aquí con sotanas españolas, libros franceses y leyes estadounidenses; no se puede desconocer al gaucho, el roto, el cholo, el llanero, con su “cólera baja”, y mucho menos a indígenas y negros esclavizados, porque “¡ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América, sino de sí misma!”.[viii] Y rememora “en el crepúsculo del Ávila, el séquito cruento”:[ix] José de Antequera y Castro en Paraguay, que inició la Revolución Comunera y fue ahorcado en la Plaza de Lima en 1731; José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, que encabezó el mayor movimiento indigenista de la historia, y al no poder ser despedazado, lo decapitaron en la Plaza de Armas del Cuzco en 1781, y así, hasta llegar a los “¡catorce generales españoles, acurrucados en el cerro de Ayacucho”,[x] cuando España le dijo adiós a casi toda América.

“¡Ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América, sino de sí misma!”.

Bolívar había conquistado la gloria y también había sufrido demasiadas traiciones. Con su don para la teatralización, el orador imaginaba una terrible escena: “El héroe dice en su cama de morir: ‘¡José! ¡José! vámonos, que de aquí nos echan: ¿a dónde iremos?’”.[xi] Aludía a José de Sucre, el Gran Mariscal de Ayacucho, el genio político y militar más grande después del propio Bolívar, asesinado con premeditación y alevosía el 4 de junio de 1830 en la actual Colombia ─parecía no tener escapatoria, pues en cada camino lo esperaban otros generales para matarlo—; esta traición acabó por destruir el cuerpo ya enfermo de Bolívar, quien sintió la bala como para él, pues Sucre era su natural sucesor. El Libertador llegó a Santa Marta —aseguran que para partir a Europa o a Jamaica—, pero de allí no pasó. Hizo testamento y una última proclama; murió el 17 de diciembre de 1830. Al año siguiente se disgregó la Gran Colombia y se establecieron tres repúblicas: la de Nueva Granada, hoy Colombia, bajo la dirección de Francisco de Paula Santander, que regresó del exilio; Venezuela, con José Antonio Páez como presidente, y Ecuador, con Juan José Flores al frente. Martí, que conocía esta historia muy bien, imaginaba ese cruel y último acto: “¿A dónde iremos?”.

Representándose este patetismo, sabe cuál fue el error de Bolívar: “Muere él en Santa Marta del trastorno y horror de ver hecho pedazos aquel astro suyo que creyó inmortal, en su error de confundir la gloria de ser útil, que sin cesar le crece, y es divina de veras, y corona que nadie arranca de las sienes, con el mero accidente del poder humano, merced y encargo casi siempre impuro de los que sin mérito u osadía lo anhelan para sí, o estéril triunfo de un bando sobre otro, o fiel inseguro de los intereses y pasiones, que solo recae en el genio o la virtud en los instantes de suma angustia o pasajero pudor en que los pueblos, enternecidos por el peligro, aclaman la idea o desinterés por donde vislumbran su rescate”.[xii] El problema de la sucesión del poder en nuestra América se instauró desde entonces como un dilema, no solo latente, sino patente y urgente, porque el imperio aprovecha el desequilibrio con la cautela del tigre ─otro símbolo martiano─ para abalanzarse sobre nuestras repúblicas.

“Así está Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo”.

El Apóstol, en ese discurso, con su despliegue elocuente, se pregunta y se responde: “¿Adónde irá Bolívar? ¡Al respeto del mundo y a la ternura de los americanos! (…) ¡Al brazo de los hombres para que defiendan de la nueva codicia, y del terco espíritu viejo, la tierra donde será más dichosa y bella la humanidad!”.[xiii] La “nueva codicia” y el “espíritu viejo” ─aunque hayan tomado nuevas formas y nombres— continúan entre nosotros. No es posible recordar la veneración de Martí por Bolívar sin evocar su imagen de la mano de Huayna-Cápac ─como en el poema “La victoria de Junín. Canto a Bolívar”, del ecuatoriano José Joaquín Olmedo─, que demuestra la vigencia de su legado. Martí exclama: “¡Así está Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo, sentado aún en la roca de crear, con el inca al lado y el haz de banderas a los pies; así está él, calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta hoy: porque Bolívar tiene que hacer en América todavía!”.[xiv]


Notas:

[i] José Martí: Obras completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. 7, pp. 290-291.
[ii] Ibídem, p. 291 (El énfasis es mío).
[iii] Ibídem, p. 293.
[iv] Ídem.
[v] Ibídem, p. 294.
[vi] José Martí: Obras completas, t. 8, p. 242.
[vii] Ibídem, p. 243 (El énfasis es mío).
[viii] Ibídem, p. 244.
[ix] Ídem.
[x] Ibídem, p. 245.
[xi] Ibídem, p. 246.
[xii] Ibídem, p. 243.
[xiii] Ibídem, p. 247 (El énfasis es mío).
[xiv] Ibídem, p. 243.