Kábala-sum-sum-sum

V., H.y S.

Capitular A, de Ángel Ramírez. Foto: Cortesía del autor

Aún se escucha el eco de Umberto. Con su muerte, hace cinco años, el mundo ganó otro inmortal, otro escritor que justifica la necesidad de creer en un paraíso, donde podamos sentarnos a conversar de libros con aquellos que han dejado su firma grabada en la espalda del tiempo.

Profesor de semiótica en varias universidades italianas, Umberto Eco (Alessandria, 1932-Milán, 2016) escribió, entre otros, textos teóricos como La estructura ausente y el Tratado de semiótica general. Escritor de múltiples lecturas, concibió novelas como El nombre de la rosa, reverenciada por los lectores más exigentes, El péndulo de Foucault, La isla del día de antes, Baudolino, La misteriosa llama de la reina Loana y El cementerio de Praga.

Según él, ya que el signo es algo que significa otra cosa, la semiótica puede definirse como “la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir”.[1] Y este concepto encarna en uno de sus personajes más deliciosos, cuyo nombre da título a su cuarta novela: Baudolino. Todavía recuerdo el impacto que tuvo en mí la lectura del primer capítulo, que —como corresponde a una época en la que aún no estaba fijada la norma italiana— está escrito en varias las lenguas y en ninguna. Algo así como la jerigonza que hablaba Salvatore en El nombre de la rosa, solo que salpicada de picardía.

…el signo es algo que significa otra cosa, la semiótica puede definirse como “la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir”

Baudolino es un mentiroso tan creíble que un rey lo toma a su servicio y lo designa para hallar el reino del Preste Juan. La crónica que va haciendo sobre sus peripecias recuerda el costado fantástico de El millón de Marco Polo. Pero entre mentiras y bromas, de vez en cuando deja entrever verdades muy serias:

En la corte he aprendido cuatro cosas: si estás junto a grandes hombres, te vuelves grande tú también; los grandes hombres son, en realidad, muy pequeños; el poder lo es todo; y no hay razón por la que un día no puedas tomarlo tú, por lo menos en parte…[2]

Y más adelante añade:

Un Basileo puede usar el poder para hacer el bien, pero para conservar el poder tiene que hacer el mal. También tú has vivido junto a un hombre de poder, y también tú has admitido que podía ser noble e iracundo, cruel y cuidadoso del bien común. La única manera para no pecar es aislarse en la cima de una columna como hacían los santos padres de otro tiempo, aunque ahora esas columnas hayan caído en ruinas.[3]

Ya desde su primera novela Eco nos había advertido, por boca de Guillermo de Baskerville, que creando órdenes falsos podíamos solucionar un acertijo. Lo importante es reírse de la verdad, hacer que la verdad ría.

Y en esa risa que dice certezas a través de falsedades está la bisagra que empata la palabra del escritor italiano con la imagen de un artista visual cubano.

Portada de Baudolino. Foto: Leonor Menes Corona

Calabasón, son-són

Filomeno

Ángel Ramírez (La Habana, 1954) es la personificación de la jiribilla. Él también mira la posmodernidad con ojos medievales, pero lo hace desde el Caribe insular, rodeado de agua por todas partes. Su obra gráfica, plástica y escultórica pudiera calificarse como una guaracha gregoriana, algo así como el “Ave María” de Bach/Gounod interpretado por Ñico Saquito, ya que en ella lo sacro y lo profano se trenzan como en el ADN del cubano.

Su herramienta fundamental no es la gubia sino la sátira. Basta con coser aleatoriamente los títulos de algunas de sus obras para darnos cuenta: hay que “darla kara” en medio de “lava talla” contra los “kuadraos” que nos mandan a “caminar por la orillita”…

“Llegas preguntando por toda Cuba”, xilografía, de la serie Caos, 2014. Foto: Cortesía del autor

El doble sentido está siempre en sus piezas: “Ciego siego” (2002) es un juego de palabras homófonas que representa a un campesino; “Ada y Eva” (2005), la revisita al tema bíblico en medio del debate de género; “Algo de triunfo” (2007), una mofa al lenguaje triunfalista; “Bala perdida” (2008), una oveja negra bajo un arco ojival; “El mango de Damocles” (2008), un lugar común tropicalizado…

Alejo Carpentier —quien dicho sea de paso es uno de los escritores preferidos de Ángel Ramírez— contó la maravillosa realidad americana en lengua barroca, esa que él mismo juzgaba abierta, expansiva, infinita. Prescindiendo de signos de admiración e interrogación, de diálogos, del punto y aparte y de los adjetivos, que son “las arrugas del idioma”, fundó un estilo capaz de componer novelas musicales. Novelas en las que cada letra era una nota. Por eso decía que El reino de este mundo podía considerarse un cuarteto, El acoso una sonata y El siglo de las luces una sinfonía.

Con una obra coherente y lúcida que ya abarca décadas, Ángel Ramírez parece seguir una ruta análoga. Desde 2014, por ejemplo, viene trabajando en la serie Caos, que son xilografías en las que a menudo el nombre de las calles habaneras se emplea como pretexto del mensaje. Entre el mar de figuras que se entrelazan y confunden, el artista destaca siempre algún elemento: ya sea la bandera tricolor que simboliza a este pueblo arcoíris (“Llegas preguntando por toda Cuba”, 2014); o una muchacha que se asoma por la esquina superior del caos (“Ventana entre Obrapía y Amargura”, 2014); o el tejido social plagado de nudos gordianos (“Pasé por Sol y aquello estaba en candela”, 2015); o un hombrecito tomando baños de asiento para sus hemorroides (“Para eso lo mejor es el azul de metileno”, 2016).

“Ventana entre Obrapía y Amargura”, xilografía, de la serie Caos, 2014. Foto: Cortesía del autor

Hasta la firma de Ángel Ramírez se integra a sus piezas. Sus iniciales se articulan de tal forma que dibujan un animalito de cola larga y enroscada, que se acurruca en algún sitio del cuadro, del grabado o de la escultura. Ahora, que sé que anda armando un Bestiario, me pregunto si su firma no estará entre sus criaturas zoomorfas.

Aunque mucho de medieval supervivía en la España que nos colonizó, Cuba saltó de la Edad de Piedra a la Modernidad, sin pasar por la Edad Antigua o la Media. O al menos eso decimos. El hecho es que, al parecer, nacimos de un hiato histórico. En la medida en que revela lo medieval en nuestra contemporaneidad, la obra de Ángel Ramírez constituye un diptongo entre dos épocas. Nos dice que somos lo que somos pero también lo que no fuimos, esto es, lo que heredamos en nuestras relaciones sociales, en nuestras instituciones y en nuestro imaginario. Por lo que no resulta extraño que la obra de Ángel Ramírez apele a imágenes medievales, como Eco, o utilice un lenguaje barroco, como Carpentier.

“Para eso lo mejor es el azul de metileno”, xilografía, de la serie Caos, 2016. Foto: Cortesía del autor

Pero el enfoque de Ángel Ramírez difiere del de Umberto Eco: mientras el italiano escarba lo posmoderno en el Medioevo, el cubano descubre lo medieval en la Posmodernidad. Ángel, además, realiza una operación a nivel simbólico: juega con los signos, desarticula las palabras, deconstruye el lenguaje, crea una sintaxis nueva. Mundo distinto, palabra nueva.

Ángel, además, realiza una operación a nivel simbólico: juega con los signos, desarticula las palabras, deconstruye el lenguaje, crea una sintaxis nueva.

Iba a decir que tampoco el barroquismo carpenteriano coincide con el de Angelito, que parece más inclinado al choteo, pero acabo de recordar algo que me desmiente. Hay una escena en Concierto barroco en la que Carpentier imagina un diálogo apócrifo entre los músicos europeos Vivaldi, Haendel y Scarlatti con un negro cubano llamado Filomeno. Cuando el antillano, con su peculiar gracia, entona desenfadadamente: “Calabasón, son-són”, los adustos europeos, que quieren seguirle la rima pero no lo entienden, repiten a coro: “Kábala-sum-sum-sum”.

He ahí la diferencia entre los dos mundos. He ahí por qué, en la historia del grabado cubano, Ángel Ramírez será siempre el sumo sacerdote de la ironía. O, si alguien lo prefiere, Filomeno.


Notas:
[1] Random House Mondadori: Tratado de semiótica general , México, primera edición en Debolsillo, 2005, p.22
[2] Baudolino, Editorial Lumen, S.A., Barcelona, primera edición en Palabra en el Tiempo, 2001, p. 124
[3] Ídem, p. 247