Carlos Alberto Cremata: “Eusebio tejía familias a su alrededor”

Ana María Domínguez Cruz
4/8/2020

“Fue mi amigo”, me dice Carlos Alberto Cremata (Tin), director de la compañía de teatro infantil La Colmenita.  Aunque la certeza me llega a través del lenguaje escrito, imagino su garganta atravesada por tantas vivencias (algunas impublicables, según me asegura después), y prefiero pensar que incluso en medio de la consternación que provoca la fatal noticia de la muerte de su amigo, Tin disfrutará traer al presente aquellos momentos en los que se tejió esa amistad.

“Todavía estoy conmocionado, aun cuando lo esperaba. Sin embargo, cuando ocurre uno sabe que por mucho que ha orado, no habrá un día más. Es terrible. Me duele siempre no cumplir la palabra empeñada. Tengo mi alma sembrada de sus recuerdos y anécdotas. ¡Dios mío, cómo yo quise, quiero y querré a ese hermano mayor!”.

Eusebio Leal junto a los pequeños de La Colmenita durante la gala en homenaje a Fidel Castro
por su 90 cumpleaños, celebrada en el teatro Karl Marx. Foto: Tomada de Granma

Al igual que él, cientos de personas conocían del delicado estado de salud de Eusebio Leal, el imprescindible de La Habana, de Cuba toda. Preguntarle a Tin sobre su relación especial, forjada en el tiempo, es correr el riesgo de que un día o dos no basten para rememorarlo todo, pero no obstante, aceptó la propuesta.

“Un día terrible del año 2003 se incendió la sede de La Colmenita en el Vedado. A los 14 días del incendio, cuando todas las familias colmeneras no hacían sino llorar desconsoladas, dos personas acudieron prestos a ofrecernos alivio concreto: Fidel, para reconstruir lo incendiado, y Eusebio, quien me llamó muy cariñoso a su oficina y me pidió que reuniera a los mejores especialistas de Cuba que hubieran trabajado junto a nosotros en la técnica de luces y sonido, tramoya, etc., para que asesoraran a los arquitectos e ingenieros civiles en la construcción de un ‘teatro nuevo en la Habana Vieja, pero… el teatro que ustedes sueñen’. No solo nos ofrecía la edificación de un teatro propio en el corazón de su entrañable casco histórico (en la Basílica de San Francisco de Asís), sino que nos hizo protagonistas de su construcción, la cual fue ejecutada de acuerdo a nuestro gusto”, expresó Tin con emoción y continuó rememorando aquella época.

“Luego de todos estos años, su respeto irrestricto a que nadie ajeno a La Colmenita decidiera en su funcionamiento fue siempre ejemplar. Su mano bienhechora impidió muchas chapucerías que se intentaron en el camino y su hábito de Quijote se dedicó siempre a deshacernos numerosos entuertos”.

Entonces Tin recordó cierta anécdota: “Un día, urgido por un problema, fui a pedirle ayuda junto a mi asistente de dirección. Su secretaria se paró afuera de su oficina y dijo en voz alta: ‘¡Leal, aquí está Cremata!’. Él preguntó si venía solo o acompañado, y ella respondió que conmigo venía una asistente. Leal rogó que me hiciera pasar solo. Entré muy extrañado, y me lo encontré tendido en un sofá, sin zapatos, en plantillas de medias. Un médico le ponía una inyección. Cuando me acerqué perplejo, me susurró: ‘Disculpa Tin, es que en el estado en que estoy, solo me puedo dejar ver por la familia’. Con esa humildad que hechizaba, agregó luego: ‘¿Me esperas un momentico?’. Así. ¡Familias era lo que iba tejiendo siempre a su alrededor!”

Tin evocó otro pasaje muy especial vivido junto a Eusebio: “Compartimos como diputados de la Habana Vieja en la Asamblea Nacional. Me sentaba a su lado. Un día yo tenía un problema personal muy difícil. Estaba especialmente sensible, y al entonar todos el Himno Nacional me acordé de mi papá y empecé a llorar de repente. Era un llanto inconsolable. Me cuidé muchísimo de que Leal no se diera cuenta, me moría de pena que me viera así, y si me preguntaba, nunca hubiera sabido qué responderle. Cuando terminó el Himno —pensé que había logrado ocultar mi llanto—, me tomó muy suavemente del brazo, sin mirarme, y me dijo en un susurro: ‘Recuerda que estoy a tu lado, y estaré siempre’. Me impresionó que no me mirara, como protegiendo mi pena e intimidad. No recuerdo haber sentido nunca mayor sensación de alivio”.