Caturla posee el encanto de los más hermosos fantasmas

Mauricio Escuela
8/3/2021

“¿Cuándo se acaba esto? ¿Cuándo ha comenzado?”
Eduardo Heras León (La guerra tuvo seis nombres)
 

La estatua de Alejandro García Caturla aún no se ha erigido, es solo una ilusión entre tantas en la mente de los remedianos. A 115 años del nacimiento del genio, las leyendas rondan la plaza y las calles de la villa hasta volverse parte indisoluble de la historia. Hay quien lo ha visto tocando el piano por las tardes, otros lo presienten en las salas de la casa familiar. La tarja que marca el sitio donde cayera asesinado en 1940 tiene siempre una ofrenda, llevada ahí por personas comunes, artistas, admiradores. No obstante, el sueño de un monumento de bronce, de un gesto mayor, desvela a la ciudad, coloca a los hijos en la encrucijada y trae hasta el presente los dolores del tiempo.

Alejandro García Caturla “devino uno de los símbolos de la Isla, una voz poética y raigal imprescindible”.
Foto: Tomada de Granma

 

Caturla posee para todos un misterio, una trágica sombra. Hace años conversé con Eduardo Heras León sobre el carácter dramático de la muerte del genio y de cómo nadie ha podido narrar, en clave de obra maestra, dicho suceso. Todo queda sepulto entre el polvo de las calles de Remedios, el silencio de familiares, el susto de los habitantes de una ciudad acostumbrada a lo sobrenatural. Y es que hasta pareciera que una entidad mayor gobierna todo lo relacionado con Caturla. La casa de sus hijos y esposa yace en el olvido, sin que se defina qué pudiera hacerse con ese solar yermo. El valor museable de las piezas en dicho sitio desapareció, dando paso a unas paredes derruidas, el piso de tierra y las rejas desvencijadas. Allí vivió Catalina, su viuda, madre y abuela de inmensos instrumentistas y autores de la música cubana.

De Caturla se conserva la casa familiar y eso nos trae un aire de detenimiento, de sosiego, de tranquilidad en medio de tanto legado. El patio respira aquellos años de la república cuando entre saraos y tertulias se criticaba el estado de la política, de las costumbres y se escuchaba la última pieza del genio interpretada al piano. Las habitaciones tienen un espíritu de acecho, de presencia de almas e incluso en la cocina se intuye la estampa humana y carnal de la familia. La casona frente a la plaza conforma un escenario ideal, el marco propicio para que la gente conozca y ame, se empape de la historia y la lleve más allá de los límites y comarcas de Remedios.

En los estudios que se hacen sobre Caturla, el genio aparece como una persona “atravesada” y fuera de tiempo, que intentó una rectitud en el derecho y una libertad en el arte. La república era por entonces hipócrita. En el parque, negros y blancos no podían compartir los mismos paseos ni rutas. Todo estaba dirimido de antemano en clases, colores, clasificaciones. Para aquel que viajara desde joven hasta los confines del territorio a la caza de los bailes africanos y los panteones yorubas, la prohibición pacata y formal, racista, era un insulto. Caturla amó a dos mujeres negras a la vez, quienes eran hermanas. La moral saltaba todas las alarmas y amenazó de muerte al joven que daba los primeros pasos de una brillante carrera.

Atrás quedaron La Habana y París, Caturla debía hacerse cargo de la familia, de los hijos, y trabajar como abogado de pueblo. La recién nacida Constitución prometía la igualdad ante la ley y él se juró llevarla a la práctica. El padre y más de un amigo le dijeron que eso no era posible en la Remedios de la esclavitud y los ingenios, de la clase adinerada blanca y los abusos. El genio siguió componiendo partituras mientras escribía cartas a Carpentier y el resto de los amigos de la vanguardia. Una noche, en el teatro Miguel Bru de la ciudad, fue abucheado por la chusma presente, lo cual provocó que Caturla mudara sus sueños hacia Caibarién, donde fundó una sinfónica. Era la capacidad de hacer lo que lo guiaba y mantuvo vivo. Las amenazas de muerte no se detenían, por lo cual comenzó a salir con un revólver, para defenderse.

En Remedios han pasado grandes hechos, muchos trágicos, otros a medio camino entre la comedia y lo triste. Las calles Independencia y Maceo se interceptan en el sur, a una cuadra de la Plaza José Martí. Ambas vías forman un viacrucis simbólico, pues antes se nombraban Nazareno y San Juan Bautista. Todo en la ciudad tiene ese aliento de otro mundo. Caturla atravesaba la encrucijada, caminando como cada día, a la luz del sol, cuando fue baleado por un matón local. El crimen no quedó impune, pero sí quienes estaban detrás del suceso, los rostros ocultos del poder. El músico, moribundo, exhaló unos pasos apenas y cayó desangrado. Nadie ese día esbozaba una sonrisa. Silvino, el padre, se transformó en una sombra humana.

Silvino García se dedicó a recopilar documentos y objetos que pertenecieron a su hijo.
Foto: Arelys María Echevarría Rodríguez / La Jiribilla

 

En solo unas décadas Caturla le cambió el rostro a la cultura cubana, sus piezas eran interpretadas en los mayores conciertos y ambientes del mundo. Devino uno de los símbolos de la Isla, una voz poética y raigal imprescindible. Desde aquel fatídico día de noviembre de 1940, todos hablan de la necesaria estatua. Unos la imaginan de pie, como un gran maestro, en un pedestal; otros la quieren cercana, en un gesto de familia, junto a la puerta de la casa.

En aquella conversación que sostuve con Heras León, el escritor me recordó que la literatura se beneficia con las sombras, con aquello que resulta oscuro y triste, de ahí salieron grandes obras maestras. Pienso en el famoso pasaje de la muerte de Caturla y en las muchas leyendas que se desprenden. Remedios pareciera hablar en una clave misteriosa que atraviesa el tiempo, trayéndonos luces y tonos de lo que fuera una época. Quizá ello explique la ausencia de una obra, ya sea una novela o estatua, que narre o describa a Caturla: la ciudad quiere ser ella su propia protagonista y gestora eterna. 

En los destellos de la tarde que atraviesan la casona familiar ubicada frente a la plaza están los colores del vitral de la sala, unos rayos que caen sobre el piano y que le regalan al visitante la mejor silueta viviente del genio. Cuentan que unas horas más tarde, si prestamos atención, los acordes se oyen, en la suavidad de la noche, con el encanto de los más hermosos fantasmas.

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