Che y el desafío de la humanidad (II)

Carlos Tablada Pérez
16/6/2020

II

La Revolución Cubana se caracterizó desde sus inicios por situar a la persona en el centro. No se convocó a la Revolución solo para alcanzar un nivel material de vida superior, sino para obtener la dignidad individual y colectiva, la independencia, la soberanía, el acceso de todos los desposeídos —proletarios o no— al poder, a la educación, a la cultura y a la salud; así como para luchar contra cualquier abuso de los derechos de la persona, contra la discriminación racial y de la mujer.

Por ello, no es de extrañar que diera origen a un marxismo que privilegiara al ser humano y que rechazara, tanto al liberalismo pragmático individualista como a las diversas interpretaciones del marxismo dogmático, mecanicista, enajenante, que impone un colectivismo que aplasta las individualidades, cientificista; y a aquellas, que al hacer mucho énfasis en el papel del proletariado, de la clase obrera, descuidan, subestiman, o se olvidan “…que son hombres los que se mueven en el ambiente histórico”. Las últimas eran interpretaciones del marxismo que trasladaban relaciones capitalistas y una enajenación, en ocasiones más profunda, que le negaban al hombre toda posibilidad de “forzar” su medio; que le inculcaban un conformismo, una aceptación de lo establecido, porque venía dictado por “leyes objetivas” que él no podía cambiar, que lo más que podía esperar era que sus dirigentes las interpretaran y el Partido decidiera por él, que lo llamaba a que no era él como individuo el que podía proyectarse para hacer la Revolución. Sino la clase obrera, proletaria y su partido de vanguardia, comunista, quienes les indicarían, cómo y cuándo eliminar las causas de su enajenación.

La lectura de las cavilaciones de Marx y de su correspondencia, a raíz de la Comuna de París, nos permite disfrutar la frescura de la obra del Marx joven, que el peso científico de su obra licuó, en su madurez.

El período 1959-1961 es muy importante para comprender la evolución del pensamiento guevariano. En este tiempo, el Che empieza a fundar una concepción y un modelo socialista alternativos al soviético, que se había identificado hasta entonces como el único socialista, marxista, posible. Che contaba para ello con la participación consciente de la persona y la autotransformación de su conciencia. A diferencia del marxismo de la época, percibía la conciencia como un elemento activo, con fuerza propia. Él había sido testigo y protagonista de la Revolución cubana, de la fuerza de la conciencia desarrollada por la población para derrocar la tiranía y para dar inicio a profundos cambios culturales, económicos, políticos y sociales. En esta etapa los revolucionarios siempre estuvieron en minoría material (ocho mil fusiles del pueblo contra un ejército de cien mil tropas), pero la conciencia devino fuerza material, tan poderosa como los aparatos de represión que poseía la dictadura. El pueblo logró imponerse y obtuvo su libertad el 1ro. de enero de 1959.

Al triunfo de la Revolución se iniciaron profundas transformaciones económicas (rebaja de los alquileres de la vivienda en un 50%, Reforma Agraria, fin de la discriminación institucional, etc.) que concitaron la oposición de poderosas fuerzas materiales (transnacionales estadounidenses, el gobierno de los Estados Unidos, la alta burguesía cubana, etc.), pero el pueblo cubano pudo derrotarlas porque surgió una nueva fuerza, tan poderosa como los fusiles: la conciencia, el valor de una idea justa.

No es de extrañar que el Che, al abordar la configuración del modelo económico, tuviera en cuenta esa fuerza formidable que el pueblo cubano materializaba a diario. En los años sesenta, entre el humanismo de Marx y de Engels en sus obras de juventud, el humanismo de Martí, la conducción de Fidel Castro y la actividad revolucionaria cotidiana del pueblo cubano, había muchas coincidencias y quizás ninguna diferencia esencial.

Che aprendió a medir los procesos no solo por la cantidad sino por la calidad: el modo en que se producían y las relaciones que brotaban entre los hombres por este modo.

A fines de 1960 e inicios de 1961, Che y su equipo tenían configurados los principios —y algunos de los procedimientos de lo que llamó— Sistema Presupuestario de Financiamiento. Este demostró su efectividad en la dirección de la economía nacional y su carácter más humano en la interrelación entre las fuerzas productivas, el nivel de las relaciones sociales de producción y su vinculación con la superestructura, las clases y el individuo. Lo anterior fue un mérito histórico del Che porque, por primera vez, estableció un sistema pensado y actuado por un protagonista del y desde el Sur, que propiciaba la tendencia de que la conciencia del productor jugase, cada vez más, un papel ascendente, predominante. “El sistema presupuestario es parte de una concepción general del desarrollo de la construcción del socialismo y debe ser estudiado en su conjunto”.

Che elaboró el Sistema Presupuestario de Financiamiento porque no compartió el modelo soviético.

 Fotos: Tomadas de Internet
 

“Siempre ha sido oscuro el significado de la palabra ‘cálculo económico’, cuya significación real parece haber sufrido variaciones en el transcurso del tiempo, lo extraño es que se pretenda hacer figurar esta forma de gestión administrativa de la URSS como una categoría económica definitivamente necesaria. Es usar la práctica como rasero, sin la más mínima abstracción teórica, o peor, es hacer un uso indiscriminado de la apologética. El cálculo económico constituye un conjunto de medidas de control, de dirección y de operación de empresas socializadas, en un período, con características peculiares”.

No importa solo la cantidad y calidad de bienes materiales elaborados, sino el modo en que se producen y las relaciones sociales que se desprenden de dicha manera de producir y distribuir lo producido.

Sin embargo, el que Che viera la conciencia como un elemento activo, como una fuerza material, un motor de desarrollo de la base material y técnica, no implica que soñara con quimeras románticas e irrealizables. Conocía al hombre y la naturaleza de este al salir del cieno burgués, como ya hemos expuesto en las páginas precedentes.

Por lo general, cuando se presentaron crisis en el funcionamiento de la economía socialista, lo que ocurrió fue que la discusión giró en torno a la eficiencia económica, tendió a concentrarse en los aspectos técnicos y administrativos del problema y se omitió la dimensión socio-político-ideológica de las opciones debatidas. Solo se cuestionó la superestructura o parte de ella, mientras la base quedó al margen de toda sospecha.

Las ideas económicas de Che no son un accidente en la historia de la Economía Política, ni constituyen tampoco un sistema teórico aislado. Sus ideas son un producto lógico del propio devenir histórico de la lucha revolucionaria anticapitalista y de la ciencia económica en un momento específico, decisivo y de cambio de su desarrollo. Che responde a la necesidad creciente de nuestros pueblos —tanto los del sur como del norte— de unir, en un todo, la ética y la economía. Che aspira a poner la economía en función de las personas y no a las personas en función de la economía, como ya había ocurrido en los regímenes del socialismo existentes y acaece bajo todas las variantes de capitalismo. Y es en este terreno donde el Che enriquece de modo teórico y práctico el lugar de la condición humana en la teoría marxista.

El socialismo del siglo XX también se perdió porque no fue capaz de crear un modelo de funcionamiento y desarrollo económico eficiente basado en principios distintos a los del capitalismo, con su lógica y su dinámica propias; un sistema económico que no se basara para su funcionamiento en las categorías capitalistas y en las concepciones de progreso y de cultura que el capitalismo posee. El socialismo real del siglo XX no pudo parir un sistema económico que generara nuevas relaciones económicas de producción y nuevas relaciones sociales —también éticas, situamos la ética en este nivel— entre las personas, entre los productores, entre los obreros y demás clases y capas sociales presentes en el período de transición socialista, diferenciadas de las capitalistas.

La obra que nos legó el Che apunta en la dirección de encontrar esta especificidad de la economía política de un sistema alternativo al capitalismo, y algunos de los principios en los que debe fundarse.

El capital, cada vez más, ha dominado y reina en Occidente, recurriendo en pocas ocasiones a la fuerza bruta. La Sociología, la Psicología, la Ciencia de la Comunicación y otras disciplinas de la educación superior, han sido puestas como nunca al servicio de sus intereses de clase y han logrado una dominación espectacular de toda la sociedad civil, incluyendo a la clase obrera —llamada por Marx a encabezar y a desarrollar la Revolución comunista—, dominación a la que el marxismo no ha sabido responder.

Es una deficiencia grave. Se ha ignorado y/o subestimado, despreciado, o simplemente se han refugiado en los postulados ineluctables de Marx y Engels, con la inevitabilidad de la Revolución socialista, el papel obligado de la clase obrera a ser la vanguardia de la Revolución, etc. Nos hemos volcado más hacia la especialización enciclopédica de la obra de Marx, Engels, Lenin y otros marxistas destacados del pasado lejano y reciente, que hacia la tarea de ser creativos, de producir ideologías y análisis que encaren los nuevos desafíos del capitalismo de nuestros días y nos permitan ser audaces, imaginativos; buscar y encontrar alternativas.

Che, desde 1959, comenzó un proceso de descubrimiento de estas realidades, empezó a percatarse de ello y fue ganando conciencia de que la interpretación que él hacía de sus lecturas de Marx era diametralmente opuesta a los paradigmas de las diversas interpretaciones marxistas de su época.

Otro de los elementos que diferencian, de forma radical, al socialismo cubano de las distintas aproximaciones al marxismo es la interpretación de la ley del valor y su supuesta utilización en la gestión económica del período de transición socialista.

Che se percató que no bastaba con establecer jurídicamente la propiedad sobre los medios de producción por parte del pueblo, para determinar que el proceso de construcción de una sociedad más humana estuvera garantizado:

“Frente a la concepción del plan como una decisión económica de las masas, conscientes, se da la de un placebo, donde las palancas económicas deciden su éxito. Es mecanicista, antimarxista. Las masas deben tener la posibilidad de dirigir sus destinos, resolver cuánto va para la acumulación y cuánto al consumo, la técnica económica debe operar con estas cifras y la conciencia de las masas asegurar su cumplimiento. El estado actúa sobre el individuo que no cumple su deber de clase, penalizándolo o premiándolo en caso contrario. Estos son factores educativos que contribuyen a la transformación del hombre, como parte del gran sistema educacional del socialismo. Es el deber social del individuo el que lo obliga a actuar en la producción, no su barriga. A eso debe tender la educación”.

Che comprendió la urgencia de alertar al pueblo cubano y a la humanidad, del fraude que representaba la orientación que había asumido el socialismo del Campo Socialista, el existente, a nombre de los ideales marxistas y comunistas. De esos esfuerzos nos legó una producción teórica. En mi libro sobre el Che vienen algunos de estos últimos escritos inéditos y las razones, los argumentos, que hicieron al Che, en la década de los sesenta, llegar a la conclusión de que los soviéticos habían extraviado el rumbo y estaban, en realidad, reconstruyendo el capitalismo.

Escritos y discursos que pretendieron también poner a disposición pública todos estos temas, con la intención de que prevaleciera la cultura del debate, la tolerancia y el respeto a la opinión ajena, la búsqueda creativa; y, así, evitarle al pueblo cubano el camino que seguía el resto de los países del Campo Socialista.

Che se propuso que el proceso de destrucción del poder capitalista no generara en Cuba la lógica del funcionamiento de los mecanismos de poder de todos los modelos de transición socialista que se habían experimentado en el siglo XX, con sus diversas variantes: procesos que conducen del protagonismo de la clase obrera al del partido, de este, a sus aparatos de dirección y mando y, de aquí, a un poder personal. El resultado es que las masas, y dentro de ellas la propia clase obrera, quedan marginadas del poder real, de la toma de decisiones, del ejercicio cotidiano del poder.

Se trata de aplicar al marxismo su concepción de la historicidad de todo pensamiento, de rescatar su esencia. También se trata de abolir los dogmas marxistas que han prevalecido a lo largo del siglo XX y que han prefigurado los resultados obtenidos.

El capitalismo no tiene nada que ofrecer a la inmensa mayoría de la humanidad, ni material ni espiritualmente. Hasta hoy tiende a incrementar la alienación de las personas, no solo de las que habitan en los países capitalistas subdesarrollados, sino de los pueblos que viven en el norte rico —incluso a su propia clase dominante—.

La salvación ecológica del planeta mismo depende de la capacidad que encuentre la humanidad para frenar las intrínsecas tendencias depredadoras del capitalismo en su perenne afán por maximizar ganancias.

El capital, en los países desarrollados, se lanzó a inicios de la década de los noventa a una nueva ofensiva para quebrar los sindicatos y destruir las conquistas laborales que sus trabajadores obtuvieron a sangre y fuego, a fines del siglo XIX y principios del XX, y que alcanzó su máxima expresión con lo que se conoce como Estado de Bienestar. Nuevos conceptos de “flexibilidad”, “competitividad” en el mercado laboral, etc., metamorfosean la realidad: el capital requiere recortar el salario de los trabajadores, aumentar sus horas de trabajo, quitarse de encima gastos indirectos de producción y servicios y transferirlos al trabajador; que el salario de los trabajadores asuma estos gastos, con el fin de mantener e incrementar su tasa de ganancia y hacer competitivos sus industrias y servicios en el mercado mundial, en el que se pugna por un nuevo reparto.

 

El capitalismo es obsoleto porque no es capaz de: evitar la destrucción del medio ambiente; solucionar el desempleo creciente, que es una necesidad y un mal estructural del sistema, como ya lo declaran los gobernantes occidentales sin cortapisa; frenar el decrecimiento económico del Tercer Mundo y encontrar la solución de todos los males que flagelan a las poblaciones del Sur; evitar el incremento del racismo, la violencia contra la niñez, la desigualdad de la mujer y la práctica creciente de la violencia contra ella.

Presenciamos en la década de los noventa el inicio del fin del Estado de Bienestar para los habitantes del norte, la incapacidad de poner las fábricas a su explotación planificada, la agricultura al servicio de las necesidades de la humanidad, el desarrollo de la técnica y de la economía acorde con la dimensión humana. Nada de lo anterior ha resuelto el capitalismo en siglos de existencia y, en lo adelante, tampoco lo podrá resolver porque, entre otras razones, lo que mueve al sistema es la extracción de plusvalía de la masa trabajadora, el afán de lucro a cualquier precio. El capitalismo nunca ha podido conjugar satisfactoriamente el dinero y la ética, las necesidades espirituales y materiales de las personas; y ha demostrado su incapacidad para satisfacerlas.

Para los países del sur la realidad es aún más trágica, así lo corroboran las estadísticas de instituciones de la ONU, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI), de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y de otras instituciones de poder y dominación capitalista.

La tendencia de la Tasa de Ganancia del Capital continúa disminuyendo y el Capital compensa este fenómeno del sistema, explotando aún más al sur a través de mecanismos como el pago compulsivo de la deuda externa, produciendo en los últimos años una disminución del ingreso per cápita.

América Latina padece todos los males de la globalización y la postmodernidad —y ninguna de las ventajas prometidas—: el crecimiento económico sin empleo; la concentración del saber en el norte deja fuera a nuestros pueblos de las tecnologías de punta, de la creación y el desarrollo de centros de investigación científica; la destrucción del medio ambiente —envenenamiento de las fuentes de agua potable, tala de los bosques, etc.—; el desarrollo del modelo de crecimiento basado en las exportaciones a todo trance; la privatización de las empresas estatales y los servicios de correos, salud, educación, seguridad social, lo que origina un crecimiento sustancial de la pobreza; la apertura de las fronteras para el flujo libre de capitales, flujos financieros y de mercancías provenientes del norte, de modo que se arruinan las economías nacionales, y no así el flujo libre de personas del sur hacia el norte; reducción del salario real, dependencia alimentaria del exterior, incremento de la deuda externa; etc.

Uno de los logros inobjetables del capitalismo neoliberal es su éxito en la manipulación de las instituciones estatales, privadas y de la opinión pública. El neoliberalismo invirtió centenares de millones de dólares desde los años ochenta con el objetivo de dominar la formación de la opinión. En los últimos veinte años se ha originado una concentración de los medios de comunicación sin precedente en la historia. Menos de cuarenta personas dominan más del ochenta porciento de los medios masivos de comunicación: TV, internet, prensa diaria, revistas, radio, etc.

Sumado a lo anterior, el gran capital continuó comprando casi todas las editoriales del mundo e impuso su discurso ideológico, tanto en lo que se publica, como en lo que se vende y se lee. Se va sometiendo a las poblaciones del mundo utilizando, desde el uso brutal de la fuerza, como hemos presenciado a lo largo de la década de los noventa e inicios del siglo XXI, hasta métodos más finos que nos convierten en ciudadanos consumidores obedientes, cada día más pobres desde lo espiritual. Lanzan a la juventud al consumo desenfrenado de drogas y de cualquier bien material superfluo, y al empobrecimiento total su formación cultural humanista.

Muchos desean ver concretado en un programa de acción, en un movimiento, en una asociación, en un partido o un conjunto de ellos, el camino alternativo al actual estado de cosas. Muchos, que comienzan a despertar de la etapa de desaliento aplastante en la que nos impusieron no pensar y aceptar el modelo de globalización neoliberal como lo menos malo de lo posible —etapa en la que la ideología neoliberal inmovilizó a grandes mayorías en los años noventa, con su imposición de un pensamiento único—, desean hoy una luz para remontar el túnel en el que nos ha sumido el neoliberalismo.

En los últimos treinta años —particularmente en los últimos doce años—, hemos venido aceptando la materialización del capitalismo neoliberal y participando en diversa medida en la relegación de los valores humanos elementales a una escala nunca antes vista. Hemos venido aceptando, de modo pasivo, la imposición de una cultura dominante creada y propagada desde los centros del poder mundial que niega todo pensamiento, que enajena al ciudadano común del espacio para pensar por sí mismo, de decidir, de votar libremente y de elegir, sin manipulaciones, a los dirigentes que representen mínimamente sus intereses personales, locales, laborales y comunitarios desde lo cultural.

Votamos —donde existe democracia representativa— y luego los elegidos hacen otra cosa y no tenemos poder sobre ellos hasta la nueva elección dos, cuatro, seis o siete años después. En este período, avanzó cada día más la uniformidad gris del neoliberalismo, que llevó a la gente a la desilusión, al desconcierto, a la evasión y a sumergirse en un individualismo feroz y uniforme a través de los programas globalizados de la TV y de la industria de Hollywood.

Una mirada atrás nos permite observar que en muchas de las crisis que la humanidad ha tenido en su historia más reciente y conocida de los últimos seis mil años, las salidas y las respuestas han surgido de una manera inesperada, impensable con el instrumental organizativo conceptual a mano por los pensadores de cada época. Por lo general, las soluciones han brotado de la imaginería popular, a través de la fantasía, de la capacidad de soñar y luchar por una vida mejor, de grandes segmentos de la población —llámense clases sociales, grupos, etc.—, que han padecido, de muy diversa manera, las limitaciones extremas al acceso a los bienes más elementales de subsistencia material y desarrollo de sus intereses; y a la represión en la expresión de sus pensamientos, fe, ética e intereses culturales. En muy pocas ocasiones las respuestas han venido de las instituciones establecidas por los partidos y grupos políticos de oposición al status quo. Más bien, muchos de esos partidos, grupos y organizaciones religiosas han capitalizado ese caudal de iniciativa y creatividad por cambiar lo establecido y los han sumado al carro acercándolos a sus intereses en diversa medida.

Desapareció el Campo Socialista y todo lo que justificaba la carrera armamentista, los grandes presupuestos de guerra que limitaban la sociedad de bienestar en el norte y el desarrollo en el sur. Y hemos presenciado en las últimas décadas que los países capitalistas del norte —a su vez, los grandes productores de armas (dentro de ellos, los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia producen el ochenta porciento del total mundial) y los que desatan las guerras para que se consuman sus armas y, así, volver a producir más y aumentar las ganancias de su macabro negocio—, no solo no han reducido sus producciones, sino que asistimos en el siglo XXI a la reactivación de la idea loca de imponernos una carrera armamentista de proporciones colosales, nunca vista, con una nueva generación de armas atómicas, con el plan del escudo antimisil y la guerra aeroespacial desarrollado e impuesto a la humanidad por los Estados Unidos, cabeza del poder mundial neoliberal. Y contra Cuba, además del bloqueo económico, comercial y financiero, desarrollan una sofisticada guerra mediática e ideológica sin par.

La década de los noventa del siglo pasado se inició sin el comunismo como protagonista, con el capitalismo como único actor. Hoy no hay dudas que el capitalismo es el causante de muchas guerras desatadas por el sistema con el saldo de millones de muertos, heridos, lisiados de por vida. Despertamos nuevamente y volvemos a asumir que cuando existen personas que sufren pobreza, maltratos y falta a su dignidad no podemos quedar ajenos. No podemos declarar que no podemos cambiar el estado de cosas que lo provoca.

Quizás uniendo individualidades bajo bases nuevas, libres de las que llevaron a los errores del siglo XX, podríamos hallar soluciones sostenibles a cada uno de los problemas que aquejan la existencia misma de nuestro país y del planeta. Y decimos nuevas bases, porque la globalización última del capital está cambiando la naturaleza del poder; hemos presenciado en la última década del siglo XX, una disminución considerable del poder por parte de los estados nacionales.

 

Hemos presenciado que no existen diferencias sustanciales en las decisiones tomadas y las conductas entre gobiernos capitalistas de izquierda, de centro o de derecha. La nueva relación de poder de la globalización obliga a pensar más en buscar una nueva relación de poder en la sociedad civil, para subvertir la existente.

El capitalismo no tiene nada humano que ofrecerles a nuestros pueblos. El ideario de Che, su vida, sus acciones, sus escritos, ocupará un lugar destacado en la tarea del desarrollo del pensamiento y de la ética en la búsqueda de una sociedad con rostro humano, el que nuestra raza, finalmente, merece.

Es cierto que las regulaciones y leyes que desde el inicio de la Revolución fueron conformando el bloqueo, la Ley Torricelli de 1992 y la Helms-Burton 1996, nos deterioran material y moralmente. Como también decía el Che, con hambre no se puede construir el socialismo. Hay que buscar mecanismos para garantizar que la gente tenga comida, ropa, trabajo, que no tengan que robar para vivir. El Che no era un idealista. Tenía los pies tan en la tierra, como Fidel, que ambos dijeron que la Unión Soviética iba a desaparecer y no se equivocaron. Para haber hecho ese pronóstico y haber dicho por qué iba a desaparecer, hay que ser muy realista.

Pienso que, a pesar del deterioro, el imperio ha tenido que tomar nuevas medidas, incluyendo las de la administración Trump, porque no nos han podido quebrar. Nuestro pueblo no está deshecho. Estamos con la camisa rota por aquí, el pantalón tiene un hueco por acá, tenemos algunas heridas que todavía sangran, pero estamos vivos, estamos llenos de energía, de ética y estamos llenos de presente y de futuro.

Han tratado de denigrar el ideal del hombre nuevo. Cuando veo a los médicos cubanos trabajando en pueblos indígenas de la Amazonia, trabajando en lugares perdidos en África —como es el caso de los dos compañeros que tenemos que rescatar, a los que nos han secuestrado y los otros que están allí y no se han ido— luchando en el pasado contra el Ébola y hoy día contra la Covid-19, no puedo evitar preguntarme: “¿Qué más hombre nuevo que ese?” El que va todos los días al trabajo y que no puede hacer cuatro comidas al día porque el salario no le alcanza, ese es el hombre nuevo también.

Los que están en contra del Che quieren idealizar también el concepto de hombre nuevo del Che. Si en Cuba no hubiera un hombre nuevo, simple y sencillamente, no estuviéramos aquí. Los Cinco Héroes ¿de dónde salieron? Son gente de pueblo, que no se quebraron cuando fueron condenados injustamente y apresados en las cárceles estadounidenses. En el concierto de Silvio Rodríguez, dos días después de su regreso a Cuba, aparecieron ellos con sus madres, con sus esposas y Gerardo contaba: “En el momento peor, cuando estábamos en las celdas de castigo, cuando no hablábamos con nadie, nos poníamos a cantar las canciones de Silvio”.

Una vez más el pueblo cubano está a prueba, como escribió el Che en 1966:

“Nuestra fuerza de corazón ha de probarse aceptando el reto de la Esfinge y no esquivando su interrogación formidable”.