El éxito de una carrera musical como la de Chucho Valdés no debe ser vista como una casualidad sino como la lógica acumulación de diversas situaciones en su existencia.

Nada ajena al entorno familiar, su formación primigenia comienza gracias a su padre, así como la de varios de sus hermanos, y logra no solo una rara conexión en ocasiones mística, sino que deriva en una sólida disciplina que dura hasta hoy. Su inclinación por el piano tal vez fuera una feliz coincidencia o el sueño de imitar a su papá, o pudiéramos imaginar que también este último catalizó el talento y condiciones musicales del entonces niño Dionisio Jesús hacia el instrumento. Y lo digo porque mucho se ha escrito al respecto y hay hasta quienes dicen que sus aptitudes eran tan especiales que hubiera brillado en cualquier otro, lo cual no pareciera tan ilógico si nos apegamos a su obra.

Durante la bulliciosa y cosmopolita vida citadina de los años 50 y 60, disimiles fueron los formatos donde Chucho aportaba y aprendía, a la vez que sedimentaba un estilo que años más tarde revolucionaría la pianística no solo cubana, sino mundial.

Pero si analizáramos y definiéramos una primera etapa gestacional del músico, podríamos enmarcar un primer ciclo que abarca desde esos conocimientos en casa hasta la fundación de Irakere en 1973, traducido en una especie de consagración o punto de inflexión. Visto desde la perspectiva que les propongo, tendríamos que concatenar puntualmente eventos intermedios en ese período como los Night Clubs de los 50 y 60 en Cuba, y la siempre recordada Orquesta Cubana de Música Moderna (OCMM). Durante la bulliciosa y cosmopolita vida citadina de los años antes mencionados, disimiles fueron los formatos donde Chucho aportaba y aprendía, a la vez que sedimentaba un estilo pianístico que años más tarde revolucionaría la pianística no solo cubana, sino mundial. El auge del jazz en Cuba desde la década del 40 como consumo de la elite musical y como herramienta de vida de muchos artistas fue notorio, al punto de tener La Habana una amplia red de clubes y circuitos donde se presentaban cubanos y afamadas estrellas internacionales, sobre todo desde Estados Unidos. Es por ello que pertenecer a algunos de aquellos formatos y conocer la literatura musical de la época, era asignatura bien asumida por Chucho en esa etapa. Todo ese proceso formativo y aprehensivo, se moldeaba a la misma vez con las influencias de Bebo, quien ya era la figura mas visible y referencial de aquellos años de la nocturnidad y bohemia cubana, y donde sus descargas y grabaciones junto a Negro Vivar, Generoso Jiménez u Orestes López, ya lo colocaban en la vanguardia del jazz en la Isla. Ahora bien, Bebo -y obviamente su hijo Chucho- no solo asumían posturas desde un jazz mimético o inmóvil, sino que ya coqueteaban con aspectos raigales de nuestra cosecha sonora y percutiva, como los tambores Batá y la clave, dándole un inusual protagonismo al elemento ritmático pero no como elemento aislado o exclusivamente morfológico, sino integrado a aspectos pianísticos donde se recreaban en el instrumento las pautas diferenciales del embrión rítmico cubano. Pero a toda esa transitividad musical hay que sumarle elementos que como pianista joven y en roles de acompañante, Chucho pudo -y supo- conocer en aquellos decisivos años, no solo integrado a un formato instrumental, sino compartiendo con cantantes que iban o venían, unos buenos y otros quizás no tanto, en dicho abanico de cabarets y clubes.

“La Orquesta Cubana de Música Moderna como acto creativo grupal, diseñó tal vez sin saberlo, las carreras individuales de casi todos sus integrantes”. Foto: Tomada de Radio Cadena Habana

Pero su búsqueda de horizontes propios no quedaba solamente en una espiral de influencias filiales o a merced de un mercado de ocio nocturno, sino que su inclusión en la citada OCMM en 1967 fue un acontecimiento estructuralmente definitorio en su joven carrera. La OCCM como acto creativo grupal, diseñó tal vez sin saberlo, las carreras individuales de casi todos sus integrantes, desde Juan Pablo Torres hasta Paquito D´Rivera, entre muchos otros. La oportunidad de trabajar junto a maestros como Armando Romeu durante esos años le proporciona una extraordinaria experiencia que le aporta una coherente visión conceptualmente distinta a lo ya conocido, y marca un regreso del aspecto más académico -si hemos de definirlo así- del joven Chucho. Y académico porque la OCMM exigió no solo su excelente primera vista como pianista, sino su capacidad de retomar la senda de la música más elaborada y con una dificultad casi que novedosa para su tiempo.

“Con Irakere se rompían los moldes de la historia musical cubana y comenzaría una época a la que, aún hoy, debemos regresar para continuar aprendiendo”.

La conjugación casi inédita de llevar el jazz al parnaso orquestal y teatral cubano, sería una osada apuesta que marcaría hasta hoy la vida y carrera de muchos de aquellos jóvenes, especialmente de Chucho.

Tanto, que luego de un lapso de continuas innovaciones y transgresiones sonoras, llega la conformación del formato más atrevido de la música cubana de la segunda mitad del siglo XX, Irakere. Con una madurez fuera de serie y una vitalidad creativa casi sin límites, Chucho convoca a muchos conocidos integrantes de la OCMM para su nuevo formato, a la vez que replantea el uso de la percusión, pero esta vez brindándole total protagonismo. A tal punto que no hubo nada parecido ni antes, ni durante aquellos años.

Irakere replantea el uso de la percusión, pero esta vez brindándole total protagonismo. No hubo nada parecido ni antes, ni durante aquellos años. Foto: Tomada de Chucho Valdés Página oficial

Pero ya establecido por Chucho el nuevo rumbo armónico, rítmico y melódico de Irakere, faltarían dos elementos trascendentales por asumir y que le despegarían del resto de los músicos del planeta. Uno de ellos fue la asunción de un cantante con amplio dominio del folklore oral y tímbrico de la percusión cubana, dígase Oscar Valdés, pieza funcional inequívoca del grupo, y el otro elemento en mi opinión muy personal, fue el bajista Carlos del Puerto, virtuoso como pocos y gran revolucionario del instrumento. Con esas cartas tal vez inusuales o diferenciativas desde los esperados convencionalismos, unidas a la grandeza compostiva de Chucho así como su total empatía con estos y los demás integrantes de Irakere, se rompían los moldes de la historia musical cubana y comenzaría una época a la que, aún hoy, debemos regresar para continuar aprendiendo.