Cimentajes de la fe

Maikel José Rodríguez Calviño
19/3/2020

Firmeza es el título de la exposición de Marta María Pérez Bravo en una de las salas transitorias del edificio de arte cubano del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA). Esta es la primera muestra retrospectiva de la artista y la primera de tipo personal que realiza en la significativa institución. Con curaduría de Laura Arañó, la propuesta recoge un amplio número de piezas (fotografías y videos) ejecutadas entre 1983 y el presente año.

Sin temor a equivocarme, puedo decir estamos ante un acontecimiento expositivo excepcional, que ratifica el lugar significativo ocupado por Marta María dentro de la Historia del arte cubano —en particular— e iberoamericano —en general—. No siempre contamos con la oportunidad de efectuar un recorrido tan meticuloso y atractivo por la obra de una creadora sincera y meridiana, pionera en el tratamiento —dentro de la producción simbólica nacional— del discurso de género y de la religiosidad popular cubana —para ser más específico, de aspectos relativos a la Regla de Ocha-Ifá, la Regla de Palomonte y al espiritismo de mesa kardeciano, en sus estrechos vínculos con el catolicismo—.

Exposición Firmeza de la artista Marta María Pérez Bravo. Fotos: Del autor
 

Firmeza tiene como basamento un riguroso proceso de selección que aúna obras poco visibilizadas con otras más conocidas. Todas ellas son fragmentos indispensables de ese particular e inconfundible universo visual con el que hoy identificamos a su gestora: el cosmos luminoso fundamentado en una altísima densidad iconográfica, las profundas investigaciones previas al acto creativo —ya sea fotográfico o videoartístico, pero siempre de fuerte sabor performático— y el acérrimo respeto a las praxis religiosas.

Entre las obras se encuentran piezas incluidas en las series Dolores (1983), Madre de aguas (1993-1984) y Algo mágico (1985). Todas ellas centradas en paisajes rurales y citadinos, fuertemente conectadas con los presupuestos estéticos del land art[1] y con varios mitos mayores cubanos como trasfondo conceptual.

Este interés por recrear elementos del folclor y la mitología insulares condujo a la creadora a abordar los principales sistemas religiosos cubanos de origen africano. Al principio, los relacionó con el embarazo, el parto y la maternidad a partir de su propia su propia experiencia —véanse las antológicas series Para concebir y Recuerdos de nuestro bebé, realizadas entre 1985 y 1988—. Luego, se concentró abiertamente en ritos, mitos, deidades y patakíes afrocubanos recreados mediante un amplio número de trabajos que destilan un misticismo abrasador y una belleza profunda, cargada de enigmas y poesía.

En ambos casos juegan papeles fundamentales la autorreferencialidad y la autorrepresentación —en este sentido, la artista marcó un camino que luego siguieron otras creadoras, entre ellas Cirenaica Moreira, Lidzie Alvisa, Lisandra López Sotuyo y Katiuska Saavedra—. También son destacables la fidedigna elaboración de objetería no sacripotente y la construcción con/sobre su cuerpo de los artefactos a retratar. De hecho, el trabajo con lo corporal —en tanto espacio manipulado, camuflado, metamorfoseado una y otra vez— deviene una constante en el quehacer de Marta María. Los elementos mencionados conforman ese exquisito universo —al que hice referencia con anterioridad— único, al interior de un país con varios y significativos exponentes en el trato de los aspectos relativos a sus múltiples religiosidades.

 

En Firmeza, la amplia selección de fotografías convive con diez videos —muchos de ellos nunca exhibidos en Cuba—, lo cual constituye otro de los grandes aciertos de la muestra, sobre todo porque acá conocemos mucho más a la Marta María fotógrafa que a la videoartista. A ello se suma una dinámica concepción museográfica, que redunda en el carácter práctico-sagrado de las obras, cuando se colocan las instantáneas siguiendo una distribución que nos recuerda a los altares —heterodoxos y polícromos— construidos en torno a las bóvedas espirituales. Todo fue posible gracias a la pluralidad técnica presente en el ejercicio curatorial —encontramos impresiones en plata sobre gelatina, sobre aluminio, impresiones digitales, fotograbados, lienzografías y una caja de luz—, lo cual permite jugar con el espacio y ofrecer una idea clara de la versatilidad defendida por la creadora dentro del noveno arte.

Estamos ante una muestra bien concebida; centrada en mostrar lo intangible, en ilustrar mediante el arte ese diálogo complejo y misterioso entre lo humano y lo divino a través del rito —esto es: el mito aplicado a un tiempo y un espacio, explayado en el aquí y el ahora—. La de Marta es una muestra que busca develar lo invisible, lo innominable a través la injerencia humana y su sabiduría ancestral —su aché, sus egguns—; cualidad esta última que forma parte indispensable del cimentaje de la fe, de la prontitud de la magia y de la eficacia del conjuro.

Todo lo anterior queda claro desde el aforismo que nos da la bienvenida: esa frase martiana, de profunda espiritualidad, emplazada junto a la obra cuyo título nombra la muestra. En dicha pieza la artista alza los brazos por encima de su cabeza y junto al codo reposa un vaso lleno con agua. El recipiente —continente del “vehículo universal”— es aquí espejo que refleja, altavoz que potencia, canal que —parafraseando otra expresión del Apóstol que es, tal vez, el concepto sobre arte más hermoso de cuantos hayan sido escritos en nuestro país— permite vislumbrar la forma de lo divino, la manifestación de lo extraordinario.

 

Durante la inauguración, Marta María, a modo de broma, señaló que ya “le tocaba” exponer en el Museo. Ese derecho, ganado por méritos propios, indiscutibles y evidentes, al fin fue concretado para beneplácito de muchos con Firmeza, una propuesta sintomática del excelente estado de salud artística del que goza su protagonista. El MNBA se merece una muestra como esta. El arte cubano y su Historia se merecen una creadora como ella, mujer cabal, aguda, preclara, indispensable.

¡Maferefun, Marta!

 

Notas:
[1] Land art o arte terrestre: forma de arte conceptual que surge durante los años sesenta del pasado siglo y que alcanza gran auge en la década posterior. Sus artistas utilizaban o manipulaban espacios, elementos y fuerzas de la naturaleza (maderas, rocas, arena, viento, fuego, corrientes fluviales, etc.) para reflexionar, mediante formas artísticas efímeras, sobre las relaciones del ser humano con su entorno. Entre los principales exponentes de dicha tendencia, también llamada arte de la construcción del paisaje, están Robert Smithson, Milton Becerra, Eberhard Bosslet, Richard Long y Ana Mendieta.