Como lunas los ojos

Dazra Novak
17/5/2019
Con el libro de cuentos Todas las patas en el aire, Rafael de Águila ganó el Premio Casa de las Américas 2018.
Foto: Lisandra Gómez/ Escambray
 

A veces La Habana entra como en otra dimensión. Digamos que queda ajena al tiempo y al espacio. Poniendo a prueba nuestra cordura, el paisaje citadino parece correr lentamente y se abre una puerta hacia otro mundo. Puerta como la que advertía el Don Juan de Castaneda en cada crepúsculo (algo que también los marineros saben), cuando el sol besa estrepitosamente la línea última de mar.

Algo extraño pasa entonces, y el alma lo (pre)siente.

Es en esos instantes en que se otea el horizonte con los ojos redondos, abiertos de par en par —más sin ver nada viendo todo—, que uno se queda así, como varado en tierra de nadie. Como si al dar por fin el salto “algo más” acompañara esa breve suspensión en el aire. Un bonus de tiempo para el reconocimiento fugaz de que milagrosamente se gravita. Uno, sin saber cómo, está y no está.

El libro de cuentos de Rafael de Águila Todas las patas en el aire, Premio Casa de las Américas 2018, hacía ya muchos días que gritaba desde mi librero una dedicatoria de su autor: yo sé que tus patas y las mías siempre van a elevarse al mismo sitio… ¿Qué sitio será ese?, me preguntaba mientras regresaba aquella tarde alegremente a casa, por la avenida Línea, con mi ejemplar en las manos.

Ya sabemos que cada libro es solo un libro más hasta que se lee. Sabemos que una vez abierto todo libro es, como cada puesta de sol, una puerta a otra dimensión. Por entre sus páginas se va corriendo el paisaje lentamente y, al traspasar esa puerta que se nos abre, “algo más” se cuela en el sitio donde estamos. La persona que somos entra en otra dimensión. Lo que hemos sido, hasta ese milagroso instante en que agarramos el libro entre las manos, se nos queda colgando.

Una vez leído, este libro puede traer desde el pasado esa vieja certeza, que creíamos curada y olvidada, de que “nos habíamos quedado sin amigos, todos se habían ido, todos se iban, a cualquier sitio, a Gaewtzee, a cualquier sitio, todos patas al aire”. Un libro-puerta-crepúsculo entre dos mundos donde por fin gozamos del don de la ubicuidad, entresijo donde la vida toda, la que habíamos vivido hasta ese instante, sufre repaso y queda suspensa. (No suspendida, suspensa).

“Inviertes el mundo y culebrea el frío. Lo pones al derecho y mueres de calor”, dice un personaje de uno de los dos cuentos más memorables de la compilación, “Alas de mariposa”. Cuento-puerta dentro del libro que nos lanza a un país extraño y frío donde un hombre hace gala de su cubanidad lo mismo haciéndole el amor a una puta —no templándosela, como cabría esperarse—, que tendiéndole la mano a un coterráneo en desgracia, encontrado por azar. Sin decirle su nombre. Sin decirle, soy cubano, como tú, llevamos lo mismo dentro.

Historias de gestos anónimos, como el leve batir de alas de una mariposa. Un libro que es capaz de devolvernos ese “algo” que se ha (pre)sentido y más tarde olvidado, porque hoy solo vivimos su consecuencia. Es el bonus de tiempo para el fugaz reconocimiento de la imperfecta manera en que se ha llegado hasta aquí: a un amor no correspondido, a la vida que pende de un hilo, al tesoro que se pretende y no se puede desenterrar… a la primera vez de todo.

La primera vez que la muerte nos mira tan de frente, la primera vez que vemos el otro sexo, la primera vez que reconocemos lo que nunca se tuvo en realidad. Esta lectura-(re)conocimiento nos deja, en un abrir y cerrar de mundos, “como lunas los ojos, los dos ojos, redondos, hablando al aire, prometiendo al viento”. Puede ser que el autor tenga razón y la vida se viva, después de todo, como si casi, como si por poco, como si estuviéramos suspendidos en el aire.

Este volumen de diez cuentos ha sido escrito en dos saltos. Dos veces se abre la puerta-crepúsculo, dos veces quedan las patas colgando en una violencia bien centrada. Es este un libro violento. Los primeros cinco cuentos violentan al espíritu, los cincos restantes, al cuerpo. El cuerpo-lector se nos dobla en dos con ese buen puñetazo en el estómago que es el ritmo cortado, demostrado estilo de este autor.

Pero “algo más” acompaña la suspensión. Una rara poética —rara por dulce en medio de tanta violencia— que se hace más presente aún en el segundo cuento memorable “País a mediodía—y cierra estratégicamente el libro—. Bonus poético, para que reconozcamos cuán milagrosamente se vive, hecho de lluvia inminente, de miedo, de anonimato, coraje y casualidad, de ojos como lunas descubriendo, espantados al paso del tiempo, que “Dios era como Monet, mero dibujante, disponía sus óleos, sus pinceles, lo que ocurriera con la obra le era ajeno”.

El miedo, flotando en el aire, recorre tres siglos de una Isla —la nuestra y misma Isla— a la hora en punto del mediodía. Un guiño a Cortázar. Una puerta que se abre para que converjan los mundos. Un crepúsculo estruendosísimo el último cuento. Y una vez devueltos los pies a la tierra, es decir, cerrado el libro, da la sensación de que nadie ha sido, en el fondo, feliz. Ninguno de estos personajes ha quedado satisfecho. También nosotros hemos dejado lo importante detrás… Algo extraño pasa.