Con amor y humor inteligente

Paquita Armas Fonseca
20/4/2021

“Yo soy de donde hay un río, / de la punta de una loma, / de familia con aroma / a tierra, tabaco y frío; / soy de un paraje con brío / donde mi infancia surtí / y cuando después partí / a la ciudad y la trampa, / me fui sabiendo que en Tampa / mi abuelo habló con Martí” dice una de las tantas y bellas canciones de Silvio Rodríguez.

Es difícil meterse en la cabeza de un poeta extraordinario como nuestro cantor singular, pero siempre me he preguntado por qué en esa canción no hay una pisca alusiva al humor, porque Silvio es uno de los blasones del humorismo que con orgullo exhibe San Antonio de los Baños.

Museo Internacional del Humor en San Antonio de los Baños. Imagen: Cubaperiodistas
 

No por gusto a San Antonio se le conoce como la Villa del humor. Allí nacieron Eduardo Abela, Manuel Alfonso, Jesús de Armas, René de la Nuez, Pedro Rodríguez García (Peroga), Boligán, se aplatanó el gallego José Luis Posada y Silvio que, por suerte para nosotros, dejó una atractiva carrera en el dibujo, en el que tuvo un punto muy llamativo con su obra “El hueco”.

El municipio, “un paraje con brío”, tiene el mérito de haber sido cuna de varias publicaciones: desde 1861, año en el que apareció el periódico El Ariguanabo, ha tenido 105 publicaciones, de ellas 22 dedicadas a asuntos culturales y once de carácter humorístico o satírico como “El zorro viejo” y “Punto y Coma”, este último duró 22 años.

La villa fundada el 22 de Septiembre de 1794, está a 36 kilómetros de La Habana, es una fuerte productora de viandas, hortalizas y otros renglones agrícolas, y sede de la Escuela Internacional de cine de San Antonio de los Baños, inaugurada el 15 de diciembre de 1986.

Volviendo al humor: algunas fuentes aseguran que en 1915 se realizó la primera exposición conjunta de humorismo gráfico del dúo Alfonso-Abela. El 18 de marzo de 1979, 64 años después, se inauguró el primer Museo del Humor en Cuba y América Latina.

La apertura de ese Museo, una vetusta casa colonial restaurada, fue el cierre de la Primera Bienal del Humor, con el lema “El mundo ríe”. En ese primigenio encuentro concursaron 1015 obras, de 368 participantes distribuidos en 34 países. El mayor número se presentaron desde Cuba y la URSS. Jean Effel, reconocido caricaturista francés, fue el Presidente de Honor del jurado.

Muchos factores se reunieron para que naciera un certamen internacional (que acaba de celebrar su XXII edición) con un prestigio en el gremio nacional e internacional. No sería justo dejar de mencionar a dos personas que fueron los mayores impulsores de aquel nacimiento: el humorista René de la Nuez, padre de “El Loquito”, ariguanabense por nacimiento y orgullo, que “enamoró” a Ernesto Vera, entonces Presidente de la Unión de Periodistas de Cuba, UPEC, para concretar aquel sueño. Al empeño se unió la Dirección de Cultura del municipio y luego se sumaron otras instituciones.

Por muchas ediciones, la bienal solo tuvo por sede a San Antonio, que se convertía cada dos años en anfitrión de una gran fiesta para humoristas y lugareños, tanto que muchos de ellos en algún momento me confesaron que aquellos eran sus carnavales y, de alguna, manera tenían razón. Desde hacía un tiempo atrás la capital también acogía exposiciones y encuentros.

Se compite en “Humor General”, “Humor Político”, “Caricatura Personal”, “Historieta” y “Fotografía”. El máximo galardón es el Gran Premio Eduardo Abela que se entrega al artista con una muestra rica, tanto en cantidad como calidad. Michael Moro fue el premiado en la reciente edición que contó con 1702 de creadores de 53 países. La próxima, en 2023, “estará dedicada a la mujer, su empoderamiento y desarrollo en esta manifestación…”.

Escafandra anticovid, de Michel Moro, a quien fuera otorgado, por el conjunto de su obra, el Gran Premio Eduardo Abela de la XXII Bienal Internacional de Humorismo Gráfico. Imagen: La Jiribilla
 

Espero que entonces el bicharraco, ese tipejo conocido como Sars-Cov 2, ya no esté molestando al planeta en la dimensión actual, y se pueda realizar el mural colectivo, ese acto tradicional en la que un grupo de caricaturistas pinta en una pared, a la entrada del pueblo y que haya exposiciones, cervezas y risas, aunque quizás sea necesario aún el nasobuco. Pienso de todas formas que no se debe renunciar a las ganancias que ha dejado esta bienal, realizada en el ciberespacio.

Quizás los jurados se puedan combinar, y los talleres teóricos también. Con una buena labor de marketing muchas de las acciones de la bienal pueden llegar a todo el planeta mediante streaming, la modalidad que está poniendo a correr a las productoras de televisión.

Entonces preparémonos las mujeres amantes del cómic. La próxima bienal es nuestra, seduzcámosla con amor y humor inteligente.