Condesa descalza: testimonio vivo de un derrumbe moral

Roger Fariñas Montano
5/9/2018

Abilio Estévez es uno de los dramaturgos cubanos de mayor renombre. Fraguado y multipremiado en los ochenta y los noventa, también es de los más visitados por directores de escena. En su amplia labor, firma textos como El enano en la botella, Freddy, Santa Cecilia, La noche o Perla marina, y otros en los que se puede advertir una lucidez filosófica en sus argumentos y un sentido de lo teatral –desde el punto de vista estructural o formal– como en pocos autores contemporáneos. Si bien lo poético alcanza un vuelo determinante en su escritura, por encima de lo natural o del “puro” realismo, encontramos escenas y personajes que se reconocen en estas expresiones por los matices que admiten, lo cual genera un efecto de realismo poético.

obra Condesa descalza de Agón Teatro
 Cartel promocional de la obra Condesa descalza, de Agón Teatro
 

Lo atípico fue descubrir una obra como Condesa descalza, en versión y puesta en escena de Kiusbell Rodríguez, a partir de pasajes de la novela Tuyo es el reino, del propio Abilio. De manera sagaz el director de Agón Teatro, un proyecto de la Asociación Hermanos Saíz radicado en Fomento, Sancti Spíritus, creó su propia dramaturgia y supo erigir una historia que trasciende, esencialmente, por su capacidad de interconectar la más pura esencia abiliana con sus propias demandas como creador.

Cuatro esculturas, cual efigies que recuerdan la perfección somática del imaginario mitológico griego, cobran vida en la representación y exponen sus más retorcidas biografías. A nivel intertextual estas estatuas (re)presentan una genealogía en un contexto específico del hombre cubano sumergido en la desidia. La Condesa descalza tuerce el curso natural del desarrollo de su hija de catorce años, Miri, mercantilizándola al primero que pague por gozar su carne fresquísima. Así es que el aspecto de pulcritud de esas efigies se irá desmitificando a medida que la obra avanza, y nos percatamos de que su belleza externa se halla irreparablemente consumida en el interior.

Estamos ante una lectura escénica inteligente, en la que Rodríguez ha sido capaz de crear soluciones estilizadas en el plano de las imágenes y también de los estados afectivos, con un empleo minimalista de la escenografía, los vestuarios y la banda sonora. Resulta incuestionable que el trabajo del actor es lo esencial. La obra, joven aún, es susceptible de perfeccionamientos rigurosos, no solo con las tareas pendientes en la cohesión del elenco, sino también en la artesanía del montaje.

De Tuyo es el reino a Condesa descalza el director penetra en la novela y la recodifica para su condición dramática, con un intuitivo manejo de los planos realidad-irrealidad, sin grandes pretensiones conceptuales: lectura que obliga al espectador a tomar partido y reaccionar ante la ficción sin tabúes. La mezcla del realismo sucio con el bien utilizado recurso del grotesco, en una sintaxis tan perturbadora como ecléctica, ofrece dividendos poderosos a nivel artístico. Elementos recurrentes que también se aprecian en La hijastra, Ida y Chamaco, anteriores espectáculos de Agón.

La Condesa, interpretada con maestría por la actriz Dorellis Torres, como antítesis de una verdadera condesa, más bien es una parodia chusma de lo que una noble debe ser. Dorellis acude a una admirable unión de sus armas interpretativas más potentes, la voz, sus vivencias y su fisicalidad, para mostrarnos a una Condesa desalmada y moralmente podrida. Miri, interpretada por una Odaini Fernández sensible y que demuestra ser una actriz más física, tiene un momento de brillantez en la escena –particularmente perturbadora– en que la Condesa le explica, ante su asiduo cliente Lucio, cómo “extraerle en un acto de puro placer el agua bendita” puede servirle para ganarse la vida.

La labor de Keiny Alejandro en el rol de Lucio, el único “macho” en esta fábula, es de las más placenteras y admirables de la representación. Keiny borda su personaje otorgándole una dualidad que se me antoja desquiciada. En sus ojos y en el accionar natural del personaje, con logrados momentos de sensualidad, calculamos a un individuo que si bien es enigmático y desprende un raro hedor de ternura, lo cierto es que es un monstruo de los peores capaz de pagar por el placer de acostarse con una niña. En el rol de Mercedes, Ana Belkis Pérez completa el elenco de esta historia-testimonio. La actriz logra armonizar, su cadena de acciones es creíble a nivel físico y consigue momentos plausibles desde lo afectivo.

Aquí la palabra, que cobra un profundo sentido, al igual que la inversión sensorial, es transmitida por los actores con minuciosidad. El director ha sabido dosificar una estructura de fragmentos en el discurso escénico, a tono con el interés espectacular, y logra una puesta en escena que linda lo enigmático y lo tajante. Se observan claros síntomas de distanciamiento y un modo de representación metafísico, de voluntad filosófica.

Condesa descalza de Agón Teatro y su líder Kiusbell Rodríguez es un espectáculo a todas luces perfectible, en crecimiento. Apenas diez funciones –no solo en Sancti Spíritus, sino también en el X Festival de Teatro Joven de Holguín– ya hablan de su indudable calidad, también de sus descuidos. Lo cierto es que el montaje es un suceso notable de los (im)previstos por la vanguardia joven del teatro en Cuba, en especial de los grupos que operan hiperalejados de los circuitos teatrales privilegiados, por no decir solamente el capitalino, como es el caso de Agón. Desde el corazón del Escambray este equipo de jóvenes creadores procura con desenfado investigar, ensayar y estrenar obras que dialoguen con la realidad cubana. La seducción que genera esta atípica lectura de la clásica novela de Abilio capta la atención de un amplio sector de público.

 

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