Correo desde la Isla de la Dignidad. Vida universitaria

Eloísa M. Carreras Varona
8/6/2020

“Para mí, todo comenzó como una cuestión de carácter moral”
 

Luego de vivir nueve años en Matanzas, la familia Hart Dávalos se trasladó a Santiago de Cuba, ciudad en la que su padre ocupó el cargo de magistrado; pero en ese mismo año Armando se mudó a la casa de sus abuelos paternos, en Estrada Palma y Heredia, en el reparto capitalino de la Víbora, para comenzar sus estudios universitarios. 

Ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana en el curso 1947-48. Aunque siempre le interesaron como sus materias favoritas la Historia, la Sociología, la Filosofía y la Educación Moral y Cívica, decidió estudiar esta carrera porque pensaba que de esa forma podría encauzar su vocación de lucha por la justicia.

Cubierta y primera página del carnet de la FEU de Armando Hart Dávalos en 1952.
 

Su deseo y mayor ilusión fue la pretensión de ejercer una Cátedra como profesor universitario de Derecho Constitucional o de Teoría General del Estado, lo que no llegó a realizar porque pasó directamente a servir a la patria en la primera trinchera insurreccional contra la tiranía de Fulgencio Batista.

Inmediatamente que matriculó en la Universidad de La Habana, comenzó a vincularse a la política como miembro de la Asociación de Estudiantes de Derecho de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) y también como militante de la Juventud Ortodoxa, a la cual se había incorporado tempranamente para participar en el combate contra la corrupción en la que habían caído las distintas administraciones de turno en el país hasta esa fecha.

En la Universidad, fue un alumno perspicaz y aplicado, con buen desempeño académico y subrayada preferencia por el Derecho Constitucional, en el que obtuvo premio entre sus compañeros de curso. En esas aulas igualmente demostró sus dotes de orador y comunicador social.

Cuando cursaba el cuarto año de la carrera, su padre logró que lo aceptaran como pasante en el Bufete de abogados Gorrín Mañas Maciá y Alamilla, ubicado entonces en el Edificio Horter en Obispo No. 61, el cual se consideraba uno de los más encumbrados de La Habana. 

Durante el tiempo que permaneció en la Universidad fue conociendo cada vez mejor a la sociedad cubana y, sobre todo, asimilando las ideas de los padres fundadores de nuestra nación, por ello amplió sus estudios de la historia y las ideas en Cuba desde sus orígenes, al respecto afirmaba siempre con orgullo: “En la Historia de Cuba se internó mi vida en los años cincuenta, a ella llegué por una línea de pensamiento y sentimientos que identifico con los recuerdos de la infancia. Las ideas de justicia y la búsqueda de equilibrio se encuentran en sus raíces más íntimas. Asumí estos valores y convicciones con un sentido ético trasmitido por la familia, la escuela y la tradición cultural cubana, cuyo punto más elaborado está en José Martí. Para mí, todo comenzó como una cuestión de carácter moral.

Indiscutiblemente, en el curso que Hart le dio a su febril existencia —dedicada por completo al servicio de la patria— el ejemplo de su padre influyó de forma decisiva; recordemos que fue un abogado y juez de intachable conducta. Pero también encontramos en Armando, una inclinación natural a relacionar el ejercicio del Derecho con los ideales de justicia, por los que batalló a lo largo de toda su vida.

Desde estos años juveniles, observamos que le dio vuelo filosófico a los problemas que se planteó tempranamente, cuando se involucró en la lucha insurreccional durante su etapa estudiantil aunque, como él mismo afirmó, nunca se sintió propiamente un filósofo en el sentido estricto y tradicional del término. Verdaderamente él siempre se reconoció como “un político con vocación filosófica”, un hombre ocupado en penetrar en los fundamentos teórico-filosóficos de la práctica política, instalado en el tiempo histórico que le tocó vivir. Porque para Hart la filosofía debe cuestionarlo todo y abrirse al mundo, a todas las preguntas y propuestas, así como lo afirmaron sus ilustrados y egregios maestros, desde José Agustín Caballero cuando postuló el método electivo en filosofía. Porque para Armando valen “todos los Sistemas y ningún Sistema: ¡He ahí el Sistema!”, lo que para él quiere decir: “todas las Escuelas y ninguna Escuela, ¡He ahí la Escuela!”. Lo anteriormente expresado rememora el más puro pensamiento del padre Caballero cuando dijo: “es más conveniente al filósofo, incluso al cristiano, seguir varias escuelas a voluntad, que elegir una sola a la que adscribirse”.[1]

El 12 de marzo de 1949 asistió a la manifestación popular que tuvo lugar en protesta por la afrenta que llevaron a cabo un numeroso grupo de marines yanquis, cuando ultrajaron el monumento de José Martí, en el Parque Central de La Habana.

El joven Hart fue asimismo, un destacado miembro de la Juventud Ortodoxa y el 28 de enero de 1950, asistió a la Asamblea Nacional del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). Reconoció a Eduardo Chibás como uno de sus líderes inolvidables y recordaba con orgullo que fue uno de los cubanos que participó en su histórico velatorio y lo acompañó en aquel honorable y multitudinario cortejo de pueblo que lo llevó hasta su última morada en el Cementerio de Colón, el 17 de agosto de 1951.

El 10 marzo de 1952, cuando el joven Hart cursaba el 5to. Año de su carrera y se desempeñaba como vicepresidente de la Asociación de Estudiantes de Derecho, se produjo el golpe de Estado perpetrado por Fulgencio Batista. De inmediato sus ideales de justicia, así como su formación académica, le impulsaron a defender jurídicamente la acción violenta de las masas contra aquel acto criminal, en tanto que este era una violación de las normas constitucionales. Recordemos que, como Armando afirmó en su libro-testimonio Aldabonazo, desde que se produjo el golpe castrense y hasta el 26 de julio de 1953, la colina universitaria se transformó en el centro político revolucionario más importante del país en la lucha contra la tiranía batistiana.

Ese mismo día del cuartelazo, junto a los jóvenes de la dirección de la FEU, participó en una gran concentración en la Universidad de La Habana en repudio al golpe de Estado. Con emoción recordaba que centenares de estudiantes y trabajadores se concentraron en el techo de la antigua librería Alma Máter, colocaron los micrófonos y grandes altoparlantes para lanzar constantes arengas contra la opresión. Aquellos cubanos no tenían armas, la manera de oponerse al golpe, fue la protesta cívica y mostrar la indignación que sentían por lo que había sucedido.

Junto a los directivos de la Federación Estudiantil Universitaria suscribió la Declaración de Principios de la FEU contra el golpe de Estado, el 14 de marzo. Y el 28 de ese mismo mes, junto a sus compañeros de la dirección de la Asociación de Estudiantes de Derecho, envió una carta al Tribunal de Garantías Constitucionales y Sociales, en la que denunciaron la ilegalidad e ilegitimidad del régimen batistiano.

Ya para el mes de abril Armando se había convertido en uno de los más destacados protagonistas de la agitación estudiantil universitaria contra la tiranía y junto a sus compañeros de la FEU consumaron un significativo acontecimiento político contra la dictadura: la jura y entierro de la Constitución de 1940, en defensa de los principios democráticos refrendados en la citada Carta Magna, los cuales habían sido pisoteados por el dictador.

Inicio del entierro de la Constitución del 40, en la manifestación Raúl Castro sostiene y porta la bandera cubana
y en la línea delantera Armando Hart de negro, lleva en sus manos el ejemplar de la Constitución
que fue enterrado en la Fragua Martiana.

 

Justamente, el 6 de abril, esa movilización estudiantil alcanzó su máxima expresión. Se trató de un movimiento iniciado desde la Universidad para jurar la Ley de Leyes derogada y de hecho se convirtió en el primer acto público de repudio al régimen dictatorial y punto de partida del proceso de lucha que se abrió en el país. El joven Hart, con el texto de la Constitución en su pecho, marchó junto a otros miembros de la FEU en la línea de vanguardia de aquel nutrido grupo de manifestantes que bajaron por la escalinata universitaria a la calle San Lázaro, hasta llegar a la Fragua Martiana. A manera de homenaje y en recordación al Apóstol, en ese sagrado recinto realizaron el entierro simbólico de la Constitución del 40.

La tarde del domingo 4 de mayo, en la que se trasmitía, en el Estudio 15 de Radiocentro CMQ, el curso “Saldo del Cincuentenario” y disertaban el profesor universitario Elías Entralgo y el de Segunda Enseñanza Gerardo Canet; junto a Faustino Pérez y otros compañeros de la FEU, Armando fue golpeado salvajemente y resultó víctima del atropello que llevó a cabo la porra batistiana en el brutal ataque que realizaron contra la Universidad del Aire. No olvidemos que la Universidad del Aire fue un espacio radial con frecuencia dominical, que había sido fundado por Jorge Mañach y Luis de Soto, el 13 de diciembre de 1932. Por ese espacio pasaron las más eminentes figuras de la vida intelectual cubana para dictar sus conferencias de gran valor cultural, en las que se describía la vida y la historia espiritual de nuestra nación.

Fragmento del reportaje gráfico publicado en la revista Bohemia el 11 de mayo de 1952, 
a propósito del ataque a la Universidad del Aire por los esbirros de la tiranía;
en la foto el joven Hart aparece golpeado brutalmente.

 

Armando se incorporó al Movimiento Nacional Revolucionario (MNR) desde que fue creado por el entrañable e inolvidable Dr. Rafael García Bárcena, el destacado intelectual revolucionario cubano, quien fue considerado por Hart su maestro y mentor.

El MNR tenía como su objetivo principal llevar adelante la insurrección contra la dictadura en todo el país. Como consecuencia de las destacadas acciones antibatistianas que este valeroso Movimiento realizó, Hart comenzó a sufrir los arrestos en las cárceles de la tiranía, al punto que consideró siempre su participación en el MNR como su bautismo de fuego en la lucha contra la dictadura. Por esos días entre otras muchas acciones, participó en la organización de diversas movilizaciones políticas, por ejemplo: la concentración del 20 de mayo y del 12 de agosto, las que colmaron la inmensa escalinata universitaria en repudio a la tiranía.

El 9 de junio junto a sus compañeros de la dirección de la Asociación de Estudiantes de la Facultad de Derecho y de Ciencias Sociales, firmó el documento titulado “A la opinión pública”, otro texto de principios escrito por los estudiantes contra la dictadura.

Al concluir el último examen en la Escuela de Derecho, a principios del mes de julio viajó a México, DF, para asistir en nombre de la FEU al V Concurso Internacional de Oratoria que fue convocado bajo los auspicios del diario El Universal de ese país. El Concurso se realizó en el Palacio de Bellas Artes, y la mañana del 18 de julio Armando pronunció su histórico discurso. Se trató de una consistente diatriba contra Batista, en la que denunció la situación imperante en Cuba. Este viaje a la capital azteca fue muy importante para el joven revolucionario. A su regreso a La Habana —en el aeropuerto de la capital— la policía le practicó un registro en el que le confiscaron varios libros por considerarlos ilícitos. Acerca de este lamentable suceso afirmaba sonriente y orgulloso: “los libros que me ocuparon solo eran textos universitarios sobre doctrinas sociales”.

Diploma que acredita la mención que obtuvo en el V Concurso Internacional de Oratoria
del diario El Universal, México.

 

En el primer aniversario de la muerte de Eduardo Chibás (el 16 de agosto), su amigo Jesús Montané Chucho, le presentó a Fidel Castro y Abel Santamaría, en el Cementerio de Colón. Debo subrayar que, a partir de aquel histórico encuentro nació en Armando una entrañable amistad y devoción por quien se convirtió en su hermano y jefe para toda la vida. Esta lealtad a Fidel, en la que Hart vivió por siempre desde la nobleza y la discreción de su honorable carácter, me permitió afirmar públicamente tras su partida, que él, como Abel y Boris, había vivido para que Fidel viviera…, porque lo demás ya lo conocemos…, fue cosa o cuestión del destino de cada quien y un poco del azar, que siempre hace lo suyo…

Recuerdo de la visita que junto a sus compañeros de la FEU José Antonio Echeverría
y Álvaro Barba, realizó al Monumento de la Revolución Mexicana en México DF en 1952.

 

Escribió una propuesta de convocatoria a la FEU, para realizar un acto de homenaje por el alzamiento del Padre de la Patria, el 10 de Octubre de 1868; la cual debía convertirse también en una manifestación de repudio al régimen de facto.

En el mes de junio, cuando acababa de cumplir veintidós años de edad, concluía en octubre de 1952 sus estudios universitarios, en medio del enrarecido ambiente de agitación política que existía en el país tras el golpe de Estado. Para despedirse de sus compañeros de la organización estudiantil, por haber terminado sus estudios universitarios y cesado en su cargo dentro de la FEU, escribió una carta el 17 de ese mes. En esta misiva les expresó el orgullo que significó encontrarse entre los jóvenes de esa institución que lucharon “contra el usurpador de las libertades públicas que el 10 de marzo interrumpió el ritmo jurídico del Estado”. También les enumeró las tareas que desde su punto de vista tenían que llevar adelante, junto a los sectores más radicales del país, para hacer avanzar “la revolución nacional por los cauces de las modernas doctrinas del derecho público”. Y, finalmente, les ratificó su posición en la lucha no solo para derrocar a la dictadura, sino hasta alcanzar el triunfo definitivo del pensamiento político y social de su generación, y le solicitó, para tal efecto, que le permitieran seguir a las órdenes de la juventud universitaria y continuar en la primera línea de combate contra la dictadura.

Notas:
 
[1] José Agustín Caballero: Philosophia Electiva, La Habana, Editorial de La Universidad de La Habana, 1944, p. 209