Cuadernos de Saramago (II)

Omar Valiño
29/7/2020

A propósito de los 10 años exactos de la muerte del gran escritor portugués José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998, dediqué la jornada del 18 de junio de 2020 a recordar en las redes su vida y obra.

Para mi sorpresa, las re-publicaciones, intocadas por mucho tiempo, tuvieron repercusión en ese maremágnum virtual. Ello se debe, con seguridad, a que los lectores de Saramago permanecen —y arriban otros— al correr de los años. Sin duda, la existencia de ediciones cubanas de muchos de sus libros, aunque estén agotadas en librerías, promueve las visitaciones a su obra. Y es esto lo más importante.

Saramago es considerado una de las voces más notables dentro de las letras portuguesas. Fotos: Internet
 

Entonces le propuse a La Jiribilla ofrecerlos aquí otra vez, pues cada uno de ellos se dio a conocer en esta revista, de la que soy fundador. Quise hacerlo bajo el título genérico de “Cuadernos de Saramago”, un guiño explícito a sus Cuadernos de Lanzarote, que ubica, además, la isla canaria donde vivió tantos años y adonde fui a conocerlo en 2000 (pronto hará 20 años). Un privilegio que se extendió en el trato, la compañía y la amistad de una década, y luego en la familiaridad con su esencial compañera Pilar del Río.

Gran amigo de Cuba en las verdes y en las maduras. Crítico pero leal. Autor inconmensurable. Su literatura nos acompaña para siempre, al punto de que una novela como Ensayo sobre la ceguera parece ser el libro más exacto en la premonición de esta pandemia y, sobre todo, de las causas estructurales y humanas profundas del desastre que ha provocado. Mientras, otros se han sentido dentro de la Historia del cerco de Lisboa o a la deriva en La balsa de piedra.

Una década sin Saramago (I)

En aquella intensa visita de junio de 2005, la última que realizó a Cuba, le hice esta entrevista para la Videoteca Contracorriente, del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Se ha reproducido en varias ocasiones por distintos medios digitales, en general bajo el título “Yo escribo para comprender”, y en formato impreso por La Gaceta de Cuba como “José Saramago: Ver lo que pasa del otro lado”. Este encuentro sigue vivo hoy, y basta para aquilatar la lucidez intacta y la hondura del escritor de El año de la muerte de Ricardo Reis. Reproduzco ahora, en dos partes, aquella versión aparecida en 2007 en La Gaceta.

“José Saramago: Ver lo que pasa del otro lado”

He contado varias veces el creciente interés que despertó la obra de José Saramago en un grupo de amigos a cuyo seno arribaron, tiempo atrás y en feliz secuencia, las novelas del gran escritor portugués. Corrían en La Habana los años 90 del pasado siglo y comenzaba a expandirse la dimensión mundial de quien, a fines de esa década, sería premiado por la Academia Sueca con el primer Nobel en su lengua. Apenas era entonces conocido en Cuba, a pesar de la temprana traducción y edición aquí de Levantado del suelo.

Si lo recuerdo nuevamente ahora es porque solo aquel sincero fervor por su inmensa creación, al cual se fue sumando en justicia una admiración por el humano capaz de tales hazañas literarias, me llevó años más tarde —azares y avatares mediante— a conocer personalmente a Saramago y a su esposa y musa, la traductora y periodista Pilar del Río.

Pilar llegó a convertirse en la traductora oficial al castellano de las obras del genial escritor.
 

La vida me ha regalado la oportunidad de visitarlos y acompañarlos, la última vez en su importante y recordada estancia en la isla en junio de 2005. De ese momento data esta conversación que, con seguridad, nunca hubiera tenido lugar de manera “oficial” sin la imperativa mediación del ICAIC para que filmáramos una entrevista para la Videoteca Contracorriente.

Una vez que el resultado fílmico ya ha sido concluido y divulgado, me pareció valioso publicar este diálogo en “soporte papel” a partir de mi propia transcripción. Pues, como comprobará de inmediato el lector, siempre vale la pena “escuchar” a José Saramago para ver (y entender) lo que pasa del otro lado.

José, en su obra convive una vitalidad hija de la experiencia cotidiana con, a su vez, una gran profusión de conceptos, ideas, experiencias de pensamiento, pero, ¿José Saramago se considera más hijo del camino que de la filosofía y la experiencia libresca?

Bueno, yo creo que esas cosas no se pueden decir, porque uno no tiene la posibilidad de medir a lo largo de una vida, y de una vida larga como la mía, en qué porcentaje influyeron las lecturas y en qué porcentaje las experiencias vitales; no hay ninguna posibilidad. El hecho de que con veinticuatro o treinta y dos o cuarenta y siete años yo haya leído a un determinado autor o filósofo o ensayista o novelista o lo que fuere y que pensara o pudiera pensar que en ese momento algo había cambiado, en el sentido de que eso había tomado un lugar importante para todo lo que viniera después, en lo que se refiere no solo a la vida, sino también al trabajo mío, yo creo que no se puede determinar.

Esto es una amalgama, es decir, todo esto está unido, fundido, y uno se orienta en esa especie de bloque donde hay de todo: cosas que se han vivido, cosas que se han imaginado, experiencias auténticas, experiencias, digamos, imaginadas, aunque una experiencia imaginada no es una experiencia, evidentemente. Las lecturas, los sentimientos, todo eso, los sueños, ilusiones, frustraciones, todo lo que ocurra a lo largo de una vida se va uniendo en lo que yo podría quizás llamar una especie de núcleo duro o, al contrario, maleable, plástico, de la personalidad de cada uno. Y cuando llegue la hora de expresar algo, de intentar narrar una historia o algo así, uno se encuentra. En el fondo es como quien entra en un archivo enorme con muchos cajones y todo eso, y va buscando lo que le interesa, con la diferencia de que, en este caso, como tú ves, tiene que ver con la memoria. Normalmente uno no necesita buscar, buscar en un sentido activo de buscar; cuando lo necesita, si la memoria funciona como tiene que funcionar, la memoria lo presenta, si es que lo tiene, claro. Pero después hay que encajar todo eso en una obra que tiene que ser coherente y que no puede ser, digamos, el caos, ¿no?

Yo diría que en esas experiencias, en esa búsqueda, encuentra muchos personajes, sin duda de una gran elaboración literaria, pero cuyos referentes pudieran estar en una realidad que, a su vez, es muy coherente con la expresión de su pensamiento fuera de la literatura. ¿Le parecería que es así?

Eso es cierto, porque en el mundo, por ejemplo, si miramos los títulos no de todas mis novelas, pero sí de algunas de ellas, nos encontramos con eso, con títulos que, en principio, no parecen de novelas, y que muestran muy claramente que hay una tendencia del autor que se manifiesta ahí, que se manifestará después en la obra que se propone escribir. Hay una tendencia, digamos, reflexiva, casi didáctica, como si en el fondo yo fuera un maestro frustrado, que no ha llegado a serlo por cantidad de razones, y que a la hora de escribir una obra literaria hay, digamos, una intención. No es que yo esté intentando siempre introducir la moraleja de las cosas o dando lecciones éticas al lector, ya que no se trata de eso. Por otra parte, todo se equilibra o reequilibra con el uso permanente de la ironía, digamos del humor, y, por lo tanto, aunque yo hable de una didáctica, eso no quiere decir que yo soy un señor muy aburrido que está ahí para dar lecciones al lector. Lo que pasa es que hay realmente en mí una tendencia reflexiva.

El sarcasmo, la ironía y un humor peculiar atraviesan las páginas de la obra saramaguiana.
 

A la hora de escribir una novela, que en principio no es más que una historia que uno está contando para distraer al lector, yo no solo tengo que reflexionar sobre lo que estoy contando, sino también sobre la forma en que lo estoy contando. Y si vamos a los títulos, mire que yo tengo una novela que se llama Manual de pintura y caligrafía, tengo otra que se llama Memorial del convento. Hay algo aquí siempre como anterior a la novela o coincidiendo con el nacimiento de la idea que ya lleva esa novela, como que yo imaginara algo que es una forma, digamos, desde un punto de vista didáctico, una forma expositiva. Tienes la Historia del cerco de Lisboa, que es un título para un libro de historia, no para una novela. Sin hablar de El Evangelio según Jesucristo. Después tienes dos obras más, que asumen así claramente la intención ensayística, de ese propósito reflexivo, como son Ensayo sobre la ceguera, o más recientemente, Ensayo sobre la lucidez. No quiere decir que yo sea un filósofo, bueno, que no lo soy, hay que decir, tengo bastante claro la diferencia que hay entre lo que soy y el filósofo que me gustaría ser. Pero de todas maneras yo creo que todo ser humano puede ser un filósofo si lo quiere, es decir, si usa su capacidad de pensar, de razonar, de entender las cosas y mirar lo que está por detrás de aquello que parece. Todo tiene una fachada y todo tiene el otro lado, y en el fondo filosofar es intentar ver lo que pasa del otro lado. Para eso no se necesita ser un filósofo, un creador de un sistema de explicación del universo, para intentarlo al menos. Por eso es que yo digo que cualquiera, todo ser humano es un filósofo, todo ser humano piensa. Y, si no piensa, me parece que sería mejor que pensara.


 

Suele usted afirmar, sin embargo, que la responsabilidad, la tarea del escritor no termina cuando coloca la última palabra o el último punto de una narración o de un texto cualquiera. ¿Cómo ve, a lo largo del tiempo, la responsabilidad del escritor? ¿Le parece que esa responsabilidad es la misma u otra en el mundo de hoy?

Mire, yo no creo que el escritor, como escritor, tenga una responsabilidad particular por el hecho de que sea un poeta o un dramaturgo o un novelista. La responsabilidad de la que estamos hablando es otra, y es común al novelista, al dramaturgo y al poeta, común a él y a los ciudadanos normales, corrientes, que no son ni poetas ni dramaturgos. Entonces, yo prefiero decir que mi responsabilidad y mi actividad fuera de la acción estrictamente literaria es la responsabilidad del ciudadano que yo soy. Porque, desde mi punto de vista, no hay modo de separar al autor del ciudadano que es. No es para decir: aquí acaba la responsabilidad del autor y empieza la del ciudadano, o al revés, aquí acaba la responsabilidad del ciudadano y empieza la responsabilidad del autor. Es que a donde va uno, el otro está, el otro va. Cuando tú dices que pones el último punto final, qué es lo que pasa: yo diría que no pasa nada. Esa obra es un momento de mi vida, es un momento de mi trabajo y responde, digamos, a un determinado momento de mis preocupaciones políticas, sociales, ideológicas, filosóficas, si quieres —para usar esta palabra— y en esa obra se va a reflejar mi postura en relación a ellas. Insisto, no para dar lecciones al lector, sino, sencillamente, para entender en mí mismo por qué.

A veces preguntan: “¿Y tú por qué escribes?”. García Márquez decía: “Yo escribo porque quiero que la gente me quiera bien”. Bueno, esa es una respuesta como otra cualquiera. Y luego hay otra respuesta mucho más ambiciosa, que uno escribe porque en el fondo no se quiere morir y tienes esa ilusión, esa idea de que con la escritura, con lo que queda, de alguna forma seguirás vivo, por lo menos en la curiosidad y el interés de los lectores. Pero, claro, esto tampoco durará mucho. Entonces yo prefiero decir que yo escribo para comprender, sencillamente. Yo escribo para comprender. Y si me preguntan: “Bueno, usted escribió un libro, y ¿ha comprendido?”. Algunas cosas sí, otras no. Algunas cosas yo las había entendido de una manera determinada, hoy las entiendo de otra forma. Como no podemos llegar nunca a comprender totalmente esto —y cuando digo esto, es todo—, pues cada obra es un intento de acercarse al conocimiento y de alguna forma si la obra intenta contestar algo lo que ocurre invariablemente es que la obra añade a lo que teníamos que entender su propia parte, es decir, la obra misma que intenta comprender va a complicar lo que se quiere entender, porque es una visión determinada que antes no existía y, por tanto, como no existía no se pensaba en ella, pero a la hora de existir, encaja en todos los conjuntos de esa maraña, en la red de preguntas que nos rodea y de la que, a la vez, intentaba ser respuesta; acaba por convertirse en otra pregunta.

Y si yo le diera una vuelta de tuerca a esto último que me decía, ¿se trataría de comprender qué, de entender qué?

Bueno, mire, el preguntar es lo mismo, es la cosa más difícil que hay, porque a la vez que nosotros sabemos quiénes somos, es muy fácil decir “sí, sabemos quiénes somos”. Tenemos un nombre, hemos nacido en una fecha determinada, tenemos una actividad personal, tenemos ideas políticas, ideológicas y todo eso. Nos gusta la carne y nos gusta el pescado, o al revés, y todo eso construye una identidad, una identidad un poco a lo Frankenstein, en trocitos; nosotros estamos hechos de trocitos, esa idea de una identidad: yo. ¿Pero quién soy yo? ¿Y cuándo es que yo he sido yo? Porque la vida se alarga y se alarga, y ¿hay un momento en esa vida en la que el yo queda definido para siempre, no hay más cambios? ¿O es que la vida es cambio constante? Entonces el yo no existe. Yo no puedo decir nada de mí que sea una cosa perentoria, que esté ahí, aquí en bloque, esa piedra, incluso esa piedra, está sujeta a romperse, a fragmentarse, todo eso. Esto no es incompatible con la búsqueda de una coherencia personal, y eso en el fondo es la única cosa que nosotros podemos más o menos acercar a la idea de un yo, si yo soy coherente. Pero tampoco se es coherente en todo, no se puede mantener uno en la misma línea. Sin embargo, en el fondo uno va en la misma línea, tal vez una línea ondulante, la línea recta no existe en la naturaleza y tampoco existe en el ser humano.

Saramago consideraba que el pensamiento estaba fuertemente condicionado por el entorno,
ya que de él no solo heredamos un idioma y costumbres, sino una tradición cultural.

 

Por tanto, si tú me preguntas “¿comprender qué?”, te diría en primer lugar: intentar comprenderse a sí mismo en cada momento, no para tener de sí mismo una imagen fija, que se queda ahí, y que tú en cada momento de tu vida digas “este soy yo”. Pueden haber pasado cuarenta años sobre esa imagen, yo no estoy hablando de una foto, hablo de la imagen que tú tienes de ti mismo. “Este soy yo”. No, no puedes. Puedes decir “este era yo”. Hoy no eres así, no porque te salgan unas canas o por esto o por aquello. Es que dentro de ti hay un proceso continuo de cambio. Si tú cambias dentro de lo que más o menos imaginas ser, pues entonces has obtenido una coherencia que te permite identificarte a ti mismo en cada momento. Pero si estamos bien de mente y se vuelve loco, qué es lo que se ha roto allí. Es la misma persona, tiene el mismo nombre, qué es lo que se ha roto.

Sin embargo, la identidad es un concepto trabajado a lo largo de su obra, si pienso, por ejemplo…

Sí, pero para cuestionarlo, no para decir “ahora ya lo tengo claro”.

Por ejemplo, si pienso en Todos los nombres o en El hombre duplicado, asocio ese pensamiento en torno a la identidad, en términos también críticos, en cuánto la identidad del hombre de hoy se pierde en un mundo homogeneizador y homogeneizado. ¿Tienen que ver también esas reflexiones con esa perspectiva?

Sí, creo que está bastante claro, y no solo en lo que está escrito allí, sino también en la forma; porque, mira, cuando, por ejemplo, en el Ensayo sobre la ceguera no hay nombres, los personajes no tienen nombre, eso no resulta de un capricho del autor, que ha pensado que así sería original. No, es sencillamente la expresión de esa tendencia al anonimato en la que nos estamos convirtiendo, y que tiene distintas expresiones. Vamos a ver, los nombres se repiten, me puedo llamar Fulanito, puede tener el nombre que yo tengo, y aun así no somos la misma persona, pero se pueden confundir cuando estamos en un lugar los dos y te llaman por el nombre; tenemos que mirar si te están llamando a ti o si me están llamando a mí. Mas si me llaman por el nombre de la tarjeta de crédito, te aseguro que solo uno de nosotros puede contestar, porque lo que realmente identifica hoy, por lo menos en una cierta parte, digamos, de lo que es el mundo, lo que nos identifica es la tarjeta de crédito, porque eso no se repite, la única cosa que no se repite.

En la penúltima de mis novelas escritas, que es el Ensayo sobre la lucidez, y mucho más en la última, que todavía no está publicada y que se llama Las intermitencias de la muerte, incluyo los nombres de las personas no alfabetizadas con letras minúsculas, porque cuando nosotros abrimos un libro y miramos, encontramos que hay una escala gráfica, digamos de valores. Los personajes aparecen con su nombre en letra mayúscula y, por tanto, con una identidad, aún no ha dicho nada, no ha hecho nada, pero ya tiene derecho a la mayúscula y por tanto ahí tú sabes que está un personaje, una persona. Pero si la tendencia actual es a que se diluya cada vez más en un espejo de invisibilidad y acabamos, vamos acabando todos, por tornarnos más o menos invisibles, entonces puede que haya otras formas, digamos, de expresar algo como eso, pero yo he elegido una, es decir, el nombre no se escribe con mayúscula. El señor Wagner, por ejemplo, si yo hablo de él pues aparece con letra minúscula la inicial y esto, digamos, porque en el fondo, a la vez, yo creo que no se reflexionaría tanto sobre la identidad si la tuviéramos segura, definida; es precisamente porque la identidad se está perdiendo, nos estamos diluyendo, hay algo típico que se nos está yendo de las manos.

La ausencia de la muerte trastocó por completo la realidad y sacó a la luz
la horrible verdad de la sociedad moderna. Esta novela fue publicada por primera vez en Portugal,
en el año 2005.

 

Si luego salimos de la identidad personal y pasamos a la identidad colectiva, eso se complica mucho más, porque cuando se habla, por ejemplo, de la identidad de un pueblo, no se está hablando de nada, porque si eso fuera cierto significaría que la identidad es algo permanente. Pero no, no es así. Entonces yo prefiero sustituir el concepto de identidad por el concepto de generación, generaciones capaces de luchar, de trabajar, de tener proyectos, ideas.

Hablar de la identidad de un pueblo es lo mismo que hablar de la identidad de las nubes, unas veces tienen una forma, otras tienen otra; a veces están ausentes, otras se deshacen en agua. Es decir, a dónde lleva esto, a un escepticismo radical. No, no, no (aunque a veces dicen que soy no solo un pesimista, sino un escéptico radical). No, es sencillamente mirar el mundo como es, o como a mí me parece que es. Y cómo los hechos, por lo menos si yo no me equivoco en la interpretación de estos hechos, me dan la razón todos los días. Digamos, el mundo existe, en este momento, y siempre, se convirtió en algo impenetrable, incluso impenetrable a la propia reflexión. Es decir, el mundo no se detiene, el mundo, la sociedad mundial, todo eso que ocurre. Nada se detiene. También es cierto que antes tampoco se detenía. No el paso del tiempo que siempre pasa igual, pero los cambios y las transformaciones sociales eran lentísimos y tú tenías tiempo para llegar a la mitad de la vida estudiando algo que en el fondo no había cambiado mucho. Pues ahora, en veinticuatro horas tú te das cuenta de que el objeto de tu atención, de tu estudio, se convirtió en algo que ya no es, entonces el mundo exige una atención fija, continua y nosotros no tenemos los medios para unir quizá dos ideas o dos informaciones que a lo mejor aclararían muchas cosas, pero a veces no hay ni la posibilidad ni el tiempo.

Pero yo diría que en su caso se han cumplido dos privilegios para observar ese proceso histórico que, se puede decir así rápidamente, ha sido incluso el siglo XX: una larga vida y una perspectiva crítica muy aguda con respecto a esos procesos. No sé si se atrevería a intentar contestarme dónde hallaría claves de cómo el mundo, cómo los procesos históricos, fundamentalmente el capitalismo, han logrado esa situación que me describía usted hace un momento.

Bueno, vamos a ver. En el caso concreto de mi propio país —las coordenadas son idénticas para todo el mundo— casi se puede decir que el siglo XIX entró en el siglo XX hasta 1950 o algo así. De alguna forma, nosotros hemos vivido ciento cincuenta años en el siglo XIX. Y se podría decir lo mismo con relación al siglo XX, digamos que más o menos haciendo una no coincidencia entre el tiempo que pasa y los hechos que se supone que tendrían que pasar, a la luz de lo que ha ocurrido en este país y en otros. Si tú me haces esa pregunta, no me es fácil contestar fuera de lo que soy, un portugués, porque un inglés o un alemán o un ruso y también un cubano, lo verían de una forma distinta. Pero como de todos modos uno siempre hace ese esfuerzo por comprender lo que pasa alrededor nuestro, yo creo que en este momento no hay muchas ideas que nos permitan no solo entender lo que pasa, cómo imaginar, tener de alguna forma una previsión de lo que puede pasar.

Esencialmente, creo que faltan ideas, faltan ideas nuevas y tenemos la tendencia, porque eso nos tranquiliza, de usar ideas que no es que hayan perdido vigencia, sino que ya no tienen suficiente aplicación sobre los hechos de la actualidad. No es que la actualidad no pueda ser leída a la luz, digamos, de esas ideas, lo que pasa es que las ideas están ahí, pero de alguna forma han perdido en gran parte su capacidad transformadora. Están ahí como construcciones mentales que aplicadas a un tiempo podrían dar una idea justa, precisa, de lo que pasaba entonces, pero ahora hay una incoincidencia entre lo que esas ideas descifraban en la realidad de entonces. No digo que hay una incoincidencia total, pero hay una incoincidencia con relación a la realidad. Nosotros no hemos generado ideas nuevas, ya ahora hablo sobre todo de la izquierda, porque, como a veces digo, la derecha para gobernar no necesita ideas, no las tiene, solo la confundiría, mientras que la izquierda para gobernar, para hacer lo que quiera, lo que sea, necesita ideas, y no las tenemos. En la izquierda se multiplican lo que yo llamo las operaciones de cosmética, donde cualquiera está diciendo “mira, mira, seguimos siendo izquierda”, pero ya no lo somos como éramos antes, somos como hay que ser ahora y ser izquierda, ahora, acaba con no saber en qué consiste.

 
“Vamos de historia en historia como vamos de sueño en sueño”, José Saramago, Cuadernos de Lanzarote.
 

Como sabemos, todos dicen que hay que hacer una política de centro, y es algo sencillo, porque en el centro están los votos que quieren captarse, nada más. De alguna forma yo creo que estamos cruzando un cerco, en lo que tiene que ver con las ideas.

Estamos masticando y remasticando ideas, muchas de ellas generosas, capaces de transformar el mundo desde entonces, pero que ahora no se presentan con mucha capacidad. Y porque se ha introducido en nuestras mentes esa idea nueva de que si no consumes no eres nada; si no consumes tú, no eres nadie. Y eres tanto más, cuanto más eres capaz de consumir. A partir del momento en que el ser humano se mira a sí mismo como un consumidor, todas, todas sus capacidades disminuyen, porque todas van a ser puestas al servicio de una mayor posibilidad de consumir. Esto es igual en todo el mundo. Aquí a lo mejor no lo notáis tanto, pero esta es la característica. Eso es lo que me ha llevado a escribir una novela que todavía no está publicada aquí, que se llama La caverna, y cuyo protagonista central es un shopping center. Yo te recuerdo un hecho: una mujer hace unos años, en España, dejó como expresión de su última voluntad que sus cenizas fueran esparcidas en un centro comercial, en un shopping center, porque según ella allí era donde había vivido las horas más felices de su vida. Cuando un ser humano, cuando la alienación, la enajenación de un ser humano puede llegar a considerar que dentro de un centro comercial se han vivido las horas más felices de una vida humana, ¿a dónde hemos llegado, no? ¿A dónde estamos siendo todos empujados por la televisión? Acabaremos viviendo todos dentro de un shopping center.