Días del cinematógrafo

Ricardo Riverón Rojas
18/12/2019

Casi ningún poeta ha escapado a la tentación de glosar, elogiar, o usufructuar los recursos del arte cinematográfico para componer sus textos. Una especie de paralelismo compositivo, de juego de espejos conmina a los bardos a asumir el punto de vista de la cámara, o los trucos del montaje.

“Casi ningún poeta ha escapado a la tentación de glosar, elogiar, o usufructuar los recursos
del arte cinematográfico para componer sus textos”. Imágenes: Internet

 

Que ambas formas de expresión comparten territorios es algo fuera de cuestionamiento. En el caso de nuestro país no son pocos los poetas que han escrito versos como si dirigieran un rodaje; o como si actuaran en un filme; o remedando la crítica a una cinta. Un ejemplo de esto último: el poema “Crónica de cine”, de Yamil Díaz. Cito un fragmento:

Me gustan las películas donde ganan los malos,

porque los malos no claudican.

Lanzan al aire su moneda firme

y no le temen a un happy end que apenas será cierto

hasta la próxima función.

Me gustan las películas donde ganan los malos.

El cine fue inventado para que los protagonistas

regresen vivos de todas las batallas;

pero sin malos no habrá batallas ni protagonistas[1].

Opino sin embargo que los estudiosos han explotado más las coincidencias desde el ángulo opuesto, develando lo poético del cine. Abundan menos los análisis sobre la impronta del oficio cinematográfico en la poesía. Tal enfoque resulta lógico si atendemos a que la poesía escrita es muy anterior a la que se expresa en el celuloide, razón por la cual disfruta derechos de tutelaje.

Otro enfoque de los análisis más frecuentes registra ocasiones en que los poetas se erigieron guionistas o directores, y hasta actores, invadiendo el terreno del séptimo arte. Eduardo Alonso Franch, de la universidad de Valladolid, en su ensayo Poesía y cine. Los poetas y el cine centrado en el ámbito europeo de los años veinte del siglo pasado, consigna que “La irrupción del sonoro vino a frenar aquellos fascinantes desarrollos del cine puro, poético, abstracto. Federico García Lorca, al tiempo que aplaude los films sonoros que se proyectan en las pantallas de Nueva York, redactará un guion mudo, Viaje a la Luna[1]

Y también nos recuerda que “El tema cinematográfico se convirtió en un pretexto original que tomó cuerpo en los versos de Alberti, Cernuda y Salinas y en los peculiarísimos guiones de los escritores Baroja, Lorca, Porlán y Dalí”.

Con toda seguridad, desde la perspectiva del sujeto-lírico-espectador-deslumbrado se han creado notables poemas. El analista antes citado afirma también que “quizá sea Rafael Alberti quien mejor ha reflejado el talante de su generación [la del 27] respecto al cine”. Veamos uno de sus poemas donde devela el espejismo verosímil que el cine le comunica:

—Del cinema al aire libre
Vengo, madre, de mirar
Una mar mentida y cierta,
Que no es la mar y es la mar.
—Al cinema al aire libre,
Hijo, nunca has de volver,
Que la mar en el cinema
No es la mar y la mar es.[3]

La experiencia de la sala oscura, donde los signos y los efectos sugestivos se multiplican, también ha sido ampliamente cantada por los poetas. El espectador obvia la trama y la observación deviene razonamiento filosófico. La metáfora visual cobra relevancia de concepto al extremo de hacerse traducible a imágenes escritas. Así ocurre, por ejemplo, en “Las hojas en el cine”, de Rafael Alcides:

Yo, recuerdo, cuando muchacho,

que las hojas de los árboles caían

rápidas en el cine, para significar

el paso de los años. Un gran viento

las batía, algunos copos de nieve,

y las hojas caían

sin angustia. Completamente inverosímil.

Hoy recuerdo aquel viento

y aquellas hojas

con angustia. Así ha sido. Como en las películas.

Completamente inverosímil.[4]

En el caso de los poetas cubanos de las primeras promociones posteriores al triunfo de la Revolución, el arte del celuloide, a expensas del impacto que, como estética de la Revolución, invistió limpiamente de protagonismo al Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), asumido como expresión modélica del momento. Recordemos el fuerte hálito testimonial del cine de aquellos años, donde el documental era más frecuente que la ficción. Hasta la propia ficción se solazaba en el testimonio. La poesía también –por no decir que todo el arte– se movía con resortes similares. No son de extrañar entonces las coincidencias.

Guillermo Rodríguez Rivera y Víctor Casaus, entre otros, con sus volúmenes El libro rojo y De una isla a otra isla, por momentos se apoyaron en procedimientos fílmicos. En su libro Poesía sobre la tierra, Raúl Rivero incluye un poema, “Historia viva”, donde la apología a la Campaña de Alfabetización se logra, de manera explícita, a través de una visualidad propia del cine documental:

Mi amigo Oscar García aparece temblando en el documental

diciendo adiós aunque realmente viene

empuñando la cuartilla Venceremos.

Para este muchacho que respira a mi lado

esos momentos que apresa el celuloide

son algo tan lejano como para nosotros

los pedazos de la cinta de la caída de Machado

donde los hombres pasan con sombreros de jipi

mirando la cámara aturdidos, incendiando automóviles

fugaces, de repente, inseguros aún

mezclando júbilo, incertidumbre, asombro.[5]

Cuaderno paralelo, de Roberto Fernández Retamar funde de modo de original cine y literatura.
Imagen: Internet

 

Marco, sin titubear, mi preferencia por el libro que de modo más original fundió cine y literatura en aquellos días de nuestra patria: Cuaderno paralelo, de Roberto Fernández Retamar. Su gestación y dinámica de composición lo acreditan. Junto a Julio García Espinosa y un equipo del Icaic, el poeta fue al Vietnam en guerra para participar en los trabajos del filme Tercer Mundo, tercera guerra mundial. El pórtico del libro, del propio Retamar, lo deja claro:

Estos poemas fueron escritos durante un viaje hecho entre febrero y marzo de 1970 por la República Democrática de Vietnam: desde Hanoi hasta el paralelo 17. Íbamos seis cubanos, invitados por la Comisión de investigación de crímenes de guerra norteamericanos en la RDV, con el fin de realizar un filme sobre la guerra de agresión de los Estados Unidos contra aquel extraordinario país. Al margen de las notas tomadas con ese fin, fueron surgiendo estas otras notas, paralelas por más de una razón, algunas de las cuales, visiblemente, son apuntes que no he querido después reescribir.[6]

Cartel del filme cubano Tercer Mundo, tercera guerra mundial.
 

Se trata de un libro que es: bitácora de filmación, cuaderno de apuntes, diario y crónica a la vez. Constituye mucho más que un valor agregado al rodaje. Cada poema: una escena. Insisto en que ningún otro proyecto de la época concretó, con similar fuerza del espíritu y la forma del verso, un reportaje tan enjundioso y cargado de magia poética. Un solo ejemplo: el primer poema “Muchacha”:

Esta ruda muchacha de Vinh

No tuvo miedo cuando el avión a chorro norteamericano

Descendió en picada, disparando, sobre su grupo;

No tuvo miedo cuando el avión llegó a setecientos metros;

No tuvo miedo cuando entró en su mirilla,

Y esta muchacha disparó y disparó

Y vio caer envuelto en llamas al terrible aparato;

Esta muchacha solo tuvo miedo

Cuando le pedimos que lo contara a nosotros

–Cámara, luces, lápices, papeles–:

A nosotros, impresionados del otro lado de la mesa,

Ante esta terrestre niña de Vinh que esconde la cara entre las manos temblorosas. [17]

La abundancia de estudios que vinculan cine y poesía, casi siempre enfocados a incorporarle altura al primero, da para citas de todo tipo. No obstante, considero que no existen tantos libros que reflejen, con todo detalle, el acompañamiento biunívoco de uno y otro modo de expresión. Con Cuaderno paralelo el autor de Calibán lo logró. Pienso asimismo que a este libro no se le ha prestado toda la atención que merece en el amplio y rico panorama de su obra. Bien merecería, por su singularidad, un nuevo destaque.

Cuando aún resuena la fanfarria del recién concluido 41 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, y casi en vísperas de la Feria Internacional del Libro, que se dedicará a la nación asiática, Cuaderno Paralelo probablemente constituya una de las más atractivas ofertas del gran evento. Y muy bien que vendría una relectura de aquella pequeña gesta de unos cineastas y un poeta dentro de la gran gesta del pueblo vietnamita.

Santa Clara, 15 de diciembre de 2019

Notas:

[1] Yamil Díaz Gómez: «Crónica de cine», en Fotógrafo en postguerra, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2009. ISBN 978-959-10-1558-7, p. 123.
[2] Eduardo Alonso Franch: «Poesía y cine. Los poetas y el cine», [en línea], disponible en http://www.lajiribilla.cu/wp-content/uploads/2021/06/06-eduardo-alonso.pdf [fecha de consulta, 12 de diciembre de 2019]. Todas las citas del presente trabajo proceden de la misma fuente. Los subrayados son míos.
[3] Rafael Alberti: «Verano», [en línea], disponible en https://www.5metrosdepoemas.com/index.php/poesia-y-cine/55-del-cine-a-la-poesia/420-el-cine-en-la-poesia-breve-antologia [fecha de consulta, 12 de diciembre de 2019].
[4] Rafael Alcides: «Las hojas en el cine», en Nadie, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1993, I.S.B.N.: 959-10-0069-3. p.87.
[5] Raúl Rivero: «Historia viva», en Poesía sobre la tierra (Premio Uneac, 1972), Ediciones Unión, La Habana, 1973, p.29.
[6] Roberto Fernández Retamar: Cuaderno paralelo, Ediciones Unión, La Habana, 1973, p. 7. En lo adelante cuando se cite algún poema de este libro, solo se consignará en número de página entre corchetes al final del párrafo.