Si de sentido de resistencia y perdurabilidad en cuanto a manifestaciones identitarias se trata, sin duda, el grupo músico-danzario tradicional de estirpe bantú Tambor Yuka ocupa un lugar cimero, pues en este año se encuentra celebrando nada menos y nada más que 220 años de existencia, legitimado además por no presentar dentro de su decursar antropológico ningún periodo de silencio o estancamiento en su formación etnocultural. Asimismo, representado los primeros indicios de lo que denominaríamos con el tiempo agrupación portadora de tradiciones de la cultura cubana.

Todo comienza cuando a finales del siglo XVII y principios del XVIII se inician oleadas migratorias desde el viejo continente hacia Cuba, por lo que fueron traídos a territorio pinareño, procedentes de África, cientos de esclavos con el propósito de trabajar en labores destinadas a las plantaciones de caña y café, principalmente. Es conocido que la mayor parte de estos africanos radicados en la zona vueltabajera pertenecían a la estirpe bantú, denominados también genéricamente como “negros congos”. Estableciéndose en diferentes sitios de la región más occidental del archipiélago cubano, formaron diversas comunidades tradicionales, convertidas, desde entonces, en nichos imperecederos y representativos de la influencia subsahariana como parte de los llamados procesos de formación etnodemográfica de nuestra cultura.

Las zonas de procedencia de los esclavos llegados a Cuba corresponden fundamentalmente a la costa occidental de África, desde Cabo Blanco hasta el sur de Angola. En mayor o menor proporción provienen del interior del continente y, como caso excepcional, de la región oriental bañada por el océano Índico. La inmensa mayoría de estos pueblos pertenecen al grupo lingüístico Níger-Congo, de la familia nigero-cordofana. Los grupos humanos que son traídos a Cuba desde el continente africano poseen una marcada heterogeneidad económico-social, que se refleja en los distintos niveles de influencia cultural de forma fragmentada según la diversidad existente entre unas comunidades étnicas y otras, así como entre las cantidades de esclavos traídos de cada lugar en diferentes períodos históricos, las zonas de ubicación en Cuba y las expresiones culturales que aportan.[1]

Según la información que aparece en los archivos parroquiales de las regiones donde la población africana resulta más numerosa, es decir, el área centro-occidental de Cuba, los kongo (congos) son los más estables desde el punto de vista diacrónico y la mayoría en los diversos cortes sincrónicos realizados durante el apogeo de la trata esclavista. En este sentido, un hidrónimo referente a la principal arteria fluvial de esa zona en África deviene en Cuba denominación metaétnica.[2]

Los africanos denominados en Cuba como congos proceden de la gran área etnolingüística bantú (bantu), desde la parte norte del río Congo hasta el sur de Angola, correspondientes al subgrupo lingüístico benué-congo. Bajo esta denominación aparecen diversos componentes étnicos, entre los que sobresalen los banda, boma, bubi, kamba, kongo (propiamente dichos), kuba, mbala, mbamba, mbundu, ndamba, ovimbundu, songe, sundi, yaka y otros.[3]

Con la abolición de la esclavitud, en 1886, cesa la introducción masiva de africanos en Cuba, y ya durante el siglo XX, tanto su peso absoluto como su valor relativo respecto de toda la población del país son insignificantes. Sin embargo, perdura en diferentes sectores sociales, transformado por sus descendientes cubanos inmediatos y mediatos, es decir, con independencia del color de la piel, un rico legado cultural de cuatro siglos que hoy forma parte indisoluble de la cultura nacional.

De esta manera comienza la génesis de una emblemática comunidad portadora de tradiciones, situada en el municipio cabecera de la provincia de Pinar del Río, conocida como “el Guayabo”, protagonizada desde sus inicios por una familia a la que identificaban como los Rivera, los cuales implementaron desde entonces el mantener y preservar con celo cada rasgo y elemento distintivo que han heredado y que, por tanto, resultan inherentes al legado y la impronta que les pertenece.

Son reconocidos como únicos herederos de una tradición bautizada con el nombre de la Fiesta del Tambor Yuka, manifestación salvaguardada hasta nuestros días de forma auténtica, por constituir precisamente su principal y más preciada reliquia identitaria; además, elemento esencial y preferido para el divertimento y esparcimiento colectivo de la comunidad. Según me han contado muchos de los más longevos entre los actuales integrantes —denominados como los tesoros humanos vivos y por tanto principales informantes—, en sus inicios dicha tradición tuvo carácter religioso, iniciándose las primeras prácticas a mediados del siglo XIX. Cuentan estos testimoniantes y guardianes de la tradición, que sobre los años 40, en plena República Neocolonial, se llegó a prohibir por las autoridades su ejecución; pero demostrando la gallardía heredada por los africanos solían, en lo más intricado del monte, hacer sonar sus tambores, acompañados por sus afinados cantos y bailes como frenesí.

La destacada musicóloga e investigadora cubana María Teresa Linares me manifestó en una ocasión que la fiesta del Tambor Yuka es una reunión amistosa, donde un colectivo de familiares y vecinos tienden a divertirse a través de aguardiente bebido en jícara de güiras, puerco asado servido sobre ramas de guayabo u hojas de plátanos, así como viandas de la estación y donde no faltan el baile, los cantos y la celebración de competencias entre los solistas, denominados también como los gallos de la fiesta, precisamente por su actitud retadora durante la conformación de pugnas entre ellos.

También María Teresa Linares manifestaba que se le llamaba baile de yuka a una variante dancística de las fiestas profanas de origen bantú que se celebraron en toda la Isla por grupos de aquella etnia. Similares son el baile de makuta (en el que se emplean tambores del mismo nombre), los bailes de maní y las tahonas, formas antiguas de la rumba.

Como elemento interesante dentro de los procesos de transmisión generacional se encuentra el de mantener en el tiempo, lo más genuinamente posible, sus propios elementos que la tipifican como tal, tanto sus instrumentos como los cantos y el repertorio característico. El conjunto del tambor yuka está compuesto por tres tambores, construidos artesanalmente por los propios tocadores, los cuales prefieren que sean de un mismo tronco; sobre todo, de aguacate o almendro, elaborando así el llamado tamborcaja (es el mayor en cuanto a dimensión). Ahora bien, del mismo tronco cortan otros dos, uno de tamaño mediano y otro mucho más pequeño, bautizados como tambor mula y tambor cachimbo, respectivamente; mientras el parche de cuero apuestan porque sea del cuero de una res, el cual es previamente curtido y remojado, tensándolo fuertemente antes de clavarlo por la boca más ancha. En el momento de ejecutarlo lo tensan y afinan mejor aplicándole calor con una mecha o fuego mediante las brasas de hojas y ramas de árboles secas. El tocador del tamborcaja ejecuta también sonidos característicos con unas maraquitas, (nkembi) fabricadas a base de una güira cimarrona o metal y atadas en ambas muñecas. También encontramos una reja de arado o una hoja de azadón (guataca), los cuales son ejecutados a base de una varilla de hierro. A veces incluyen una marímbula, o una botija y un güiro (raspador) y maracas, tomados posiblemente en préstamo a los conjuntos de son rurales.

Las nuevas generaciones del Tambor Yuka han sabido mantener un significativo legado construido por sus antepasados.

Mientras sus bailes se manifiestan improvisadamente sin presencia de coreografía alguna —además, la pareja durante todo el tiempo se mantiene suelta—, la danza es considerada de tipo sensual, donde el hombre persigue a la mujer para supuestamente cortejarla. Se describen dos pasos característicos de este baile: el ronquido y el campanero; el primero consiste en una sucesión de pasos laterales desplazándose y enfrentando luego a la pareja, mientras el segundo simula el dibujo de un número ocho que el bailador realiza con los pies en el suelo produciendo un movimiento fuerte en la cadera y las manos al enfrentarse a la compañera. Para la ejecución de estos pasos se guían por los toques o llames que ejecuta la caja, porque existe, como en la rumba, una relación muy estrecha entre los ritmos de los tambores y las respuestas del bailador.

Lo cierto es que las nuevas generaciones del Tambor Yuka han sabido mantener lo más genuino posible un significativo legado construido por sus antepasados y que perdura hasta nuestros días, cumpliendo ya dos siglos y una veintena de años de existencia, gracias al empeño, sentido de pertenencia y perdurabilidad, así como un profundo amor a la tradición y resistencia cultural, basados en recuerdos e imágenes de bisnietos, nietos, hijos y hasta de vecinos de antaño, contando hoy con una de las joyas más distintivas que atesora el patrimonio cultural de la nación.

Dentro los más reconocidos tesoros humanos vivos con que ha contado dicha expresión y que desafortunadamente muchos ya no se encuentran entre nosotros, se puede mencionar a  Perfecto Rivera Caraballo (guía de los cantos), Amado Caballero, Domingo Barrios y Ríos (cantador solista), Luis Valdés, Alipio Rivera Iglesias, Faustino Rivera Iglesias, Juan Rivera Chacón, entre otros.

Poseen el Premio Nacional de Cultura Comunitaria (otorgado por el Consejo Nacional de Casas de Cultura), el Premio Nacional Memoria Viva (otorgado por el Instituto de Investigaciones de la Cultura Cubana Juan Marinello), además de la Distinción Por la Cultura Nacional, que otorga el Ministerio de Cultura de Cuba.

¡Enhorabuena al grupo portador de tradiciones de la cultura cubana Tambor Yuka y a sus portadores por su 220 aniversario!


Notas:

[1] Jesús Guanche: Componentes étnicos de la nación cubana, p. 48.

[2] El criterio de denominación metaétnica está basado operacionalmente en la relativa comunidad de rasgos lingüoculturales y en la pertenencia territorial de estos pueblos. Véase la discusión terminológica al respecto en Bromlei, 1986:90-105.

[3]  Es un grupo de pueblos lingüísticamente emparentados de unos 60 millones de personas que viven en África ecuatorial y meridional. Los bantú provienen, probablemente, de lo que es en la actualidad Camerún, y después emigraron hacia el sur de África. Desde el 1000 a.n.e. hasta el siglo III o IV, el éxodo bantú fue uno de los mayores de la historia de la humanidad. El motivo de esta emigración está relacionado con un aumento de la población, a consecuencia de la introducción de nuevos cultivos, tales como el plátano (oriundo de Asia meridional), que trajo consigo una superproducción de alimentos. En los albores de su historia, los bantú se escindieron en dos grandes ramas lingüísticas: los bantú orientales y los occidentales. Los orientales emigraron a Zimbabwe y Mozambique, para acabar en Sudáfrica. Los occidentales se trasladaron hacia lo que hoy es Angola, Namibia y el noroeste de Botswana (véase Enciclopedia Microsoft Encarta 2004).