Doce llamadas de una temporada


6/8/2019

Este domingo 4 de agosto concluyeron las presentaciones que formaron parte de la XII Temporada protagonizada por la compañía Acosta Danza en la sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba.

Fotos: Ariel Cecilio Lemus
 

El programa se conformó con la reposición de las obras Imponderable, considerada una de las coreografías más reconocidas del repertorio de Acosta Danza; junto a Twelve, una pieza para divertirse y llamar la atención del espectador; y el estreno de Llamada, obra que constituye un canto a la libertad y la expresión personal desde las diferencias.

Para Carlos Acosta, fundador y director de la compañía, el programa de presentaciones tiene como propósito dejar una huella en todos, por esa razón en esta ocasión “presentamos tres piezas que son el reflejo de los tiempos que vivimos”.

 

Imponderable es una reflexión sobre lo desconocido, lo intangible, lo que permanece en el extremo del cuerpo, casi en el alma. La música de Silvio Rodríguez, utilizada como punto de partida, como otra narración en el corpus del texto coreográfico, es testimonio de una emoción.

 

El lirismo que distingue la creación musical de este autor contribuye a que muchos otros artistas hayan tomado prestado los acordes de sus canciones para reflejar un tempo, una cercanía emocional desde lo estético y dejar en nosotros esa anhelada huella sentimental.

 

La aprehensión danzaria de un referente musical tan conocido como el antes mencionado, permite que el espectador identifique el sentido de una pieza, no digo que limite su versatilidad expresiva, sino que la música es complemento de un discurso danzario y corporal que logra movilizar reacciones diversas ante el hecho.

Por su parte, la complejidad de Twelve traspasa la destreza necesaria para cualquier profesional de la danza, exige que estos doce bailarines se conviertan en atletas que alcanzan ritmos superiores. La puesta se convierte en un acelerado intercambio de energías, ante cada envío los cuerpos desprenden una parte de sí y de inmediato es recibida por el otro.

Mientras que Llamada, quiere “llamar” la atención sobre la forma en qué miramos al otro. El discutido tema de respetar al otro, pero sobre todo, respetarse uno mismo y aceptar las decisiones personales, los deseos, todo menos vivir con insatisfacciones, con angustias.

Puesta en escena de la obra Llamada.
 

El nombre de la pieza proviene de ese instante en que se produce un cambio en el baile flamenco. El hecho de que su autor, el coreógrafo español Goyo Montero, haya tomado ese motivo señala su preocupación por reconocer el rol que una obra puede tener en la sensibilidad de los espectadores.

Puesta en escena de la obra Llamada.
 

Los elementos del vestuario también posibilitan que los bailarines puedan desdoblarse. Algunos de ellos llevan saya, las muchachas portan pantalones… eso que importa actualmente. El sentido final es romper esos moldes que nos etiquetan en todos los ámbitos sociales, sin pensar que al final no somos otra cosa que cuerpos deseosos del amor, almas solitarias empeñadas en encontrar alguna compañía y recibir un abrazo, una caricia…

Puesta en escena de la obra Llamada.
 

Pasar por varios estados de ánimos en una misma noche

Para la bailarina Laura Rodríguez, fundadora de la compañía y con una participación muy activa en esta temporada: “Twelve requirió mucho entrenamiento. Estuvimos semanas ensayando las formas de hacer los envíos. Aunque la pieza funciona como un juego se necesita que cada uno de los integrantes trabaje como un equipo, que piense en el engranaje total”.

 

Los valores de esta pieza exceden sus propósitos iniciales. Pues con el tiempo, Twelve ha venido a ser como: “El punto medio de la compañía. Al principio se notaba mucho la diferencia entre lo clásico y lo contemporáneo. Y Twelve es la primera donde se combinan ambos estilos y logra equilibrar los intereses creativos y el perfil que la compañía busca en este sentido”.

 

“Como somos una compañía de pequeño formato, sostenemos entre nosotros mucha complicidad, pues ha llegado el momento en que todos nos conocemos, lo que resulta muy fácil. Conocemos los movimientos y las particularidades de cada uno de nosotros. Pero eso también posee un aspecto negativo y es que somos prácticamente los mismos para todas las coreografías. Eso exige mucho de uno. No solo en el orden físico, sino emocional, uno debe transitar de un personaje a otro, es como pasar por varios estados de ánimos en una misma noche. Pues por lo general, los elencos cambian y muy pocas veces uno debe trabajar en dos coreografías en la noche. Sin embargo, en esta temporada tanto yo como Enrique, trabajamos en todas”.

Para Enrique Corrales, el principal reto de esta temporada ha sido el trabajo constante en el escenario. “Físicamente muy desgastantes. Exigen mucho en el orden físico, demandan mucha energía, donde estás todo el tiempo en el escenario. Son obras con un ritmo muy movido”.

Ambos comentan que como partes de ese gran todo que es cualquier compañía, sus miembros han construido una especie de ritual: “Antes de iniciar la interpretación hacemos un círculo en el centro del escenario y de esta forma conocemos los estados de ánimos, la manera en que nos encontramos para afrontar lo que viene, para entrar en sintonía”.