Llega, con paso sonámbulo y rítmico, el fin de un año (otro) duro, no solo para nosotros los cubanos, sino para todo el mundo. Inevitablemente, pasamos lista, como siempre. Logros, desdichas, alegrías, tristezas, triunfos, decepciones: toda una galería de sucesos nos pasa por delante, como si viéramos una película de nuestra propia vida. Creemos que estamos muy mal, hasta que recordamos el mismo recuento que hicimos el año anterior. Entre las escaseces y los múltiples problemas que enfrentamos, los logros parecen escabullirse, pero merecen al menos un discreto reconocimiento. Los apagones, tan molestos, han disminuido hasta desaparecer. Las enfermedades que nos azotaron terriblemente, apenas se asoman, y los visitantes que aman la Isla, por una razón u otra, reanudan sus viajes. Como legítimos isleños, no solo nos gusta desplazarnos, sino también recibir visitas, y lentamente recuperamos nuestro hábito de buenos anfitriones, al menos a escala íntima. Por su parte, la tormentosa mala racha de catástrofes que parecía azotarnos sin piedad, va menguando, de modo que cruzamos dedos, encendemos velas y nos encomendamos a la buena fortuna de una paz que merecemos, y que ha sido largamente postergada.

“Siempre habrá motivos para agradecer, y siempre existirán heridas que no sanarán nunca, porque de eso trata la vida”.

La alegre tristeza, tan nuestra, hace gala en estos días, en los cuales recordamos a quienes ya no están del mismo lado de la luna de nosotros. Los padres y abuelos fallecidos, los hijos y sobrinos que emigraron, las amistades que perdimos debido a disímiles razones, todo ese conglomerado doloroso nos golpea desde una atalaya de la añoranza, y rendimos tributo a los ausentes, siempre pensando “qué bueno sería si estuvieran aquí ahora con nosotros”. Al mismo tiempo, nos regocija encontrar pocas pero prometedoras relaciones nuevas, hallazgos que al cabo de los años no creíamos posible. Siempre habrá motivos para agradecer, y siempre existirán heridas que no sanarán nunca, porque de eso trata la vida. De nuevas risas que endulzan un poco el camino escabroso, de sorpresivas manos que nos ayudan a seguir, de hechos que impiden que las penas se agolpen. Diciembre es buen momento para recapacitar, qué duda cabe. El vertiginoso suceder de los meses anteriores, no ofrece alternativas. Entre colas agotadoras, trámites urgentes, ineficiencias burocráticas, búsqueda y captura de remedios para los muchos problemas que nos agobian, no queda espacio para percatarnos de que después de todo, sí existen motivos para agradecer al menos pequeñas cosas cuando el calendario señala que el año llega a su fin. En el plano personal, confieso que me congratula trabajar en labores altamente satisfactorias aunque la remuneración no me permita más que subsistir, me alegra seguir contando con amistades antiguas, cuya lealtad me sobrecoge, aunque no siempre se manifieste de forma explícita, me asombra —para bien— contar con nuevos nombres en mi lista de afectos, aunque me pregunte cómo es posible que haya tardado tanto en hallarlos, me acompaña mi familia inmediata, mis hijos, mi compañero, sin cuyos bríos no me fuera posible continuar, aunque me colmen de angustias cuando enferman y, sobre todo, reconozco sin ruborizarme que doy gracias a la vida, que me ha dado tanto. Es así como arribamos a un nuevo año, seguramente con desafíos incalculables, pero de eso nos ocuparemos mañana. Hoy, en medio del recuerdo de los nombres amados que no están más, pero que siguen misteriosamente a nuestro lado, y la convicción de que hay que seguir halando la carreta, recibimos lo que sea que vendrá, sin miedos. Hablando en plata, como dice la canción de Frank: “la vida es como un segundo de un gran acontecimiento” . Celebrémosla, pues.

“La vida es como un segundo de un gran acontecimiento…”
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