¿Cuál era tu rostro antes de que tus padres nacieran?
Koan Zen

Los aborígenes cubanos no se extinguieron, fueron invisibilizados. Esa es la tesis fundamental del maravilloso libro Cuba indígena hoy. Sus rostros y ADN (2022),[1] de un colectivo multidisciplinario de profesionales brillantes: la genetista Beatriz Marcheco, el historiador Alejandro Hartmann, el sociólogo Enrique J. Gómez, y los fotógrafos Julio Larramendi y Héctor Garrido. Los cuatro primeros, cubanos; el último, español. Luego de estrenarse en octubre en Sevilla, España, el libro fue presentado a las cuatro de la tarde del jueves 15 de diciembre en el Palacio del Segundo Cabo, en La Habana.

El colectivo de autores de la investigación junto a dos descendientes de aborígenes cubanos vistiendo pulóveres rojos.

Según la tipología de pueblos extraeuropeos que propuso Darcy Ribeiro en Las Américas y la civilización (1969), Cuba es un pueblo nuevo, es decir, un pueblo en el que las diversas matrices étnicas no se superponen (como en los pueblos testimonio), ni conviven separadas (como en los pueblos trasplantados), ni se fragmentan con fronteras artificiales (como en los pueblos emergentes), sino que se funden dando lugar a una etnia distinta a las originales. Los cubanos somos una etnia compleja. Fernando Ortiz afirmaba que la cultura cubana es un ajiaco, lo cual es un modo de decir que nuestro pueblo es mestizo.

Por mucho tiempo se afirmó que nuestra raíz más larga, la aborigen, había desparecido por causa de la explotación salvaje de los conquistadores y colonizadores españoles. A contrapelo de esta creencia, que permeó incluso los libros de Historia de Cuba, durante décadas hubo investigadores que persistieron en demostrar la supervivencia de los indígenas, sobre todo en el Oriente cubano, e hicieron estudios antropométricos y sociológicos de los que consideraban sus descendientes.[2]

Lo novedoso del proyecto Cuba Indígena, iniciado en 2018,[3] es el uso de las técnicas genéticas (lideradas por la Dra. Beatriz Marcheco), que calzan el estudio de un modo irrefutable: la herencia taína en la Isla está viva en La Ranchería (32,3 %), Guantánamo (30,9 %), La Escondida (28,5 %), Bella Pluma (24,8 %), Yateras (24,4 %), Jiguaní (15,6 %), Veguita del Sur (15,3 %), Puriales de Caujerí (14,4 %), Gallegos de Jauco (13 %), Fray Benito (12,5 %), Imías (11,9 %) y Baracoa (10,7 %).[4] La información genética aborigen de los cubanos actuales ha sido heredada mayormente por la línea materna, pues se ha obtenido a partir del ADN mitocondrial.[5] Lo cierto es que, como plantea Enrique J. Gómez, “la sangre taína también es sustancia del ajiaco cubano”.[6]

“Los aborígenes cubanos no se extinguieron, fueron invisibilizados”.

Estos descendientes, fieles a sus ancestros, no viven enajenados de la naturaleza, lo que significa que ni la tecnología ni el lenguaje que la expresa han conseguido aislarlos de la madre tierra. El bohío que protege; el casabe que alimenta; la coa que humaniza la siembra; el tabaco cimarrón que se fuma y es aroma de ceremonia; el algodón que viste; las cayucas y balsas que transportan; las fibras de yuraguana y de yarey, cortadas en luna menguante, que se convierten, con manos habilidosas, en cutaras, cestos, sombreros o escobas; las curas del rastro del sapo y el sobado; el altar de la cruz; la creencia en el Sol y la Tierra, conforman la vida de esta gente humilde.

Sus valores son, como apunta uno de los investigadores,[7] un enfoque alternativo a los patrones de consumo occidentales, dado que se sostienen gracias a una economía de subsistencia, sin excedentes, que no contamina el entorno ni lo sobrexplota; no miran a la naturaleza como objeto, sino que la enaltecen como sujeto de sus vidas y, por tanto, la cuidan y veneran; creen en la familia y en la importancia fundamental de la relación humana. Sin embargo, es lamentable que hayan perdido su lengua original y con ella ciertas leyendas y memorias. Da vértigo mirar atrás en el tiempo y poner al desnudo nuestra raíz.

No obstante, persiste un problema científico: aún no se ha podido determinar si la información genética aborigen procede de los primeros habitantes de Cuba o si proviene de otros que inmigraron en épocas más recientes. Es un tema pendiente.

“Es lamentable que hayan perdido su lengua original y con ella ciertas leyendas y memorias”.

Pero Cuba indígena hoy posee otro valor agregado. La rigurosa ciencia (la historia, la sociología y la genética) de Hartmann, Gómez y Marcheco se apoya en el bello arte de la fotografía de Larramendi y Garrido. El español, concentrado en retratar a las personas; el cubano, ocupado en documentar las costumbres, las tradiciones y los ambientes de cada comunidad.[8] 

Cada imagen potencia la palabra: los interiores de las casas, donde la luz se filtra entre las tablas y dibuja, con sombras y colores, los rústicos muebles; las manos que pelan, rayan, ciernen, cuecen la yuca para hacer el casabe, transforman el algodón en hilo, tejen el yarey, soban la pantorrilla o claman a una deidad; el maíz que, lanzado al aire para alimentar a las aves, dibuja constelaciones sobre la oscura ropa de Panchito el cacique; el equipo de especialistas recolectando muestras de ADN o entrevistando; los múltiples rostros de la impronta indígena. Gracias a la fotografía, la verdad novedosa se abre paso como obra de arte, lo cual termina de redondear el libro: la ciencia visibiliza lo invisible y la fotografía lo registra para la historia.

“Gracias a la fotografía, la verdad novedosa se abre paso como obra de arte”.

En el año 1986 viajaba con mi padre por la carretera de La Farola, cuando vimos a una señora bajita, de indiscutibles rasgos indígenas, vendiendo mameyes. Nos detuvimos para comprarle algunos y ella nos contó que vivía en un pueblito en el que esa fruta no se comía. Tan pronto le compramos, no sé, quizás un par de mameyes, desapareció por uno de los barrancos que bordean la carretera. Recuerdo que hice un boceto de su rostro, pero de regreso a casa lo perdí. Hoy agradezco a los fotógrafos el haberme devuelto la imagen perdida.

“Somos tiempo: un hombre, un pueblo, la humanidad, el universo, todo es tiempo coagulado”.

Contaba Carl Sagan[9] que cada uno de nosotros contiene unas 40000 generaciones. Martin Heidegger no definió en su célebre libro qué es el ser, pero sí lo relacionó con el tiempo.[10] Para mí, el ser es la envoltura del tiempo. Somos tiempo: un hombre, un pueblo, la humanidad, el universo, todo es tiempo coagulado. Por consiguiente, a medida que vamos desentrañando nuestro pasado, nuestro ser se va espesando, se va corporeizando, va ganando en realidad. Es como en El viaje de Chihiro,[11] que las personas que recuerdan su nombre dejan de transparentarse. Conocer nuestro pasado equivale a llenar la matrioshka mayor que somos con otras cada vez más pequeñas. Ese es el mérito indiscutible de Cuba indígena hoy: dotar al ser cubano de más tiempo, en un contexto signado por todo lo contrario. Más tiempo, más memoria, más solidez, más arraigo, más vida. El hombre con conciencia individual vive alrededor de un siglo, el que tiene conciencia nacional vive milenios, y el que alcanza la conciencia humana es de suponer que viva mucho más.

Los cuatro nucleótidos —Adenina, Citosina, Guanina y Timina— forman el abecedario de la vida, digamos, el ACeGeTario. Análogamente, el etnos cubano es una mezcla de lo africano (A), lo caucasiano (C), lo asiático que viene de la tierra de Gengis Khan (G) y lo taíno (T). Y en este caso, vale recordar la advertencia bíblica: “Los últimos serán los primeros”.


Notas:

[1] La coedición de este libro corrió a cargo de Ediciones Polymita S.A. (Ciudad Guatemala) y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (La Habana). 

[2] “En el lapso de poco más de un siglo, entre 1847 y 1973, casi cuatro generaciones de investigadores documentaron la presencia de familias con características físicas amerindias en la región más oriental de Cuba”, sostiene la Dra. Beatriz Marcheco (p. 78).

[3] Así lo confiesa Héctor Garrido en la p. 9.

[4] Figura de las pp. 80 y 81.

[5] Beatriz Marcheco, p. 77.

[6] P. 66.

[7] Enrique J. Gómez, p. 71.

[8] P. 11.

[9] “La armonía de los mundos”, capítulo 3 de Cosmos (1980).

[10] Me refiero, obviamente, a Ser y tiempo (1927).

[11] Filme de Hayao Miyasaki estrenado en el año 2001.

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