El ballet seguirá siendo lo que alcance a ser Cuba

Yosvani Montano Garrido
13/11/2018

Dos generaciones de cubanos alcanzaron la mayoría de edad en las décadas de 1920 y 1950. Al menos cuatro lo hicieron después de 1959. Para todos, el ballet ofreció otra imagen de la identidad. No partió, como en otros casos, del poder pasado ni acordó consensos con los juicios preestablecidos socialmente. En su lucha romántica —no por ello minúscula— antepuso a la estética europea un modelo nuevo de belleza. Graficó el desplazamiento de los ejes culturales tradicionales hacia las zonas adyacentes. Construyó otros referentes. A partir de una preocupación real por la Isla, amplió, de forma premeditada, el universo de los bailarines, los coreógrafos y la técnica.

Al colisionar los lineamientos pedagógicos, los singulares perfiles coreográficos, los disímiles ánimos del país; insospechadas posibilidades imaginaron el sueño de una escuela cubana de ballet. La Academia Nacional Alicia Alonso, creada en 1950, desplegó una espiral de tentativas, personificaciones, ideas en progreso, acumulaciones pedagógicas. La República burguesa no hizo fácil aquella empresa. Condicionaría ese tránsito el perfil de una compañía negada a permanecer solo en los circuitos estrechos de las élites habaneras.

La frustración neocolonial conjugó, en los dominios culturales, la norteamericanización exorbitante de la vida social. Wood, el interventor, lo había vaticinado: «La Isla se norteamericanizará gradualmente y a su debido tiempo». Habíamos quedado tristes, al decir de Gómez. Las realidades fueron demoledoras. El tiempo y el espacio mutaron hacia la cultura de postal. La popularización de los modos y estereotipos de la industria cultural yanqui, auxiliados por Hollywood, influyó en los conceptos sobre las relaciones entre géneros, las modalidades sexuales, los patrones de belleza, las prácticas deportivas, los estilos literarios, el panorama sonoro, etc. La publicidad abrió los nueve círculos dantescos para un país cuyo mayor pecado era el autodesconocimiento.

Con frecuencia entendemos la hegemonía como una sumatoria de forcejeos, de violencia sobre la actividad social e imposiciones de nuevos significados. Ignoramos dolorosamente que esos procesos, como sucedió en Cuba, pueden emanar, también, de los consensos. Aquí las circunstancias parecieron afirmar el carácter moderno y civilizado de la sociedad. En la práctica, al definir los alcances inclusivos de ese término, es decir, la sociedad, estaban equivocados. En un país culturalmente subdesarrollo y dependiente ese es un término con altísimas adecuaciones.

No es necesario rememorar interminablemente. Si coloco apenas estos enunciados es para presentar una tesis más abarcadora. Como otros hechos culturales, para abrazar su carácter nacional, el ballet tuvo que sortear el mayor de los obstáculos: un país en el que la amnesia crónica había hecho olvidar a algunos sectores el alcance y significación de un principio de tal naturaleza. Prefiero no contaminar este argumento con referencias al andamiaje institucional. La sociedad Por Arte-Musical de La Habana, por ejemplo, jugó un rol importantísimo. Aquella génesis ecléctica no podía, sin embargo, hacer de la danza un patrimonio del pueblo y la Nación. Son demasiados los obstáculos que separan a una burguesía incapacitada de poder, fanatizada por tenerlo, de los intereses colectivos de un país.

Método y discurso, retornando a la danza, calaban los imaginarios populares. La labor de los Alonso, juntos, desbordó el propósito inicial. En el núcleo de la tormenta creativa, ¿es posible que no alcanzaran a advertirlo? Nada más falso. El mensaje leído por Guillén en el Congreso Continental de Cultura en Santiago de Chile proyecta ya el semblante nacional de aquella escuela. El principio emancipador del arte ha madurado, se ha hecho ya orgánico. Fernando en su ponencia define la perspectiva. Sobrepasa el espacio en que estacamos a veces al artista. «El ballet empieza a enraizar en el pueblo. A extraer las esencias autóctonas de las distintas nacionalidades, a matizarse de nuevos colores, a organizarse con nuevas corrientes, y a ayudar al hombre medio y al hombre de abajo en su preparación artística e intelectual. Ya el ballet no será nunca más un arte de reyes, potentados, sino un arte de pueblo y para el pueblo, tal como lo exigen los nuevos tiempos. Por ello hemos de trabajar».

Es 1953. Los fundadores se han inscrito en el flujo ondulatorio del nacionalismo radical que alimentó el movimiento de defensa cultural, cívica y política de los años veinte. Una generación ha descendido los 88 peldaños de la escalinata universitaria. Frente a la frustración republicana el Ballet alcanza, se compromete a mirar a través de las cosas, condición indispensable para sancionar la legitimidad del arte. Particularmente decisiva es la declaración de Fernando. Beligerante hacia un contexto nacional, es también un llamamiento universal. Riñe con el despliegue oportunista de un arte instrumental y politizado. Exponiendo su madurez intelectual, el bailarín sabe ya que en esos colores, corrientes y nacionalidades reposan los proyectos postergados.

La indignación popular ante la suspensión de los fondos estatales a la Compañía en el año 1956 es ya la confirmación de cuánto ha conseguido penetrar el Ballet en la vida colectiva del cubano. Alicia se niega a bailar en Cuba mientras exista dictadura. La FEU organiza la histórica función de desagravio en el stadium de la Universidad de La Habana. La muerte del cisne y las rosas rojas. El mensaje a las jóvenes bailarinas que luego serán las Joyas. Fructuoso Rodríguez retornando en medio de la persecución, venciendo el cerco policial. La universidad asintiendo al «matrimonio feliz». Imágenes fabulosas que perduran en nuestra memoria cultural.


Alicia se niega a bailar en Cuba mientras exista dictadura. La FEU organiza la histórica función
de desagravio en el stadium de la Universidad de La Habana. Foto: La Jiribilla

 

El programa cultural de la Revolución radicalizó también, como en otras áreas de la creación, el panorama danzario. El Ballet Nacional, Danza Contemporánea de Cuba, el Conjunto Folklórico Nacional estimularon un potente movimiento con rasgos nacionales muy acentuados. Luego todo eso se dilató. Un nuevo campo quedó abierto para los compositores, músicos, instrumentistas, pintores, decoradores, escenógrafos, etc. Sin exclusión de ninguna clase se desarrolló un público conocedor mediante funciones gratuitas, difusión radial y programas de televisión.

Resultante de un denso proceso de indagación, la escuela cubana de ballet estableció un estilo depurado y materializó la limpieza, la precisión entre nuestros danzantes. Atributos que saltan a la vista, incluso ante un público inexperto. El sincretismo de ideas, las estéticas conjugadas, definen un método que reacciona ante las necesidades expresivas que le son propias al bailarín cubano. Tradiciones culturales y una técnica académica que metaboliza y resignifica la evolución histórica, y hace del cuerpo humano un arroyo de efusividad contenida. Desnuda, en un primer plano, queda la hermosa sensibilidad y la vibración del caribeño. Al elevado reconocimiento internacional se sumará finalmente su inscripción como Patrimonio Cultural de la Nación, en junio de este año.

Setenta años es tiempo suficiente para evaluar desde la altivez de la edad el camino recorrido. Es además momento oportuno para apreciar los trazos que felizmente se han salido de la línea. Recomponer el proyecto, incorporar otras soldaduras es un acto razonable. Ante la fuerza del salitre, el más denso de los metales termina dominado. Acudiendo a la poetisa, no ha sido esta una casa silenciosa, «(…) por el contrario, a muchos, muchas veces, rasgué la seda pálida del sueño…» Debemos vigilar que no aparezcamos un día hablando melancólicamente, «(…) como las personas que empiezan a envejecer…». Sintiendo en verdad que somos una casa vieja. El mundo se nos hace de cemento, mas sabemos todos que solo es una forma de mentir.

¿Disfruto el ballet, acaso, como un acto de negación individual? Me lo he cuestionado infinidad de veces. Mi gusto, mi experiencia singular hacia esta forma del arte no podría, ciertamente, explicarla a partir de lo que definen los sicólogos como situación social del desarrollo. Queda muy lejos de mi estilo una categoría de tal naturaleza. En verdad, la respuesta apalearía a la facultad de asumir que todo cuanto nos fue vedado como pueblo en aquellos días fundacionales, mi generación lo ha sentido como propio.

No puede existir elogio que no remueva los desafíos y las angustias de la época que está próxima, lista para desembarcar. El Ballet nuestro, como la sociedad toda, asume ahora el laberinto colosal de la continuidad. Ya sé, me lo ha explicado un amigo, que eso no significa nunca ligamentos idénticos o métodos iguales. Ante esa empresa hermosa y sensitiva están ahora, como nunca, las facturas del tiempo. ¿Cuáles serían las opciones? Honestamente no lo sé. Me apasiona, sin embargo, la idea de que los que vengan detrás descubran también el acto mágico de la orquesta, los bailarines, el público deshaciéndose en aplausos, la vibración y la fuerza de una Isla cuando alcanza a hacerse gesto, energía, sensibilidad, estilo. La rutina de la puesta en escena, órbita de la importancia del acto colectivo.

 «Ya el ballet no será nunca más un arte de reyes, potentados, sino un arte de pueblo y para el pueblo,
tal como lo exigen los nuevos tiempos. Por ello hemos de trabajar». Foto: Internet

 

El Ballet seguirá siendo lo que alcance a ser Cuba. No tengo dudas de eso. Ambos destinos están íntimamente entrelazados. Dependerá mucho de los razonamientos, los compromisos, los soplos nuevos, la confianza en los que comienzan, la solución exitosa ante ecuaciones ciertamente muy complejas que se dilatan en el tiempo. En ese ruedo se hará indispensable el papel de la crítica, los estudios teóricos, la naturalización del trabajo diario, la experimentación con otras estéticas, el desempeño intencionado hacia la conquista y la educación de los públicos. A las coyunturas económicas habrá que encontrarles solución. Pasarán. Es impostergable que no perdamos de vista, tampoco, la solidez, el rigor, la originalidad. Que no renunciemos al instinto, a la fuerza emergente de los significados.

 

*Palabras de Elogio dedicadas al Ballet Nacional de Cuba en sus 70 años. Homenaje organizado en la Casa del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, el 2 de noviembre de 2018.

 

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