El Barroco habanero (Parte II)

David López Ximeno
8/1/2021

A la memoria del Dr. Eusebio Leal Spengler

 

Una vez sorteados los ramales históricos y culturales que antecedieron a la arquitectura barroca de La Habana, vale la pena introducirse en las particularidades artísticas y estéticas de su estilo, en especial aquellas de los inmuebles que fueron edificados durante este período.

Podríamos preguntarnos: ¿Cómo era la vivienda habanera del siglo XVIII? ¿Cuáles son sus elementos artísticos predominantes? Las primeras manifestaciones del barroco se divisaron en La Habana a finales del siglo XVII. No había entonces grandes revelaciones estilísticas, solo atisbos del cambio que se avecinaba. Los progresos se reflejaron fundamentalmente en las portadas de las casas, al ser la manifestación más visible del poder económico familiar. En su primera etapa las portadas fueron engalanadas de manera sencilla mediante el uso de pilastras toscanas y entablamentos poco elaborados. “El carácter simplista de nuestras portadas del siglo XVII se debe menos a la escasa capacidad de los constructores y a la pobreza de sus medios materiales que a su origen provinciano: sus recuerdos y sus experiencias derivan de las poblaciones andaluzas de segundo orden, de donde procedían o en donde habían trabajado, y, naturalmente, normaban sus trabajos en Cuba”.[1]

A medida que va ganando en solidez el nuevo estilo, las soluciones artísticas logran ser más concisas. Con la llegada del Siglo de las Luces, se perfeccionan los elementos compositivos y el barroco primitivo deja de serlo para dar paso a una total soltura expresiva que reafirma la portada como el elemento decorativo más importante con que cuenta la fachada, de ahí su distinción dentro del sistema de diseño arquitectónico de la vivienda barroca habanera. En este sentido el aumento de la altura de las edificaciones tuvo gran importancia. Si en la casa mudéjar eran característicos los muros apaisados y el bajo puntal, ahora las dimensiones de los inmuebles se han duplicado. Aparecen en las viviendas de esta etapa el entresuelo o mezzanine entre el piso bajo y el piso principal. Esto supone que para resguardar las proporciones del inmueble las dos plantas debían poseer un puntal de similares longitudes, sin que la presencia del entresuelo o mezzanine implicara el aumento desproporcionado de las medidas de los muros de la planta baja. “Esta circunstancia fue aprovechada por los constructores para elevar el vestíbulo o zaguán, y, por consiguiente, la portada, a través de los dos primeros pisos, buscando, evidentemente, establecer una relación armónica entre la altura de la portada y la muy desahogada del piso principal. En otras palabras, la portada estaba concebida no en escala con el hombre, sino en escala con el edificio”.[2]

“Las portadas habaneras no exponen el recargamiento inherente de las portadas europeas”.
 

Aun con tales dimensiones, las portadas habaneras no exponen el recargamiento inherente de las portadas europeas. A pesar de incorporar en su factura algunos elementos italianizantes, no dejaron de remitirse a sus antecesores andaluces, por tanto. “Hallamos en el último tercio del siglo XVIII la fase más interesante de su desarrollo, bajo la influencia entonces de las portadas barrocas de las principales ciudades de la Baja Andalucía. Esta influencia nos llegó con la restauración de la soberanía española después de la breve ocupación inglesa (1763), como resultado de los maestros, canteros y alarifes que el ingeniero militar Silvestre Abarca hizo venir de España para emprender la construcción de nuevas fortificaciones que garantizaran en el futuro la defensa de La Habana, especialmente la imponderable fortaleza de San Carlos de La Cabaña”.[3]  

A pesar de la dureza de la piedra conchífera, los artesanos tallistas supieron incorporar a las portadas habaneras un grupo de elementos como pilastras,  nichos, entablamentos, cornisas, escudos dinásticos y hasta balconajes. A diferencia de las portadas europeas, lo que no predomina en ellas es la presencia de la figura humana. Según Weiss, “la escultura fitomorfa queda prácticamente eliminada y la figura humana se introduce en muy contados casos”.[4]

En las portadas habaneras se cumple a cabalidad la tendencia óptico-pictórica del barroco, pues al contemplar sus volúmenes arquitectónicos se percibe la sensación de movimiento y los juegos de luces y sombras. En su obra Portadas coloniales de La Habana, Weiss persiste en ponderar la riqueza ornamental de las portadas barrocas habaneras de la última fase evolutiva, que en su opinión guardan mayor relación con las portadas jerezanas que con las gaditanas. Esta disquisición puede ser comprobada de forma concreta al observar las imágenes de la Parroquia de San Miguel, y específicamente, de la Capilla del Sagrario, en Jerez de la Frontera, dueña de una monumental portada barroca realizada en los años centrales del siglo XVIII. Por sus elementos arquitectónicos, columnas adosadas, entablamento y nichos, esta última recuerda a un conjunto de portadas habaneras de edificaciones religiosas, entre ellas la del Convento de Santa Teresa de Jesús (Teniente Rey y Compostela); la del Convento de San Francisco de Asís (Calle de los Oficios y Teniente Rey); la desaparecida portada de la iglesia de San Juan de Letrán (O’Reilly y Mercaderes); la del Seminario Conciliar de San Carlos y San Ambrosio (San Ignacio y Tejadillo), y la que considero presenta más analogías con el referente jerezano, la portada de la iglesia de Nuestra Señora de Belén (Compostela y Luz).

El florecimiento de las portadas barrocas debe ser atribuido a factores económico-sociales que propiciaron el mejoramiento de las condiciones de la villa y permitieron la transformación de algunos inmuebles antiguos y la construcción de otros, bajo el influjo de los experimentados maestros canteros jerezanos y gaditanos presentes en la ciudad. Con posterioridad, estos expertos lograron fomentar una escuela local de artesanos tallistas de probado talento. A dicho florecimiento también contribuyó la presencia en cargos públicos y de gobierno de hombres educados en los valores de la Ilustración borbónica, quienes preocupados por el progreso urbanístico de La Habana llevaron a cabo un gran número de reformas artísticas y arquitectónicas.

El barroco no solo depositó su huella artística en la cultura material del occidente de la isla. En menor cuantía encontramos exponentes muy valiosos de su arte y arquitectura en poblaciones del interior del país, a las que la bonaza económica del siglo XVIII benefició en demasía. En la zona central de Cuba contamos con la trilogía conformada por las ciudades de Trinidad, Sancti Spíritus y Remedios. En la villa trinitaria existen inmuebles que combinan elementos barrocos con otros de carácter criollo y regional, donde el arte y estilo mudéjar o prebarroco criollo son tomados como base primordial del concepto constructivo y artístico. Los códigos artísticos y el carácter popular y artesanal de esta arquitectura se alejan un tanto de los cánones manejados en La Habana. A pesar de haber poseído dichas poblaciones un notable período de esplendor durante casi todo el siglo XVIII, tampoco su urbanismo resulta comparable con el de la capital, pues se advierten en cada una de ellas rasgos muy peculiares emanados de sus procesos socioeconómicos, históricos y culturales.

A diferencia de estas villas históricas, en el conjunto urbano habanero se percibe como característica puntual la diversidad estilística y arquitectónica, matizada por la armoniosa combinación de las edificaciones domésticas con las de carácter religioso, civil y militares. Este paisaje urbano no surgió sobre bases anárquicas. Además de encontrarse bien identificadas las normas legales que intervenían en la construcción de los inmuebles, se manifestaron una serie de peculiaridades locales, de las que sin duda el constructor del siglo XVIII no logró escindirse. La primera fue la derivada de la parcelación desigual de los solares o terrenos disponibles para construir; y la segunda, la existencia de un recinto amurallado que si bien no se encontraba concluido, ya fungía como cinturón de contención a la ciudad.

No debemos omitir que al arribar el nuevo siglo ya la villa se encontraba inmersa en un proceso constructivo que trajo aparejada la necesaria parcelación de los terrenos. Aunque de forma muy primaria, en el siglo XVII se habían realizado los primeros intentos por organizar la ciudad. Por aquella época ocuparon los solares más privilegiados de La Habana las casas de los vecinos notables y las propiedades de la iglesia, coincidiendo este período con el florecimiento del estilo mudéjar dentro de la arquitectura doméstica y religiosa.

Las características apaisadas y la planta rectangular de los inmuebles construidos bajo la impronta mudéjar hicieron visibles dentro del perímetro urbano porciones de terreno no edificadas, que en la mayoría de los casos estaban cubiertas de maleza o separadas entre sí por bohíos que aún sobrevivían y remembraban la primitiva imagen de la villa. Estos solares de forma irregular se emplearon en las nuevas construcciones, y el trazado de las plantas, lógicamente, fue adaptado a la configuración preexistente. Por motivos de aprovechamiento del espacio, se recurrió de forma espontánea y casi intensiva al fomento de lo que sería la vivienda típica habanera, es decir, una edificación de dos plantas con muros de piedra conchífera y mayor esbeltez. Aquellos inmuebles también poseían un marcado carácter tradicional en cuanto a los métodos constructivos y los elementos funcionales y compositivos. La ruptura introducida por la verticalidad hizo que el perfil de la ciudad se transformara e hiciera visibles sobre la faja amurallada un sinfín de tejados y balconajes.

Bajo las nuevas restricciones espaciales impuestas por la presencia de la muralla, desempeñó un importante papel el aprovechamiento cada vez más racional de la superficie disponible. Al existir límites infranqueables, todo propietario de terreno buscaba satisfacer sus necesidades aprovechando al máximo los beneficios de su espacio. No resulta incongruente entonces que proliferasen en La Habana inmuebles con las características señaladas. A pesar de dicho análisis, debo argumentar con estricto apego a la realidad histórica que la planta superior de la casa habanera no resultó ser un aporte del período barroco. Entre las ideas de este artículo he manejado el criterio fundado por la tradición cultural hispano-musulmana de que la vida familiar de la comunidad morisco-andalusí en el sur de España transcurría en la planta superior de la vivienda. Como es sabido, esta costumbre fue trasladada casi íntegramente a La Habana.

Lo que sí aportó el estilo barroco criollo a la vivienda habanera fue una morfología tendiente a la esbeltez o verticalidad, introducida debido a dos factores fundamentales. Primeramente, la esbelta fisonomía de los inmuebles era una característica del concepto artístico-arquitectónico del barroco europeo, que también emigró a Andalucía, donde convivió con los patrones mudéjares hasta llegar a La Habana. En segundo lugar, las características irregulares de los solares existentes dentro del perímetro intramuros hacían que los constructores y propietarios tuvieran que explotar al máximo sus espacios, y, obligados por las circunstancias, no encontraron otra opción que romper con el patrón horizontal o apaisado de las viviendas. De lo anterior se colige que una de las características más sobresalientes de la arquitectura doméstica de La Habana del siglo XVIII es la esbeltez y la planta semirrectangular y cuadrada, a las que en ocasiones se adicionan de forma caprichosa algunas porciones salientes del terreno.

Además de la verticalidad, las edificaciones de la época poseían otros elementos funcionales y compositivos que dinamizaban sus fachadas. Invariablemente la planta alta se distingue por la presencia del balconaje que, heredado de la vivienda mudéjar, expone características acordes a la esbelta morfología del edificio. Los balcones continuaron conservando los elementos tradicionales propios de sus antecesores del siglo XVII. Es decir, poseían una baranda con balaustres torneados y pies derechos columniformes donde se apoyaba un alero o tejaroz, que cumplía la función de proteger del sol a los moradores. Todos estos elementos fueron afectados por las esbeltas proporciones, haciéndose más delgados y alargados los pies derechos, y menos gruesos y chatos los balaustres de las barandas. Seguía siendo imprescindible el trabajo artístico en la ebanistería. Los balcones, con sus elementos de madera, ratificaron la importancia que dentro de la arquitectura local tenía el empleo de este noble recurso natural, al verse reflejada en él la continuidad de la tradición mudéjar.

La casa habanera otorgó al balcón una función preeminente dentro del protocolo social familiar, pues desde allí se solía dar la bienvenida a los recién llegados antes de penetrar en la vivienda, y era un buen sitio para tomar el fresco cuando en el salón principal había reuniones familiares, tertulias o visitas de cortesía.

“La casa habanera otorgó al balcón una función preeminente dentro del protocolo social familiar”.
 

Dentro del proceso de cambios que impuso el barroco a la estética exterior de la vivienda, el balconaje eliminó la típica línea recta e incorporó algunas formas curvas que servían de ornamento. Los bordes inferiores de los balcones eran rematados con jambas o molduras curvas decorativas que concedían elegancia y ritmo. “En las casas de la primera mitad del siglo XVIII, como en las del siglo XVII, la viga y el canecillo inferior que sostienen el balcón se empotran directamente en el muro, cubriéndose los espacios interiores con entrepaños de madera, mientras que una moldura (tapajuntas), también de madera, corre por debajo de ellos enlazándolos entre sí”.[5]

Por fortuna, hasta finales del siglo la vivienda habanera conservó su estrecha relación con los conjuntos de madera trabajada. Con el transcurso del tiempo y el proceso evolutivo de las edificaciones, algunos de estos componentes cayeron en desuso, como las celosías y persianas de los balcones. Podría parecer que con su supresión menguaba el concepto de parasol que tanto identificó a la vivienda mudéjar en La Habana, sin embargo, su sustitución dio paso a la implementación de otras soluciones para evitar la incidencia directa de la luz solar en el interior de la vivienda. De alguna forma dichos componentes quedaron incorporados a la arquitectura tradicional cubana que se facturaba en el país.

Muy notables en las fachadas de este período fueron las puertas, ventanas y rejas. Acerca del recio portón de la entrada —que bajo la portada hace visibles sus maderos, a veces encerados, a veces envejecidos por la pátina de la lluvia y el sol—, solo acotaré que para entonces predominaron los del tipo llamado “a la española”, de dimensiones más apropiadas a la escala de la portada, con un postigo u hoja de menor tamaño por el que se entraba y salía diariamente. Se mantuvo la costumbre de incorporar a sus gruesos tablones clavos de hierro o de bronce, en ocasiones embutidos en la madera, pero también rematados con rosetas molduradas meramente decorativas. Se destacó en los portones habaneros la presencia de la aldaba o llamador, pieza de un bronce de exquisita factura que puso de moda enrevesados diseños con múltiples alegorías: finas manos femeninas sujetando una manzana o naranja (motivo muy tropical).

Otras variantes de aldabas en extremo decorativas, al igual que funcionales, eran los rostros de cariátides, que se hacían golpear por floridas guirnaldas o leones de fauces abiertas por las que penetraba el cetro del llamador. Las aldabas compartían la superficie de los maderos del portón con otros herrajes de hierro o bronce como bocallaves, y argollas o tiradores de desbordada fantasía creativa y caprichosos motivos vegetales y animales.

Las ventanas exteriores son de gran altura, protegidas por rejas voladizas de madera torneada, y cubiertas con un sobradillo o tejaroz. Veamos pues cómo tanto sobre el balconaje como en las ventanas se repite este detalle, muy vinculado a la necesidad de regular la incidencia de la luz y la lluvia. La estructura de las ventanas comparte la herencia de la carpintería en blanca del siglo anterior, donde los cuarterones eran los motivos ornamentales predominantes. Ahora los recuadros de madera son de mayores proporciones y se insertan dentro de la típica estructura de largueros y peinazos, solamente interrumpidos por la presencia de postigos o visillos. Los ventanales han evolucionado acorde a las tendencias barrocas, siendo sus lados muy rectos y sus extremos cóncavo-convexos. Además comparten con las puertas de los balcones su esbeltez y policromía. Las puertas de salones y alcobas eran también alargadas y se confeccionaban de la misma forma que las ventanas.

 
Notas:
[1] Joaquín E. Weiss: Portadas coloniales de La Habana, Ediciones Boloña, La Habana, 2004, p. 21.
[2] Joaquín E. Weiss: ob. cit., p. 21.
[3] Ídem.
[4] Joaquín E. Weiss: La arquitectura colonial cubana, p. 16.
[5] Joaquín E. Weiss: La arquitectura colonial cubana, p. 20.