A la memoria de Broselianda Hernández

 En cuanto llega a esta angustia
 Rompe el muerto a maldecir:
 Le amanso el cráneo: lo acuesto:
 Acuesto el muerto a dormir.

 
José Martí

No puedo concebir esa Habana amada y amante, cruzada por su entramado de historias y protagonistas, desde los más anónimos y no menos imprescindibles como los de Fernando Pérez en Suite Habana, hasta los que contribuyeron de forma más visible a lo largo y estrecho de la Isla, proyectados hacia el universo, a que la capital y la nación correspondiente fueran todo lo que nos pertenece. Y el primero, sin duda, entre esos habaneros universales es el Martí personal, visceral, sencillamente humano y fatal, que me acompaña en ese retrato cercano del pintor amigo.

“El más querido de todos los cubanos”. Imagen: Fotografía de una obra de Kamyl Bullaudy. Tomada de Granma/Juvenal Balán

Una nueva e inolvidable lectura de José Julián la tuvimos hace unos años, casi tres lustros, justo de la mano profesional, cubana y apasionada de Fernando Pérez, que nos entregó el filme José Martí, el ojo del canario, que es capaz en su autenticidad, belleza y profunda carga humana de saldar la antigua deuda del cine con el Maestro, y nos revela el escolar sencillo mostrando esas sombras y luces del crisol donde se fue forjando y creciendo en su definición de héroe, que no es más que el que no niega su poca fuerza al mundo.

La fotografía, la música, la dirección de arte, el sonido, la edición, el vestuario, peinados y maquillaje evidencian el rigor en presentarnos la época y los sucesos históricos, incluso cuando por la intención del discurso dramatúrgico el filme obvia pasajes que, aunque reales, no funcionan para una secuencia determinada, o aquellos que, aunque recreados en la frontera de la ficción, pudieron ser por sus detalles y organicidad legítimos, y no menos válidos que los puntualmente declarados por la historiografía y la vasta papelería del protagonista.

¿El protagonista? Y aquí vale la pena destacar las actuaciones; todas y cada una, hasta algunas de unos breves minutos, son creíbles y en correspondencia con los sucesos que narran. Tal vez sus padres, don Mariano y doña Leonor, caracterizados (más allá de cualquier énfasis, o giro que se pudiera tener por “melodramático”) de forma ejemplar por Rolando Brito y Broselianda Hernández —cuya temprana muerte tanto lamentamos—, son los verdaderos protagonistas. Aquí también el director, en aras del contrapunteo, subraya la personalidad dominante del padre, y la más tolerante de la madre, aunque la canaria fuera, sin renunciar a su ternura, un recio carácter en la vida real; pero el drama del valenciano fiel a su patria, soldado, obrero (Pensé en el pobre artillero / Que está en la tumba callado: / Pensé en mi padre, el soldado: / Pensé en mi padre, el obrero), defensor vertical de su sentido de la justicia, aun a costa de ser injusto con su familia, ese drama y esa angustia en la relación padre-hijo, con una lectura vigente en cualquier sociedad y época, triangulada certeramente con la madre y las hermanas, es la piedra angular de la película.

El filme José Martí, el ojo del canario es capaz en su autenticidad, belleza y profunda carga humana de saldar la antigua deuda del cine con el Maestro.

Así lo recordaría el hijo, años después, y ya de lleno enfrascado en la gran aventura de liberar a un pueblo, al evocar a su progenitor, sus orígenes y lealtades, en la nostalgia de aquellos días imborrables del humilde hogar familiar: Mi padre era español: ¡era su gloria!, / Los domingos, / vestir sus hijos (…) Santo sencillo de la barba blanca, / Ni a sangre inútil llamará tu hijo; / Ni servirá en su patria al extranjero: / Mi padre fue español: era su gloria, (…)

Y aparecen dos líneas tachadas, al final del texto, no menos íntimas que los versos anteriores: Rendida la semana, irse el domingo, / Conmigo de la mano (…).

En ese crecimiento, donde el niño y el adolescente van de descubrimiento en descubrimiento, de las bellezas y horrores del físico mundo y del mundo moral, entreabriendo floresta, vientos, susurros de la naturaleza, cortinas, rincones domésticos, calles, ventanas, con el desafío de todo lo nuevo, todo lo bello, todo lo triste, que dan el retrato del muchacho de naturaleza contemplativa, inquisidora, sensible y exploradora de los grandes y pequeños misterios Roza una abeja mi boca / Y crece en mi cuerpo el mundo.

Esos episodios recreados por Fernando Pérez, los descubrimos en letra y espíritu en diversos textos martianos, aun los menos divulgados, como su poema autobiográfico “Canto de otoño”: (…) los lóbregos espacios / Rasgué desde mi infancia con los tristes / Penetradores ojos: el misterio / En una hora feliz del sueño acaso (…)

En su “Cuaderno de apuntes”, que aparece en el tomo 21 de sus Obras completas, José Martí esboza lo que pudieran ser algunas de las ideas de un libro que nunca publicó y que dio en llamar “El concepto de la vida”, y allí se dibujan, desembozadamente, esas angustias, contradicciones —pobre de sí, preso en su jaula—; pero que no se conforma en mirar la gran batalla de los hombres, y que comparte en el transitar por este espectáculo que es la ciudad en nuestras “horas de tigre, de zorra, y de cerdo”:

La vida humana es una ciencia, a cuyo conocimiento exacto no se llegará jamás. Nadie confesará jamás sus desfallecimientos y miserias, los móviles ocultos de sus actos, la parte que en sus obras ejercen los sentidos, su encorvamiento bajo la pasión dominadora —sus horas de tigre, de zorra, y de cerdo—. Y como cada hombre es un dato esencial para esta ciencia —el hombre mismo estorbará perpetuamente que sea conocido el hombre. Y, sin embargo, aunque nada es en apariencia más descompuesto —nada es en realidad más metódico y regular, más predecible y fatal, más incontrastable y normal que nuestra vida.

“Esos episodios recreados por Fernando Pérez, los descubrimos en letra y espíritu en diversos textos martianos”. Imagen: Tomada de Internet

“Nada nos gusta más a los cubanos que sentirnos queridos”, así escribió ese maestro en misterios y cubanías que es José Lezama Lima en carta al narrador Onelio Jorge Cardoso —alguien tan dado a los mismos tópicos y a la amistad—, fechada en mayo del 66, y que fue publicada por primera vez en La Gaceta de Cuba,[1] misiva que resume mi acercamiento particular a Martí, al que siempre me ha gustado definir como “el más querido de todos los cubanos”. Estoy seguro de que para el hombrecito del traje oscuro y de ojos tristes, que escribiera al generalísimo Máximo Gómez, que solo podía ofrecerle a cambio de sus sacrificios por la patria “la ingratitud probable de los hombres”, sentirse querido era la mayor gratificación a sus desvelos, como testimoniara Enrique Collazo, superando este con nobleza la polémica que en algún momento los distanció, para convertirse en la cercanía en un devoto de su causa.

Así veo y siento al muchacho de la calle Paula que llevo conmigo, ese Pepe Julián (Ay vieja!, si Pepe Julián supiera…,como diría un recordado poema generacional debido a José Yanes), contemporáneo, familiar y compañero, héroe íntimo, más allá de retóricas, pedestales, manuales de historia y canonizaciones al uso, que nos recuerda que héroe no es más que el “que no niega su poca fuerza al mundo”, y que reconozco en el retrato, de los cientos que le ha hecho Kamyl Bullaudy, que tengo sobre mi computadora, entre libros y recuerdos entrañables. Esa, para mí, más allá del probado oficio y la belleza de la obra que el artista sabe recrear, es la gran cualidad que siento en cada una de las piezas del autor, ya sea que el creador se llame Kamil o Fernando, o sea simplemente anónimo, como el dibujo de un niño. Lo siento entonces cercano, propio, humano, en batallas y cotidianidades, como cuando escribiera, junto a manifiestos y versos recordados, la más terrenal de las confesiones: Yo quiero vivir, yo quiero/ ver a una mujer hermosa. O No hay milagro / En el cuento de Lázaro, si Cristo / Llevó a su tumba una mujer hermosa!

Ese es el Martí personal, íntegro, querido, profundamente humilde y soberbio, que le agradezco al pintor, al director de cine y a la vida.


Notas:

[1] La Gaceta de Cuba, número 3 de 1997, p. 27.