A propósito de la Fiesta del tambor que se desarrolló el pasado mes de marzo en nuestro país, quiero rendir un sencillo tributo al musicólogo, amigo, Lino Arturo Neira Betancourt (La Habana, 1951-2019); y seguro estoy de que se sumarán también todos mis compañeros del Museo Nacional de la Música.

Fueron muchas sus contribuciones para dignificar al tambor en su devenir histórico en el contexto musical cubano. Bastaría poner como ejemplos su vocación de maestro puesta en práctica en la Escuela Nacional de Arte y el Instituto Superior de Arte, donde hizo sonar ese tambor que siempre llevaba dentro; sus libros y artículos, de forma muy especial, Como suena un tambor abakuá (1991); y ¿por qué no?, su inigualable labor durante varios años al frente de la Sociedad de Percusionistas de Cuba (Percuba) y su Festival, de la cual fue presidente.

Lino Neira y María Teresa Linares, directora del Museo Nacional de la Música, en el acto de donación de los tambores
nigerianos, en el Salón de Actos del Instituto Superior de Arte, el 21 de abril de 1992.

Tuvo estrechos vínculos profesionales con el Museo Nacional de la Música, en particular con María Teresa Linares Savio (La Habana, 1920-2021), quien fuera su directora entre 1983 y 1997. Juntos contribuyeron a develar múltiples e insospechados secretos de la colección de instrumentos musicales de antecedentes africanos, en particular los relacionados con las sociedades de ñáñigos o abakuá.

El autor de estas notas le agradece mucho. Largas jornadas de trabajo tuvimos cuando describíamos los tambores para confeccionar las fichas del catálogo que reúne los instrumentos cubanos del Museo. Pasaron cosas muy raras, solo quienes lo conocieron, comprenderán. Podía estar una hora delante de un tambor sin articular una sola palabra, para al final decir: “Hoy no me dice nada”, y marcharse. También hablar con el tambor en voz alta. Recuerdo un raro ejemplar que todos considerábamos hasta entonces de origen arará. Estuvo casi una semana mirándolo de soslayo y no decía nada. Un día, desde que llegó, me pidió verlo. Cuando lo tuvo frente a sí, casi a gritos dijo: “Cabrón, te me disfrazaste de arará, pero eres carabalí”. La incógnita es mucho más complicada para explicarla en breve, aunque ya ha sido develada. Otro día la contaré. Me repetía siempre: “Ellos te hablan, no te desesperes, ellos te hablarán cuando deseen hacerlo”.

En el año 1992 Lino Neira viajó a Italia con varios miembros de Percuba. En Roma conoce al músico Massimo Carrano con quien de inmediato desarrolló una gran empatía. Massimo sorprendió un día a Lino cuando le trajo un juego de tambores procedentes de Nigeria, denominados Egún-gún y le dijo: “Es en Cuba donde deben estar, son como los batá”.

El juego de tambores había pertenecido a un anciano residente en una aldea en las proximidades de la ciudad de Oyó en Nigeria, donde Carrano realizó investigaciones etnomusicológicas. Sin lugar a dudas, las similitudes morfológicas con los batá son muchas, más allá de que ambos son nigerianos. Hay quienes consideran que se trata del mismo instrumento, otros no opinan lo mismo. Al respecto se han realizado investigaciones que relataré en otra ocasión.

“Aún están ahí, mudos, pues solo él tuvo el raro privilegio de poder conversar con los tambores”.

A su regreso a Cuba Lino contacta de inmediato a María Teresa Linares para contarle sobre los tambores egún-gún y su decisión de donarlos al Museo. Las fotos que se muestran fueron tomadas en el Salón de Actos del Instituto Superior de Arte, el 21 de abril de 1992, y captan el momento en que se efectuó la donación. En ambas Lino en el extremo derecho y al centro María Teresa Linares. Los acompañan también varios percusionistas de gran prestigio. Ese día se tocó batá con Egún-gún.

Lino hizo del Museo de la Música su casa. Realizamos juntos muchos proyectos. Su muerte impidió que concluyéramos una investigación sobre unos raros ejemplares que, a priori, habíamos bautizado como los utilizados en las denominadas tonadas trinitarias. Poseen un enjicado similar al de los tambores abakuá, con cuñas parietales, pero en mayor cantidad y mucho más pegadas a la caja del instrumento. Perseverante en su máxima de que el tambor habla, una y otra vez nos disponíamos a descifrar sus incógnitas y nada, no hablaban y se volvían a guardar. Aún están ahí, mudos, pues solo él tuvo el raro privilegio de poder conversar con los tambores.

Tomado del blog del Museo Nacional de la Música.