El misterio de tocar

Dazra Novak
15/7/2020

Digamos que se toca un objeto. Pero no un objeto cualquiera, sino aquel que guardamos con celo. Ridículo ese celo, absurdo. Digamos absurdo porque no responde a su valor material, ni sentimental. Nada hay más allá de la textura del objeto, la sensación que nos deja en los dedos, la forma en que nos entregamos a ese placer de tocarlo mientras pensamos en nada y pensamos en todo. Rara vez le contamos a alguien esto que nos pasa. En su lugar atesoramos el objeto, tratamos de no perderlo de vista… que no se nos vaya a cerrar esa pequeña puerta hacia un extraño y minúsculo paraíso.

¿De qué está hecha la obsesión por el objeto? ¿Por qué nos gana su antojo? ¿Qué hay de extraordinario en él para buscarlo obsesivamente cuando lo hemos perdido de vista? ¿Será un defecto nuestro el ser incapaces de describir la sensación? ¿En qué momento el hecho alcanzó la categoría de “prohibido” y por eso decidimos no contarle a nadie? ¿Cuándo fue que nos convertimos, más que en su dueño, en su esclavo?

Los 12 cuentos reunidos en Vino de Falerno, escritos por Mariela Varona entre los 90 y el 2017, año en que fue publicado por Ediciones La Luz, son muy parecidos a un juego táctil. Apenas iniciada la lectura caemos en la misteriosa sensación de abandonarnos, como si se acariciara un objeto que a simple vista no pareciera tener nada de particular comparado con los otros —libros—. Y, sin embargo, el tono en que está concebido, la voz que nos habla desde lo más profundo —no confundir con la del narrador—, además de segura, pareciera estar guiándonos hacia algo más.

“Los 12 cuentos reunidos en Vino de Falerno (…) son muy parecidos a un juego táctil”.
Foto: Cortesía de la autora

 

Algo similar al secreto del que habla Luisa Valenzuela. También el espíritu del buen texto —no confundir con la carne—, está hecho de un secreto que jamás podrá ser revelado. Primero, porque hacerlo sería un suicidio —para el propio texto, que pasaría a ser uno más entre tantos correctamente escritos, pero mal narrados—. Segundo, porque el secreto del buen texto es como acariciar el objeto en nuestro juego íntimo, algo que no sabemos cómo, pero lo sentimos. Algo que quisiéramos explicar, pero no podemos. El secreto es juego e incógnita.

Mejor concentrarnos en las tres obsesiones que marcan claramente este libro: el sexo (en su versión “perversa”), la muerte, los escritores y sus personajes literarios. Este volumen compilatorio ha sido armado por una mano sumamente hábil para garantizar en ese orden su in crescendo. Viajamos de una obsesión a otra como si saltáramos desde el primer vagón al último de un tren en movimiento. ¿Adónde vamos en ese recorrido inverso? ¿Adónde nos lleva el tren de Mariela Varona que en ese conducirnos hacia delante también nos lleva hacia atrás-adentro?

Cualquiera pensaría —como se suele pensar de los libros que nos recomiendan— que nos llevará a zonas exóticas e inexploradas. Y, sin embargo, terminamos en una boda gay, escuchamos un corazón acusador, evocamos el hambre de los 90 y un hombre que buscaba su objeto guardado con celo termina fisgoneando por una ventana. Como si llegáramos a un lugar abandonado, pero con un sótano lleno de tesoros. Una casa aparentemente común donde la dueña padece de agorafobia y encarna una suerte de rescritura. Aunque la autora, en boca de uno de sus narradores, se acerca a los bordes del secreto. Intuimos que de este libro se desprende más de una relectura:

“Llevo veintiún días casi sin moverme de la cama, sin hacer otra cosa que leer los libros perdidos. Pues soy de quienes deben releer continuamente para sentirse vivos. Un libro leído a toda prisa, prestado por unos días, me da placer solo en la medida de la novedad que estoy disfrutando. Pero mientras leo, urgida por la obligación de devolverlo, el libro pierde la mitad de su valor para mí”.

A la relectura nos lanza este libro como un acariciar ese objeto guardado con celo. No quisiéramos perderlo de vista otra vez —el primer ejemplar fue prestado y nunca regresó—, y ha sido necesaria una segunda lectura muy atenta para descubrir, en el cuento “Los libros perdidos”, que lo que parecía ser una obsesión atravesando esta antología personal escrita a lo largo de veinte años, es, en realidad, rescate doble. La pista nos la dan los personajes literarios que le han tocado la puerta a la mujer que lee incansablemente: “Venimos a quedarnos. Usted es la única que lee el libro, así que ya solo podemos vivir aquí”.

Gracias a la confesión de uno de los personajes del último cuento “La paciente de la cama seis”, donde la locura se desborda y ya no sabemos qué es realidad y qué ficción literaria, todo cobra sentido: “cuando los escritores morimos, somos condenados a vivir entre nuestros personajes, por toda la eternidad”. ¿Y de quién dependerá esa eternidad sino del lector? Está claro que Mariela los trae de vuelta, los reubica en su ficción, les otorga un bonus de eternidad a través de nosotros, sus lectores.

Quienes nos hemos acercado un poco a la autora, sabemos de la pasión de Mariela por el autor de El maestro y Margarita, entonces no sorprende que sean sus personajes, y hasta el mismísimo Bulgakov, los que más irrumpan en algunas de estas historias. La autora los trae hasta una calle de La Habana o hasta el Floridita, y les hace birlar a los más hábiles acosadores del turismo, aunque en realidad su víctima mayor es un joven escritor cubano empeñado en volver a escribir ese gran libro.

Pero hay un cuento en el volumen, uno de los más antiguos, que merece atención aparte. “El mantel” es un cuento que debería estar incluido en las mejores antologías de este país. Dolorosa lectura que nos evoca el hambre que padecimos en los 90, época en que era un pecado poner comida en la mesa —no había manera de hacerlo sin rayar alguna ilegalidad—. Si algo nos unía, era el hambre. Si algo nos llevaba adelante, era el hambre. El hambre era nuestro grito unánime que nos hacía imaginar por las noches las más caprichosas fiestas gastronómicas.

¿De qué otro lugar saldrían entonces los manjares que sirve este mantel mágico sino de los mismísimos banquetes de Las mil y una noches, en la mesa de Harún Al-Raschid, o los manjares leídos en Laclos, Balzac, Dumas, Colette, Duras y Proust? Pero a la autora no le basta con elevar nuestra hambre colectiva al rango de argumento literario, sino que lleva a juicio colectivo a nuestro villano nacional: el señor H.P. Mariela emite sentencia y castiga. El lector, se saborea.

Quizá el secreto del secreto de Vino de Falerno está, en efecto, en la relectura. Porque el primer abordaje nos deja ese rastro de placer inexplicable en la punta de los dedos que nos hace inconscientemente buscarle un lugar seguro dentro del librero. Volver más tarde sobre él como quien se acerca por primera vez. No contarle a nadie de este juego íntimo. Leer una y otra vez, a solas, para que no se nos vaya a cerrar esta pequeña puerta hacia un delicioso y enigmático paraíso.