El monstruo que me devora

Carlos Alejandro Rodríguez Martínez
26/1/2017

(Donde Ramón Silverio fue interrogado por un periodista sobre el Festival Mejunje Teatral; y, rodeado en su casa por tres perros y tres gatos, después de provocar un cortocircuito, se apartó de las circunstancias de la 25 edición de dicho festival, para explicar por qué El Mejunje ha sobrevivido durante 33 años. Y aquí se trata también, aunque el periodista no lo pretendía, del futuro de El Mejunje después de Silverio. Donde el propio Silverio reconoció que El Mejunje es un monstruo que lo devora y que, cuando se muera, le dará lo mismo que le den candela, al monstruo, es decir, a El Mejunje).
 


Ramón Silverio. Foto: Internet

Silverio, en Cuba hay festivales, jornadas teatrales, encuentros de teatristas… ¿En ese panorama, qué distingue especialmente al Mejunje Teatral?

El Festival Mejunje Teatral, que se llamó Festival de Teatro de Pequeño Formato hasta hace poco, surgió en 1992 como alternativa cultural en la etapa de crisis. En esa época, las compañías no podían montar espectáculos con mucha escenografía o vestuarios costosos, y comenzaron a hacer, sobre todo, presentaciones de pequeño formato: monólogos y obras con uno o dos actores.

Como casi todos los festivales, este antes tenía carácter competitivo. Pero  a muchos de los participantes no les gustaba que El Mejunje premiara, porque El Mejunje no distingue a nadie, ni establece competencia. Entonces decidimos hacer un evento de teatro solidario, donde se encontrara todo el mundo.  

Creo que si algo caracteriza a este festival, es el ambiente de solidaridad, la inclusión de grupos reconocidos y de otros que no lo son. Te puedo decir —y ellos no me dejarán mentir— que las principales compañías cubanas actuales de teatro, alcanzaron sus primeros premios en este festival, que daba cierta categoría para asistir a otros certámenes, como el de Camagüey. Estoy hablando de Teatro de Las Estaciones, de Teatro del Viento… Y así te puedo mencionar a Teatro D´Dos, a Pálpito, que eran grupos desconocidos.  

Casi siempre, las compañías que están en las provincias, en los municipios, que no tienen nunca la posibilidad de confrontar con otras, vienen aquí. La mayoría después se inserta en el movimiento teatral cubano. Este festival, que ahora está cumpliendo 25 años, ha sido una rampa de lanzamiento para nuevos proyectos. Y es también un muestrario de lo que se hace en Santa Clara, donde hay excelentes grupos. Yo te diría que esta es la provincia que, si no tiene los mejores grupos, sí tiene el mejor público.

Ahora le voy a preguntar desde los prejuicios: ¿Eliminar el carácter competitivo del festival no atentó contra la calidad de las obras que se presentan, o contra la cantidad de grupos que asisten?

Para nada. Siguen viniendo los mismos grupos y sigue en cartelera la misma cantidad de obras. Incluso, a veces tenemos que rechazar a muchas compañías porque desbordan la cantidad que podemos admitir.

Además, todos los festivales dejaron de ser competitivos: también lo dejó de ser el de Camagüey y no perdió participación ni méritos. Creo que todos los festivales son un reflejo de lo que se está haciendo en el país. Si un encuentro es malo o es mejor, eso depende de la salud del movimiento teatral cubano.
 


 Foto:Kaloian

Antes solo admitían a grupos de pequeño formato, y luego eliminaron ese parámetro de admisión. ¿Qué tipo de grupos le hacen más feliz cuando participan en este festival?

Todos. Las buenas puestas me hacen feliz. Y a veces las buenas puestas no están en los grupos que tienen dos, tres, cuatros actores. Están en compañías con 10 actores, que realizan grandes producciones. Creo que el pequeño formato no solo está dado por la cantidad de actores. Hay obras con un solo actor, y aun así son de gran formato porque llevan mucha escenografía, mucho vestuario…

También abrimos las puertas de par en par porque, de alguna manera, el festival había comenzado a ser excluyente. Nos hubiéramos perdido espectáculos que tienen muchos actores. Si bien el Festival de Teatro de Pequeño Formato respondió a las necesidades de un momento específico —el Período Especial—, el panorama ha cambiado 25 años después.

¿Cómo logra reinventarse cada día para que este centro no se torne tedioso, para que siga atrayendo a la gente?

Yo no sé cómo. Será porque hago, porque trabajo siempre. Hay que reinventarse, hay que conquistar a los nuevos públicos. Hay generaciones que pasan y pasan por El Mejunje. Ya es hasta una tradición de familia venir. Yo no puedo seguir haciendo El Mejunje de los años “ochentaipico”, que sería de lo más aburrido para la generación actual. Todos los espacios de El Mejunje —El viernes de la buena suerte, La noche del filin, La Trovuntivitis— tienen más de 20 años, pero lejos de disminuir su público, aumenta. Se han creado nuevos espacios, y ya están cubiertos.

Siempre hemos tenido en cuenta los gustos y las características de los jóvenes, sin perder la esencia fundacional de El Mejunje, que es un lugar de inclusión, un lugar que acepta a todos y a todas. Pero también tiene que moverse: si tú quieres trabajar para los jóvenes, tienes que pensar como ellos. En estos días me llamó alguien que decía: “Tengo que localizar al muchacho de El Mejunje”. Y yo le dije: “Oye, pero no es un muchacho”. “Bueno —me dijo—, tiene que ser un muchacho, porque si mantiene una actividad juvenil con tanto éxito, tiene que ser muy joven”.
 


Foto: Kaloian

Sea como sea, uno debe ponerle entusiasmo a lo que hace. Cuando tú piensas que ya lo hiciste todo, o que no te queda nada por inventar, aparece una idea. Me surge a mí o le surge a otra persona, porque todo lo que pasa en El Mejunje no se me ocurre a mí. Yo solamente —creo— soy portador de una idea colectiva, donde todo el mundo tiene el derecho de opinar o proponer.

Por eso El Mejunje está muy cerca de la gente. Esa es su clave. Yo no estoy allí como alguien inalcanzable. Estoy allí para oír a todo el mundo, al más humilde y al más intelectual, y lograr equilibrio. Y defender, por supuesto, una estética y una manera de hacer que es invariable. A veces tengo la sensación de que he creado un monstruo que empieza a devorarme: El Mejunje tiene teatro, galería, patio, gastronomía particular, estatal… Y, ¿cómo llevarlo todo? ¿Cómo armonizarlo en bien de la institución? Es decir, lograr que la gente no vaya allí a montar sus negocios para enriquecerse, sino como parte de una economía solidaria.

En ese sentido, El Mejunje ha sido un adelantado a todo. Lo que hoy es política, El Mejunje lo hizo cuando no era política. Ya vamos en otras direcciones; experimentamos, abrimos otros caminos. Por eso hemos tenido el poder de sobrevivir contra todo.

Es muy satisfactorio ver el público que hemos creado. Anoche mismo se fue la luz cerca de las 12:00, e inmediatamente se encendieron todos los celulares y la gente siguió allí, sin electricidad. No sé hasta qué hora. Eso no se puede lograr en otra parte, porque la gente se va. Pero allí no, allí la gente se queda, y busca alternativas. Tú tienes que permitirles que se sientan libres para hacer. De hecho, El Mejunje es un espacio de libertad, y la gente siempre se va a comportar mejor en los espacios de libertad.

Nosotros nos reinventamos constantemente. No dejamos lugares para uno; yo no tengo un espacio donde sentarme a conversar con nadie: tengo que buscar el hueco que está vacío, porque todos los sitios que más o menos tenía, los fui dando. Tampoco tengo una oficina: desde el momento en que te sientas detrás de un buró, empiezas con un pensamiento buro-crático. Y eso también le asombra a la gente. Muchas personas llegan buscando a…, y entonces me encuentran a mí, barriendo.

Creo que mientras exista El Mejunje habrá festival de teatro y habrá festival de trovadores Longina… Entonces, la pegunta lógica sería: ¿Hasta cuándo habrá Mejunje?

Por muchos años —yo pienso durar muchos años todavía—. Esa es una pregunta que siempre me hacen: “¿Qué va a ser de El Mejunje cuando no estés aquí?”. Pero nunca me va a importar mucho la respuesta. Cuando yo no esté, no voy a sufrir nada: me da lo mismo que le den candela.

Sí creo, sin ego, que lamentablemente las obras mueren con sus creadores. Va a ser bastante difícil que El Mejunje se mantenga. Ojalá. Quizás surja una cosa mejor. Por otra parte, hay gente que ha trabajado mucho conmigo y que me entiende perfectamente, que conoce mi filosofía de la vida.

De todos modos, voy a seguir inventando. Ahora hice El patio de Teresita y la gente me pregunta: “¿Qué vas a hacer después?”. ¡Ah, yo no sé, ya empezaré a crecer pa’ arriba, pa’ un lado…! Algo nuevo voy a hacer. Quizás no sea mañana. Pero lo haré.