El Plan de Fernandina en la obra revolucionaria de Martí

Astrid Barnet
6/5/2020

Entre las personalidades de la Cultura cubana y, en específico, sobre la gigantesca vida y obra de nuestro José Martí, plumas imprescindibles han sido, son y serán siempre Cintio Vitier y Fina García Marruz.

Temas Martianos [1] es, entre otros muchos, uno de los títulos que esta pareja de escritores —en la vida y en el pensamiento— ha sabido entregar con absoluto amor y honestidad al más avezado investigador, estudioso e incluso lector, sobre un grupo de aspectos relacionados con la vida y la obra del Maestro, algunos de ellos desconocidos con anterioridad.

Temas Martianos es un texto de ensayos sobre José Martí. Fotos: La Jiribilla
 

El libro, concebido en dos partes: la primera perteneciente a Vitier y la segunda a García Marruz, transita mediante un análisis pormenorizado por diversos aspectos de la obra martiana, sin jamás desconocer el proceder humano de incontables figuras de nuestra Historia.

Así, se incluyen temas apasionantes como: “Los discursos de Martí” (Cintio); “Martí, escritor” (Fina); “Los hombres en Martí” (Cintio); “Las cartas de Martí” (Fina); “Trasluces de Ismaelillo” (Cintio); “Martí y el teatro” (Fina); “Martí como crítico” (Cintio); “La prosa poemática en Martí” (Fina) y “Etapas en la acción política de Martí” (Cintio).

En relación con ese último, “Etapas en la acción política de Martí”, el también laureado con la Orden José Martí (2002) revela en la multifacética personalidad del Héroe Nacional de Cuba algunos aspectos que convocan a rememorar aquella carta-testamento a su amigo mexicano Manuel Mercado, en la que Martí enfatizaba en la labor unitaria y partidista que realizara con los cubanos dentro y fuera de la Isla; labor que no dejó de trascender en muchísimas ocasiones a partir del más absoluto anonimato al defender la causa independentista, en misiones de chequeo y contrachequeo, caracterizando personajes, descubriendo y denunciando a agentes enemigos y traidores a la causa, utilizando claves, cifrados y hasta pseudónimos. Todo un batallar clandestino.

Fina García Marruz, destacada intelectual cubana.
 

Al respecto, vale la pena rememorar el enfoque ensayístico que Vitier realiza sobre el llamado Plan de Fernandina, proveniente de la férrea capacidad de pensamiento y acción de nuestro Héroe Nacional:

(…) Martí siempre predicó el respeto a las circunstancias y la voluntad del país, la subordinación de las actividades revolucionarias de los emigrados a las demandas espontáneas y reales fuera de la Isla. El país, luego de la estafa de las reformas, estaba maduro para la insurrección. Enorme y finísimo era el tejido realizado por Martí entre los núcleos conspirativos de la Isla y la organización de los emigrados. Era preciso urdir un plan que coordinaría el alzamiento simultáneo en varias provincias de Cuba con el envío de las expediciones, pero en forma tal que ambas empresas, estrictamente concertadas, se ignoraran entre sí en cuanto a los detalles. Sólo Martí conocía la totalidad de los hilos que se manejaban.

Seguidamente, y luego de puntualizar en los proyectos esenciales martianos, el inolvidable intelectual cubano se remonta al ocho de diciembre de 1894 en que sería llevado a la práctica el Plan de Fernandina —firmado por José María (Mayía) Rodríguez, en representación de Máximo Gómez; Enrique Collazo, por la Junta de La Habana y José Martí, como delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC). Dicho plan, escrito en clave, dirigido a los responsables de la Isla, según le escribe Martí a Gómez, “no revela el de las expediciones y se ajusta en plazo y lugares a él”.

El Plan de Fernandina abogaba por el envío de tres embarcaciones simultáneamente (Amadís, Lagonda y Baracoa), cargadas de armamentos hacia la Isla, desde el puerto de Fernandina en la Florida. Uno de los barcos recogería en Costa Rica a Maceo y sus hombres para conducirlos a Oriente; otro, con Martí y Mayía Rodríguez, iría en busca de Gómez a Santo Domingo para llevarlos a Camagüey y, el tercero, partiría de la Florida con Serafín Sánchez y Carlos Roloff, hacia Las Villas. Al mismo tiempo, los jefes revolucionarios de cada una de esas provincias debían estar preparados esperando tan solo el aviso de llegada a través de un cablegrama. Cada detalle, bien desarrollado y de forma pormenorizada.

Sin embargo, desafortunadamente, el plan fracasa producto de la delación efectuada a las autoridades norteamericanas y, como bien escribe Martí después a Gómez, “por parte de la cobardía y acaso la maldad de López Queralta, escogido por Serafín Sánchez para guiar su expedición, quien entregó nuestro plan entero; nuestros tres barcos rápidos, salidos a la vez, para llegar casi a un mismo tiempo, con armas para 400 hombres. Acaso se salvará el cargamento, pero hemos salvado más: la disciplina y el respeto de la Isla, asombrada de este esfuerzo —y el cariño de las emigraciones, encendido con esta villanía patente—. Ahora, a otras formas. Se nos espera y será”.

Martí comprende el inesperado efecto y enseguida reacciona. Ya no existen fondos ni tiempo, pero sí dignidad (¡y mucha!) para continuar la lucha.

Es así como el 29 de enero de 1895 los mismos firmantes del ocho de diciembre de 1894 dirigen al periodista y patriota Juan Gualberto Gómez y a todos los grupos de occidente otra nueva Orden de Levantamiento en la que “se autoriza el alzamiento simultáneo, con la mayor simultaneidad posible, de las regiones comprometidas, para la fecha en que la conjunción con la acción del exterior será ya fácil y favorable, que es durante la segunda quincena, no antes, del mes de febrero”.

De esa forma se acordó que fuese el día 24 de febrero por parte de los principales jefes del levantamiento en Cuba.

Así las cosas, la guerra popular, enraizada en la unión martiana, no pudo realizarse de la forma en que inicialmente se proyectó. Contienda que, cuatro años después, y tras la caída en combate del Apóstol, concluiría con el dominio colonial español en la Isla, su inmediata ocupación por otra nueva Metrópoli en evidente y ascendente desarrollo del capital monopolista, y que a su vez daría paso a varias décadas de república neocolonial sujeta a los designios del poder de los Estados Unidos de América.

Cintio Vitier dedicó gran parte de su vida a estudiar las obras y el pensamiento de José Martí.
 

Para Vitier: “El Plan de Fernandina era el magnífico proyecto, el ejemplo de la fusión en él de los dones del poeta y del revolucionario. De haberse cumplido aquel plan en su momento justo, de haber vivido Martí para llevar la guerra hasta su consumación, otra hubiera sido la suerte de Cuba (…) En el Plan de Fernandina se sitúa el origen de innumerables desdichas nuestras, porque en aquel acto se concentraron, como en un solo punto y cifra, en un solo hombre que Martí no pudo encender, todas las fuerzas negativas que se oponen a la luz”.

No obstante a ello, la Guerra Necesaria prevista por Martí —“y prevista mediante un sistema de inteligencia y contrainteligencia que asombra hoy a cualquier especialista” [2]—, tuvo su clarinada con la Joven Generación del Centenario liderada por Fidel, seguro continuador de varias contiendas independentistas indestructibles en tiempo y espacio. El Plan de Fernandina es y será un recordatorio histórico de experiencias y de la táctica martiana, y a la vez un hecho que orienta en la necesidad de jamás olvidar el mantenimiento de pupila insomne ante la presencia de seres inescrupulosos y traidores, porque “los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima, sino cuando se los puede evitar” [3], y así continuar la obra invencible de las revoluciones con hombres dignos y honestos.

 

Notas:
 
[1] Cintio Vitier, Fina García Marruz: Temas Martianos, Ediciones especiales, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2011
[2] Raúl Rodríguez La O: Los escudos invisibles. Un Martí desconocido, Editorial San Luis, La Habana, 2018.
[3] José Martí: Obras Completas. Periódico La Nación, 19 de diciembre de 1889. T. 6, p. 46.