Se necesita valentía para actuar siempre de buena fe, hasta cuando te agreden. Loable actitud la serenidad, pararse firme hasta en la desventaja; poco importa que a cambio de entregar rosas recibas escupitajos. El dúo Buena Fe debió hacer acopio de la condición que su nombre proclama para soportar el acoso y las agresiones de que han sido objeto en su gira por España.

“Seguirán reseñando la épica y la cotidianidad de la vida cubana”.

Si algo caracteriza a quienes no vacilan en escupir sobre quien se les ponga delante, principalmente si profesan afiliaciones políticas que no se les ajustan —claro, desde orillas serenamente distantes a la nuestra—, es que siguen un guion monocorde de escasas ideas y aparatosos aspavientos. Odiadores les llaman muchos, aunque yo realmente coincido con lo insuficiente del calificativo y me acojo al más reyoyo de “fascismo con chusmería”, acuñado por Abel Prieto.

Buena fe, según el Diccionario de la Real Academia Española, significa “rectitud, honradez”. Tengo la certeza de que ese dúo que conquista seguidores en escenarios y medios —no solo cubanos— hace honor al compromiso que implica el nombre que llevan, porque construyen con sus piezas, junto a un prontuario estético, una declaración ética a favor de las ideas revolucionarias socialistas. Les han pedido cuentas por esa condición; ellos han sabido condonarlas con la misma honestidad y entereza de la lucidez que los identifica, sin claudicar.

“Un trato decente, como mínimo, podría sumar méritos al desagravio poscolonial que merecemos”.

Siempre el mismo libreto cuando artistas cubanos —de los que viven acá— llegan a escenarios donde tienen fuerza los activistas contra la Revolución. España, por la pura vergüenza histórica de haberse beneficiado largamente, con dolo, del colonialismo, no debía ser buen refugio para quienes insultan a artistas que a sus predios llegan para ofrecer lo mejor de sí. Debían saber los españoles que, si reciben a creadores identificados con una filosofía descolonizadora y a nombre de un país —y su proyecto político— que lo más que ha hecho es dar de lo poco que tiene a quienes tienen menos, un trato decente, como mínimo, podría sumar méritos al desagravio poscolonial que merecemos.

Pero el culpable del repudio grosero a nuestro dúo musical no es el pueblo español, como no lo es la comunidad de compatriotas emigrados que sostienen un vínculo armónico con su origen y su cultura; en todo caso sería, en mayor medida que cualquier otro factor, el discurso de dominación global que se emite desde los centros de poder y se sustenta por los consorcios mediáticos cuyo sentido de la libertad de expresión tiene solo el “discreto” límite de lo que afecta sus intereses. Ese es el aro por el que hay que entrar; de lo contrario: ¡Cuidado, que te quemas!

Sicarios de la verdad son aquellos que no miran para los sitios donde se somete, se asesina, se secuestra, se desvirtúan las esencias humanas hasta llevar a los pueblos a desconocerse a sí mismos. Pandillas, guerras internas, golpes parlamentarios, desapariciones, robo de activos, bloqueos, regresos a etapas superadas por la humanidad no llenan, de manera crítica, los principales titulares de esos medios hegemónicos que dictan y condicionan las conductas imperiales que tanto defienden esos “luchadores por la libertad de Cuba”. Pero la verdad, aun asesinada, tiene el poder de la resurrección en voces que la llevan, de la manera que pueden, a los oídos que por ella esperan.

“La verdad, aun asesinada, tiene el poder de la resurrección”.

No sigo con especial entusiasmo el quehacer de Buena Fe (mi generación profesa otras afinidades trovadorescas), pero admiro su constancia, su decencia, sus capacidades reflexivas, su valentía, su solidaridad con otros trovadores, su manera de comunicarse con los jóvenes, no siempre con la complacencia como catalizador.

Si bien “Valientes” devino casi himno durante el duro período de la pandemia, sumada al recrudecimiento del bloqueo que aún padecemos: “Qué estoy haciendo aquí: / amando a este país como a mí mismo. / No, qué va; / no hay heroísmo. / Vine a darle un beso al mundo y nada más”, no olvido que hace diez años, o más, con “Catalejo” movilizaron otras inquietudes:

Tengo un catalejo, cuando lo pongo al revés
no sé entender,
y lo pongo otra vez en su lugar
porque así es como único sé mirar.
Sube el telón y hay un artista rezando
que lo censuren para hacerse famoso.
(…)
Vuelve el telón y hay un alcohólico urbano
y hace un resumen de gran maestría:
de cada cual según su trabajo,
a cada cual según su picardía.

La crónica del acontecer, de la inconformidad, de exponer un arte que no se detiene en la reafirmación a ultranza, aunque nunca reniega, se recibió como portador de las nuevas miradas a nuestra realidad, tan abundantes en nuestro arte y tan invisibilizadas por esos grandes laboratorios de la mentira que se integran en la tóxica plataforma mediática del que se autodenomina “mundo libre”.

Con estos párrafos envío mi apoyo a Israel Rojas y Yoel Martínez. No tengo dudas de que, con buena fe, seguirán reseñando la épica y la cotidianidad de la vida cubana. Son intelectuales íntegros y consecuentes. Poco importa que algunos desvelados les escupan las rosas.

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