El saco de Eliseo

Eduardo Heras León
7/7/2020

En uno de los días febriles de la Feria de Bogotá de 1994, uno de esos días en que el stand rebosa de público y llueven preguntas de todo tipo —desde quién era Lezama Lima hasta por qué no teníamos libros de José Angel Buesa—, alguien cuya voz no pude identificar de momento, me gritó: ¡Chino Heras!, y abriéndose paso entre el pequeño tumulto, me abrazó efusivamente. De inmediato lo reconocí: era mi amigo, el poeta Antonio Conte, quien desde hacía algún tiempo residía en Colombia. Luego de los saludos y los afectos de rigor, y entre pregunta y pregunta acerca de la situación de Cuba y el destino de los amigos comunes, Conte se fijó de repente en el flamante saco que yo vestía. Era uno de esos sacos con pedazos de piel de gamuza en los codos y en un hombro, cuyo color contrastaba con la gruesa tela negra, lo que constituía una combinación muy elegante. Añádase que el saco se ajustaba perfectamente a mi cuerpo y yo (que lo sabía muy bien) sacaba buen partido de esa circunstancia.

      — Te compro el saco —me dijo Conte. Dime cuánto quieres por él.

      — Por supuesto que no está en venta —le dije.  Ese saco es un regalo muy valioso para mí.

Foto: Internet
 

El saco tenía su historia. Dos años antes, durante una visita a la Feria de Guadalajara, yo me había encontrado con Eliseo Diego y su hijo Eliseo Alberto, Lichi, que participaban en algunas actividades colaterales de la Feria. Eliseo y yo mantuvimos una amistad muy particular durante muchos años. El gran poeta cubano poseía un sentido del humor sorprendente y nosotros nos divertíamos mucho durante las sesiones del Consejo Editorial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, del cual éramos miembros. Teníamos un pacto sin palabras: cuando él llegaba primero a la sesión del Consejo, me reservaba un asiento a su lado, y cuando era yo el adelantado, hacía exactamente lo mismo. Después, durante la sesión, nos contábamos chistes de todo tipo al oído, lo que nos hacía disfrutar hasta tal punto, que estoy seguro de que prestábamos más atención a los chistes que a los muchas veces soporíferos planes editoriales de Ediciones Unión, llenos de cifras, plazos y otros entuertos.

Casi al terminar la Feria de Guadalajara, Lichi tenía que regresar inmediatamente a Ciudad de México y, preocupado por su padre, me pidió como favor que acompañara  a Eliseo en el viaje al Distrito Federal, para que no lo hiciera solo. Él nos esperaría en el aeropuerto. Yo acepté complacido por disfrutar unas horas más de la sabia e inigualable compañía de ese gigante de las letras cubanas. Llegados al DF, nos fuimos a casa de Lichi, donde ambos me habían invitado a un buen café criollo.

Me encontraba en la sala, esperando el café y revisando —vieja manía bibliográfica— la bien surtida biblioteca de Lichi, cuando desde uno de los cuartos del apartamento, me llegaron las voces de ambos, un poco alteradas:

      — ¡No me voy a poner nada! —decía Eliseo con voz algo descompuesta. ¡No me gusta eso! ¡No me gusta!

      — ¡Pero, papá! —argüía Lichi. Es precioso. ¡Mira qué tela, papá!

     — ¡No se hable más, no lo quiero ni lo voy a usar! —replicó Eliseo como terminando la conversación.

Sorpresivamente ambos entraron en la sala. Lichi traía en sus manos una tacita de café, y doblado sobre el brazo, un saco negro realmente hermoso, con pedazos de piel de gamuza incrustados. Yo empecé a disponer del café, cuando Eliseo, mirándome con interés, dijo:

      — ¡Al Chino! ¡Vamos a regalárselo al Chino!

Para mi sorpresa, agarró el saco, y como midiéndolo con la vista, lo mantuvo unos segundos ante sus ojos.

      — Pruébate esto, Chino, pruébatelo —y me lo alargó.

Instantes después me miraba ante un espejo en el primer cuarto, corroborando mi primera impresión: el saco me quedaba perfecto, de largo, de mangas, de ancho, en fin, como si hubiese sido hecho para mí. Eliseo me llamó desde la sala, y cuando me aparecí con el saco, le dijo complacido  a Lichi:

       — Mira, le queda pintado. Chino, te lo regalo.

         Lichi se llevó las manos a la cabeza.

       — Ay, papá… —dijo suspirando. Bueno, Chino, es tuyo, llévatelo.

Desde ese día, el saco de Eliseo me acompañó en mis viajes, en los eventos donde participé y hasta en mis clases de técnicas narrativas por televisión, cuando inauguramos Universidad para Todos. Se convirtió en mi prenda más querida.     

Cuando terminé de contarle la historia a Conte, él se echó a reír a carcajadas:

       — La historia del saco no empieza ahí, Chino, sino un poco antes. ¿Quieres saber algo más de él? Bueno, pues ese saco era mío, y yo se lo regalé a Lichi Diego. Y mira qué casualidad, ahora el saco viene a mí otra vez, y sería increíble que pudiera completar el ciclo. Porque por un problema sentimental, yo debo recuperarlo. ¡Véndemelo, anda!

Claro que no se lo vendí. Hubiera sido casi un sacrilegio a la memoria de Eliseo. Supongo que donde quiera que esté, tal vez en algún Consejo Editorial por allá arriba, le esté contando al oído a algún amigo sentado a su lado, los andares y peripecias de su hermoso saco negro.