El verdadero sentido del leninismo como concepto

Aurelio Alonso
21/4/2020

¿Cuál es su apreciación sobre el legado de Lenin desde el presente?; y, para honrarlo en su más célebre pregunta, ¿qué hacer con dicho legado hoy?

A 150 años de distancia del nacimiento de Lenin y unos 30 de la desintegración del mundo surgido del más extraordinario cambio revolucionario en la historia, que él, con pulso certero, supo conducir, cargamos como tarea pendiente, quienes nos identificamos con su obra, una deuda clave con su memoria. Una deuda que comienza por despejar y defender el verdadero sentido del leninismo como concepto.

No es que se haya hecho poco. Tampoco es que presumamos que vamos a descifrar aquí nuevas incógnitas, añadiendo otras miradas, argumentos, reflexiones, a las muchas páginas que el derrumbe del sistema socialista soviético ha motivado. Sin embargo, la pregunta me induce a responder refiriéndome a un dilema conceptual aun presente, solo como comienzo, y tal vez también como provocación: el legado incólume del leninismo.

Probablemente no cabría hablar hoy de dilema si el sistema que reconocía en el leninismo su sostén doctrinal no hubiera hecho eclosión, al mostrar sus instituciones políticas la incapacidad de sortear una crisis de crecimiento económico y de revisar, a fondo, fallidas estrategias. Pero, como han reconocido algunos de sus supervivientes más auténticos, el nudo del problema era más político que económico, pues radicaba en que el partido —que llegó a sumar unos 200 millones de militantes— forjado y guiado en su comienzo bajo la inconfundible impronta revolucionaria de Lenin, había perdido la capacidad de conducir al país en el desafío de preservar, ante reveses severos, las conquistas esenciales de la transición socialista.

 “Defender conceptualmente la vigencia del legado de Lenin, significa, en esencia,
ser coherentes con una práctica auténtica y autóctona”. Foto: Internet

 

La conducción del gigantesco PCUS de finales de los 80 no se parecía a la de los bolcheviques del comienzo de la etapa revolucionaria. El leninismo del partido —todavía llamado Socialdemócrata Ruso— que supo preparar el acceso de las clases explotadas al poder y que se expresa, a la victoria del 7 de noviembre, en la estrategia que trazaban los tres primeros decretos del poder soviético: Paz, Pan y Tierra. Stalin, que el propio Lenin percibió menos apto para dirigir que sus restantes colaboradores cercanos, tuvo la habilidad de hacerse del poder a la muerte de Lenin, y de monopolizar la interpretación de sus ideas, usando para ello el concepto de leninismo de manera sesgada y comprometida.

Para imponer sus proyecciones se deshizo de manera inescrupulosa de todas las figuras del bolchevismo y de los que les seguían, convirtiendo al partido en un instrumento bajo su autoridad personal incuestionada. Aun así, su imagen de sucesor de Lenin, la pertenencia a la vieja guardia bolchevique, y los logros reales de industrialización desde los primeros planes quinquenales, fueron decisivos para conducir a los pueblos soviéticos a la gloria incuestionable de la victoria contra la peste invasiva del nazismo. Una victoria del leninismo, de la convicción que inspiró en las generaciones a las que tocó combatir.

La sacudida en la dirección del poder soviético que siguió a la muerte de Stalin culminó cuatro años después en la famosa crítica del XX Congreso, centrada en los defectos personales del líder, pero sin tocar las deformaciones institucionales que implantó en sus tres décadas de conducción. Muchas de aquellas estructuras y hábitos de dirección se arraigaron en las tres décadas siguientes, amparadas en la misma interpretación estalinista del leninismo que pretendían superada.

La segunda gran Revolución del siglo XX, la que triunfó en China en 1949, rechazó las críticas de 1957 a Stalin, seguramente por percatarse de que minaban, con su ambigüedad, un principio de autoridad partidaria que ellos también habían adoptado, y que mostraba ser un puntal de la nueva sociedad a edificar. Cuestionaba la herencia de Lenin.

Esta complicada historia también generó en la izquierda del pasado siglo reacciones confrontadas para aceptar la cercanía a una identidad leninista. En la década de los setenta los partidos comunistas más importantes de Europa occidental, hasta entonces identificados básicamente con la ortodoxia soviética, asumieron un rechazo explícito del leninismo. Un corte que quizá pensaron les desmarcaba del fantasma estaliniano, sin tomar en cuenta el costo en coherencia y en capacidad de movilización que podría generar en organizaciones que eran la avanzada política efectiva de las izquierdas del continente. Se lanzaba por la borda el legado de Lenin, abonando el camino de una infeliz descalificación junto a un claro retroceso político e ideológico.

La revolución cubana, cuya victoria e inspiración social sabemos esencialmente martiana, descubrió en su camino la compatibilidad con las enseñanzas de Lenin y la gesta del 1917 ruso. A pesar de la importante solidaridad que prevaleció desde temprano con el país de los Soviets, Cuba padeció en ocasiones de inconsecuencias de las políticas del Kremlin, pero el partido moldeado por Fidel nunca dejó que se debilitara la gratitud al pueblo hermano ni el peso del legado leninista, siempre centrado en la profundización de aquellas ideas originales más que en la interpretación estaliniana.

Especialmente, se hace necesario destacar hoy la visión leninista del partido como vanguardia en la conducción de la sociedad nacida del cambio revolucionario —que nuestro José Martí avizoró incluso unos años antes—, la cual introduce un desarrollo en el papel político-ideológico del ente partidario, asignándole responsabilidades sin precedentes. También de riesgos, cabe añadir, por deformación. El fracaso soviético, tras siete décadas de construcción social con logros indiscutibles, nos da la medida de la necesidad de rescate del pensamiento y la experiencia de Lenin.

El éxito de las reformas económicas en el socialismo chino bajo la conducción partidaria, también apunta a esta necesidad. Y no menos, la capacidad de resistencia al bloqueo más implacable de la historia, que Cuba revolucionaria ha tenido que sufrir durante más de seis décadas, por parte de los Estados Unidos, que no hacen caso siquiera de la opinión condenatoria de la casi totalidad de los estados representados en la Organización de Naciones Unidas año tras año. Martiana y leninista, Cuba sigue en pie, sin concesiones en sus ideales radicales de transformación, ni en su internacionalismo expresado en sostenidas manifestaciones de solidaridad.

Empeñarnos con los mismos bríos en defender conceptualmente la vigencia del legado de Lenin, significa, en esencia, ser coherentes con una práctica auténtica y autóctona, que no admite copia ni calco, como reclamaba José Carlos Mariátegui desde esta América nuestra, mestiza, oprimida, explotada, discriminada y rebelde, ya en aquellos tiempos en que los bolcheviques emprendían la construcción de una nueva Rusia.

El legado de Lenin, a 150 años de su nacimiento, y el espíritu germinal del bolchevismo se hacen hoy, para los condenados de la Tierra, más necesarios que nunca.