El clarinete es una parte de Alejandro “Coqui” Calzadilla García; es su voz, una vía para canalizar la mayoría de sus inquietudes musicales. “Es mi amigo y mi ángel de la guarda. Estamos siempre sincronizados. Es un elemento al que tengo que complacer y, al mismo tiempo, me complace”, expresó.

“El clarinete y yo somos inseparables”. Foto: Internet

Según el artista, es un instrumento difícil, pues ofrece una música siempre novedosa y un repertorio retador. “Me insta a dominarlo cada día, y sin pretextos acudo a su llamado. Tenemos una conexión espiritual. El clarinete y yo somos inseparables”.

“Mi objetivo es tocar, intentar no fallar. Lo que sí busco todo el tiempo, cuando interpreto música de otros autores, es la manera de entrar en el mundo de la persona que escribió la obra y proyectar esas sonoridades mezcladas con mi forma de ver la música”. 

Al definirse como clarinetista, si bien su sonido “no es el más hermoso del mundo”, cree haber logrado una sonoridad que lo diferencia del resto de los ejecutantes.  “Mi metal de voz puede no ser el más dulce, pero es el mío, y deseo que al escucharme la gente diga: ‘Es Coqui el que está tocando’.  No obstante, intento encontrar calidez y mayor calidad en mi propuesta artística. Es parte de mi indagación, de mi afán como músico. Quiero lograr el más bello sonido posible”.

Alejandro “Coqui” Calzadilla es una rama más del árbol genealógico de una familia musical que partió de Daiana García, directora de la Orquesta de Cámara de La Habana. “Mi papá no es músico, pero sabía tocar la guitarra desde joven. Mi mamá tiene un oído espectacular y es muy afinada a la hora de cantar. Con Daiana se abrió una puerta a la música para el resto de nuestra familia. Soy el resultado de eso”, asegura el clarinetista.

Sus primeros años fueron en la escuela de música Manuel Saumell, en la especialidad de Clarinete. “No poseía hábitos de estudio en los inicios de mi formación, aunque tenía el ejemplo de Daiana. En una ocasión pensé en salirme del camino del arte, pero afortunadamente mi mamá me exhortó a darle una oportunidad más a esta profesión. Gracias a esa sabiduría que la acompaña, seguí en la música”. 

Después entró en nivel medio en la escuela Amadeo Roldán, con la profesora Patricia Pérez Brito. “Cuando vi el rigor y el nivel tan alto de mis colegas, me concentré en estudiar, y así fui creando los hábitos. Mientras estaba en la Universidad de las Artes (ISA) —y actualmente sigue siendo así—, estudiar era una necesidad gigantesca, como un hambre que no se quitaba”.

¿Por qué el clarinete?

Curiosidad. Juan Jorge Junco, el abuelo de Aldo López-Gavilán, fue uno de los más grandes clarinetistas que ha dado Cuba. Aldito y Daiana sembraron en mí ese interés por el instrumento; muy versátil y con un sonido precioso. Durante los exámenes de captación en Manuel Saumell nos dieron la posibilidad de escoger uno o varios instrumentos y hacer una prueba para mostrar nuestras condiciones. Me sentí identificado con el clarinete.

Tras graduarse, su trayectoria artística ha estado llena de altibajos: “Si bien venía realizando un trabajo profesional como profesor de clarinete en el Conservatorio Amado Roldán, me presentaba como solista con algunas orquestas, haciendo música de cámara. Apareció entonces mi primer trabajo como músico popular, junto a un grupo que tienen los nietos de Compay Segundo. A partir de ahí, ha sido un sube y baja, siempre tratando de no perder el rumbo”.   

El clarinetista ha sido parte de proyectos como el musical Carmen la Cubana, el Ballet Rakatán, el Ensamble de Viento Nueva Camerata de Haskell Armenteros, la Orquesta Sinfónica Juvenil del Conservatorio Amadeo Roldán, dirigida por Daiana García y Guido López-Gavilán, y la Orquesta Sinfónica Adjunta al Lyceum Mozartiano de La Habana, bajo la batuta del maestro José Antonio Méndez. Es también miembro del dúo de clarinete y piano D’accord, donde asumió el puesto de Vicente Monterrey cuando este se retiró. “Soy solista del Centro Nacional de Música de Concierto, y desde esa posición me doy a la tarea de relacionarme con otros músicos para desarrollar un trabajo diferente y atractivo desde la música clásica, el jazz y lo más cercano a lo popular”.

Asimismo, “Coqui” Calzadilla pertenece al cuarteto de jazz de Aldo López-Gavilán, y recién fundó Palo Monte, un quinteto de clarinetes que se abre a la música cubana, a la contemporánea y al jazz desde ese formato de música clásica. “Loma Arriba, mi cuarteto de jazz, también me da muchísimas alegrías”.

¿Cómo se manifiesta la cubanía en la música de “Coqui” Calzadilla?

La expreso a partir del sonido que puedo lograr con mi clarinete, y también con el saxofón. Trato de dar un color que me identifique como músico cubano, incluso cuando ejecuto a Mozart o a Beethoven. Intento que el público sienta ese calorcito típico de la isla del Caribe. Lo mismo con la música popular. Siempre coloco ese matiz y saco el acento de los cubanos en el sonido y en su manera de decir.

“En esa búsqueda de una identidad sonora, el clarinetista bebe de la música afrocubana y de la influencia ibérica”.

En mis composiciones —aunque sean contemporáneas, e incluso sin utilizar un ritmo propio de la música cubana— me gusta contar con un elemento que transporte al Caribe, o jugar un poco con los títulos de las canciones, de modo que sean típicas del argot popular.

En esa búsqueda de una identidad sonora, el clarinetista bebe de la música afrocubana y de la influencia ibérica. “Somos el resultado de una mezcla maravillosa, aunque fuese antagónica y producto de la imposición de una doctrina y una cultura sobre otra. Nuestra música es bellísima. Me encanta la música afrocubana; todo el sistema de la rumba, el changüí, el son. Vivo en La Ceiba, un barrio religioso que me tiene alborotado, y trato con mi música de ser consecuente con esa espiritualidad”.

“Nuestra música es bellísima”.

¿Qué significa el jazz para “Coqui” Calzadilla?

Era un tema tabú en mi vida hasta los 21 años. Le tenía miedo al jazz. Sentía que no era capaz de improvisar, y por mucho tiempo lo renegué. En 2010 vino Wynton Marsalis con su increíble Lincoln Center Jazz Orchestra y cambió mi perspectiva. Ahí nació una pasión gigantesca, que todavía perdura, por la improvisación. Es algo que me saca de las casillas, por su espontaneidad. 

Muchas veces he escuchado que el jazz es la música de los músicos. Más que un estilo, creo que es un sentimiento, el de buscar la verdad o encontrar una filosofía personal. El jazz te da la posibilidad de plasmar en sonidos lo que uno lleva por dentro. Las palabras no hacen justicia a lo que puedo sentir por el jazz. Es un amor grandísimo.

Si indagas en sus paradigmas musicales, “Coqui” Calzadilla habla con frenesí de la capacidad creativa de Johann Sebastian Bach y Ludwig van Beethoven, un hombre que amén de las vicisitudes que le impuso la vida  supo ser transgresor y lograr una obra universal espectacular. Menciona a Ígor Stravinski y a John Coltrane; y en la música cubana a Amadeo Roldán, Alejandro García Caturla, Julián Orbón, Leo Brouwer, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Frank Fernández, Jorge Luis Prats, Juan Formell, Miguel Matamoros, Chano Pozo y Benny Moré. “Artistas geniales que pusieron a Cuba en el mapa internacional de la música”. 

“La música tiene un poder increíble”. Foto: Tomada de Pixabay

El clarinetista no puede separar lo clásico de lo popular. Para él la música es un lenguaje, por eso existe una sola. “No me gusta sentirme cojo en este mundo. No sé nada de mecánica, de matemáticas o de medicina, pero en la carrera que elegí no me pongo limitaciones. Me hace vibrar tanto la “Quinta sinfonía” de Beethoven, como un tema de jazz, o “El pájaro de fuego”, de Stravinski. La música tiene un poder increíble y ponerle etiquetas no es sano”.

La clave del éxito para “Coqui” Calzadilla es no perder la fuerza, no bajar los brazos, no rendirse, no dejar de investigar e ir a lo más profundo de uno mismo para sacar lo mejor. “Si eso viene acompañado por la fama, es genial. Una vida donde todo esté en el justo nivel: la familia, la salud, la felicidad, el amor y el trabajo”. 

Si preguntas en qué momento se encuentra de su carrera, refiere que se halla en una época de siembra. “He escrito algunas piezas y he experimentado un poco con la combinación de formatos convencionales desde otra óptica. En Palo Monte, desde una estructura propia de la música clásica, trabajamos las sonoridades afrocubanas, la música popular cubana, el son y el jazz”.

De no ser músico, le hubiese gustado ser chef, porque cree que la música y el arte culinario son manifestaciones culturales que se perciben desde los sentidos. “Coqui” Calzadilla tiene muchas insatisfacciones y no cree que le alcance la vida para alcanzar cierta complacencia. Lo importante —agrega—es convertir las pequeñas frustraciones en combustible, para no bajar la guardia y seguir adelante.   

“Soñar con los ojos abiertos”, responde si preguntas por una frase que defina su carrera profesional. “Me gusta imaginar que el futuro va a ser mucho mejor, que mi música tocará el corazón de quien la escuche. Tener los ojos abiertos y buscar que esos sueños se hagan realidad”.

¿Qué significa la música?

Es la vida misma. Quien no tiene música por dentro ya está muerto. La música salva. Las sonoridades de esta isla caribeña rescataron a un amigo belga en un momento en el que estaba deprimido. Es una anécdota que siempre me cuenta con lágrimas en los ojos.

La música transmite vida, amor y fuerza. Es mi mundo, mi realidad. En ella tatúo todas mis vivencias, las más tristes, alegres, intensas, pacíficas. No por gusto Pancho Amat dijo que en el panorama de la cultura de este país posiblemente es la música la que colorea mejor la esencia del ser cubano.

“La música transmite vida, amor y fuerza”.

El ejecutante planea trabajar al máximo, no con el objetivo de darse a conocer, sino para que el público lo reconozca como un clarinetista para todas las temporadas:

Un músico que aborda la música clásica con mucho respeto, pero al mismo tiempo domina la música popular cubana y las técnicas del jazz.  Hacer música sin miedo o sin discriminar ningún estilo. ¿A dónde quiero llegar? Pues a donde se pueda, lo más lejos posible. No sé si a una súper sala de concierto o a un barrio en Zimbabue, pero, sea el sitio que sea, dar lo mejor de mí. Quiero que nunca me falte la fuerza ni el deseo de seguir tocando. Quiero llegar muy lejos. Sin parar. Sin parar.