En la sobrevida de Roberto Fernández Retamar

Félix Julio Alfonso López
3/6/2020

Para Laidi

Alguna vez le dije a Roberto Fernández Retamar que el poema que prefería dentro de su vasta obra lírica era la hermosa elegía familiar titulada “¿Y Fernández?”. Como sabemos, aquellos versos, donde confesaba poéticamente el devenir vital de sus padres, se los dedicó a sus hermanos, a quienes llamó “los otros Karamazov”. Fue precisamente con uno de ellos, con Manolo, con quien primero tuve amistad, mucho antes de conocer personalmente a Roberto.

Residencia de estudiantes. Fotos: Cortesía de Laidi Fernández de Juan

Manolo fue una criatura culta y sensible, un hombre bueno y melómano integral, juntos grabamos algunas transmisiones del programa de televisión Escriba y lea, donde ambos éramos suplentes del equipo regular, y en esa condición subalterna, él sin medias y yo con un saco que me tiraba de los hombros, como en el poema de Roberto “Los que se casan con trajes alquilados”, nos hicimos amigos. A veces cuando salíamos me invitaba a tomar cerveza frente al Habana Libre, y siempre recuerdo lo emocionado que se ponía cuando le hablaba de mi admiración por su hermano Roberto y de mi frustración por no haberlo tratado nunca.

Pero ese sentimiento se trocó en inesperada alegría la primera vez que estreché la mano de Roberto, y le hablé de otro de sus poemas que más me gustaba “Pío tai”, inolvidable homenaje al béisbol, publicado en la revista Cuba en 1966, dentro de un número monográfico sobre la pelota. Es un poema que he leído y escuchado en su voz muchas veces, pues se trata de una declaración de afecto de su generación a todo el béisbol anterior a la Revolución y, al mismo tiempo, propone un alegre ajuste de cuentas con la condición intelectual, vivida junto con la pasión popular por el deporte. Cito algunos de sus versos:

…que antes de comenzar, nuestro primer recuerdo

Sea para Quilla Valdés, Mosquito Ordeñana, el Guajiro Marrero,

Cocaína García, La Montaña Guantanamera, Roberto Ortiz, Natilla

(Desde luego), el jiquí Moreno de la bola de humo, el jibarito, y más atrás

Adolfo Luque, Miguel Ángel, Marsans,

Y el Diamante Méndez, que no llegó a las Mayores porque era negro,

Y siempre el inmortal Martín Dihigo.

(Y también, claro, Amado Maestri, y tantos más…)

Inolvidables hermanos mayores: dondequiera que estén,

Hundidos en la tierra que ustedes midieron a batazos

En la Tropical o en el Almendares Park;

Bajo el polvo levantado al deslizarse en segunda,

Alimentando la hierba que se extiende en los jardines y es

surcada por los roletazos;

O felizmente vivos aún, mereciendo el gran sol de la una

y la lluvia que hacía interrumpir el juego

Y hoy acaso sigue cayendo sobre otras gorras…

Cuando Retamar escribe este poema, todavía vivían o permanecían en Cuba verdaderas leyendas del juego de pelota como Miguel Ángel González, Martín Dihigo, Natilla Jiménez, Conrado Marrero y buenos peloteros como Gilberto Torres, Sagüita Hernández y el siempre digno Silvio García, formidable torpedero que no fue el primer negro en jugar Grandes Ligas porque no estaba dispuesto a ser humillado por el color de la piel. En ellos Roberto nos descubre toda una mitología deportiva de su niñez y juventud, compartida en un tiempo inmemorial, como dioses triunfantes, con los clásicos del arte y la literatura de su vocación definitiva, como antes había hecho Nicolás Guillén en su comparación entre Rubén Darío y José de la Caridad Méndez y en su memorable Elegía por Martín Dihigo. Entonces el poeta puede declarar con risueña hidalguía:

dondequiera

Que estén, reciban los saludos

De estos jugadores en cuya ilusión vivieron ustedes

Antes (y no menos profundamente)

Que Joyce, Mayacovski, Stravinski, Picasso o Klee,

Esos bateadores de 400.

Y ahora, pasen la bola.

Años más tarde, y motivado por el entonces ministro de Cultura y hoy presidente de Casa de las Américas, Abel Prieto, le puse el nombre de Calibán a una revista digital de pensamiento e historia que dirigí durante casi una década, inspirada en su celebérrimo ensayo, y surgió así una breve pero intensa colaboración letrada, cuyo punto más alto fue que me pidiera prologar un grupo de sus ensayos para una cuidada edición que se hizo en Holguín.

“Aché pa’ Roberto Fernández Retamar”

Conservo varios de sus correos electrónicos de aquellos días, en uno de ellos me dice: “Muchas gracias por mandarme con tu mensaje del día 13 tu generoso texto “Don Roberto: sus ideas y sus días”, que escuché emocionado y leeré con gratitud”. En otro me avisa: “Me complace anunciarte que hoy se presentó en la Casa de las Américas el más reciente número de la revista Casa de las Américas (284), enriquecido con tu colaboración”. Y en uno de los más generosos me retribuye expresándome: “Vuelvo a agradecerle, esta vez por escrito, sus generosísimas palabras de esta mañana, que además de su bondad revelan un conocimiento extraordinario de mi papelería. Le ruego que me envíe copia de dichas palabras. Abrazos fraternos. Roberto”. El texto a que hacía referencia se titula: “Aché pa’ Roberto Fernández Retamar”, y ese título me fue sugerido por su esposa y compañera intelectual Adelaida de Juan, a quien se lo dediqué.

Concluyo aquí estas líneas de homenaje a quien llamé en aquella ocasión “el más brillante de los intelectuales cubanos vivos y una de las cumbres de la cultura latinoamericana”, con la misma convicción de siempre sobre este gigante universal que ha pasado a la sobrevida:

Felices los normales, nos señala el poeta desde sus páginas más íntimas, oyendo un disco de Benny Moré, o jugando pelota con escritores amigos; con las mismas manos que acaricia a su amada, construye una escuela, traza el epitafio de un invasor y es también el Otro, y el que canta al fuego junto al mar (…) Roberto Fernández Retamar ha vivido la literatura, como dice en uno de sus poemas que prefiero, con la misma fervorosa pasión que ha vivido sus ideas, y también ha sido auténtico y valiente; y ha sido feliz cada vez que la poesía vino a visitarlo, sigilosa, necesaria y constante.

Una vez más: Aché Roberto. Buena suerte viviendo.