Cada aniversario de José Martí nos convoca y establece un reto. Para los medios, para la prensa, para quienes ordenan (ordenamos) las palabras y proponemos con ellas nuevas lecturas, tal reto deviene incentivo para la búsqueda y nos descubre ocultos derroteros, porque estos últimos son infinitos.

Se cumplen ahora 170 años del nacimiento de José Martí, y la fecha nos vuelve la mirada hacia lo que de él escribieron dos de las más relevantes autoras de Hispanoamérica en el siglo XX: Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou. En el caso de Gabriela Mistral (1889-1957), Martí es presencia recurrente. Ella, que por sobre todo es maestra, acepta el magisterio intelectual del cubano. Las referencias de Gabriela a Martí son abundantísimas; es ella autora de uno de los más lúcidos ensayos escritos sobre la poética del cubano.

“La lectura del texto da fe del cuidado y amor puestos por la escritora en el acercamiento a la obra del Apóstol”.

Desde la primera visita a La Habana, en julio de 1922, expresa en estos términos su agradecimiento por la acogida: “En Martí me había sido anticipada Cuba, como en el viento marino se anticipan los aromas de la tierra todavía lejana”. En 1934 la Secretaría de Educación de Cuba publica el reflexivo análisis titulado La lengua de Martí,de Gabriela Mistral, pieza antológica de la bibliografía sobre el Héroe de Dos Ríos. La lectura del texto da fe del cuidado y amor puestos por la escritora en el acercamiento a la obra del Apóstol, quien, como ella explica, “guardó a España la verdadera lealtad que le debemos, la de la lengua”.

Para Gabriela, “Martí veía y vivía lo trascendente mezclado con lo familiar. Suelta una alegoría que relampaguea, y sigue con una frase de buena mujer cuando no de niño; hace una cláusula ciceroniana de alto vuelo y le neutraliza la elocuencia con un decir de todos los días”.

En otra conferencia devenida célebre, la que imparte el 30 de octubre de 1938, da a conocer su ensayo “Los versos sencillos de José Martí”. De nuevo deleita con el análisis de un tema de capital importancia en la obra del cubano. Allí proclama que “Martí, criatura literaria completa, amaba a sus clásicos y amaba la poesía del pueblo, porque el humanismo no lo disgustó de lo popular, ni lo elemental le invalidó para lo clásico. Tenía pues, que escribir los Versos Sencillos, y aunque en ellos no llegase al terrón de la ruralidad, allí nos apunta su mano en alto el rumbo populista, tan desdeñado en ese tiempo”.

“Yo le debo mucho a Martí. Es el escritor hispanoamericano más ostensible en mi obra”

Gabriela Mistral fue una de las personalidades extranjeras invitadas a las celebraciones en La Habana por el centenario del natalicio de Martí, en 1953. Recordemos que en 1945 se le había conferido el Premio Nobel de Literatura, lo cual la convertía en el primero de los escritores de Hispanoamérica a quien se le entregaba. Con su presencia prestigiaba ella una conmemoración tan especial para el pueblo cubano. Entonces declaró: “Yo le debo mucho a Martí. Es el escritor hispanoamericano más ostensible en mi obra”.

En aquella misma ocasión se celebra en La Habana el Congreso de Escritores Martianos. Algunos autores no pueden asistir físicamente y envían sus textos. Así, desde Uruguay lo hace Juana de Ibarbourou (1895-1979), ya entonces denominada Juana de América, de quien se recibe el hermosísimo ensayo titulado “La poesía de Martí”, que será incluido en la Memoria del evento. No es un trabajo muy conocido, lo cual resulta inexplicable, y de él tomamos este fragmento:

Aplomado y límpido, Martí dice lo que siente sin mirar a su público de reojo. Es que, más aún, no busca tener público, como el ruiseñor. Canta por un imperativo natural y lo hace con una idiomática segura, perfecta, sin dengues ni laberintos. El sol directo de Cuba, que ha de comerse sombras y contraluces, está, vertical, en su verso. Y así era él mismo, vertical, y por eso ha quedado en América como una de las más fuertes columnas de la poesía y la libertad. Si como héroe tiene un ancho espacio luminoso para su estatua en el claustro de los héroes, como poeta se talló un plinto de piedra berroqueña y se conquistó una siempre fresca corona de laurel castellano. “La niña de Guatemala”, la que por él se murió de amor, la que en andas llevaron a enterrar obispos y embajadores, y cuya mano afilada y cuyos zapatos blancos besó transido de dolor en la despedida suprema, es mucho más que un romance hermoso. Bien sabemos el nombre de la pobre y bella desdeñada, que prefirió el frío definitivo del agua del río, al del olvido de aquel desmemoriado que volvió casado con otra, aunque a ella la hubo amado tanto. Ese romance puro y sereno, sin embargo llora sangre. Así, llorando y sangrando de remordimiento desesperado, debió escribirlo Martí, que tuvo grandes poderes de atracción con las mujeres, pues sin ser hermoso poseía unos ojos de fuego y una invisible aureola que conmovía los sensibles nervios femeninos. Su bondad total lo salvó de ser un don Juan, su genio y su sentido de la libertad de los derechos humanos, de ser un conquistador de cualquier especie. Él sabía bien que “el amor engendra melodías” y sembró amor en el verso, en la prosa de centella, en cuanto ideal se le cobijó bajo la noble frente magnética. (…) Si en todos sus aspectos yo lo venero y lo admiro, Martí tiene en mis preferencias de vocación y destino, la alucinante atracción de un ídolo. Muchos poetas de América hubieran deseado poseer su sobria y certera claridad. Pero ese don solo lo reciben del cielo muy pocos grandes. Su vastísima cultura, ese relampagueo académico, fulgurante, entre la transparencia del agua, su sencillez asistida por el vocablo antiguo que la subraya de gracia, esa sintaxis que parece tan lisa y es su gran misterio de forja y riqueza, todo eso que es Martí poeta sea en la prosa, en el verso, en el patriotismo o en la heroicidad, hacen de él una creciente estampa de Dios. Así lo estamos amando. Así está él superando a todas las estatuas de sus diálogos olímpicos.

“Si en todos sus aspectos yo lo venero y lo admiro, Martí tiene en mis preferencias de vocación y destino, la alucinante atracción de un ídolo”.

No cotejemos aquí la total veracidad de cuanto apunta en relación con “La niña de Guatemala”. Quedémonos con la esencia hermosa de las palabras de Juana. Esperamos haber entregado a los lectores de La Jiribilla dos piezas literarias de inmanentes valores, tal como merece la memoria de nuestro Héroe Nacional.

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