Engels, coloso de todos los tiempos

Hassan Pérez Casabona
27/11/2020

El 28 de noviembre de 1820, hace doscientos años, nació en Bremen, Alemania, Federico Engels, una de las mentes más brillantes de cualquier época, y figura cimera del pensamiento y la lucha revolucionaria. La mejor manera de celebrar este bicentenario es acercarnos a su legado extraordinario, desde una mirada que nos lo entregue con el vigor de su accionar fecundo, en innumerables ámbitos.

Engels en su juventud. Fotos: Internet
 

Engels, quien dejó de existir físicamente en Londres el 5 de agosto de 1895, es un coloso de todos los tiempos, cuya presencia en el debate de ideas se impone como necesidad impostergable. Todavía más en las batallas emancipadoras que se generarán en el futuro, a través de las cuales estamos compelidos a cimentar un sistema de relaciones, que deje atrás la lógica perversa del capitalismo. En dicha encomienda creativa, que se antoja crucial a todas luces, su rostro emerge en el borde delantero de cualquier alumbramiento.

En realidad, desde el mismo instante en que se elevó a otra dimensión, sus contemporáneos quedaron consternados. Engels se había consagrado, en cuerpo y alma, junto a Carlos Marx, su hermano de ideales, a la tarea de dotar a la clase obrera de las herramientas teóricas que le permitieran levantar una sociedad superior.

Marx y Engels en la Gaceta Renana.
 

Conscientes de la magnitud de su quehacer —la cual se intensificaría con el paso de los años, en la misma medida en que sus investigaciones arrojaban nuevas luces— líderes de Inglaterra, Bélgica, Alemania, Holanda, Rusia y Francia dejaron constancia, en sus funerales, sobre la significación de su arsenal teórico y revolucionario.

Ante el féretro, Pablo Lafargue señaló:

El general, como lo llamaban los amigos, nos ha dejado. Pero la batalla que dirigieron Marx y Engels como jefes del innúmero ejército del proletariado continúa. Alentados por sus ideas, por sus consignas, los proletarios de todos los países se han unido, seguirán fortaleciendo su unión y finalmente vencerán.

Un año antes de su deceso, enfermo de gravedad, confesó, en lo que representa testimonio inequívoco de cuántas nuevas tareas lo inquietaban:

Mi situación es la siguiente: 74 años, que empiezo a sentir, y tanto trabajo que alcanzaría para dos cuarentones. Si pudiera dividirme en el Engels de 40 años y el Engels de 34 años… todo se arreglaría rápidamente.[1]

El genial pensador, además de trabajar junto a Marx en La sagrada familia, La ideología alemana y el Manifiesto Comunista, es autor, entre varias obras imperecederas de La situación de la clase obrera en Inglaterra; Anti-Duhring; Del socialismo utópico al socialismo científico; El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado; Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana; El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre y Dialéctica de la Naturaleza, estudio que a pesar de quedar inconcluso es una indagación ejemplar, el cual pone al descubierto que el materialismo dialéctico es una de las bases metodológicas de las ciencias naturales.

El genial pensador, además de trabajar junto a Marx en La sagrada familia, La ideología alemana y el Manifiesto Comunista, es autor de varias obras imperecederas.
 

En la penúltima de las obras citadas Engels logra, como no había ocurrido en el campo de las evaluaciones sociales, dar una explicación coherente acerca de asunto tan complejo. Dice el revolucionario en 1876:

Pero ni un solo acto planificado de ningún animal ha podido imprimir en la naturaleza el sello de su voluntad. Solo el hombre ha podido hacerlo. Resumiendo: lo único que pueden hacer los animales es utilizar la naturaleza exterior y modificarla por el mero hecho de su presencia en ella. El hombre, en cambio, modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina. Y ésta es, en última instancia, la diferencia esencial que existe entre el hombre y los demás animales, diferencia que, una vez más, viene a ser efecto del trabajo. [2]

Su lectura ratifica la capacidad de su autor para adentrarse incluso en fenómenos de absoluta vigencia, como las cuestiones medioambientales.

Sin embargo, no nos dejemos llevar del entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de estas victorias, la naturaleza toma su venganza. Bien es verdad que las primeras consecuencias de estas victorias son las previstas por nosotros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas, totalmente imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras. Los hombres que en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los bosques los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras. [3]

Engels, asimismo, estimuló la preparación en múltiples disciplinas de aquellos llamados a desarrollar los cambios que desterraran la opresión:

Las revoluciones burguesas del pasado necesitaban únicamente que las universidades les suministrasen abogados, la mejor materia prima para la formación de sus líderes políticos, pero para la emancipación de la clase obrera se necesitarán, además, médicos, ingenieros, químicos, agrónomos y otros especialistas, ya que se trata de dominar la dirección tanto de la máquina política como de toda la producción social, y esto no se consigue con frases sonoras, sino con conocimientos firmes. [4]

El espíritu insaciable, en cuanto a poner a disposición de la incesante lucha su inteligencia, no decayó ni en los momentos más álgidos de su vida. A finales de la década de 1870 y principios de la siguiente, por ejemplo, Engels recibió el impacto de la pérdida de personas muy importantes para él. En 1878 falleció su esposa Lizzy Burns; en 1881 Jenny Marx, y en 1883 Jenny Longuet, hija de su inseparable compañero. Como si todo ello no fuera suficiente, el 14 de marzo de ese propio año se estremeció con la muerte de Marx, a quien había estado ligado durante cuarenta años de fecundo quehacer científico y revolucionario.

“El espíritu insaciable, en cuanto a poner a disposición de la incesante lucha su inteligencia, no decayó ni en los momentos más álgidos de su vida…”
 

Lenin, décadas más tarde, se refirió a la incondicional ayuda que, en todos los órdenes, le brindó Engels a Marx.

Las estrecheces llegaron a abrumar de un modo verdaderamente asfixiante a Marx y su familia; a no ser por la constante y altruista ayuda económica de Engels, Marx no solo no habría podido llevar a término El Capital, sino que habría sucumbido fatalmente bajo el peso de la miseria. Además, las doctrinas y corrientes del socialismo pequeñoburgués y del socialismo no proletario en general, predominante en aquella época, obligaba a Marx a mantener una lucha incesante y despiadada, y a veces a defenderse contra los ataques personales más rabiosos y brutales.[5]

Tras la desaparición física de Marx recayó sobre sus hombros la responsabilidad de la guía del proletariado, a lo que unió el desvelo por dar a conocer, y terminar, trabajos de su inseparable amigo.

“Tras la desaparición física de Marx recayó sobre sus hombros la responsabilidad de la guía del proletariado, a lo que unió el desvelo por dar a conocer, y terminar, trabajos de su inseparable amigo.”
 

Mientras se adentraba en los manuscritos de economía de Marx, Engels experimentaba constante inquietud pensando que no podría dar cima a esta obra.

Me preocupa sobre todo porque soy el único superviviente capaz de descifrar esta letra y estas abreviaturas de palabras y frases enteras.

Hay que tener en cuenta que Engels, personalmente o valiéndose de un ayudante cuando la enfermedad lo limitó al lecho, recopiló todo el manuscrito del segundo tomo, hizo varias interpolaciones y lo redactó ateniéndose exclusivamente al espíritu del autor. Aún más complicado y laborioso fue el trabajo en el III tomo de El Capital.

Para este libro, como dijo Engels, “se contaba con un primer proyecto, que además aparecía enormemente lleno de lagunas”. Engels trabajó en el III tomo durante diez años. “En efecto –escribió Lenin- estos dos tomos de El Capital son obras de ambos; de Marx y Engels”. Engels escribió del III tomo de El Capital que es una obra “excelente, brillante. Es realmente una revolución inaudita en toda la vieja economía política. Solo merced a ello nuestra teoría adquiere un fundamento indestructible y podemos actuar victoriosamente en todos los frentes”.[6]

“Mientras se adentraba en los manuscritos de economía de Marx, Engels experimentaba constante inquietud pensando que no podría dar cima a esta obra.”
 

La metodología de los dos eruditos jamás se apartó de la mirada transgresora, que posibilitaba encontrar solución a enigmas que parecían indescifrables. Fue siguiendo esos preceptos que quebraron el estambre sobre la meta, en decenas de cuestiones que se erigían como laberintos históricos impenetrables.

Pero el marxismo no es un mero diálogo de procedimientos, ni mucho menos la sumatoria algebraica de esquemas y pancartas, contentivas de dogmas, que deben ser repetidos miméticamente por un grupo de fanáticos, en cualquier latitud, que veneran a sus gestores.

Es, ante todo, una herramienta de lucha que permite acercarse o conducir procesos “desobedientes” del statu quo capitalista, en la misma medida que desbroza la enajenación utilizada por los poderosos en su afán de segregar y expoliar. [7]

Engels y los grandes revolucionarios del orbe, tienen aún mucho por andar en el empeño irrenunciable de edificar un mundo signado por la equidad y el respeto entre los seres humanos. Con cada nueva victoria sobre los explotadores de siempre, Engels y todos los “imprescindibles” que fundan multiplican su valía. Los éxitos en cualquier latitud, sin estrecheces de ninguna clase, confirman que es posible proseguir soñando y que nadie podrá cercenarles a los pueblos la capacidad de razonar y encontrar soluciones certeras a los complejos desafíos que asumimos. Ese Engels vivo y proteico es el que necesitamos en las peleas futuras.

 
Notas:
 
[1] Ver en: Federico Engels. Vida y Obra, Editorial Progreso, Moscú, 1986,  p. 13.
[2] Engels concibió inicialmente este trabajo como introducción al material de mayor amplitud, “Tres formas fundamentales de esclavización”. Al final acabó dándole vida propia, con el nombre que conocemos. La mayoría de los investigadores coincide en que fue escrito en junio de 1876. La idea central fue explicar el papel decisivo que desempeñó el trabajo para que, partiendo de un antepasado parecido al mono, y a través de un largo proceso histórico, se desarrollara un ser cualitativamente superior, el hombre.
[3] Federico Engels: El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, Ediciones de Paradigmas y Utopías, México, D. F., 2005, pp. 13-14.
[4] Federico Engels: “Al Congreso Internacional de Estudiantes Socialistas”, en: La Revolución Socialista, Editorial Progreso, Moscú, 1978, p. 36.
[5] Vladimir Ilich Lenin: “Carlos Marx. Breve esbozo biográfico con una expresión del marxismo”, en: V. I. Lenin. Obras Completas, Tomo 26 (julio de 1914-agosto de 1915), Editorial Progreso, Moscú, 1984, p. 49.
[6] Federico Engels. Vida y Actividad (Colectivo de Autores), Editorial Progreso, Moscú, 1987, pp. 12-13.
[7] “Los hombres únicamente crean su historia modificando tanto las condiciones objetivas de su vida como modificándose ellos mismos. Si en la sociedad, como en la naturaleza, actuasen nada más fuerzas inconscientes y ciegas, no habría necesidad de una organización política de la clase obrera ni de educarla en el espíritu revolucionario”. Ver en: Félix Teplov: El testamento político de Federico Engels, Editorial Progreso, Moscú, 1989, p. 67.