Los caminos de la Bienal de La Habana son trazados imbatibles. ¿Alguien quiere un camino mejor que aquel emprendido en su mismo nacimiento de 1984, cuando se funda una Bienal para los sin voces de América Latina? No era una convocatoria de feria mundial, de derroche de pabellones ni de alzas de mercados; era sencillamente un llamado a los valores culturales de un continente unido históricamente en un mismo vasallaje colonial. Luego el camino fue un abrir los brazos hacia África y Asia, para que se hermanaran en el entonces llamado Tercer Mundo, que es como decir la mayor parte del mundo. ¿Alguien quiere un camino mejor?

“Kcho, pinero, pícaro y beligerante, se ha tomado muy en serio el enunciado anticolonial que con muchísimo tino nos ha enviado el Centro Wifredo Lam”. Fotos: Tomadas del sitio web del Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam

Así, las bienales habaneras, humildes, tercermundistas, intranquilas y transidas de escaseces se centraron, sin embargo, con enorme tesón, en las tradiciones de los pueblos, en su manera de construir la contemporaneidad y en las formas de conocernos y conectarnos entre nosotros sin que el valor de las obras contara más que el arte mismo. Un universo de amigos surgió en lo adelante y llega hasta hoy, porque esa generosidad social y esa mirada anticolonial que ha derrochado la Bienal no tiene émulos en el universo artístico internacional. Su lección de ética es tan enorme y trascendente, que nada la puede empañar. Ni ciclones tropicales ni pandémicos ni revanchistas pueden manchar su dignidad. Sus propios e inevitables desaciertos no han podido más que su coraje.

Esta decimocuarta vida de la Bienal de La Habana nos ha dejado clarísimo que no todos los caminos conducen a Roma y, ciertamente, este Kcho pinero, pícaro y beligerante se ha tomado muy en serio el enunciado anticolonial que con muchísimo tino nos ha enviado el Centro Wifredo Lam. Y, a su manera, Kcho quiere estrenar un camino.

El suyo es un sendero de cuerpos de gigantes, donde diez poderosas formas de acero parduzco intentan transitar con enormes pasos por decenas de calles, y acomodarse en una elegantísima avenida. A primera vista parece imposible que se compenetren por la mucha diferencia que parece haber entre la rudeza del acero y la delicadeza de los parterres.

“Con los botes logra hablarnos, como si nada, de muchas cosas que también pensamos a veces cuando caminamos ensimismados por la calle”.

El vecino de a pie, cuando salga mañana temprano a comprar el pan, se preguntará qué le han colocado frente a su casa. El chofer intrépido detenido en el cruce de 5ta y 84 se asombrará seguramente cuando la luz del semáforo le dé tiempo a preguntarse qué fue lo que vio en la esquina de 86. De alguna manera lenta, las líneas desafiantes, el color de la herrumbre, la desmesura del peso o las formas de los gigantes irán entablando diálogos con los transeúntes. Y un día nos enteraremos de que el gigante de la calle 86 se llama “Salto”, y que en verdad sus curvas nos daban ya señales de su título. O alguien verá en televisión que aquel de la calle 92, el que semeja un hombre sentado, se llama “El pensador”. Y que aquellos ocho botes reunidos como en una pira se titulan “Quemando las naves” —¡claro está! No demasiado tarde caeremos en la cuenta de que conocemos el conjunto de los diez gigantes de acero llamados Manifiesto, como manifiestamente dicen sus títulos, y estaremos más cerca de las ideas con que el artista los pensó y con las que intenta hablarnos. Puede ser incluso que alguna vez venga de provincia un familiar y lo llevemos al Paseo de los Manifiestos, o que un turista curioso nos pregunte dónde está “Mi paz y mi camino”, ese que parece ser una especie de refugio para el artista. Pasarán semanas, meses, y el día menos pensado sabremos casi todo sobre estos corpulentos seres y sobre el artista que vive y trabaja muy cerca de aquí, en el Romerillo; es un furibundo apasionado de los botes, ¡no faltaba más! Cosa rara, porque con los botes logra hablarnos, como si nada, de muchas cosas que también pensamos a veces cuando caminamos ensimismados por la calle.

“Furibundo apasionado de los botes”.

Cuando pase el tiempo y se fundan estos manifiestos de acero con la gente; cuando las lluvias los atemperen, el sol los desafíe, la madrugada los castigue; cuando dejen de ser noticia y algunos querellantes los injurien, entonces Kcho, las próximas bienales de La Habana y la ciudad toda habrán conquistado el arte.

¡Enhorabuena, Bienal de La Habana!

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