Enrique José Varona: Orígenes fundacionales de la educación y la pedagogía en Cuba. Parte I

Alicia Conde Rodríguez
16/4/2021

 

Como patriota, tengo en mucho
ser cubano, como hombre tengo
en menos que nada
mi condición humana.

Enrique José Varona
 

Representarnos el pasado republicano en sus primeros años podría parecer casi imposible. Pero no es así. No si disponemos de la literatura de la época, la recreación estética de esa realidad, de la iconografía, de la prensa escrita, de las publicaciones periódicas que reflejan el latido de la sociedad, 1 los pensamientos y sentimientos de quienes, a través de la crítica, la apología o la indiferencia, conforman el entorno ideocultural de la nación; y en su itinerario espiritual comprender el gesto popular, las sensibilidades y mentalidades de todos los sujetos sociales posibles, la mirada del que apenas se puede percibir sino a través de los hechos sociales que el documento devuelve. La interpretación de interrogantes que se tejen, entonces, son infinitas. Captar el movimiento colectivo, sin duda, afina la comprensión del pensamiento que se propone el porvenir de la sociedad. Es un campo de la investigación imposible de agotar, pero al menos nos permite el intento de afrontar lo real en toda su complejidad. Supone, este acercamiento, una aspiración legítima.

“El pensamiento de Enrique J. Varona garantizó la continuidad teórica, cultural y política del siglo XIX
en la República burguesa”. Foto: Internet

 

En la historia mundial se observa que los finales de siglo e inicios de otro son extremadamente estremecedores. Las sacudidas sociales y políticas se advierten con acentuado énfasis. Es como si el cierre de un siglo significara el agotamiento de sus proyectos y se cifraran las esperanzas en el que nace; impulsa el replanteo de las bases de las sociedades, sobre todo, si las desigualdades se han profundizado a tal punto que el conflicto social resulta ineludible. Pienso que esta idea gravita en la generalidad de la sociedad, es decir, como tendencia, más o menos elaborada por las diversas clases, capas y sectores sociales. La realidad se ha encargado —casi siempre— de que el desencanto sobrevenga toda vez que el nuevo siglo sigue anclado al precedente, a su universo material y espiritual. Los cambios en los procesos sociales, verdaderamente profundos, son de muy larga duración, aunque el acontecimiento revolucionario se encargue de subvertir sus cimientos.

El tránsito entre dos siglos es un parto difícil. Pero con toda seguridad se podría consignar lo ineludible del pensamiento que lo acompaña, que lo conforma en el plano teórico. ¿Cómo entender las rupturas y las continuidades con el pasado teórico del siglo XX cubano?

El pensamiento de Enrique J. Varona garantizó la continuidad teórica, cultural y política del siglo XIX en la República burguesa. El haber dirigido el periódico Patria, a petición de Martí en 1895, cuando ya era conocido por sus conferencias filosóficas, y el haber enfrentado la Universidad metafísica con su concepción antiespeculativa, experimental del conocimiento, que se había conformado a partir de la tradición filosófica cubana bajo el signo de la ilustración, y el influjo, aunque crítico, del positivismo europeo, cristalizaría en un anticolonialismo político que en las condiciones de aquella República fracturada ayudaría a la formación de la conciencia cubana. Insistió hasta el fin de sus días en la necesidad del nexo con el pasado: “Debemos ir siempre adelante; pero volviendo la cabeza hacia atrás. Esta es la noción que tengo del progreso humano” 2. Y advirtió también sobre los peligros que en momentos críticos de la nación se podían esperar: “Los peores enemigos de Cuba son sus escritores mercenarios, que mojan la pluma lo mismo en tinta que en sangre” 3. Su empeño se habría de revelar desde un prólogo al texto elaborado por Rafael Montoro en 1902: Principios de moral y cívica, en el cual la Constitución cubana, las teorías políticas, los vicios y las virtudes, comprenderían el material fundamental, hasta el discurso que pronunciaría en el Aula Magna de la Universidad de La Habana cuando la intelectualidad laica había trasladado los restos del Padre Varela para hacerlos descansar en la patria que edificó con su virtud.

En verdad, parte de la intelectualidad cubana de su tiempo trabajó porque perviviera el legado teórico del siglo XIX. A la Revista de Cuba, fundada por José Antonio Cortina en 1874,—diez años más tarde, en 1884, crearía Varona la Revista Cubana asumiendo los própósitos de su predecesora—, se le debe la publicación de los documentos del primer cuarto de ese siglo. La polémica filosófica sucedida en los finales de la década del treinta, por su incidencia entonces, y por sus consecuencicias en el desenvolvimiento del pensamiento social cubano, después, fue visibilizada.

También se develó el proceso ocurrido en el año 1842, de inestimable valor en la historia de las ideas en Cuba, la secularización de la enseñanza en la Universidad, durante el cual se cambió el plan de estudios en detrimento de la enseñanza de la filosofía, del enfoque social de la realidad. Implicó que la especulación filosófica y la recreación estética de la realidad, la literatura, ganaran un inmenso espacio, muy al contrario de lo que sucedería con la investigación social. Las señoras categorías se adueñaban del escenario teórico en la exposición concienzuda de una lógica formal fosilizada. Habían sido desterradas las “Lecciones de Filosofía de Varela”. Así lo haría saber el sacerdote revolucionario en su crítica al nuevo plan de estudios, en 1845.

Precisamente son estas dos vertientes del pensamiento filosófico las que atraviesan los años finales del siglo XIX y continúan en el XX. En el plano de la enseñanza se advierte que el vínculo de la filosofía y la pedagogía, que tan fuerte había sido en aquel primer cuarto del siglo XIX, ya se desdibujaba progresivamente y creaba una distancia entre estos saberes que solo la voluntad de lo más avanzado del pensamiento pedagógico, en el recién estrenado siglo XX, estaba dispuesta a recuperar, aunque nunca tuviera el vigor de aquellos años.

De cualquier manera prefiero asumir la visión de siglos históricos y no cronológicos, en aras de esclarecer esa transición que sufre el pensamiento, en particular, y la sociedad cubana, en general, no solo por la frustración de la independencia y los proyectos de dependencia ideados tempranamente por el gobierno imperialista de los Estados Unidos, tal como lo avizoró Martí desde sus análisis de la naturaleza imperialista del sistema político y económico de ese país, sino por la huella que el vetusto régimen colonial dejó en ella. Recuérdense las frases sentenciosas del Maestro: “Sacarnos a España de las costumbres” y “Mientras que en la mesa colocamos a Darwin llevamos al mayoral en el alma”. Ello indicaba la necesidad de una labor educativa que aseguraría, a largo plazo, una transformación genuina de la sociedad y el hombre cubanos.

Enrique José Varona visto por El Fígaro en 1889. Foto: Tomada de El Camagüey
 

Educar para la democracia y la libertad. Pero en la Cuba intervenida la asunción de este legado cobraría un alto precio. Porque solo la capacidad patriótica de un magisterio y una intelectualidad comprometida con el destino del país estuvieron en condiciones de enfrentar la gravedad social y política que implicaba un rediseño de la educación nacional 4 por quien ya tenía invertido en Cuba, desde la segunda mitad del siglo XIX, un inmenso capital que sujetaba y subyugaba la economía a los intereses de su mercado.

¿Cómo pesaba esta realidad en el magisterio cubano? ¿Cuáles eran las posibilidades reales de la enseñanza en Cuba?

La crítica cubana en estos años, como en otros después, fue de minorías. La conciencia colectiva sobre los problemas sociales cubanos, esa que impulsa ineludiblemente a la transformación radical de la sociedad, demoraría todavía. No significa esto que la acción cívica de lo más avanzado del cuerpo social y la protesta de los trabajadores no se hiciera notar. Muy al contrario, la inconformidad creciente se hacía acompañar de una voluntad de cambio y de organización de los propósitos para que el mismo ocurriera. Sin embargo, en el plano de las ideas faltaba madurar y estructurar una lógica que pusiera la nación a salvo del imperialismo norteamericano y de sí misma.

Es en este sentido que una parte minoritaria de la intelectualidad cubana se compromete, desde temprano, con los destinos de la escuela. Al mismo tiempo que somete a estudio la sociedad cubana en su contemporaneidad, en su proceso histórico, que trabaja por recuperar los valores e ideales de un pasado emancipador, incluso del pensamiento; sabe que en la enseñanza puede tener la nación el mejor aliado o el factor que progresivamente la haga sucumbir.

El espíritu de facción prevalecía en todo el país. Las elecciones no eran para el pueblo y por el pueblo, sino para los políticos y por los políticos. Y se jugaba con las ilusiones de la gente, su vida, su destino. Cómo recibir beneficio de la riqueza nacional era el dilema de los representantes de una democracia falsa, caricaturesca, que mataba el impulso genuino de la nación.

Es en este escenario histórico que el pensador cubano Enrique José Varona asumía los desafíos de una Universidad en la cual prevalecían los estudios literarios y las bellas artes. Trabajar por sacarla del espíritu medievalista en que se encontraba solo podría realizarse muy a largo plazo, creando conciencia de lo perjudicial que significaba para el destino cultural del país la ausencia de espíritu crítico, de mentalidades cuestionadoras de las realidades sociales, y del florecimiento, consecuentemente, del espíritu mediocre que marcaría a la sociedad cubana.

Es preciso anotar que el cuadro general de la instrucción pública en el país se presentaba aterrador. Los salarios de los maestros públicos resultaban míseros; prevalecía la ignorancia de un considerable número de niños y adolescentes, las Juntas de Educación resultaban totalmente superfluas. Aseveraba Enrique José Varona en su texto de 1901 que “La instrucción pública en Cuba. Su pasado y su presente, que Cuba, en las últimas décadas del siglo XIX, no tenía un solo edificio destinado a la educación del pueblo”. Las dos terceras partes de la población eran analfabetas unidas a un nivel muy bajo de vida, y a “un singular atraso como colectividad civilizada”.

Fue con la Orden Militar dictada el 6 de diciembre de 1899 que en todo el territorio de la Isla de Cuba se abrieron escuelas. Se difundió asimismo un Manual para maestros elaborado por el pedagogo norteamericano Alexis E. Frye, entonces superintendente de Escuelas. Por otra parte el 30 de junio de 1900 fue publicado el Reglamento de las Escuelas de Cuba. Se impartían por primera vez los Cursos de Verano, en las universidades de Harvard y de Cambrige, con la intención de una asimilación gradual del sistema de enseñanza norteamericano por parte de los maestros cubanos. El magisterio de la Isla no solo se resistió a la penetración cultural de la potencia norteamericana, sino que defendió la identidad nacional a partir de estudios y propuestas que conformaran una actitud y aptitud hacia lo cubano.

Además, serían creadas la Escuela de Artes y Oficios de la Habana, el Instituto Pedagógico, “verdadera escuela práctica para maestros” y las Casas Escuelas. La Academia de Ciencias fue reconstruida, se fundaron laboratorios; el descubrimiento de Carlos J. Finlay sobre la fiebre amarilla fue confirmado, también fue creada la Biblioteca Nacional. La Iglesia fue separada del Estado, la legislación reformada. Se establecieron, además, los Kindergartens. Sin dudas, se participaba de una inspiración modernizadora que contribuía a la reactivación del ambiente cultural del país, que movilizaba sus fuerzas morales en la construcción de la sociedad republicana.

A pesar de estas señales renovadoras, la comprensión sobre la necesidad de una reforma de la enseñanza se hacía notar no solo por la ineficacia del sistema anacrónico que imperaba en ella, sino por los nuevos problemas que planteaba la nueva situación del país. Se trataba —para los que la concebían— de una obra civilizadora. Se proponía desterrar el verbalismo y la retórica e implantar una enseñanza objetiva y experimental; orientar al alumno en la investigación y trabajo personal, que no se limitara a oír y leer; modificar el mecanismo de los exámenes; contar con material científico, laboratorios de química, histología, meteorología; convertir a la Universidad en un laboratorio de ideas; crear escuelas profesionales, además de Filosofía, Letras y Ciencias Abstractas, también de Pedagogía, Ingeniería, Electridad, Arquitectura, Derecho Civil, Cirugía Dental, Farmacia, Derecho Público y del notariado. Enfatizaba Varona en 1901:

Todos sus habitantes comprenden, más o menos confusamente, que solo por el trabajo logrará Cuba reponer sus enormes pérdidas y recuperar el tiempo perdido, que solo el trabajo le devolverá la riqueza y con ella los elementos de gobierno necesarios para mantener el orden y hacer posible el progreso. Pero el trabajo no puede estar bien dirigido, su ser productivo de un modo remunerador, si no lo guía y fecunda la ciencia. No trabajan del mismo modo y con igual éxito el hombre inculto y el civilizado. Para compensar su falta de habitantes, Cuba necesita que su labor social centuplique su eficacia, merced a la pericia y la ciencia de los que la dirijan. Para que los cubanos puedan adquirir conocimientos teóricos y habilidad técnica, sin salir de su patria, se ha intentado la reforma total de su enseñanza que he bosquejado y cuyos primeros frutos he puesto de relieve.5

Varona opondría a aquel abandono de las ciencias naturales la absolutización de sus estudios. Subestimaría ante aquella urgencia el estudio de humanidades. Esto, a mi juicio, ha lastrado de diversos modos el pensamiento social en Cuba a través de diferentes períodos históricos. Pero no es este el espacio para analizar las complejas consecuencias que en la mentalidad de los estudios sociales cubanos tuvo esa concepción. Solo apuntar que la no consideración del contexto del origen de una idea puede subvertir su significado en otras circunstancias en que la comprensión de las sociedades sea un elemento decisivo. ¿Pero es qué acaso no lo es en todas circunstancias históricas? El problema está en el equilibrio. Tanto el conocimiento social como el natural son de una altísima significación y enorme utilidad para la sociedad. No se puede transformar realidad alguna sin conocerla. Se podría explicar a Varona con el mismo juicio con que juzga él el método de Marx: “la exageración de un hecho cierto”.6

Sus tesis alertaban sobre la transformación acelerada del mundo y el deber de los cubanos de insertarse en las sociedades civilizadas:

No se puede vivir despacio, cuando los otros viven de prisa. Hay quien aguija y avanza, mientras nosotros queremos empezar a discutir si debemos echar a andar. Estamos en medio de un mundo que se transforma. Fervert opus. ¡Ay de los que se obstinan en no cambiar a su guisa, escogiendo la oportunidad, que para los lentos llega siempre tarde!7

Para modificar la escuela, el espíritu de la enseñanza, había que reconsiderar la visión del mundo con que se pensaba la sociedad; en este caso todavía se creía en la República. Los avances sociales de los primeros años del siglo frente a la Colonia lo hacían posible. Pero, además, había que revaluar también la situación del niño cubano para el cual se trabajaría y se diseñaría una nueva concepción educativa.

La orientación científica de la enseñanza cobraba conciencia en los hacedores de una pedagogía que comenzaba a perfilarse en las nuevas circunstancias históricas. La psicología educacional, unida a las teorías del aprendizaje y a las medicinas mentales, aportaba al proceso educativo un instrumental, cuyas ventajas para la psiquis del niño y el adolescente no habían existido hasta entonces. A partir de este conocimiento podía proyectarse la formación del hombre y la identidad cultural desde la interioridad de su ser, previendo y modificando conductas. Lo más difícil es precisamente cambiar conductas, y ese es el campo de la psicología. La concepción mecánica que primaba en este sentido, con el conductismo, proporcionaba bases endebles todavía —aunque históricamente representara un avance— para la penetración de la psiquis humana y de la psicología social de la nación.

Pero el solo hecho de significar la validez de la ciencia psicológica en la pedagogía abría un universo de interrogantes a los educadores cubanos en la creación de actitudes y aptitudes individuales y colectivas orientadas hacia una conciencia nacional patriótica que no dejara morir la memoria de la nación.

 

Notas y referencias:
1. Con la intervención norteamericana se fomentó una infraestructura que posibilitó el desarrollo del sistema comunicativo en la República: construcción de carreteras y caminos, instalación de líneas cablegráficas y redes telefónicas, los ferrocarriles que facilitarían el flujo informativo.
Vinculadas a las principales transformaciones sociopolíticas que se producen en el sistema social cubano aparecerían las transformaciones más significativas en su sistema de comunicación institucional. Surgen las empresas periodísticas modernas: El Mundo como el primer periódico moderno cubano, el uso de la fotografía en las revistas, novedosas técnicas de reproducción de textos e imágenes, propaganda en publicaciones impresas, carteles, volantes, mítines, etc.; la extensión del cine como medio masivo en el país, se crearon las primeras redes de distribución y exhibición de filmes en la Isla, la irrupción de la radio como nuevo medio de comunicación masiva ocupándose de recrear ambientes de entretenimiento y distracción, un despliegue intenso de la publicidad en la seducción de las nuevas audiencias; una explosión de las publicaciones periódicas sobre los más disímiles temas: sociales, artísticos, científicos, políticos, económicos, pedagógicos, etc.
2. Enrique José Varona: Con el eslabón, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981, pág. 3.
3. Ibídem., p. 5.
4. Ver Louis Pérez: El diseño imperial: política y pedagogía en el período de la ocupación de Cuba 1899-1902, La Habana, Ministerio de Educación, 1985.
5. Enrique J. Varona: Las reformas de la enseñanza superior, Tipografía El Fígaro, La Habana, 1900, p. 15.
6. Enrique J. Varona: ¿Abriremos los ojos?, en Revista El Fígaro, año XXII, N.42, La Habana, 21 de octubre de 1906, p.1.
7.  Enrique J. Varona: Las reformas de la enseñanza superior, op. Cit., p.11.