Esa actriz tan versátil llamada la Fornés

Norge Espinosa Mendoza
13/6/2020

Podía cantar, podía bailar, podía moverse en el escenario con una gracia indudable, llegando al espectador con su esplendente sonrisa. Tenía una hermosa figura, una voz afinada que le permitía abordar el género lírico y derivar a la canción, a la balada, a otros ritmos populares del momento. Era rubia, de ojos verdes, bonita y seductora, sin estridencias. Aquella muchacha, que había tenido su debut en las tablas asumiendo uno de los papeles de El asombro de Damasco, tenía consigo todo lo necesario para triunfar. La carrera que tuvo su inicio en aquellas funciones de 1941 demostraría que tal profecía tendría un exacto cumplimiento. Incluso, nos serviría para más: para comprobar que Rosalía Palet Bonavía, a la que su público adoraría bajo el nombre artístico de Rosita Fornés, podía trascender esa primera imagen, hasta convertirse en una actriz que pudo ponerse a prueba en desafíos incluso más altos.
 

Rosita Fornés, interpretando La Verbena de la Paloma. Fotos: Cortesía del autor
 

En su libro Por amor al arte, Francisco Morín, el fundador del grupo Prometeo, uno de los núcleos de renovación del arte de la escena en nuestro país, da fe del breve paso de la joven Rosalía por las aulas de la Academia de Artes Dramáticas de la Escuela Libre de La Habana, en las que se forjó el nuevo concepto de profesionalización de actores y actrices, a inicios de los 40:

Una tarde apareció con muchos deseos de matricularse una joven rubia de amplia sonrisa y una silueta despampanante. Venía acompañada de una señora mayor. Dijo que le era difícil venir sola porque su padrastro velaba celosamente por su seguridad personal. Las clases terminaban muy tarde y la señora mayor no podría acompañarla siempre. No hallando una solución, tuvo que prescindir de las clases. (…) A todos nos apenó tan desdichada circunstancia, pero de la pena pasamos a la mayor sorpresa cuando, tres semanas después, nos enteramos de que iba a debutar con la compañía de Miguel de Grandy en el Principal de la Comedia. La escuela entera fue a verla y apenas pudimos creer lo que comprobaron nuestros ojos. Apareció ligerísima de ropas, envuelta en unos pocos tules y una especie de bikini, representando una odalisca y cantando una parte en El asombro de Damasco. No, no podía caber dudas, era la rubia sonriente de figura rotunda tan vigilada por su familia e impedida de salir sola. El nombre era el mismo que había dado cuando intentó matricularse en la Academia: Rosita Fornés. La que llegaría a ser una primerísima vedette daba así comienzo a su carrera artística.

Muchos años después, en 1962, cuando Morín dirigió una representación homenaje a las artistas del Teatro Alhambra, presentando en el Amadeo Roldán una puesta en escena de La isla de las cotorras, aquella muchacha, ya una figura por derecho propio en nuestro ámbito artístico, fue la maestra de ceremonias que presentó el espectáculo y saludó a las viejas estrellas del célebre “teatro para hombres solos”, como Blanca Becerra o Amalia Sorg. Para ese entonces, las representaciones de zarzuelas, operetas, comedias musicales, piezas de alta comedia, obras tanto de compositores cubanos como extranjeros en las que había participado la Fornés eran ya casi innumerables. Había encontrado éxito en México, tanto en las tablas como en el cine, y sus apariciones en coliseos como el Esperanza Iris, el Arbeu o el Tívoli le hicieron merecer varios lauros como la mejor vedette mexicana, y luego incluso de Latinoamérica. Al contraer matrimonio con el cómico Manuel Medel, fundaron la compañía de Medel-Fornés, con la que recorrerían todo el país. El soldado de chocolate, La verbena de la paloma, La revoltosa, La viuda alegre, Los gavilanes, Doña Francisquita… eran varias de sus cartas de triunfo. Y en medio de todo ello, hacía presentaciones en la radio, viajaba a presentarse a otras naciones, y aparecía en las cinco películas que alcanzó a rodar en esa tierra a la que siempre tuvo como una segunda patria.

Su retorno a Cuba, tras separarse del padre de su hija, Rosa María Medel, le abre las puertas de la televisión. Ahí tendría a su favor ese repertorio, y por muchos años mantendría con firmeza su gusto por las obras del género chico y la opereta en las que siempre se movía con soltura y elegancia. Ello le permitió seguir los pasos de María de los Ángeles Santana, nuestra otra gran vedette, rumbo a España, en 1957. Allí, en Barcelona, abrió una temporada en el Lírico de Barcelona, con la revista Linda Misterio, para la cual tuvo como compositor al maestro Augustó Algueró. También alcanzó a ser reconocida en Madrid. “Entonces trabajaba como una descosida”, dice ella de ese período, en el que subía a escena junto a su segundo esposo, Armando Bianchi. Los títulos se suceden: Los siete pecados capitales, Tócame Roque, Siete novias para mí solo… El triunfo de la Revolución, y el anhelo de reunirse con su hija, la traen de nuevo a Cuba, en febrero de 1959.

La imagen de la Fornés como una artista del mundo de las variedades, entrenada en la comedia de salón, en el rol de aristócrata arropada en abrigos de pieles y orlada por joyas y prendas de lujo, no fue del agrado de todos en el nuevo momento que se abría para Cuba. Sin embargo, ella no dejó de trabajar. Mientras el cine nacional la ignoraba, junto a otras figuras relevantes que tendrían que esperar años para regresar a la gran pantalla, se convirtió en la figura central de espectáculos televisivos como el famoso Desfile de la Alegría. En las temporadas iniciales del Teatro Lírico Nacional, tuvo desempeños relevantes, y también se le veía de manera permanente en los cabarets de mayor prestigio, particularmente en el Capri, donde estelarizó Consuma productos cubanos, y Lunes de la Fornés, entre otras revistas. Era popular, era querida, era una invitada capaz de aportar gracia y color a sus presentaciones. Pero era difícil, para muchos, sacarla de ese tipo de apariciones. Y aunque había interpretado también roles de mayores exigencias histriónicas, la idea más o menos general era que su momento de mayor brillo lo obtenía al bajar por una escalinata, coronada con un peinado propio de la época, con sus pieles, interpretando, por ejemplo, Otro amanecer, la balada del momento, de su muy querido amigo Meme Solís.

Pero todo artista verdadero necesita un instante de replanteo, un punto en el cual reformular sus vivencias y lo aprendido, y preguntarse si será capaz de añadir a eso algo más. De no hacer tal cosa, el peligro inminente es el de la repetición hasta el vacío, el calco hasta la caricatura, el estancamiento que no genera ya ninguna sorpresa y mucho menos desafíos. Rosa Fornés pudo haber sentido eso a fines de los 70, ante el arribo de una nueva década en la cual ya el gusto de las generaciones era distinto, se imponían otros conceptos del espectáculo, y ella entendió que debía procurar otros retos. La vuelta al teatro fue una respuesta precisa a esa demanda que, más allá de la televisión y su aparición en revistas y galas, consiguió renovar su figura en un período que, además, la devolvió al mundo del cine. De ese repaso y de las siguientes experiencias surge la imagen de una actriz más versátil, dueña de lo cómico tanto como de lo dramático, que recuperaría brío ante sus admiradores y los elogios de la crítica más exigente.

 

Primero, fue La permuta, el guion cinematográfico de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío que no había podido filmarse, pero que Mario Balmaseda eligió para conseguir un exitazo al estrenarlo con el Político Bertolt Brecht en el verano de 1980. Sobre su elección de la Fornés para el personaje de Gloria, la madre obsesionada con cambiar de vivienda para asegurarse un mejor estatus social, me dijo Balmaseda en una entrevista de 1998: “Todo eso llegó a su paroxismo con La permuta (…), que transformamos en una puesta que llenó el Mella, y donde hubo mucha aplicación de las técnicas de Bertolt Brecht. Y, cuidado, en esa puesta sí utilicé un sistema de estrellas; llamé a Rosa Fornés, que es lo que es y que, justamente por serlo, no debía estar inutilizada. Si tuviera que repetirlo, te aseguro que lo haría con gusto”.

En La Permuta, Rosa demostró que podía despojarse de los atuendos fastuosos e interpretar a una mujer común, brindando además los matices necesarios para que, más allá de la comedia, se evidenciaran sus pretensiones de ascenso en la nueva sociedad. El resultado la confirmó como una comedianta de recursos sólidos, algo no tan sorprendente si repasamos cuántas obras de carácter humorístico había ya en su repertorio. El triunfo del espectáculo abrió la senda hacia la versión cinematográfica, que se vio en las pantallas en 1984. Rosa, sin embargo, comentaba en el libro que sobre su vida escribió Evelio R. Mora (Letras Cubanas, 2001), que tuvo “que ponerse dura” para obtener el protagónico, pues los recelos acerca de su talento, y de su capacidad para encarnar a una cubana en su cotidianidad más sencilla, no dejaron de hacerse sentir. El teatro estuvo hasta los topes en cada representación. Y no faltaron los elogios, aunque el crítico español Ricardo Salvat, que alabó a la Fornés en su desempeño bajo la mano de Roberto Blanco en Canción de Rachel, le echó en cara al equipo de creación el no haber impedido que la actriz “se produjera a sus anchas”, siendo ella “una estrella llena de posibilidades pero que, en ningún momento, se planteó usarlas en función del papel sino de su propio lucimiento”, echando mano a “todos los excesos”. El mismo cronista, en su reseña publicada en Pipirijaina como repaso del II Festival de Teatro de La Habana, sin embargo, reconocía que “el espectáculo entusiasmaba al gran público y fue aplaudido a rabiar”. Soledad Cruz, en un artículo publicado en Tablas, achacaba a la puesta un “saborcito a viejo: no hay una aprehensión coherente ni consecuente de la realidad a través del prisma humorístico de hoy”. Por encima de ello, La Permuta fue un punto ascendente en la carrera de su protagonista, y su actuación en el filme deja ver que sí comprendía al personaje, probado una y otra vez previamente en cada función, reafirmándose como dueña de indudables recursos para la sátira y la comedia.

 

Si eso estaba ampliamente asegurado, no ocurría lo mismo, según el juicio más severo, acerca de su transformación en un rol de fuertes demandas dramáticas. La prueba de fuego vino en 1984, de la mano de los hermanos Nicolás y Nelson Dorr. El dramaturgo había concebido para ella una pieza en dos actos, Confesión en el barrio chino. Nelson la dirigiría, llevándola con rigor a dejar a un lado lo que sus devotos esperarían de la Fornés para dar paso a Violeta, la exprostituta que narra su vida a un periodista cuya identidad se revela al final de la conversación. Siempre se ha hablado de la profesionalidad de Rosa, y aquí lo demostró a conciencia, a sabiendas de que cuando la pieza se estrenara, en el Festival de Teatro de La Habana de 1984, tendría delante al jurado del evento. El elenco del estreno, en la sala Covarrubias, lo integraban junto a ella Gerardo Riverón y José Núñez Sariol. En un ensayo ya muy cercano a la premier, el director lanzó hacia la protagonista una larga lista de exigencias, que ella escuchó sin replicar, interiorizando aquellas palabras, y tras lo cual, como una respuesta ante la dura tirada, golpeó el suelo con uno de sus pies, con tal fuerza que quedó lastimada de esa pierna. Aun así, se lanzó al estreno. Obtuvo esa noche no solo los aplausos de todos los espectadores, sino además uno de los premios de actuación del evento, junto a Silvia Planas, Roberto Blanco, Hilda Oates, Carlos Pérez Peña, Adolfo Llauradó, Elsa Gay y José Antonio Rodríguez. En el jurado estaban Graziella Pogolotti, Esther Borja, Manuel Galich, Ramiro Guerra, Alina Sánchez, Mario Rodríguez Alemán, José María Vitier, Salvador Fernández y otras figuras de indudable prestigio.

Confesión en el barrio chino no dejó de ser una pieza polémica. En su comentario, publicado en Tablas, en el número 2 de 1984 que recoge los ecos del Festival, Carlos Espinosa señala los elementos poco creíbles del texto, los problemas derivados de su extensión y su verbalismo, según su parecer. Ello no le impide reconocer el crecimiento actoral demostrado por la Fornés. Allí nos dice el relevante crítico e investigador: “Hay que pensar en lo que debió significar para la veterana artista encarnar a la protagonista. (…) Su elaboración del papel es modélica por la sabiduría, habilidad y dominio del oficio; un excelente ejercicio de actriz; un esfuerzo de madurez. Rosita mantiene a lo largo de casi dos horas la coherencia y el equilibrio de un texto donde no escasean las tentaciones al melodramatismo, y le presta un poco de la veracidad que le falta a Violeta. Y para bien o para mal de Confesión en el barrio chino (…) es ella quien, con justicia, como se acostumbra decir, se lleva las palmas”.

Indudablemente, salió airosa de semejante fogueo. Después de Canción de Rachel, de La permuta, de Confesión en el barrio chino, nadie dudaría de la amplitud de su talento histriónico. En 1985, en el Karl Marx, asumió el rol titular en la producción cubana de Hello, Dolly!, el musical de Jerry Herman, junto a Omar Valdés, Mirta Medina y Rebeca Martínez, dirigida por Octavio Cortázar. En 1989 corroboró, en la gran pantalla, su capacidad como actriz de carácter al interpretar a Rosa Soto en Papeles secundarios, filme de Orlando Rojas. Y en 1990, en el que quizás sea su último gran personaje en las tablas, apareció como la protagonista de Para matar a Carmen, texto y montaje de José Milián, en el que interpreta a una mujer que sucumbe ante el anhelo de encontrar a un amor que la complemente al tiempo que la libere. La pieza se presentó en México, ese punto al que siempre volvió la Fornés para recibir aplausos. El Nacional dijo de ella: “Quien tome en cuenta que la vedette cubana conoció el cenit de su carrera en los años cincuenta, tendrá que reconocer que se encuentra ante un caso especial”.

Rosita Fornés y Ma. de los Ángeles Santana
 

Cuando la Fornés y María de los Ángeles Santana recibieron el Premio Nacional de Teatro 2001, en un tributo que se inclinaba ante el quehacer intenso y tan variado de dos mujeres excepcionales, el propio Milián tuvo a su cargo el elogio a su musa de Para matar a Carmen. De ella dijo: “Mientras era mimada por la prensa mexicana casi a diario, daba muestras de un profesionalismo tal, que ponía a prueba su salud y arriesgaba todo, como si su trayectoria no fuera suficiente y fuera necesario empezar cada vez. Compartimos algunos meses pan, techo y el vino de la creación. Una inolvidable experiencia. Aun así, me preguntaba… ¿podrá en los pocos momentos de soledad, mirarse al espejo y reconocer si esa imagen que contempla es Filomena Marturano o Ana de Glavary? ¿Si vive en Santa Fe o en el Barrio Chino? ¿Estará definitivamente permutando?”.

Las respuestas a esas interrogantes son muchas, y una. Coinciden todas en el nombre y en el talento de Rosa Fornés. Pensar en su fallecimiento no debe hacernos opacar el brillo que ella nos legó. Y que no es solo el de las lentejuelas, el de las joyas auténticas o las prendas de fantasía. Ella tenía su propio resplandor. Y nos dejó una lección de rigor, de disciplina, al tiempo que de gracia y elegancia, de la que deberían aprender los que ahora pisarán los escenarios donde ella estuvo. Su versatilidad le permitió borrar los límites. Y el cariño y el respeto que supo ganarse serán también, ya lo son, sus mejores armas contra la ingratitud de cualquier olvido.