El 31 de diciembre de 1901 el nuevo año no era el acontecimiento principal para el pueblo cubano. El diario La Lucha reportaba que La Habana amanecía llena de carteles y hojas volantes recomendando el retraimiento del voto en las elecciones presidenciales de ese día. La Coalición de Bartolomé Masó había retirado la candidatura del General once días atrás, y el llamado a sus partidarios era de total abstención: “En el barrio de Peñalver circuló una hoja recomendando el retraimiento. Termina: ‘¡Pensad en Martí, pensad en la Patria y cumplid como buenos! ¡No vayáis a las urnas!’”.[1]

“La asociación de Martí con la Patria y con la bondad es muy temprana en la historia política del país”. Imagen: Tomada de Prensa Latina

El diario La Lucha y la cobertura que dio a los principales acontecimientos políticos del primer período de ocupación militar norteamericano, de 1899 a 1902, entre los que se encuentran las elecciones presidenciales de 1901, arroja un cuerpo de información a partir del cual se puede incursionar para encontrar diversas construcciones sobre José Martí enlazadas a la vida del pueblo cubano, en fecha posterior a la guerra independentista.

La cita contenida en el primer párrafo enlaza las palabras Martí, Patria y buenos. Las dos primeras constituyen las totalidades trascendentes equiparables a las que alude el llamado para inducir un tipo de mandato moral: “cumplir como buenos”. Que en este caso tiene un significado político concreto: ser consecuentes con la abstención y negarle el voto al candidato Tomás Estrada Palma. Como vemos, la asociación de Martí con la Patria y con la bondad es muy temprana en la historia política del país.

En las páginas del diario La Lucha de este período la disputa va a ser planteada entre dos polos contradictorios fundamentales: la república cordial y la república jacobina.

La república cordial es, ante todo, la promesa de Martí. Se halla enlazada de forma permanente al sintagma “con todos y para el bien de todos” y a algunas de sus variaciones (“con todos y de todos”; “con todos y para todos”), e implica en su emergencia la realización del programa de la revolución, dígase el Manifiesto de Montecristi y, con esto, la realización de los principios revolucionarios esgrimidos por José Martí: “Vosotros, legisladores de Cuba, pensad muy alto y sentid muy hondo para llevar a cabo la empresa que se os ha encomendado, ratificándole así el programa de la revolución, para que tengamos una república con todos y para el bien de todos”.[2]

No solo está llamada a realizar los vagos conceptos de “programa de la revolución” y “principios revolucionarios”, sino que esta república cordial emerge insertada ya en el liberalismo democrático, la acción política reconstituyente y la dedicación para todos los habitantes del país.

El liberalismo, el equilibrio entre radicales y conservadores, y el “con todos y para todos” son los elementos constituyentes de la república martiana, incluso más, resulta la descripción exacta de su “promesa”: “[No] se quiere establecer en Cuba una república liberal que cuente con las simpatías de las clases populares; y con el concurso de las clases de arraigo e intelectuales; esta república cordial es la que representa Masó; es la que prometió Martí”.[3]

“En el enfrentamiento concreto entre Masó y Estrada Palma en las elecciones de 1901 el concepto de república va a ser punto de culminación y de centralidad por la disputa del liderazgo político”. Imagen: Tomada del sitio web de Filatelia de Cuba

La república cordial constituye un lugar de confluencia para el discurso político situado en la realidad; y la mención de Martí, un elemento fundamental para dar legitimidad y validez a dicho discurso. En este sentido, Martí constituye no solo punto de apoyo de una opción política específica, sino que se produce como el pasado mismo de esta opción política. En el enfrentamiento concreto entre Masó y Estrada Palma en las elecciones de 1901 el concepto de república va a ser punto de culminación y de centralidad por la disputa del liderazgo político.

La construcción en este período de una idea martiana de la república no se centrará en citar a Martí —lo que no sucede más allá de la frase “con todos y para el bien de todos”—, ni en dilucidar concretamente qué entendía por esta, sino que atribuirá su pertenencia a una opción política específica y lo colocará siempre de un único lado en contradicciones como: radicales/conservadores; revolucionarios/apaciguadores; demagogia/reacción; jacobinos/moderados; idealistas/realistas; ensueños/realidades; impulsos/reflexión; irracional/racional; corazón/cabeza; revolucionario/liberal; jacobino/democrático; acción disolvente/acción reconstituyente.

La asunción de Martí en el discurso político de la época, su entrecruzamiento con tomas de partido, su inserción en el relato como argumento de autoridad o como pasado de una lucha o figura específica generan una posición discursiva muy particular, a cuyas formas de construcción podemos denominarle umbral de politización.

Sin embargo, no solo está presente la construcción martiana en el discurso de los medios de comunicación como “partidario” de una causa política, sino que puede figurar en estos como ser puro, como levedad, como inspiración divina. Podemos hallar dicha forma discursiva en el siguiente fragmento de diciembre de 1901, en La Lucha:

Para que esa obra [la martiana] fuese funesta y su autor execrable [José Martí], era preciso que en esta tierra fuese el patriotismo una farsa y la virtud una traición; era preciso que a las estatuas de Washington y de Bolívar sustituyesen las de Masó Parra y Judas, sería preciso que el Dios creador del Universo y de la justicia huyera de esta tierra, y el rey de las tinieblas plantara aquí su letal imperio.[4]

En este cierre se denota el paso hacia un lugar donde se entrecruzan elementos patrióticos y religiosos. En el fragmento citado los referentes equiparados a Martí son grandes patriotas americanos —grandes guerreros ambos— y sus antagonistas son traidores: Masó Parra, jefe de guerrillas proespañol que se enfrentó a las fuerzas independentistas; y Judas, el delator de Jesucristo. Esta alusión a los evangelios va a ser remarcada en otras frases, por ejemplo: “Cuando por primera vez en la emigración le dijeron los obreros que hablase, como Jesús en el Tabor, se transformó y les enseñó las estrellas rojas de nuestra victoria”.[5] El enunciado “Martí como Jesús en el Tabor” indica el cambio enunciativo hacia la naturaleza de sus atributos personales como compuestos de sagradas virtudes.

La relación entre estos valores sacros, las propias características de Martí, los empeños independentistas y el pueblo cubano van a instituirse en unidad. En este camino de enunciación podemos colocar lo que denominaremos el umbral de sacralización.

“Martí va a ser contradicción: no acceso a la verdad, sino campo de lucha por su memoria”.

¿Qué he querido significar con esta breve alusión a un momento específico de disputa de la política cubana de inicios del siglo XX, y de un medio de comunicación como el periódico La Lucha? La existencia de Martí en tanto discurso, argumento de autoridad, referencia de legitimación, pasado de la nación cubana, demiurgo de la república, alfa y omega de los impulsos patrióticos por la libertad, va a ser muy temprana en la vida nacional cubana y va a existir en continua disputa. Martí va a ser contradicción: no acceso a la verdad, sino campo de lucha por su memoria.

En este sentido podemos encontrar dos tipos de Martí plasmados en el discurso periodístico de La Lucha: el político-profeta, es decir el luchador independentista que prometió una república y la dejó en herencia a determinadas figuras políticas, y el apóstol, que emerge en formas enunciativas donde las referencias se internan en los imaginarios religiosos —iniciando por el término apóstol y llegando hasta la equivalencia con Cristo— y un léxico caracterizado por el retraimiento y la contemplación. Estos umbrales conducen a la formación de los imaginarios martianos y sus relaciones con la nación y su pueblo: ya sea siendo implicado en batallas políticas inmediatas, o como lugar puro liberado de toda contradicción mundana.

Esta bifurcación discursiva no solo puede hallarse en el periodismo, sino que también se encuentra en otras formas de la expresión humana como la poesía, la literatura, la música, las artes visuales, etc. Pero el periodismo —en tanto género discursivo— será quien produzca de modo más sistemático y masivo la existencia de dichas construcciones de José Martí. Sobre esta base podemos aproximarnos a la realidad mediática cubana en toda su extensión. Caracterizada por el crudo enfrentamiento político y las crecientes complejidades que impone el siglo XXI y sus variaciones en materia tecnológica, política y económica. De ella podemos discernir tres posiciones con respecto a José Martí.

“La revolución que surgía nacía martiana en su inspiración y discurso”.

Una primera posición sería la antimartianidad. Asociar a Martí al proceso revolucionario, a la Revolución y a su hegemonía —en el sentido gramsciano del término— no es totalmente peregrino ni desacertado. El asalto al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, acontecimiento primario del desarrollo revolucionario posterior, es enlazado por Fidel Castro a la figura del Apóstol, al ser asumido este como su “autor intelectual”. La revolución que surgía nacía martiana en su inspiración y discurso.

Bohemia publica la foto. Es una imagen del joven y desbarbado Fidel. En primer plano, el rostro se muestra con una mirada fija, casi atónita, porta una camiseta parca y lisa; tras él, casi como por detalle al margen, emerge de un cuadro el dibujo simple del Héroe Nacional. El cuadro está inclinado en la pared dando sensación de inestabilidad, de caída, de irregularidad. Todo está dicho.

Por ello, no resulta extraordinario que una porción del espectro político, al rechazar la Revolución como proceso, quiera también rechazar a José Martí y asuma posturas antimartianas en discurso y en su acción. Ejemplo reciente de ello, tanto en el campo de los medios de comunicación como en la acción política de calle, fue el ultraje del que fueron objeto un conjunto de bustos de Martí en La Habana en la madrugada del 1ro. de enero de 2020 por un grupo reaccionario autodenominado Clandestinos —no se nos escape el matiz de nombrarse como los revolucionarios que combatieron a Batista en las ciudades en la gesta de los 50 del siglo pasado. Si bien la reacción del hecho fue condenada públicamente y los autores quedaron aislados con respecto al país, e incluso con respecto a determinados sectores contrarios a la Revolución, no podemos obviar que haya ocurrido algo semejante y que haya sido expuesto como un suceso mediático con la voluntad manifiesta de trascender y amedrentar.

La segunda postura que podríamos definir sería la martianidad. Es decir, la aceptación de José Martí y la comunión con su imagen histórica como gran síntesis de la nación cubana, como figura ejemplar del pensamiento, la literatura y el sacrificio mayor por la Patria y la voluntad de ser libres. Y es quizás esta posición en la que existe Martí en tanto símbolo y discurso con más fuerza y más riqueza de sentidos, porque es en esta posición en la que se enfrentan las distintas opciones políticas por la disputa de la memoria, por una disputa semiológica para dotar de significado ese significante que es José Martí.

A grandes rasgos, y pecando de pintor de brocha gorda, podríamos identificar dentro de la martianidad dos líneas que se posicionan no siempre enfrentadas. La primera de ellas es la martianidad revolucionaria, cuya historia más reciente podríamos situar en Fidel Castro y el movimiento político-revolucionario iniciado en 1953 que enlaza a José Martí a su propio origen, inspiración y destino, y tiene su consagración en 1959 con el triunfo de la Revolución. La martianidad revolucionaria tendrá una inspiración profundamente nacionalista, moral, antimperialista, antianexionista, antirracista, de justicia social, de igualdad, etc. Está fundamentada en el programa ultrademocrático que esgrimió Martí en su labor política y en sus textos más radicales.

En esta vertiente de martianidad revolucionaria se sitúa también el debate de la conciliación de Martí y el socialismo, que tendrá lugar fundamentalmente en la década del 60 del siglo pasado con intervenciones significativas de Fidel y el Che, y otros intelectuales como José Antonio Portuondo, Isabel Monal, Carlos Rafael Rodríguez, Raúl Roa García, entre otros. Esta línea no podemos decir que haya sido inaugurada en la Revolución, sino que, desde la primera república burguesa Julio Antonio Mella en sus Glosas… había incursionado en el debate por una reivindicación revolucionaria de Martí frente a los mercachifles que traficaban con su nombre.

Las aproximaciones revolucionarias tendrán un hito también en la Revolución del 30. En el “Informe oficial estudiantil sobre los sucesos del 30 de septiembre de 1930”, publicado en la revista Alma Mater, en octubre de ese año, Pablo de la Torriente evoca a Martí y traza una línea monumental con el régimen que lo niega:

Pero Hermanos Lobos Policías: nosotros no los odiamos a ustedes. Únicamente los despreciamos un poco. (…) Hemos comprendido que ustedes no hicieron más que cumplir con su deber, ¡y el deber, para los hombres pobres de espíritu como ustedes, no tiene límites!

Si ustedes tuviesen otra estructura moral, nosotros les diríamos que el deber termina donde empieza la arbitrariedad. Por lo menos, así lo comprendieron hace unos años otros cubanos que no fueron guerrilleros ni voluntarios. Así lo comprendió, por ejemplo, ese José Martí cuyo retrato posiblemente adorna como inútil recuerdo todas las estaciones de policía y cuarteles de Cuba, que fue tachado de traidor a España por luchar por la independencia de este país eternamente oprimido…

En Ese sol del mundo moral, Cintio Vitier afirma: “Ser útil: fue la martiana obsesión de estos muchachos que irrumpieron en la vida cubana como una explosión de vitalidad, desenfado y violencia, y que acabaron dando el ejemplo del máximo sacrificio”.

La aproximación revolucionaria a la idea de la martianidad tiene un fundamento extraordinario en la ética del deber y en la ética del sacrificio. Es una reivindicación del compromiso que la Revolución representa como marcha histórica de solución de los grandes problemas de la Patria: el colonialismo, las desigualdades, la explotación capitalista. El programa fue ampliándose durante el siglo XX, pero la voluntad de liberación tenía siempre su semilla ética y política en José Martí.

“La aproximación revolucionaria a la idea de la martianidad tiene un fundamento extraordinario en la ética del deber y en la ética del sacrificio”. Foto: Tomada de Granma

En el mundo mediático actual podemos igualmente dar continuidad a estos planteamientos. En una de sus reflexiones, publicada en diciembre de 2008, Fidel Castro nos recordaba: “El rostro ceñudo de Martí y la mirada fulminante de Maceo señalan a cada cubano el duro camino del deber y no de qué lado se vive mejor”. Esta recuperación fidelista de una frase martiana paradigmática clarifica esta postura de la martianidad como práctica política orientada hacia la transformación revolucionaria del mundo.

No obstante, no todas las asunciones martianas en el período de la Revolución han sido revolucionarias. En la martianidad no revolucionaria pueden hallarse dos vertientes básicas: la patriótica-contemplativa y la reaccionaria.

Sin ser una recuperación estimulante de José Martí, la martianidad patriótica-contemplativa enfatiza la vida de Martí como acontecimiento moral, intelectual, estético de adoración, estudio y, sobre todo, imitación individual y estética. Esta vertiente no niega su vinculación con la Revolución y su relación como motor impulsor del triunfo de 1959, pero no coloca el énfasis en ellos.

Es válido aclarar que la martianidad revolucionaria tampoco suprime o minimiza a Martí en cuanto a sus amplias dotes como intelectual, cronista, poeta, ensayista, orador, lo que coloca los énfasis en su talla como pensador y organizador revolucionario. En el reconocimiento de la universalidad del ejemplar cubano se entremezclan estas dos posiciones, pero varían en dos sentidos fundamentales: en el énfasis y en el impacto que tiene dicha actividad para su propio desarrollo como sujetos. En los primeros inspira una voluntad de lucha y alimenta la batalla política concreta; en los segundos inspira el misticismo, la contemplación y el retraimiento hacia una ética cuasirreligiosa. Estos dos grupos coincidieron en el tiempo, y es que mientras un Martí inspiraba a un conjunto de jóvenes a asaltar el cuartel Moncada, la interpretación de otro inspiraba las más prolíficas páginas que se han escrito en revista literaria alguna: me refiero al grupo Orígenes y a sus miembros en la década del 50. Revolucionaban la lengua y rescataban los misterios de la nación frente a la invasión de frivolidades venidas del Norte. Recuperaban la metafísica frente al utilitarismo; la moral y la ética martianas frente al pragmatismo norteamericano. La incluimos en la martianidad no revolucionaria en cuanto a que su perspectiva de transformación es contemplativa y no activa, pero eso solo en el plano político más tradicional.

La segunda vertiente dentro de la martianidad no revolucionaria es la reaccionaria. Esta construcción mediática y política de Martí acepta sus postulados patrióticos nacionalistas, pero solo para combatir una idea: el comunismo. Por ello, la martianidad reaccionaria será una reivindicación de un Martí antisocialista, crítico de Marx, defensor de las libertades individuales, enemigo de las tiranías totalitarias —con las que se enlazará y enlaza aún a la Cuba de Fidel— y se le enfrentará a Fidel como padre que mira al hijo avergonzado. Es precisamente esta construcción de la martianidad la que reivindica también una mirada fascinada de Martí sobre los Estados Unidos y suprime completamente de su ideario valores esenciales como el antianexionismo y antimperialismo.

“Esta construcción mediática y política de Martí acepta sus postulados patrióticos nacionalistas, pero solo para combatir una idea: el comunismo”. Imagen: Falco/Juventud Rebelde

La más reciente manifestación de este sentido de reivindicación antitotalitaria de José Martí la tuvimos el 27 de enero de 2021, donde un conjunto de jóvenes asociados al Movimiento 27N —surgido de las protestas frente al Ministerio de Cultura el 27 de noviembre de 2020— divulgó en sus redes sociales una imagen de José Martí con una camisa de estrellas y el mensaje: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”, pero en referencia a un poema del escritor Reinaldo Arenas, conciliando de esta forma una prístina postura reaccionaria no solo con respecto a Martí, sino además, con respecto al proceso político que representa la Revolución.

“Más que un Martí libertador, se construye un Martí libertario”.

La vertiente reaccionaria no rechaza el símbolo Martí, no condena el discurso de la martianidad, sino que lo asume y disputa su sentido desde los presupuestos del patriotismo, afincándose en la idea de entender la Revolución como un suceso antinacional y antipatriótico debido a la idea importada del socialismo, a la opresión política y el régimen dictatorial que en otros modos de expresión construyen. Martí es para ellos símbolo de libertad, pero no frente al conflicto imperialista, dado que este no lo reconocen ni describen, sino frente al mal “totalitario”. Más que un Martí libertador, se construye un Martí libertario, donde los fundamentos de su pensamiento se organizan desde el liberalismo más doctrinario (libertad de expresión, de empresa y de asociación).

La tercera posición con respecto a Martí en el contexto actual la podríamos denominar posmartianidad. Esta posición está enlazada inevitablemente a la concepción de posnacionalismo esgrimida por algunos autores contemporáneos, y se basa en el planteamiento de que los Estados nacionales se encuentran en crisis y el mundo se dirige a un nuevo tipo de organización social, no basada ya más en la organización estatal nacionalista. Este es el sentido por el que se llega al posicionamiento de José Martí.

La creciente crisis de los Estados nacionales y el repliegue de las viejas estructuras de bienestar defendidas por el liberalismo de entreguerras, sumado al saldo catastrófico de los nacionalismos, ha hecho poner en cuestionamiento dicha posición política. Sin embargo, dicha generalización antinacionalista pierde el matiz entre los nacionalismos para la dominación (imperialismos) y los nacionalismos de resistencia (luchas de liberación nacional).

“La posmartianidad intenta, por todas las vías, plantear la necesidad de superar la disyuntiva nacionalista que Martí representa en su máxima expresión”.

Las posturas posnacionalistas defienden la invalidez de luchar por alcanzar la soberanía en un Estado nacional. Al ser la soberanía uno de los motores históricos del proceso revolucionario cubano como un nacionalismo de resistencia, se descarta su validez, considerándolo una lucha del viejo siglo XX. Y dado que el nacionalismo de resistencia cubano tiene su núcleo vital en José Martí, es necesario abandonarlo superándolo —falsamente— como acontecimiento político. La posmartianidad intenta, por todas las vías, plantear la necesidad de superar la disyuntiva nacionalista que Martí representa en su máxima expresión.

La posmartianidad se caracterizará entonces no por un abandono de lo que significa José Martí en la historia de Cuba, sino por un repliegue de su significación política para explicar la realidad cubana actual. José Martí queda relegado a un suceso estético y anclado a una historia no actual, no recuperable para el pueblo cubano. La sutileza de la posmartianidad casi hace desaparecer su sustancia reaccionaria al eludir la cuestión nacional y situarla en un punto de “desfasaje teórico”.

Las redes sociales digitales existentes en la actualidad evitan todo tipo de apropiación profunda y favorecen la banalización del pensamiento martiano, incluso algo peor, difuminan lo esencial y solo reproducen lo aparente. Las manifestaciones de la antimartianidad, la martianidad revolucionaria y no revolucionaria y la posmartiniadad tienen un correlato político, no solo teórico, que se desarrollan en el campo de lucha que ha significado la Revolución Cubana.

“Las redes sociales digitales existentes en la actualidad evitan todo tipo de apropiación profunda y favorecen la banalización del pensamiento martiano”.

La disputa martiana en los medios de comunicación no es novedosa, tiene un carácter histórico y comienza no solo en la sobrevida martiana, sino en su propia vida. Nuestro reto no es sostener un doctrinarismo martiano acusando de tergiversación a todo aquel que se separe de la palabra originaria de José Martí, nuestro reto es detectar qué intencionalidades hay en las diversas apropiaciones, negaciones y tergiversaciones que se acometen con su nombre. Y si dichas apropiaciones, negaciones y tergiversaciones niegan su proyecto originario o el de la libertad del pueblo de Cuba, es nuestro deber denunciarlas con la más absoluta vehemencia y combatirlas produciendo otras más libres, más justas, más humanas.

Disertación en el panel “José Martí en la lucha ideológica actual”, realizado en la Sala Bolívar del Centro de Estudios Martianos, el martes 18 de octubre de 2022.


Notas:

[1] “La farsa de hoy”, La Lucha,31 de diciembre de 1901.

[2] “Por Maceo-Gómez. La peregrinación al Cacahual”, ibídem,10 de diciembre de 1900.

[3] “La Coalición por Masó. El retraimiento”, ibídem, 18 de diciembre de 1901.

[4] “Sesión solemne. El Retrato de Martí”, ibídem, 9 de diciembre de 1901.

[5] “El Aniversario del Apóstol”, ibídem, 21 de mayo de 1902.

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