Eugenio Hernández Espinosa
llega a donde nadie ha ido en el teatro cubano,
a la hora de la desmitificación
del hombre y la mujer de raíz popular,
en diferentes condicionamientos y estratos.
Gerardo Fulleda León

Aunque algunos quizás piensen que el lector cubano no está aún familiarizado con la lectura de libros que reproduzcan piezas para la escena, resulta enriquecedor comprobar que los sellos editoriales de la Isla se interesan en incluir en sus catálogos obras de tales características.

Bienvenida, por ello, la publicación, bajo el sello de la editorial Letras Cubanas, de dos títulos relacionados con la obra del dramaturgo, guionista de cine y director artístico Eugenio Hernández Espinosa, un nombre imprescindible en la actual escena cubana y caribeña.

Me refiero a los volúmenes titulados Los peces en la red (2019, 496 pp.), una selección de textos de Hernández Espinosa, y La pupila negra (2019, 320 pp.), en que el también dramaturgo, poeta, narrador, ensayista y director artístico Alberto Curbelo reflexiona sobre la obra del autor de María Antonia.

Más de cuatro décadas de ejercicio creador quedan reflejadas en estas páginas. Imágenes: Internet

Con selección y prólogo del propio Alberto Curbelo —quien, incuestionablemente, es uno de los más documentados estudiosos del teatro de Hernández Espinosa—, en Los peces en la red se incluyen una veintena de textos, entre monólogos, obras de pequeño formato y piezas de teatro del absurdo.

Más de cuatro décadas de ejercicio creador quedan reflejadas en estas páginas, en que se encontrarán obras como Los peces en la red (1960) —que sirve de título a la selección—, Emelina Cundiamor (1987), Alto riesgo (1988), Bim Bom (2000), Pan duro (2002) y Cheo Malanga (2006).

En las reflexiones que acompañan los textos antologados en esta entrega, Alberto Curbelo escribe:

Como el teatro de Harold Pinter, pudiéramos referirnos a toda la obra de Eugenio Hernández Espinosa como un “Teatro de memoria”, por su exploración de la vida del negro en estas tierras insurgentes, desde que fue desgajado de África hasta los tiempos actuales en que su filosofía, cultura, cosmogonía y religiosidad constituyen parte indisoluble del Caribe.

Galardonado con los Premios Nacionales de Teatro 2005 y de Literatura 2020 por la obra de la vida, Eugenio Hernández Espinosa (La Habana, 1936) es graduado, en los años 60 de la pasada centuria, del Seminario Nacional de Dramaturgia convocado por el Teatro Nacional de Cuba.

Algunos años antes, sin embargo, poco después de haber cumplido 20 años, ya escribe sus primeras obras, entre ellas El pequeño Herodes (1957), Con el corazón del alma (1957), La flama que se extingue (1958), Hoy más que ayer (1958) y Adiós mañana (1959).

No resulta arriesgado afirmar que María Antonia (1964) —estrenada tres años más tarde, bajo la dirección de Roberto Blanco— significa un antes y un después en el teatro de Hernández Espinosa, además de constituir una obra clásica de la escena cubana posterior a 1959.

Representada en numerosas ocasiones dentro y fuera la Isla, reconocida con prestigiosos galardones, adaptada al cine y a la danza, María Antonia —en palabras del crítico Rine Leal— “más que tragedia yoruba, es también la tragedia de los hombres y mujeres ‘sin historia′ y sin futuro”.

Eugenio Hernández Espinosa ha dejado en la escena el convulso y hermoso testimonio del tiempo que le tocó vivir.

Vendrían luego otras piezas que, igualmente, dejarían su huella en la historia del teatro insular contemporáneo, al ser vivo testimonio de las realidades y frustraciones, angustias y preocupaciones, desvelos y esperanzas, que el autor se propone, y logra, reflejar en su producción para la escena.

Mi socio Manolo (1971) es una de esas obras —también ampliamente representada, galardonada y llevada al cine y la televisión—, que “resalta —como asegura la investigadora Inés María Martiatu— tanto la humanización de sus protagonistas muy bien trazados, como el diálogo incisivo que guía toda la trama…”.

Con La Simona (1973), lograda pieza enmarcada en tristes realidades latinoamericanas —que para el director español José Monleón “es, en el teatro, algo de lo que fue Glauber Rocha en sus mejores películas brasileñas” —, recibe el prestigioso Premio Casa de las Américas 1977.

Una mirada a la biografía intelectual de Hernández Espinosa revela, asimismo, su relación con el cine, tanto por su labor como guionista —con filmes como Patakín, Roble de olor y El Mayor— como por ser reconocido el dramaturgo cubano con más obras adaptadas al séptimo arte.

Imposible olvidar en este breve recorrido por su vida profesional, la labor docente y el desempeño al frente de varias instituciones culturales, entre ellas el grupo Teatro de Arte Popular, la Sala Teatro Verdún, la compañía Teatro Caribeño de Cuba y el Centro Cultural Bertolt Brecht.

Con La pupila negra,el otro libro dedicado a Eugenio Hernandez Espinosa, su autor, el dramaturgo, poeta, narrador, ensayista y director artístico Alberto Curbelo, recibe el Premio Razón de Ser 2005 de la Fundación Alejo Carpentier y mención en el Premio Uneac de Testimonio 2011.

Sustentado en un profundo conocimiento de la obra del creador, este libro —subtitulado Teatro y terruño en Eugenio Hernández Espinosa— devela, desde una enriquecedora mirada, a veces subjetiva e íntima, el pensamiento, cosmovisión y dramáticos acontecimientos en la vida del dramaturgo.

En el breve “Pórtico” a La pupila negra,su autor anuncia el propósito que le animó a escribir estas páginas:

Sin antecedentes en la dramaturgia hispanoamericana, Eugenio Hernández Espinosa se forjó a sí mismo. Dio continuidad a Abdala, de José Martí, y creó los cánones de una dramaturgia donde, con su pupila negra, modela historias en las que el negro vive lo suyo y lo dice en su lengua, en sus modos de pensar.

Sus polémicos puntos de vista sobre contingencias y problemáticas de la Cuba profunda, así como sus utopías, las alegrías, visiones y pesadillas —aquellas que lo “acosaron en su acosada vida”, que recrea en ficciones que mucho tributan al cuento— descubren las claves de la escritura del Negro Grande del Teatro Cubano.

Este libro está sustentado en un profundo conocimiento de la obra de Hernández Espinosa, desde una enriquecedora mirada.

Autor de las piezas para la escena El príncipe pescado, Premio Abril 1995, y Huracán,Premio Uneac de Teatro José Antonio Ramos 2007, Alberto Curbelo (Camagüey, 1957) es fundador y director de la compañía Teatro Cimarrón y de la Bienal Internacional de Oralidad Escénica BarrioCuento.

Se le valora como el dramaturgo cubano que, con mayor asiduidad, se ha acercado a las culturas y mitologías de los pueblos originarios del Caribe, además de contribuir, con sus textos y montajes escénicos, al rescate y representación de las tradiciones orales y culturales afrocubanas.

“No tengo la suficiente distancia para valorar mi labor como creador, pero tengo necesidad de escribir. ¡Y voy a seguir arriesgándome a equivocarme…! (…), voy a seguir desmadejando esa madeja de historias y desencuentros del cubano, en especial de los que no tienen voz”.

Así le confiesa Eugenio Hernández Espinosa a Alberto Curbelo en La pupila negra y agrega:

Aún no he agotado ni mucho menos todo lo que ofrece nuestra realidad, las complejidades de la familia negra cubana, sus avatares desde que llegaron a estas islas que hoy conforman la Gran Patria Antillana. Voy a adentrarme en los laberintos de la casa cubana, de la casa caribeña, escudriñarla por todas sus rendijas y develar sus conflictos, “incluyendo aquellas partes nuestras que no nos gustan, de las que nos avergonzamos”, como dice El Otro, el personaje negro de Quiquiribú Mandinga.

La lectura de Los peces en la red y La pupila negra,estos libros relacionados con la obra de un auténtico maestro del teatro cubano y caribeño, confirma cómo Eugenio Hernández Espinosa, entre madejas y laberintos, ha dejado en la escena el convulso y hermoso testimonio del tiempo que le tocó vivir.

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