Eusebio Leal Spengler: el hombre historia

Elaine Caballero Sabugueiro
1/8/2020

 

La muerte, con su aparente poderío, trata de llevarse al hombre que le dio una vida inigualable a La Habana, al soñador que miró con ojos de bondad construcciones, calles, palacios y museos que daba miedo restaurar. La muerte cree que todas las almas son iguales, que puede hacernos olvidar, pero, con Eusebio Leal Spengler se ha equivocado, y de qué manera.

Foto: Internet
 

Siempre apostó por el ímpetu, un intelectual de acción y pensamiento. Imágenes de antaño, y otras más recientes, demuestran el temple de su carácter, de su gusto por hacer más, por forjar para el hoy y para el mañana, por crear contra viento y marea, porque venimos al mundo a ser ingeniosos y no a ser derrotados. Esa, entre muchas lecciones, enseñó el doctor Leal con su ejemplo de vida.

Entre las memorias que escuché de personas cercanas a él que nunca mentirían, recuerdo una en especial: la vez en que se acostó en el suelo porque querían cambiar la Calle de Madera. Se negó de la manera más enérgica posible. Solo sucedería si su cuerpo también quedara atrapado en el asfalto. Y así, el lugar donde la literatura se multiplica con nuevas luces, gracias al espacio Sábado del Libro y a otras presentaciones, mantiene la morfología que el Historiador preservó.

Para Leal, la amistad con los conservadores de las provincias a quienes consideraba sus iguales era fundamental. Intercambiar realidades y elementos del pasado en común de la Mayor de las Antillas, significaba fuente de conocimientos para una mente fecunda como la suya.

Tal es el caso de Baracoa. En declaraciones exclusivas a La Jiribilla, su historiador, Alejandro Hartmann cuenta: “lo conocí en el año 1975, ya Eusebio tenía toda una obra, era reconocido. En ese entonces yo tenía dos mentores, el doctor Manuel Rivero de la Calle e Irán Dupotey. Ellos me decían, tienes que conocerlo, lo que está haciendo en el Palacio de los Capitanes Generales tienes que hacerlo en Baracoa”.

El primer encuentro con el doctor Leal, continúa Hartmann, sucedió de forma imprevista: “iba caminando por Obrapía y Monserrate, jamás se me ha olvidado ese pasaje. Me presenté y me dice que su abuela es de Baracoa. Ahí empezó nuestra amistad de 45 años”.

Hartmann recuerda también la vez en que condujo al Maestro Mayor del Colegio universitario San Gerónimo en cayuca (embarcación de grandes dimensiones típica del Río Toa), hacia el naranjo que lleva el nombre del afluente. Y precisa: “Fue una experiencia muy linda de ambas partes, los toanos lo saludaban y le daban la bienvenida”. Como es casi lógico, la comida típica de la primera villa fundada en Cuba, aparecía casi como obligación: “le gustaba mucho el cucurucho (dulce de coco). En una ocasión escribí que hasta los helechos se meneaban haciendo una reverencia por su visita al Toa”.

Cuando Baracoa celebró sus 500 años de existencia, el doctor Leal dedicó unas palabras para describir la vida, la naturaleza, la personalidad de una ciudad como esa, tan conmovedora. “Fue importante para nuestro pueblo”, declara el también director del Museo Matachín.

Al más leal de todos los Eusebios pertenece, lo sabemos, el camino de la eternidad, “esa gran obra ha ganado un respeto universal. Siempre he dicho que se convirtió de un hacedor de sueños en un hacedor de realidades. Él será imperecedero en el tiempo, fue un restaurador del espíritu patriótico de Cuba”, indica Hartmann.

“Lo que más me ha impresionado ―continúa― es la cantidad de personas, de otros países, de Baracoa y de la Isla que me han llamado. Es un dolor de Cuba completa. Será siempre esa figura eterna entre nosotros, que nos dará fuerzas y empuje”.

Entre las lecciones ofrecidas por Eusebio Leal como presidente de la Red de Oficinas del Historiador de las Ciudades Patrimoniales de Cuba, sobresale el siguiente consejo rememorado por Hartmann: “al combate hay que aceptarlo, hay que retarlo”.

Leal entre los artistas jóvenes

Como hijo de su tiempo, el Maestro de Juventudes se interesaba por descubrir talentos en el arte, por encontrar nuevas formas de plasmar la vida en diversos soportes creativos y, lo más importante: del arte cubano en sus múltiples expresiones.

En una ocasión, los colores e intenciones pictóricas del camagüeyano Chuli Herrera llamaron su atención. Así lo asegura el propio artista a La Jiribilla: “en la residencia de la embajadora de Holanda había montado una exposición privada mía. Me comunicaron que él quería saber quién había hecho esas piezas. El día llegó, quedamos en vernos en su oficina y yo estaba un poco nervioso. Conversamos sobre mi trabajo, sobre arte, me contó anécdotas de su juventud y de cómo se compenetraba con el arte y la pintura”.

La personalidad del doctor Leal Spengler conmovió a Chuli Herrera por completo: “fue un momento mágico, rodeado de arte, me hablaba y no podía dejar de mirarlo y atenderlo. Para muchas personas de mi generación ha sido un símbolo de tenacidad y de amor a su trabajo. Es el clásico ejemplo de amar lo que haces para que brilles. Cuando estás dentro de La Habana y te encuentras en el ámbito cultural sientes el legado de Eusebio”.

Otro creador joven, Rafael San Juan, autor de La Primavera, la monumental escultura ubicada en el mítico Malecón de la ciudad, sostuvo encuentros con el hombre que encontró en el patrimonio de la capital el amor perfecto.

Eusebio Leal junto al joven creador Rafael San Juan. Foto: Cortesía del artista
 

Cuando San Juan mostró interés por que La Habana contara con una obra de ese tipo, (existen cinco piezas anteriores en México al ganar un concurso en el país azteca), el Historiador de la Ciudad quedó cautivado con la propuesta.

“Fue una pieza que nos unió mucho por los resultados, relata el artista, juntos estábamos trabajando en replicarla en acero inoxidable para que se perpetuara como un legado perenne en la ciudad”.

La cercanía de sus hogares posibilitó conversaciones de todo tipo “y eso ayudaba a vernos de una manera no tan formal, como cuando iba a la Oficina la gran mayoría de las veces. En esos entornos hablábamos de trabajo, de las plantas, de la ciudad y de la vida. El Eusebio más personal, el que visitábamos en su casa, era mucho más cálido. Conversábamos de temas cotidianos, contaba anécdotas de su madre, de sus encuentros con Fidel, de la historia de La Habana, siempre muy ameno. Fue un privilegio tenerlo tan cerca y haberlo disfrutado tanto”.

Si Rafael San Juan tuviera que definir a Leal con una palabra, no dudaría en llamarlo padre: “fue alguien que me escuchó; tuvo el tiempo para darme una respuesta, un consejo, para demostrarme sus palabras con la vivencia, con hechos y con la historia”.

Desde el lente de una cámara

El poder de la imagen resulta único y contundente. Las fotos que pudimos tomarle al Historiador en sus conferencias, charlas y apariciones públicas se convierten hoy en memoria personal, y a la vez colectiva, de las vivencias junto a Leal Spengler.

El equipo de trabajo de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana destinó a varios profesionales del lente para dejar evidencia visual, con la calidad requerida, del protagonista de la restauración del centro histórico de la capital.

Néstor Martí es uno de los especialistas encargados de esa labor. Confiesa haber presenciado visitas de presidentes, reyes y otras importantes personalidades que recibió el doctor Leal, un momento de tensión debido a la cantidad de personas, lo que significa un desafío para su oficio: “no puedo ser partícipe de la euforia porque la foto no me sale. Tienes que estar más cerca de tu centro. Eres un espectador que va a contar un testimonio, la memoria de lo ocurrido”.

“Leal es ese tipo de orador que convida al público, va a conciencia y va a complacer. Es un comunicador nato (…) Llegaba con igual entereza lo mismo a trabajadores, albañiles que a intelectuales. Su sentido del humor siempre estuvo presente”, añade.

Néstor Martí considera como la prueba más palpable sobre la importancia que le concedía Leal a la fotografía, la serie de libros Para no olvidar. Como hombre de letras, el Historiador vio necesario dejar evidencia de la restauración, del conceder una nueva vida a las edificaciones, combinando “lo bello con lo útil”, como explicó en varias intervenciones.

La música, otra de sus pasiones

En el corazón de la parte más añeja de la capital, Eusebio creó un templo para la música y las artes. En sus discursos hablaba de cuando descubrieron, como parte de las remodelaciones del Oratorio San Felipe Neri (antiguo templo religioso), un cofre con treinta monedas de plata y tres de oro, alegórico a la figura de Cristo. Allí se fundó el proyecto del Lyceum Mozartiano de La Habana dirigido por el pianista Ulises Hernández.

“Sabía el valor que tiene y que aporta a la sociedad la música, y no solo la más elaborada como puede ser la de concierto, sino también la buena música popular, aquella que manifiesta los más altos valores identitarios. Como martiano siempre repetía: ʻla música es la más bella forma de lo belloʼ, añade Ulises.

En un aniversario del Lyceum, el Historiador pronunció las palabras inaugurales y, una vez terminado el concierto, se acerca a Ulises Hernández y le enumeró una serie de defectos, como el deterioro de las butacas, la necesidad de bombillos, la falta de algunos cuadros originales en el lugar, “al día siguiente”, comenta el director del centro, “empezaron los arreglos, por eso nuestras salas están siempre reparadas para las funciones, y no solo son para la música”.

Cuando el dolor de un pueblo se muestra en silencio, en ofrendas de amor y respeto hacia el habanero que nos restauró la esperanza, cuando las muestras de afecto son tan sinceras, es seguro que el hombre no ha muerto, que sigue aquí indicándonos el camino.