Fayad y Retamar

Laidi Fernández de Juan
14/10/2020

Con motivo de celebrarse el cumpleaños 90 del artista plástico y poeta Fayad Jamís, reproduzco fragmentos de textos que Retamar dedicara a su gran amigo.

Los poetas y amigos Fayad Jamís y Roberto Fernández Retamas en México. Foto: Cortesía de la autora
 

En octubre de 1964, para el prólogo de Cuerpos —antología de Fayad publicada por Ediciones Unión dos años más tarde— escribió:

No tengo, ni quiero tener, imparcialidad para hablar de la poesía del Moro. Durante varios años, independientemente de nuestra voluntad, hemos sido algo así como Cástor y Pólux de la nueva poesía cubana; Dioscuros, desde luego, sin adoradores. […] Yo lo había conocido a él cuando cruzamos los cuadernos iniciales y hablamos de surrealismo y pintura, camino de su destartalado cuarto de la calle Reina. Dejé de verlo. Supe de su nueva poesía cuando, una tarde, Vitier […] me leyó unos poemas que le había hecho llegar esa eminencia gris (perla) de las letras cubanas: Agustín Pi. Por aquellas palabras habían arrasado sus centellas y sus sombras Neruda y Milosz, Rimbaud y Vallejo y algunos poetas de Orígenes. Pero, sobre todo, había en ellas el testimonio de hondas experiencias agrestes y citadinas, y una mirada implacablemente real. Fayad había vivido en varias ciudades de la Isla: sobre todo en Guayos, donde editó su primer cuaderno. Cuando, saltando de pueblo en pueblo, llegó a La Habana, a estudiar pintura, era pobre de verdad, y conoció por eso no una bohemia literaria, tan convencional y previsible como la vidita medida de un burócrata, sino necesidades de carne y hueso, hambre física que hace iluminar la mirada hasta la incandescencia ante un café con leche. Todo esto atestigua en favor de su genuinidad. Su escritura no se hacía (no se ha hecho nunca) a base de temas literarios, sino de realidades vividas. Esto hay que tenerlo presente para entender su desarrollo, su crecimiento.

Muchos de aquellos poemas Fayad los reunió en 1954 en uno de los libros más intensos de nuestra poesía de los últimos años: Los párpados y el polvo. Hasta tipográficamente el libro es bello, nuevo, necesario. Como en Fayad conviven un poeta y un pintor, un hombre que convierte en hermoso lo que toca, el libro es una pieza que vale la pena tener entre las manos, incluso solo para mirarla.

[…] Vida de un hombre es esta colección de Fayad Jamís. Por eso interesa: porque conmueve fraternalmente. Porque es la vida de un prójimo que encontró palabras para decirla. Un prójimo que viajó desde su pueblo lejano hasta el encuentro de la Tierra; un prójimo que pudo universalizar su experiencia, y dejarla viva y permanente ante la mirada de los otros; un prójimo que ha tenido, que tiene el coraje de vivir en su tiempo, de serle útil y de expresarlo con fidelidad.

Yo podría esperar a que el Moro muriera para decirle sobre su tumba, con voz entrecortada, estas y otras verdades. Pero, por una parte, no sería raro que las cosas no pasaran así, y que no fuera él el primero de los Dioscuros en irse a podrir entre la hierba; y, por otra, me molesta esa costumbre: ahora, vivo, como pedía Mayakovski, es que hay que decirle las cosas al poeta. Ahora es que quiero decirle que lo considero uno de los poetas más importantes de nuestra generación en el continente. Ahora es que me complace decirle que nuestra Revolución se enriquece con él, como él se ha enriquecido con nuestra Revolución. Pero ¿dónde se traza el límite entre una Revolución y un poeta verdadero? Ese límite no existe, o es como el límite entre el aire y la luz”.     

En el poema “Carta a Fayad Jamís”, escrito entre 1958 y 1962, Retamar dejó constancia de la amistad suya con Fayad, lejana e intensa desde tiempos inmemoriales:

En París te fui a ver entre lechugas y botellas vacías de vino,

Al fondo de no sé qué fondo, más atrás, a la derecha,

Doblando luego, encogiéndose, agachándose hasta pasar detrás

De lo más escondido, y luego, todavía un poco más atrás.

Allí te encontré, no sin antes esquivar unos cajones grandes como abuelos.

Pero al fin llegué; o mejor, llegó mi abrigo y me arrastró.

Y volví a ver el camastro que te habías llevado a cuestas,

Dios sabe cómo, a través del océano y calle Daguerre arriba.

Pero en realidad, mi querido Moro, me parece que

Todavía no habíamos empezado a hablar.

Teníamos tantas cosas que callar, que cada vez que

íbamos a decirnos algo

Transcurrían muchos años, pasaba un vendedor de frutas,

Llegaba un policía o algo por el estilo. Y lo dejábamos

Para más ver.

Para menos oír.