Feminismo, una experiencia desde la fe cristiana y la comunidad LGBTIQ+

Jorge González Núñez
8/3/2021

¿Qué entiendes por feminismo y cómo te ha cambiado la vida?

Para mí el feminismo es un camino de diálogo constante. Un diálogo con nuestras subjetividades, con nuestras espiritualidades, con nuestras experiencias particulares y colectivas. Es una definición que no está cerrada, sino que todo el tiempo se deja interpelar por las experiencias de otras personas, de otros colectivos.

El feminismo lo entiendo como ética ante la vida. Como teoría crítica que cuestiona los discursos y las prácticas que legitiman el poder masculino sobre las mujeres en todos los ámbitos de la vida. Además, como acción política que busca resignificar las experiencias de las vidas de las mujeres, cuestionando los múltiples sistemas de opresión, patriarcal, neoliberal, capitalista, religioso, etc., que durante siglos han puesto a las mujeres en lugares de marginación, de violencia y de opresión.

 “El feminismo nos ha permitido denunciar esas estructuras de poder visibles e invisibles, esos discursos que en nombre de lo sagrado, del amor, de la familia, de la moral y de las buenas costumbres, buscan que las mujeres permanezcan en los lugares de subordinación que les han sido asignados”. Fotos: Internet
 

La transformación pasa por la necesidad de reconocer que aun cuando comparto algunas de las luchas de la comunidad LGBTIQ+, el hecho de ser hombre, cisgénero, no racializado, socialmente me otorga unos privilegios, que no tendría si fuera una mujer trans racializada. Aceptar esta realidad, que pone a las personas en desventaja por motivos de género, me hace consciente de la necesidad de construir una masculinidad y relaciones personales no hegemónicas, en la casa, en la iglesia, en la sociedad.

El feminismo te cambia la vida todos los días, creo que de eso se trata. Es estar dispuesto a deconstruir y construir nuevas maneras de relacionarnos con otras personas y también con la naturaleza, con la creación; reconociendo que el machismo, el capitalismo, el neoliberalismo, el racismo, las violencias de género, la homofobia, la transfobia, las violencias estructurales, la violencia espiritual, y muchas otras, son parte de una estructura social que es el patriarcado, que genera opresión, en primer lugar, hacia las mujeres y las niñas. 

El feminismo nos ha permitido denunciar esas estructuras de poder visibles e invisibles, esos discursos que en nombre de lo sagrado, del amor, de la familia, de la moral y de las buenas costumbres, buscan que las mujeres permanezcan en los lugares de subordinación que les han sido asignados. 

El feminismo nos coloca propuestas que nos liberan del control que ejerce el patriarcado hacia nuestras expresiones de género. Rompe con la heteronormatividad y con los roles predefinidos para lo masculino y lo femenino; abriendo así un panorama mucho más diverso, que incluye a las personas que tienen identidades de género no binarias y a quienes experimentamos relaciones homoafectivas.

¿Qué desafíos implica un proyecto de sociedad que pretende reivindicar la dignidad y la igualdad de todas las personas?

Son muchos los desafíos que tenemos a la hora de construir una sociedad más justa e inclusiva. Es necesario que en ese proceso estén presentes las voces de la periferia, de quienes están en los márgenes. Así como en la tradición cristiana no hay salvación fuera de las personas pobres y marginadas, la construcción de la justicia social necesita integrar al debate a las personas vulneradas y apartadas por la sociedad.

En la construcción de una sociedad y de un socialismo que reivindique la dignidad y la igualdad de todas las personas, necesitamos transformaciones individuales, sociales, culturales, educativas, jurídicas…, que permitan que la sociedad identifique que las brechas por motivos de género son reales y que no afectan a todas las personas por igual. Necesitamos mecanismos legales que garanticen los derechos que tenemos todas las personas, y que al mismo tiempo protejan a las víctimas de feminicidios, transfobia, homofobia, racismo y todo tipo de discriminación.

Desde el punto de vista educativo tenemos el reto de incluir los temas de discriminación, de violencia de género, de igualdad y de equidad dentro de los espacios tradicionales educativos. Educar para lograr relaciones humanas justas, y educar desde y hacia la institucionalidad, para lograr una mayor sensibilidad sobre los temas de género en las servidoras y servidores públicos. 

Desde lo jurídico está la importancia del reconocimiento de los derechos de las mujeres y de los colectivos discriminados, las garantías de esos derechos. Que empoderen a la mujer, que establezcan cuotas laborales para las personas trans… entre muchos otros derechos y garantías, que necesitan mecanismos institucionales para accionar ante situaciones de inequidad y violencia.

Para nosotras, las personas sexo-género-diversas, hay muchos otros desafíos: tenemos el reto de despatriarcalizar el propio colectivo LGBTIQ+, asegurar equidad y representatividad desde los procesos de organización de las iniciativas; evitar un activismo elitista, blanco, cisgénero… 

Y desde mi experiencia como cristiano, creo que necesitamos construir comunidades cristianas renovadas y renovadoras. Hay que romper tabúes, transformar el lenguaje, dejar de manipular con la palabra pecado, hablar de la violencia de género que sufren las mujeres dentro de las iglesias, reconocer que las personas LGBTIQ+ somos parte de las comunidades de fe, siempre hemos estado ahí, y quieran o no, somos parte del cuerpo de Cristo.

 “Tenemos el reto de incluir los temas de discriminación, de violencia de género, de igualdad y de equidad, dentro de los espacios tradicionales educativos”.
 

Creo que como iglesias tenemos el desafío de continuar dejándonos interpelar por las diversas realidades de nuestros contextos. El desafío de seguir construyendo propuestas teológicas inclusivas y liberadoras, ante la postura de algunos sectores fundamentalistas dentro de la propia Iglesia, que desde sus presupuestos morales van en contra de los derechos de otras personas.

Tú perteneces a una comunidad religiosa, pero en el imaginario popular se podría pensar que tus identidades como activista LGBTIQ+, como feminista, son incompatibles con una comunidad como la cristiana. ¿Cómo puedes explicar esa pertenencia, esa armonía, en el seno de un cristianismo que está abierto a todas estas ideas?

Yo no sé cómo el cristianismo ha podido no ser feminista. Claro, sí sabemos… está toda la historia de dominación patriarcal de la que también ha sido parte la Iglesia; pero es que si hay un proyecto profundamente emancipador y liberador es el proyecto de Jesús de Nazaret.

El hecho de que las mujeres estaban presentes de forma activa en el movimiento de Jesús, fueran discípulas y él pusiera en tela de juicio a los misóginos de su tiempo, establece una constante corrección a los prejuicios de los líderes religiosos de aquellos tiempos y de los nuestros.

Cuando leemos los evangelios y luego vemos cómo el mensaje ha sido interpretado por la Iglesia a través de los siglos, uno experimenta una contradicción entre las ideas y la experiencia actual. Aun así, muchas y muchos seguimos descubriendo en la Biblia relatos que dignifican y dan vida. 

Es necesario entender la divinidad más allá de los roles tradicionales, imperiales y paternalistas. En medio de ese querer interpretar a Dios, descubrir el significado de la fe y asumir el feminismo como apuesta política liberadora, uno comienza a descubrir que estos puntos, que estas perspectivas se cruzan, se retroalimentan y pueden llegar a ser una sola. 

Para esto es necesario acercarnos a los textos bíblicos de formas diferentes a las aprendidas. Cuando lo hacemos desde el punto de vista de las mujeres, de las personas marginadas, descubrimos enfoques liberadores que llenan de sentido la vida de esa gente que ha sido violentada en sus iglesias.

Estos procesos de leer la Biblia desde otras perspectivas son procesos complejos y dolorosos para las personas de fe, uno comienza a descubrir que nuestra relación con Dios también ha sido manipulada por hombres, en su mayoría blancos, heterosexuales…, que desde sus privilegios han tenido la intención de perpetuar el patriarcado y la discriminación.

En mi caso, que desde niño había asistido a la iglesia, cuando me di cuenta de que soy gay y comienzo a lidiar con esta realidad fue bastante difícil, porque encima de los prejuicios sociales, está la relación con Dios y con la Iglesia, donde toda la vida te han dicho que ser como eres está mal y que, además, Dios te va a castigar por eso. Para una persona cristiana esta es una realidad de violencia muy fuerte. Afortunadamente, en ese momento ya me encontraba en la Iglesia episcopal, que tiene una visión más abierta sobre el tema, y en una comunidad donde logramos superar prejuicios, porque entendimos que nada podía ser más grande que los mandamientos de “amar a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”.  

Constantemente las personas LGBTIQ+ que deciden experimentar su sexualidad abiertamente en la iglesia viven estas situaciones de violencia, pasan por estas realidades de marginación, mucho más cuando se trata de una persona trans. Hasta que te das cuenta de que esas posturas fundamentalistas están siendo asumidas por personas que pretenden hablar y discriminar usurpando el lugar de Dios. Luego de que hemos descubierto esta realidad de opresión, está el desafío de llenar la fe de nuevos sentidos, y ese es otro camino en el que uno comienza a formarse, a empoderarse.

“Hay que romper tabúes, transformar el lenguaje, dejar de manipular con la palabra pecado, hablar de la violencia de género que sufren las mujeres dentro de las iglesias, reconocer que las personas LGBTIQ+ somos parte de las comunidades de fe”.
 

Gracias a Dios tenemos la Red Ecuménica Fe por Cuba, que anima el Centro Martin Luther King de La Habana y de la cual soy parte, el Movimiento Estudiantil Cristiano de Cuba con el que trabajo, el Seminario Evangélico de Teología de Matanzas, el Centro Lavastida en Santiago de Cuba, y otras instituciones ecuménicas que desde la educación popular y la lectura popular de la Biblia promueven espacios para la formación y el diálogo. Está el Centro Oscar Arnulfo Romero, también de inspiración cristiana, que lidera la campaña Evoluciona en contra del acoso y la violencia de género. Y sobre todo, están las prácticas cotidianas en nuestras comunidades de fe, las pequeñas grandes transformaciones que vamos logrando, las mujeres en situación de violencia que acompañamos…, experiencias que hacen que la fe cristiana sea vivida como un proceso de transformación y liberación para las mujeres y para otras personas marginadas.  

Y para terminar, quiero leerles un pequeño poema de Martí, que aparece en el libro José Martí. Perspectivas éticas de la fe cristiana y se titula: “Hay otro Dios”.

¿A quién le podemos preguntar? ¿A Dios? ¡Ay!

No responde, porque nos han enseñado a creer

en un Dios que no es el verdadero.

¿Qué Dios villano es ese que estrupa mujeres

e incendia pueblos?       

Ese Dios que regatea, que vende la salvación,

que todo lo hace a cambio de dinero, que manda

a los gentiles al infierno si no le pagan, y

si le pagan los manda el cielo, ese Dios es

una especie de prestamista, de usurero, de

tendero.

¡No, amigo mío, hay otro Dios!

 

Este artículo es la intervención del autor en el panel “Los nuevos feminismos y la Revolución cubana”, realizado el 8 de marzo de 2021