En toda Cuba, y particularmente en su Bayamo natal, se ha conmemorado el 23 de junio el bicentenario del natalicio de Francisco Vicente Aguilera Tamayo.

Miembro de una antigua familia bayamesa, Aguilera fue el propietario más rico de la región oriental con numerosas y vastas fincas extendidas por varias de las jurisdicciones de aquella zona, además de varias edificaciones y negocios en Bayamo y en Manzanillo. Cursó estudios de Derecho y ocupó diversos cargos en la localidad, continuando la tradición familiar.

“Grandeza infinita la de ese hombre que tuvo todo, y todo lo perdió, menos su amor y entrega a la patria”. Foto: Tomada de Granma

En agosto de 1867 fue el fundador de la primera Junta Revolucionaria de Oriente y el año siguiente fue electo jefe de los conspiradores contra el colonialismo en esa parte de la Isla. A esos efectos se reunió con hacendados camagüeyanos y algunos del Occidente para promover el ideal independentista, y trató de vender sus propiedades y emplear el dinero así obtenido en la compra de armas para iniciar la insurrección contra el dominio español. Quedó sorprendido por la decisión del grupo que otorgó el mando a Céspedes y adelantó el pronunciamiento para el 14 de octubre de 1868.

Al ocurrir el alzamiento en Demajagua cuatro días antes de aquella fecha, Aguilera a también tomó las armas en su hacienda en Cabaniguán, en Las Tunas, y marchó con un contingente integrado por sus mayorales, empleados y antiguos esclavos que liberó, a reforzar el ataque de Bayamo. El 18 d octubre, antes de llegar a la ciudad, recibió de Carlos Manuel de Céspedes el nombramiento de general de división y la misión de ocupar el camino de Holguín para evitar la llegada de refuerzos por esa ruta para la guarnición española que defendía la urbe. Tras la toma de Bayamo, Céspedes le asignó contener el avance enemigo desde Manzanillo, para lo cual puso su tropa bajo la jefatura del dominicano Modesto Díaz, con amplia experiencia militar en el ejército español.

Desde esos primeros momentos de la guerra que duraría diez años, Aguilera manifestó su espíritu unitario. A pesar del cambio de fecha para la rebelión sin su presencia, aceptó sin reservas el liderazgo de Céspedes e, incluso, en enero de 1869, fue el mediador entre aquel y el mayor general Donato Mármol, quien objetaba la capacidad cespedista para la conducción militar, y al que Aguilera, reunidos los tres en Tacajó, convenció para que mantuviera su adhesión a Céspedes.  

Fue de los delegados orientales a la Asamblea de Guáimaro iniciada el 10 de abril de 1869. Allí fue electo para integrar el equipo gubernamental en la función de secretario de la guerra al ser nombrado Céspedes como presidente de la República en Armas, cargo que aceptó como nueva prueba de su disciplina patriótica, de su sincero respeto a la persona del mandatario, de su ética revolucionaria como servidor de un ideal sin pretensiones personalistas y de su convicción republicana.

“Desde su salida de Cuba en 1871 hasta su muerte en Nueva York el 27 de febrero de 1877, el prócer no descansó en sus intentos de regresar al combate con los recursos necesarios”.

El 24 de febrero de 1870 fue aprobado por la Cámara de Representantes para el nuevo puesto creado entonces de vicepresidente de la República en Armas. Quizás algunos convencionales pensaron en halagar así a Aguilera y en ganarlo para sus posturas opuestas al liderazgo cespedista. Ni antes ni después de esta designación, sin embargo, hay evidencia alguna de que Aguilera ejerciera acciones o moviera la influencia que le daba su prestigio de iniciador de la lucha armada por la independencia en sentido anticespedista, aunque discrepara de alguno de sus criterios.

El presidente, a su vez, depositó extrema confianza en él y sumó al nuevo cargo que convertía a Aguilera en su sucesor el de General en Jefe del Ejército Libertador en Oriente con el grado de mayor general, ascenso otorgado el mismo día que se le aprobó para la vicepresidencia. En abril de 1870 Céspedes firmó un decreto que le añadía a Aguilera la posición de primer jefe del estado de Oriente, y en junio de 1871 le confió una responsabilidad decisiva para la marcha de la contienda: pasar a Estados Unidos para unificar a los bandos que dividían a la emigración y que impedían la llegada de los imprescindibles recursos y pertrechos para las operaciones militares libertadoras.     

Claro que hubo cálculo político en estas decisiones de Céspedes: todas ellas demuestran su confianza en la integridad y pureza del patriotismo de Aguilera, en la ausencia de innobles ambiciones en el desempeño de su conducta y en su capacidad para concertar opiniones y no dejar paso a las nefastas divisiones.

Fue esta nueva tarea para la patria quizás la más ardua y la más triste de su existencia: no logró la concordia entre los emigrados y fracasó en su empeño de enviar ayuda a los mambises. Desde su salida de Cuba en 1871 hasta su muerte en Nueva York el 27 de febrero de 1877, el prócer no descansó en sus intentos de regresar al combate con los recursos necesarios.

Esa estancia fuera de Cuba fue un verdadero calvario para Aguilera. Encontró en Nueva York a los llamados aldamistas, agrupados en torno a Miguel Aldama, el cubano más rico de su tiempo, quien, a pesar de tener embargados por el gobierno español sus bienes de la Isla, mantenía suficientes negocios y capitales fuera, no solo para sostener su antiguo tren de vida, sino para manejar la posible independencia cubana como parte de sus intereses mercantiles. Frente a ellos estaban los quesadistas, buena parte de ellos integrantes de la emigración de trabajadores, seguidores del general Manuel de Quesada, quien solía actuar pensando más en sí que en la paria y cuyo espíritu caudillista molestaba a quienes combatían a la monarquía española y a cualquier conducta personalista.

“Desde esos primeros momentos de la guerra que duraría diez años, Aguilera manifestó su espíritu unitario”. Foto: Tomada de CMKX Radio Bayamo

Tratando de borrar esas diferencias abismales, buscando cómo encauzar para la patria a unos y a otros, sintiéndose cada vez más cercano a los sectores populares y entusiasmado con la firme voluntad y entrega organizativa de los emigrados de Cayo Hueso y de otras localidades con mayoría de trabajadores y pequeños comerciantes, Aguilera fue depositando en ellos su confianza ante su honesto patriotismo.

Digno ante el deber, en 1872 envió su renuncia a la vicepresidencia dada su larga permanencia en el exterior que apuntaba a extenderse. No le fue aceptada. Fue hasta París a sacar dinero entre los cubanos ricos. Allí lo conoció y lo respetó para siempre un joven cubano negro, hijo de esclavos; Juan Gualberto Gómez. Allí le ayudó un médico boricua que se levantó en su isla contra el colonialismo y fue hasta su muerte un adalid de la libertad y la unidad antillana: Ramón Emeterio Betances.             

Volvió a Nueva York y se dedicó a preparar su expedición. La vida se le fue en ello. Desde Cuba, Céspedes dio por terminada su misión al no tener resultados concretos. Así, al ser este depuesto de la presidencia, la Cámara de Representantes reclamó su presencia en la Isla para sustituirlo. Respondió que volvería solo si lo hacía con los recursos que se necesitaban para ganar la guerra.  

En 1875 se embarcó cuatro veces hacia Cuba con pertrechos. Nunca pudo desembarcar. En esos intentos le acompañó el otro gran prócer de Puerto Rico: Eugenio María de Hostos, también impresionado para siempre por su altura patriótica y moral. Al año siguiente, la Cámara le extinguió su condición de vicepresidente. Y Aguilera preparó otro vapor que no pudo zarpar.    

Su minucioso diario de aquellos años fuera de la patria, publicado parcialmente, no solo brinda una acuciosa información de sus constantes gestiones para cumplir la tarea asignada, sino la angustia, los pesares, la pobreza extrema en que vivió con su familia, la amargura y su rechazo ante las conductas personalistas y ambiciosas, así como su confianza y respeto en los humildes trabajadores cubanos, su cercanía a los cubanos negros y su oposición a cualquier muestra de discriminación contra ellos, y, sobre todo, su sufrimiento moral por no poder retornar a Cuba, a la pelea directa por la libertad.

Grandeza infinita la de ese hombre que tuvo todo, y todo lo perdió, menos su amor y entrega a la patria. Que manejó miles dólares sin tomar uno para sí y su familia. Cuya esposa e hijas sostenían el hogar con la costura, sin queja alguna ante el esposo y el padre amoroso que servía a la república libre. Que no perdió la fe en sus ideales a pesar de las traiciones, las mentiras y ataques contra su persona de los oportunistas y los malagradecidos. Qué dolor final, mientras sucumbía por un cáncer en la garganta, en Nueva York, sin siquiera morir en Cuba en un combate. No quiero pensar en esos, sus últimos días, en tierra ajena en la que nunca confió, a sabiendas que venía el final sin poder demostrar su honor a la patria donde se luchaba.

Si el alma humana perdura, imagino el descanso feliz de su osamenta, cuando fue llevada en 1910 a su Bayamo, su ciudad, para la que tantos proyectos de desarrollo y hermosamiento proyectó, y donde le guardan justa veneración a quien hizo de su existencia el lema que repitió: “Nada tengo mientras no tenga patria”. Hoy, Aguilera, lo tienes todo, porque eres “el padre de la república”, como dijo Martí, la que pelea siempre por alcanzar toda la justicia.  

“Las jollas mas preciadas para mi corazón, fueron siempre el honor y la verdad”.

Francisco Vicente Aguilera desde su voz

Estos documentos se han tomado del Epistolario del prócer, publicado por la editorial de Ciencias Sociales, en La Habana, en 1974, compilación documental preparado por Marta Cruz con la colaboración de Olimpia López Laurel. Se ha mantenido la ortografía y la redacción de esos manuscritos conservados en el Archivo Nacional de Cuba.

“Carta a sus hijas”.

New York 14 de Sete. de 1871.

Caridad, Juanita y Anitica, hijas de mi corazón: con un placer indescriptible recibí su feliz arribo á Kingston, y lo bien que las habían recibido toda la emigración de esa Ciudad. Así lo esperaba, almas mías pues ya conocía a todos los cubanos residentes en esa, y las tenía muy recomendadas. Díganme aquellos de quienes han recibido más atenciones, para escribirles dándoles las gracias.

Hijas de mi corazón: llegó el momento de acreditar al mundo entero que Uds. son dignas hijas mías, y de su virtuosísima madre. Uds. criadas con tantísima delicadeza y abundancia en su país, tienen necesidad hoy de trabajar en país estrangero, para ecsistir. Bien, aceptemos, pues este sacrificio no con resignación, sino con orgullo, por que cuando se trata de la patria, todos los sacrificios son pequeños. Uds. tienen que llenar una gran misión entre las emigradas cubanas; Uds, tienen que dar el egemplo de una laboriosidad constante, de una resignación heroica, y de virtudes acrisoladas. En el trabajo todo eso lo conseguirán, y cuando yo tenga el gusto de abrazarlas, me enorgulleceré de tener tan buenas hijas. Y tú Caridad, que ya tienes dos hijos, y que tu marido se encuentra en los campos de la insurrección, vertiendo quizás su sangre por la libertad de nuestra patria, incúlcale a mis nietos esos mismos sentimientos que son los del honor y del deber.    

Adiós, hasta otro rato, mis queridas hijas; escríbanme largo, manifestándome lo que hacen, y lo que piensan hacer, y lo que piensan hacer, y reciban toda la bendición de su amantísimo padre.

Aguilera

“Bien, aceptemos, pues este sacrificio no con resignación, sino con orgullo, por que cuando se trata de la patria, todos los sacrificios son pequeños”.

“Carta a Joaquín de Zayas”.

New York, abril 1873.

Cno. Joaquín de Zayas.

N. Orleans.

Mi estimado compatriota.

La atenta carta que con fcha 17 del actual se ha servido U; dirigirme en su nombre y en el de sus amigos, felicitándome por mi regreso á esta ciudad, me ha llenado de satisfacción, como una muestra de la simpatía con que me favorecen mis compatriotas.

Todavía ha sido mayor mi satisfacción por la honra que me hacen Uds., depositando en mí su confianza para seguir la línea de conducta que yo les indique, y ofreciéndome al mismo tiempo su más decidida cooperación, que yo acepto con gratitud, no como una deferencia personal, sino como un obsequio á la patria, objeto final de todos nuestros sacrificios.

En mi concepto la línea de conducta que deba seguirse, está claramente trazada á todo patriota; agruparse unos a otros, volver el rostro a lo pasado, y con la vista fija en el porvenir, y en la independencia de su país, concertar todos sus esfuerzos pa. acopiar recursos; enviarlos a Cuba tan a menudo como se pueda, encomendándolos a quien les merezca confianza para hacerlos llegar á su destino: y —si alguna vez la suerte nos es contraria, si alguna de las espediciones se perdiere, no desalentarse, ni malgastar el tiempo en increpaciones venenosas, sino preparar otra y otra remesa mientras haya en Cuba un solo soldado de la República para recibirlas—. Solo con esa constancia incansable conquistan los pueblos su independencia: nuestros hermanos en Cuba nos dan heroico ejemplo: imitémoslo, si no queremos demostrar que el aire de libertad que respiramos en esta tierra es demasiado puro para nuestros pulmones, y sólo sirve para desarrollar los gérmenes viciosos depositados en nosotros por la atmósfera letal del despotismo.

Es cierto como Uds. indican que me propongo en llevar persona a Cuba una espedición respetable, para cual tengo ya reunidos no pocos elementos: me será por lo tanto muy grato recibir los que Uds. patrióticamente me ofrecen: pero si no logro acumular todos los necesarios, si por desgracia fallaren algunos que se me han brindados, no por eso me daré por vencido, ni dejaré abandonada la causa de la República. No es mi presencia en Cuba lo que esta mas ha de menester en estos momentos: lo que pide con urgencia son auxilios de toda clase para proseguir la santa guerra. Podrá quizás no ser realizable una gran espedición; pero no cabe duda en que pueden organizarse expediciones de menores proporciones, que siendo repetidas, y desembarcadas en diversos puntos, sean tal vez más eficaces que aquellas para sostener el calor revolucionario, y acosar en todas partes al enemigo. Por lo menos esa es la opinión de muchos distinguidos gefes en Cuba, y del mismo Ejecutivo según lo indican las diversas comisiones que ha autorizado con ese objeto, y yo estoy dispuesto a seguirla, en caso de fracasar mi principal proyecto, mientras no me abandone el apoyo de mis conciudadanos. Lo que cada uno de estos puede hacer en el ejercicio espontáneo de su iniciativa individual, se convierte para mí, como Vice Presidente de la República en un deber imperioso. Llenándolo, pues, incluyo las listas de suscripción que U. me pide.

“Volver el rostro a lo pasado, y con la vista fija en el porvenir, y en la independencia de su país, concertar todos sus esfuerzos pa. acopiar recursos; enviarlos a Cuba tan a menudo como se pueda”.

Sírvanse U. y sus amigos aceptar mi gratitud por sus afectuosas espresiones de bienvenida, y disponer de toda la consideración con que soy de Udes, ato. amigo y compatriota.

Siendo de mi deber como Vice-Presidente de la República de Cuba hacer cuanto ese a mi alcance para acelerar su triunfo en la guerra que sostiene con España á fin de consolidar su independencia, por la presente autorizo al

Cno.. Joaquín de Zayas,

residente en New-Orleans, para que en mi nombre acepte las cantidades en dinero, ó donativos en otra forma, que se le entreguen con el objeto de hacer llegar auxilios a Cuba: en una o en varias veces; ya sea llevándolos yo personalmente, ya encomendándolos á personas de mi confianza, según lo permitan las circunstancias.-

New-York Abril de 1873.

Fco. Vte. Aguilera.

“Siendo de mi deber como Vice-Presidente de la República de Cuba hacer cuanto ese a mi alcance para acelerar su triunfo en la guerra que sostiene con España á fin de consolidar su independencia”.

“Carta a Miguel Aldama”

(Fragmentos de una larga exposición acerca de sus recorridos por las emigraciones cubanas en Estados Unidos.)

New York 28 de Marzo de 1874.

C. Miguel Aldama Agente general de la República de Cuba en el exterior.

Distinguido conciudadano:

(…)

En algunos puntos y especialmente en New Orleans y Key-West, pude comprender que existían divisiones, no solo entre los blancos, sino también que de estos estaba muy retraída la jente de color, escusándose de la contribución, o por lo menos haciéndolo de una manera muy limitada: traté de imponerme de los motivos que las habían orijinado, y pude convencerme que la división no procedía solo de los partidos personales que tanto daño han causado á la revolución, sino de algo mas grave. Se hacía la propaganda entre la jente de color de que, la actual revolución no se había hecho para favorecerlos; que ésta no era la revolución que debían auxiliar, sino que después de declarada la independencia en la Ysla, debían ellos iniciar una nueva para vengar todas las ofensas que se les habían inferido durante la época de esclavitud, y con especialidad los crímenes perpetrados en el año de 1844.

En esta constante predicación hecha por personas que habían tenido alguna posición oficial, se había conseguido ese retraimiento; pero comprendiendo yo los males que en la actualidad produce, y las muy funestas consecuencias que podría tener en el porvenir, traté de cortar el mal; convoqué a personas de color para que me acompañasen con las demás comisiones á hacer la recolección de fondos, invité a muchos a comer, y accedí á la celebración de reuniones para oir las quejas de la jente de color y hacer las conducentes esplicaciones.

En las reuniones que tuvieron lugar tanto en New-Orleans como en Key-West, invité y aun supliqué a todas las personas de color que espusiesen sus quejas con toda franqueza, y que con libertad dijesen cuando se les ocurriese; que el objeto no era pasar el tiempo y dirijirnos palabras de cumplimiento., sino saber la verdad para ponerle remedio al mal.

En ambas reuniones se espusieron quejas; se dieron esplicaciones, y se hizo una referencia de todos los acontecimientos que tuvieron lugar respecto a la esclavitud, para demostrar que los Cubanos siempre habíamos tratado de que desapareciera en Cuba la abominable institución; se esplicó el programa de nuestra Revolución iniciada en Yara, y se leyó la constitución de la República esplicándose cada uno de sus artículos, para que pudieran comprender que por ella, no solo quedaba abolida completamente la esclavitud, sino que á toda la jente de color, sin escepción de los que habían sido esclavos, se les concedían los mismos derechos que á los blancos.

En ambas reuniones tano la jente de color como la blanca, manifestaron estar convencidos de sus errores, quedar completamente satisfechos, y que desde ese momento la unión sería sincera, y todos harían cuanto estuviese de su parte porque no volviesen a originarse divisiones, y muchos hombres de color ofrecieron sus servicios para ir a Cuba en la primera espedición que se despachase.

Los ciudadanos de color de Key-West para solemnizar el gran acontecimiento de la unión, dieron un banquete, y en él no solo se hicieron protestas de que la unión sería inquebrantable, sin que el Co. de color Ángel Pursia con la bandera de Cuba en la mano lo juró á nombre de todos sus compatriotas. cuyos juramentos y protestas se renovaron en los momentos de nuestra despedida.

Creo, pues, que la emigración ha quedado unida, y que se han cortado algunos de los males que amenazaban el porvenir de nuestra patria: necesario es ahora evitar que esos males vuelvan a renacer, y esto creo que puede conseguirse teniendo á la emigración al corriente de todo lo que pasa, diciéndole siempre la verdad, a fin de que pueda prevenirse contra las asechanzas de los hombres que sin amor á la patria, todo lo sacrifican ante sus personales ambiciones.  (…)

“Creo, pues, que la emigración ha quedado unida, y que se han cortado algunos de los males que amenazaban el porvenir de nuestra patria”.

“Carta a Miguel Aldama”.

(Fragmento)

New York 30 de Ag. de 1874.

(…)

Espero que no me hará U. el poco favor de creer que mis fervientes deseos de ir á Cuba proceden de ambición á ocupar la silla presidencial, porque U, sabe que el puesto no es en manera alguna envidiable, que la silla está formada de punzantes espinas. Mi ambición es, solo, la de cumplir con un deber sagrado: fuí uno de los iniciadores de la Revolución, he lanzado a ella a casi todos los hombres que pelean en Oriente y a muchos de Camagüey, salí a cumplir una comisión de Gobierno, que ha terminado ya, y mi deber no es otro que volver a Cuba a compartir con el Ejército los sinsabores y privaciones de la guerra, ó a morir por llevar a cabo esta pretensión. No se me oculta que mi empresa es hoy muy riesgosa; pero ningún peligro me intimida ante el cumplimiento de tan sagrada obligación: si soy apresado antes de llegar a las playas de Cuba subiré al cadalso con la satisfacción de haber estado cumpliendo con mi deber, y esto me causará más placer que el estar llevando una vida de deshonra que por momentos me arrastra al borde de mi precipicio.

(…)

“Carta a Luis Zayas”.

(Fragmento)

New York Abril 30/1875.

Cno. Luis Zayas

Mi querido amigo:

Motivos gravísimos me han obligado a emprender el camino que me señalaban la patria, mis compromisos y mi honor. Este camino es el que conduce á los campos en donde se ha protestado hacer la libertad de Cuba ó perecer en la demanda. Allá voy, pues, á seguir siendo uno de tantos de los que se sacrifican por tan bello y sensato ideal; aunque el modo y forma con que voy a conducirme es tan distinto del que por mis trabajos y sacrificios tenía derecho á esperar, todo, así como los riesgos que voy corriendo, me es indiferente ante el cumplimiento del deber.

(…)

“Comunicación a Salvador Cisneros, Presidente de la Cámara de Representantes de la República de Cuba, adjuntándole un grupo de documentos relativos a las labores patrióticas de la emigración, enviados también al Presidente de la República, Carlos Manuel de Céspedes”. 

(…)

“Allá voy, pues, á seguir siendo uno de tantos de los que se sacrifican por tan bello y sensato ideal”.

Las jollas mas preciadas para mi corazón, fueron siempre el honor y la verdad y moriría de pesadumbre en el momento en que me persuadiese que había podido desmerecer en aquellos conceptos, a los ojos de mis conciudadanos, pero afortunadamente, la inmensa mayoría de ellos, en todas partes, llena hasta hoy mi corazón de gloria y de gratitud, por las constantes demostraciones con que me favorecen mis compatriotas, lo cual viene a compensar con ilimitada usura las posibles mordeduras de la calumnia, que siempre procuró herir las mejores intenciones. Sin embargo, no quiero hacer por mí mismo apreciaciones de cosas, de hechos, de individuos ni de situación, ni pronóstico alguno, porque sería supérfluo, pues que la clarísima inteligencia y perspicacia de la Cámara de Representantes, sacará muchísimo mas de todos los datos que le presento, que lo que pudieran mis escasa facultades.  

El pueblo cubano que, fraccionado, recide hoy en distintos puntos de América y de Europa, tiene toda su atención y su esperanza puestas en las determinaciones de ese cuerpo, que es, y reúne en sí la soberanía, el Poder Supremo de la Nación, y a mí me cumple hoy, como un miembro, tan humilde como sincero de ese mismo pueblo, llamar con el mas profundo respeto, la atención de la Representación de esa Soberanía hacia las circunstancias supremas en que la suerte de la patria se halla, en los conceptos que tienen relación con los documentos adjuntos, con lo cual creo llenar el mas grande, el mas noble y el mas importante de mis deberes como funcionario y como ciudadano.