Instrumentos musicales HC: cuando los grandes saben elegir

Reinaldo Cedeño Pineda
9/2/2021

Santiago de Cuba es uno de los reservorios de la música cubana. Tradición, sin embargo, no es apego a las cenizas, sino a la vitalidad. De la heredad y de la energía saben en el taller de instrumentos musicales de Harlem Campos (HC), en el poblado de Cuabitas. Y allá nos vamos…

Visita de la cantante y compositora Aymée Nuviola al taller de Harlem Campos. Foto: Archivo HC
 

Toda la familia se emplea en poner el toque mágico a lo que sale de las manos. Llegamos al fondo de su casa-taller. Nos vemos rodeado de güiros, maracas, baquetas, claves, todo un arsenal de la percusión menor. Me asombro ante las cornetas chinas, que han incorporado hace un lustro y que identifican al carnaval santiaguero. Un maestro en su interpretación, como Joaquín Solórzano, les asesora.

Me contamino del sonido que parece flotar en el aire, que aguarda. Me animo a hacer sonar los abalorios de un chekeré de reciente hechura. La belleza y el color asaltan. Se exhiben con orgullo las fotografías de aquellos que han tocado alguna vez los instrumentos que aquí se fabrican o que los atesoran como un regalo muy especial.

La Vieja Trova Santiaguera se llevó por el mundo claves, maracas y güiros con el sello HC. La lista es larga, es ilustre: Compay Segundo, Eliades Ochoa, Polo Montañez, Buena Fe, Aymée Nuviola, Orlando Valle “Maraca”, Giraldo Piloto, Tony Ávila… y también agrupaciones de primera línea como Los Van Van, Son 14, Anacaona, Sur Caribe, Qva Libre, Morena Son, Sones de Oriente, Azabache, Los Karachi, Maravilla de Florida y la Familia Valera Miranda.

 

Adalberto Álvarez, “El caballero del son”, asoma tocando un güiro de piel de res, pura innovación de este taller. En la pared, en un lugar de privilegio, las maracas que acompañaron al Septeto Santiaguero cuando ganó su primer Grammy. Observo en imágenes a los españoles del grupo La Rambla, a la boricua Olga Tañón, a miembros del Gran Combo de Puerto Rico, al japonés Makoto Sasaki. El francés Daniel Chaterland y el norteamericano Ian Free han incorporado estos instrumentos en sus talleres. Son solo algunos. Los grandes saben elegir, reza un cartel.

 

Ahora te voy a explicar…

Hace un cuarto de siglo giró el destino para Harlem Campos Beltrán, el patriarca de la familia, ex operador de grúas, constructor que cumplió misiones en África y el Caribe. De pronto se encontró sin trabajo y… decidió probar sus manos en otros universos, decidió comenzar con su hermano en la artesanía. En esos menesteres andaba cuando visita la capital cubana.

“Caminando La Habana, me encontré con un artesano que hacía instrumentos musicales, que incluso fabricaba para el grupo Irakere. Conversé un poco con él y me atreví a decirle: ‘amigo, ¿por qué usted no me enseña cómo se hace?. El hombre me dice: mira Oriente, la artesanía es un producto que se transmite de generación en generación, es algo de familia, es algo muy coloso’. Se me queda mirando así, profundamente, y me dice: mira te voy a enseñar…”.

Y un poco en broma, un poco en serio, sobrevino en aquella conversación el famoso tema de don Miguel Matamoros:

 

Ahora te voy a explicar

como se hacen las maracas.

 

Se coge la güira, se le abre un hoyito

la tripa se saca, se pone a secar

y por el hoyito, por buenas razones

se echa municiones, le pone un palito

la raya un poquito

la mueve un poquito

y luego a tocar y ya está…


Maracas de piel de res y cosidas a mano

 

Naturalmente, todo no es tan sencillo ni tan rápido como el alegre son matamorino. De aquel primer rudimento que aprendió sobre la manufactura de las maracas hechas con un güiro natural, ha pasado tiempo. Y comenzó el proceso de aprendizaje, de ensayos. De intentar, de renunciar, de retomar y de triunfar.

Como Harlem es agradecido, evoca aquel día en que el francés Marcel les mostró las maracas de piel de res, hechas por las manos del afamado músico y fabricante venezolano Carlos Emilio Landaeta (1920-1991), conocido como Pan con Queso. Y volvieron los descubrimientos, los intentos de marcar con su sello el instrumento.

“Se toman las piezas ya picadas y tratadas, las ajustas al molde que decidas y empiezas a coser con hilo de caprón. Luego lo dejas tres o cuatro días que se amolden. Descoses para retirar el material y vuelves a coser, todo el proceso a mano. Luego le echas el coctel de semillas, no cualquiera no, ni la misma cantidad, depende del sonido que quieras conseguir. Muchas veces fabricamos ya de manera personalizada, al pedido del músico: si quiere el instrumento más cargado o que suene más ligero”.

Tener los instrumentos listos, recopilar los materiales, conservar los moldes. Medir, cortar, armar, coser, lijar, tejer, pintar, abrillantar, insistir. De la fuerza a la fineza, en viaje de ida y vuelta. Todo dicho así, como al paso.

Vuelven las preguntas cuando me hablan de la “maraca hembra” y la “maraca macho”, según el sonido. El lenguaje es así de sexista. Por mis manos pasan las “municiones”: pequeñísimos fragmentos de metal, semillas de cigarrón (Canna Indica), palmiche o la rojinegra a la que llaman “pepusa”. La selección y la elaboración general ha de ser cuidadosa, porque eso contribuye a la durabilidad. De eso se precian estos instrumentos. Luego viene el diseño y la pintura que incluye motivos inspirados en la bandera cubana, la clave de sol, la marca.

HC Percusión es el nombre con que se promociona la profesional factura de sus productos en diversas plataformas digitales, incluidas redes sociales tan universales como Facebook e Instagram.

“Somos familia y, como en todo colectivo, a veces puede haber sus contradicciones; pero siempre acabamos entendiéndonos”, asegura Nancy Ortiz Ruiz, esposa de Harlem. Ella trabajó durante años en el control de calidad de las llamadas industrias locales (producciones varias que incluyen la artesanía). Las medidas exactas, el uso del color, la apariencia, el respeto por el diseño. Son elementos que fue aportando desde su práctica, aunque afirma que “los alumnos ya la han superado”.

 

Las maracas más grandes de Cuba

Un acontecimiento nos ha traído aquí: la construcción de las dos maracas más grandes de Cuba. Acabadas de terminar, calientes casi. Son piezas de 132 centímetros de largo y hasta 108 de diámetro que hablan del calibre y la proyección de estos artistas. El diálogo lo comparten Harlem Campos Beltrán y su hijo, Harlem Campos Ortiz, técnico medio en electrónica, a quien el amor y la artesanía fueron tendiendo lazos hasta que ya no pudo librarse de ellos:

“Este era un viejo proyecto, un viejo sueño que teníamos y al fin lo podemos realizar. Lo quisimos sacar adelante justo en estos momentos en que la afectación de la pandemia no permite demasiado movimiento. Queríamos romper nuestro propio récord: una maraca de unos 50 centímetros, hecha al natural.

“Estas son unas maracas de piel, cosidas a tres tapas que formarían parte de una exposición de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA). Esperemos que se dé más adelante, para que los artistas puedan plasmar su firma, para que los interesados puedan tocarlas, puedan disfrutarlas. Es una pieza fundamentalmente decorativa, pero estoy seguro que también sonará”.

Harlem Campos, padre e hijo, artífices de las maracas más grandes de Cuba. Foto: Cortesía del autor
 

Calle 5ta., número 32, poblado de Cuabitas, Santiago de Cuba. HC Percusión. Cuando retomo el largo pasillo, cuando me despido de Harlem padre y Harlem junior, de Nancy, Silvia, Osmani, Dayamí y Gabriel; cuando repaso en mi mente cada instrumento, un cubanísimo sonido me sigue, un espíritu impregna el aire.