Israel Rojas: El destino de la buena fe

Magda Resik
29/10/2020

“Quiero mi inocencia
donde nadie la moleste
nadie me la rompa,
 nadie me le arranque
un trozo más.
Quiero la ignorancia necesaria
que evite que me vaya
a buscar el trozo de maldad”.
(Del disco Corazonero)

De la “Carta a los hebreos”, incluida en la sagrada Biblia, llegó la hermosa inspiración: Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Y cuando la fe viene animada por nobles propósitos, no taja la pasión ni la entrega perseverante. Ese arbitrio simbólico se convirtió en la piedra fundacional del dúo musical que unió a Israel Rojas y Yoel Martínez en 1999.

Bautizaron el porvenir como Buena fe y dejaron claras sus aspiraciones: alcanzar un discurso lírico singular y honesto expresado desde un amplio espectro sonoro. Las canciones que nos sabemos de memoria varias generaciones, recorren las sonoridades distintivas de la trova tradicional cubana, pasan por la nombrada Nueva Trova y abrazan las más universales expresiones rítmicas y armónicas hasta la contemporaneidad. Pero siempre con Cuba, alma y sustancia inspiradora. Pero siempre por Cuba, la patria amada a la que confiesan deberse.

Bautizaron el porvenir como Buena fe y dejaron claras sus aspiraciones. Foto: tomada de Juventud Rebelde

Qué le voy a hacer si yo nací en el Caribe mágico

“Ser guantanamero es ser esencialmente caribeño, y esto uno no lo entiende hasta que llega a La Habana”, asegura Israel Rojas. “Porque —y con esto no quiero para nada ofender— hay muchos habaneros que solo conocen La Habana. Pero el guantanamero está obligado a conocer el resto de Cuba, si quiere llegar a La Habana. Entonces descubres, entre otras cosas, qué te diferencia, en primer lugar, del capitalino, y luego, según vas desarrollando tu trabajo, qué te diferencia del resto de las regiones del país.

Lo que más nos resulta identificativo a los guantanameros, y a los orientales en sentido general, es justamente nuestra capacidad mucho más acentuada de ser caribeños.

Recuerdo que cuando era niño, en mi propio barrio, tuve compañeritos en preescolar y hasta tercer grado, que iban al aula, jugábamos en la calle, hablábamos por supuesto en español, dábamos la clase; pero, cuando ellos llegaban a su casa, de la puerta para adentro se hablaba creole o inglés.

Pensé que eso era así dondequiera, y no. Hoy la sociedad de descendientes de caribeños, en Guantánamo, agrupa a muchas familias, es enorme. Entonces, hay un grupo de componentes caribeños que se te meten por los poros.

Incluso musicalmente…

Principalmente desde el punto de vista musical; en la música es esencial. Pero también en la comida, en el gusto, en el habla. Nosotros, los santiagueros y los guantanameros, somos de una misma región geolectal. Eso lo aprendí después con los años, que Cuba tiene varias regiones geolectales. Y hablamos como hablamos, porque así mismo es como los francófonos caribeños hablan el francés, o los puertorriqueños y dominicanos hablan el español o como los jamaiquinos hablan el inglés.

En fin, hablamos de manera descuidada el idioma, porque es la suma de muchas geolectales, le decimos a las cosas lo que no es y formamos lo de nosotros cuando estamos en familia.

A mí me bastan dos días en mi tierra. Para mí el 31 de diciembre y el primero de enero son sagrados con la familia en Oriente y el día tres cuando regreso de Guantánamo, hablo y la gente me dice: “Oye, utiliza las eles, pronuncia bien”.  Esa conciencia uno no la tiene hasta que empieza a chocar con otras regiones y a darse cuenta de cuáles son los elementos comunes. Y, por otro lado, hasta que empiezas a hacerte un guantanamero por convicción.

El que me abrió las puertas para ser un guantanamero por convicción, fue Regino Boti. Desde su poesía y su interpretar el ser guantanamero —nada más y nada menos que a principios del siglo pasado—, te envuelve, te arrastra, te convence, y te hace sentir muy orgulloso de haber nacido justamente en aquel hervidero de tantas culturas y maneras de ver el mundo. Sobre todo, te dice: jamás te sientas con vergüenza de ser de aquí, porque tú deberías de estar orgulloso de ser de aquí no mesiánicamente: oh, estoy orgulloso de ser de aquí, porque el mar y la montaña, porque hay un salitre que te mata y un calor del cará, no es por eso; es por este grupo de cuestiones culturales que hacen de ese sitio un lugar mágico y maravilloso, si estás adentro y lo quieres ver.

Buena Fe en concierto en el teatro Karl Marx presenta su producción discográfica “Carnal”. Foto: Ismael Francisco, Cubadebate

Guantanamero de nacimiento y por convicción. Y allí deben permanecer las causas de haber elegido el camino del músico y del arte. Roberto Fabelo dibujaba de pequeño con cualquier cosa y sobre los soportes más insólitos. ¿Le pasó a Israel Rojas lo mismo con la música?

La radio, fue la radio. Tenía un tío que se pasaba el día entero escuchando la radio, tanto en onda media como en onda corta. Él era muy fanático de la música salsa. Y justamente allí, en Guantánamo, confluyen todas las emisoras, las de Colombia, las de Venezuela, las de República Dominicana… nuestros vecinos. Por supuesto, me vine a enterar de que el rock and roll estuvo prohibido un tiempo porque me lo contaron los habaneros. Yo sí tenía a la Base Naval al lado echándome rock and roll veinticuatro horas al día.

En mi casa siempre se ponía la televisión. Había dos canales, el seis y el cinco, que era como se decía allá, y un plus, que era el canal de la Base. Nosotros, los guantanameros, veíamos La mujer maravillaEl increíble Hulk… todas esas cosas porque las ponían en el canal de la Base; y si daban propaganda contra la Revolución, yo no me enteraba porque era en inglés. Veíamos las series y oíamos la música, sobre todo los programas musicales.

Dial es la evocación de esa radio y del proceso formativo que para mí en lo musical fue la radio. Foto: Tomada de Internet

Entonces, desde niños se nos pegaban las sonoridades. Mi tío era muy dado a tararear las canciones que se le iban pegando y yo, desde chiquitico, lo imitaba, y nunca me podía faltar la radio. No es por gusto que en el año 2013 nosotros hicimos un disco que se llamó Dial.

Dial es la evocación de esa radio y del proceso formativo que para mí en lo musical —primero en lo musical, luego en el resto de las cosas—, fue la radio.

Sigo creyendo que la programación de radio en Cuba es bastante buena, muy completa, informativa y formadora y sigo creyendo que es una lástima que ya la juventud no escuche la radio.

Y la radio tiene su misterioso encanto…

Para mí tiene toda la capacidad de imaginar posible. Mi mamá me castigaba porque yo era un estudiante bastante travieso y, además de los pescozones que me daba —que menos mal que me los dio—, me castigaba: hoy no vas a ver las Aventuras, te vas para el cuarto, y eso para mí era una desgracia, hasta que descubrí que en el cuarto estaba el radio. Nunca se lo dije, pero fue así.

Me iba para allí y con un trozo de ventilador que era como el micrófono, me ponía a imaginar, a soñar, a cantar lo que se me ocurría contenidamente porque, si mi mamá me oía, probablemente me pasaba para otra parte de la casa. Guardo muy buenos recuerdos de esa época.

Las madres quieren mucho, pero si te castigaba era porque…

Porque yo era de anjá. Cuando digo estas cosas mi mamá se pone triste, se le humedecen los ojos; pero yo soy… Tú sabes que los escultores, a cincel y martillo, crean su obra y yo soy la escultura de mi madre.

Un poeta te acompaña, te ronda, te hace soñar… y así nos regalas los versos que todos tarareamos. ¿Qué explicación le das a la poesía a estas alturas?

Vuelvo otra vez a mi familia: mis abuelos eran iletrados, los alfabetizó la Revolución; a mis padres, desde muy chiquitos, fue el proceso revolucionario el que los arrastró: los mandó a la beca, a mi papá lo hizo lo que es, a mi mamá también, y así pasó con mi tío también. Era una familia de ex becarios, fans a reunirse sentados a la mesa para conversar, despalillar un discurso, la novela, todas esas cosas…

Además, mi mamá era profesora de preuniversitario cuando aquello, y desde muy chiquitico andaba con ella de la mano, de aula en aula. Esa manera de comunicarte, de siempre estar atento a lo que se dice, de participar y meter la cuchareta, siempre fue muy orgánica en mi caso.

Un buen día, siendo adolescente, descubrí que se me daba bien aquello de hacer canciones, y empecé como un juego, con los amigos, como casi siempre ocurre con los adolescentes. Pero aquello se convirtió en un vicio. Las canciones trataban de que los amigos me quitaban las novias, del amigo que me ponchó en la pelota, cosas así. Y luego, cuando fui mejorando, fui ascendiendo académicamente, pues fueron reflejando mis preocupaciones. La canción, no la poesía, la canción.

Hay amigos que me han dicho: caramba, ¿por qué no te dedicas a escribir poesías? Porque le tengo pánico, le tengo demasiado respeto. Me expreso con mayor libertad en la canción, o sea, esa palabra que viene acompañada de la melodía; de cómo me gustaría que sonara; que la melodía vaya contando el estado de ánimo que va dictando la realidad.

¿Pero cómo empieza la canción? ¿Por un motivo musical o por una reflexión sobre la realidad que vives y observas?

Puede ser musical, pero casi siempre es una idea. De pronto me conmueve una contradicción social y arranco a cantarla… mi cabeza comienza a cantarla. Por ejemplo, tus hermosos ojos me llegan al corazón, y de pronto ya lo estoy cantando por dentro de mí. Y así va naciendo la canción.

A veces es el resultado de la reflexión, pensando, dándole vueltas a una idea: caramba, ¿por qué pasa esto?, debe ser por esto, debe ser por aquello. Y de pronto, descubres un resumen, una tesis que te cabe en una canción.

Lo más difícil en este oficio para mí, es ser capaz de tener la voluntad. Imagínate que por cada canción que nosotros editamos, que me atrevo a sacar al público, y Yoel y yo decidimos que le vamos a hacer un arreglo y la vamos a promover… por cada una de esas canciones hay un promedio de treinta o cuarenta que fueron quedando en el camino. Intentos que no llegaron a ser canción, en los que te va la piel.

Lo más difícil en este oficio, y en mi caso particular, es tener la voluntad, cada vez que voy a emprender el intento, de no dejarme derrotar por saber que va a ser un acto fallido, sino tener la esperanza de que esta vez sí va a ser una buena canción.

¿Cuándo vale la pena? ¿Cómo te das cuenta de que puedes mostrar una canción en público?

El sentido común me dice que sí, que está bien, que eso necesito decirlo porque si no, reviento. A veces es Yoel quien me dice: “No, ¿pero cómo tú vas a hacer eso?”, o mis músicos, que me dicen: “Pero si eso está buenísimo.” Y yo: “No, todavía no.”

Me dedico a este oficio, pero tengo un tremendo miedo escénico de pararme ahí a cantar, porque yo vivo con el complejo real —que no es un complejo, que es real— de que yo no soy cantante; o sea, a alguna gente le gusta como yo canto, pero realmente…

¿Que tú no eres cantante?

A ver, cantante de bodega tal vez… Cantantes son los grandes de este país. Yo defiendo con dignidad las cosas que se me ocurren; digamos, si a mí alguien me propone un día interpretar un disco de otro compositor, no podría. Puedo cantar una canción por respeto a ese compositor, porque lo quiero, porque admiro esa pieza, porque creo que está en mi tesitura y me va a quedar bien, pero defender la obra de otro no podría, porque sé que no tengo para eso; pero la mía sí, porque en esa me va la piel, me va la vida.  Cuando no es así, ¡me muero de la vergüenza! Es la verdad.

Buena Fe en concierto en el teatro Karl Marx presenta su producción discográfica “Carnal”. Foto: Ismael Francisco, Cubadebate

Cada vez que das una entrevista, te refieres a tu compañero de siempre, del viaje creativo, y a tu grupo. ¿Entiendes la creación como un acto colectivo?

Yoel y yo somos hermanos por parte de la guitarra. Este proyecto sería impensable sin que él me hubiese propuesto un día: ¿por qué no hacemos algo? Te digo, me hubiera dado una vergüenza tremenda dedicarme a esto que me dedico, si no fuese porque Yoel me compulsó y me convenció. Y no solamente por eso, sino porque realmente se da en Buena fe un proceso de creación colectiva agudo y muy serio.

Hay creadores que son autárquicos, capaces de producir, hacerse sus videoclips, sus arreglos. Eso lo aplaudo tremendamente; los conozco, los adoro y los envidio sanamente. Pero yo sé cuáles son mis limitaciones en este oficio. Llegué tarde a la música, me vine a dedicar a esto con 27 años, cuando ya un músico casi siempre a esa edad está consagrado.

Me trajo aquí la canción, pero ella es capaz de no atrincherarse. La canción es capaz de decirle a otra gente: embellézcanme. Es lo que he hecho junto con Yoel Martínez.

Yoel no es uno ahí que te hace la pala, no, no; yo soy el más jaranero y el que más la gente coge para estas cosas, pero, honestamente, sin Yoel este proyecto sería impensable.

Martí siempre habló de la gratitud como una de las virtudes que más valoraba. ¿En qué se ha convertido para ti el Apóstol de Cuba?

Tuve una profesora en la Universidad, que ya falleció, a quien siempre consideré mi segunda madre. Uno en la vida tiene muchos nacimientos. Teresa fue una de las gestoras de esos nacimientos míos. Ella nos enseñó a un grupo de estudiantes, cuando estábamos en la Universidad, en la Academia Superior del Minint de Santiago de Cuba, a amar el pensamiento martiano como brújula existencial, desde para partir una cebolla hasta para afrontar la educación de los hijos.

Una vez le dije: “Profe, usted sin querer ha hecho que, para mí, que soy un ateo convencido, Cuba sea mi templo y Martí sea mi religión.” Martí es para mí esa consulta obligada cuando no me salen bien las cosas; cuando no hago bien las cosas; cuando me enfrento a determinados procesos personales.

Estudio la obra martiana. Tengo las Obras Completas, y no hay un año en que no pueda decir que por lo menos dos tomos los estuve hojeando, releyendo. Sí, definitivamente para mí Martí es muy importante.

¿Qué estoy haciendo aquí, amando este país como a mí mismo?

Además de ese lirismo y la intensa espiritualidad relacionada con lo cubano que aflora en tu música, el humor es una constante en tu obra, la jocosidad al enfocar la vida cotidiana, la fina ironía que te acompaña en la observación de la realidad. ¿Qué explicación le das?

Es que la vida es eso: pasar por los charcos más hondos con una sonrisa en el alma, no en los labios. Ser capaces de reírnos de nosotros mismos. Osvaldo Doimeadiós que es un tipo al que admiro mucho, decía que eso ha sido un bálsamo y en ocasiones una desgracia, porque a veces reírte de ti mismo no te permite auto-valorarte y aquilatar bien cuáles son tus virtudes y cuáles tus defectos para poder superarlos.

Pienso que la vida no siempre me trató con amabilidad, no siempre fue, digamos, bondadosa. Y ser capaz de no perder el buen humor me mantuvo cuerdo y con la esperanza de que el mañana sería mejor.

Lo he trasmitido así en mi trabajo. He buscado la manera de tocar con elegancia y humor, con picaresca, esa temática a veces más sórdida, difícil y compleja. Desde Psicología al día, que fue el tema más en esa cuerda de aquel primer disco que se llamó Déjame entrar, el primero que nos puso en el mapa, aquello de que te atraparé por el cuello y te lo voy a apretar, era justamente eso, como una ironía.

Desde entonces y hasta hoy siempre asoma esa mirada digamos simpática, divertida, jocosa, de poner a pensar a la gente también con una sonrisa en los labios.

Cuando disfruto de un concierto de Buena fe en un espacio como el teatro Karl Marx o en una plaza, me admira observar al público que convocan, de diversas edades, pero sobre todo jóvenes. Cuando te enfrentas a esa multitud ¿te sientes responsable?

Sí, es cierto que soy muy responsable. La verdad es que cuando estoy en un teatro como esedeseo sobre todo que cada uno de esos momentos que propiciemos pueda ser inolvidable para el que está allí, y trato de que ese instante pueda ser único.

Al llegar a esos conciertos grandes, voy con la voluntad de tratar que ese hecho artístico nos quede musicalmente bien y sin grandes pamplinas escénicas; sólo intentar llegar al corazón de la gente. También soy muy duro cuando nos equivocamos, muy duro conmigo mismo y con los muchachos, porque nos lo tomamos realmente muy en serio. Pienso asimismo en la gente que no cree en nosotros, porque en la vida tú vas generando fe en lo que haces y también desencuentros.

Y eso mismo pasa con nosotros. Hay gente que expresa: “Él dice todo eso porque venía de la Seguridad del Estado, él defiende esas ideas porque se lo permitieron.” Y te ven manejando y dicen: “Sí, claro, desde ese carro, cualquiera.” Y alguna gente lo que no sabe es que cuando Yoel y yo llegamos aquí a La Habana, pasamos más trabajo que un forro de catre. Nosotros tenemos la licenciatura en pobreza con un post grado en miseria; pasamos realmente muchísimo trabajo para ir logrando lo que fuimos logrando, que no todo fue fácil. Tuvimos incomprensiones como casi todo el mundo y recuerdo cuando un director de teatro que hoy es nuestro hermano, nos dijo: “No pueden cantar esta canción de Frank Delgado” y le jugamos cabeza y la cantamos bien. O sea, nosotros también nos arriesgamos a hacer lo que tenemos que hacer. 

Porque Frank Delgado estaba en su casa pasando tremendo trabajo, pudiendo haberse ido para el c… Entonces me está dando una lección de honestidad.  Puedo incluso no compartir lo que él dice, hay aspectos de su pensamiento con los que no coincido, pero en lo que coincido me va la piel.   

La patria es de todos, vamos a hacerlo.  Si hay algún punto en el que luego tú solo te alejas, ese es tu maletín, pero yo te abrí mi corazón, vamos a trabajar. Después viene la gente: “Ah, claro, sí, porque seguro te mandaron”. No me mandó nadie, fui y le toqué la puerta al tipo: ¿podemos hacer esto?  Sí, vamos a hacerlo, vamos a meterle, sin fanfarronería, sin lío. Mi revolución soy yo; la hago todos los días. Y lo que me gano está bien, y los líos en que me meto, ya veré cómo los resuelvo. Lo que pasa es que cuando me meto en líos con alguien, no pienso que con ese que me meto en líos es mi enemigo; ese es mío.

Yo le creo al que me dice que no por convicción, porque cuando me diga que sí, me lo va a decir por convicción. Pero aquí hay mucha gente que te dice que no, no por convicción; te lo dice por conveniencia. Esa es la verdad también. Te toca combatir el fenómeno, no al hombre. Los hombres pueden ser perfectibles.

¿Cuáles son las razones de Israel, las que le permiten enfrentarse valientemente a lo mal hecho en su país y a la hostilidad y el ensañamiento de quienes no comparten su fe en esta Cuba?

Ahorita te comentaba sobre cuál es mi origen familiar. Un buen día aprendí a golpe de cuestionamientos de ese tipo, políticos, que yo no sé con quién voy a quedar bien, pero sí sé con quién no quiero quedar mal. Y no quiero quedar mal con mis abuelos, con mis padres, con mi origen social. No quiero que mis nietos regresen al estado en que vivían mis bisabuelos. He comprendido o creo comprender que eso es perfectamente posible.

En la medida en que he ido a otros países de América Latina, que he visto a nuestros países pobres, me doy cuenta de que si Cuba pierde esta pelea contra los demonios —que cada día es más grande, más difícil— se pierde la nación. Cuba pertenece al Caribe, no tiene petróleo, no tiene grandes recursos materiales. El recurso más valioso que poseemos somos nosotros mismos. Esa es una verdad como un templo. 

¿Qué nos quedaría para retroceder, para que mis bisnietos sean como mis bisabuelos? Justamente que se apliquen en Cuba un grupo de políticas que ya sabemos cuáles son, que hacen, por ejemplo, que República Dominicana —el país macroeconómicamente de mayor crecimiento en América Latina—, tenga niveles de pobreza verdaderamente escandalosos.

Entonces mi compromiso es por convicción. Si estoy equivocado, perfectamente lo acepto, ya lo dirá la vida.  No se lo impongo a nadie, no hago proselitismo, pero esa es mi convicción.  Sí creo que hay que vivir tendiendo puentes, ser capaces de compartir con otras verdades que no son las tuyas; ser capaces de intercambiar, de convencer.

¿Y qué es lo que nos aglutina?

¿Tú dices a los cubanos?

Sí. Todas esas verdades diversas ¿en qué punto confluyen?

Lo que debe ser como bien tú dices aglutinador, es la esperanza de que podemos construir algo mejor, de que podemos ir hacia un sitio mejor, desde este país. Porque emigrar… se puede emigrar de muchas maneras, cambiando de país o cambiando de realidad, emigrar para adentro, como dicen algunos amigos. Hay gente que se desconecta de la realidad desde Cuba y eso es como emigrar. Conozco a quienes hacen más por Cuba desde Miami, desde Nueva York, desde España, desde cualquiera de los muchos lugares a donde va a dar nuestra gente.

Tengo un verso de una canción, de esas que nunca ha terminado siendo canción, que dice: por desgracia, a veces, o por suerte, admiro más a quien se va de aquí detrás de su utopía que a quien se queda y solo ve lo malo de estar en Cuba libre.

Si te vas a quedar, tienes que conectarte con tu realidad y tratar de legarle a tus hijos un cachito de realidad mejor, un pedacito de vida un poco mejor que la que te tocó a ti y que alcanzablemente tú seas capaz de lograrlo porque eso solo se hace sembrándoles valores.

Sabemos que tu papá te puede dar un televisor Samsung o LG y, dentro de diez años, eso es un tareco; pero un valor es imperecedero. Eso va a estar contigo toda la vida. Hay muchas maneras de tener hijos; hay hijos biológicos e hijos espirituales. A veces tus hijos biológicos lo son, pero increíblemente tú influyes más en otro que a lo mejor es del barrio, el “condenado” ese del barrio que vive jodiendo y haciendo bulla afuera, pero que cuando tú le hablas, le das un consejo, le regalas una pelota… inicias una influencia en él determinante.

Tienes muchos hijos espirituales, que cantan las canciones de Buena fe…

Bueno, eso intentamos. En mi barrio trato todos los días de influir en ellos para cargarlos de valores, que sean capaces de entender que solo conectados con su tiempo y su realidad es posible transformar las cosas. Eso es lo que aprendí de Martí.

Buena Fe. Foto: Internet

Lo interesante es que una canción te motive a la reflexión

¿A medida que pasa el tiempo el público exige más? ¿Es como tener un látigo encima?

Es un látigo, sí.

Sin embargo, me confesaste que desechas mucho de lo que escribes porque también tú te vuelves cada vez más exigente. ¿Cómo sostener esa productividad creativa desde la calidad?

Trabajando muy duro todos los días. Realmente no tengo tiempo, te lo digo de verdad. Tú no te imaginas la cantidad de gente que yo me pierdo porque no tengo tiempo; amigos que podían ser mucho más amigos, gente a la que quisiera acompañar más, estar más cercano. Me acuesto a las dos y tres de la mañana todos los días, trabajando, escribiendo, preparando cosas… Me pongo metas con mis músicos de presentarles al siguiente día algo para poder trabajar, para reinventarnos, para crear algo distinto, porque esto es esclavizante, pero es apasionante.

Pero de verdad que no hay algo mejor como cuando nosotros terminamos un tema y nos decimos: ¡Deja que esto salga mañana! Nos llena de tanta emoción, de tanta alegría.

Tampoco asimilamos la creación como el salto de altura de Javier Sotomayor porque si lo ves así, hay un momento en que hay un límite de posibilidades. Nuestro deseo es ir acompañando al público en el tiempo que nos ha tocado vivir, y hacer en cada momento lo que en cada momento pudimos sacar mejor de nosotros. Es la única fórmula de no parecer repetitivos y a la vez evolucionar hacia nuevas áreas creativas que sean convincentes para nosotros y para nuestros seguidores.

Buena Fe fue al principio el nombre, pero las explicaciones de la buena fe siguen evolucionando en el tiempo. ¿Por qué Buena Fe? ¿Por qué de buena fe?

Cuando comenzamos no teníamos más que una guitarra y dos voces y mucha buena fe. En aquel momento le dije a Yoel: “Mira, vamos a ponerle Buena Fe”, y le di mis razones. Él comentó: “Chico, me gusta, porque en la Biblia he leído en el versículo tal que la buena fe es la certeza de lo que no se ve…”. Algo así, muy bonito que él siempre explica muy bien porque él es el que se lo sabe. Y me gustó ese espíritu, me gustó esa manera de él.

Luego arrancamos a trabajar. Cuando las cosas empezaron a ir para mejor y a funcionar mejor, siempre pensábamos en la buena fe. ¿Pero sabes qué? El nombre, que al principio fue complicado, se ha vuelto un concepto a defender, se ha vuelto también un prisma por el cual se puede tocar cualquier temática, de cualquier índole, política, social, humorística, de pareja… por el cual mirar la vida, y marcar el destino. Y así fue como el nombre se fue volviendo para nosotros importante. Definitivamente hoy, ese concepto de la buena fe es la brújula que guía nuestro trabajo.

Sé que no está muy de moda la buena fe. Ahora la onda de ser transgresores de la realidad, de toda esta historia, hace que a veces las cosas, al ponerles demasiada buena fe, pierdan el interés comercial. Pero para eso estamos aquí: para encontrar, incluso donde parece que no hay, filones comunicacionales para las temáticas que menos venden, de manera que cuando la gente se asome, todavía pueda encontrarse cosas interesantes.

Cuando nos decidimos a poner algo en circulación, a defender una canción, es porque nos va la piel en ello, convencidos de que hemos logrado una casa con muchas puertas, para que cada cual entre y salga por donde más le guste y sobre todo poner ideas en circulación. Lo interesante es que una canción te motive a la reflexión.

Una canción, si divierte, es buena: también es importante divertirse; si hace reflexionar, para mí es una maravilla; si además de divertirte y reflexionar te emociona, ya está hecho el trabajo. Cada cual se emociona y reflexiona con cosas que uno ni sospecha; pero las canciones son eso: alquilar un servicio público para el pensamiento, para que cada cual sobre todo crezca. Que nadie espere de nosotros una canción que, a la vuelta de hacerse pública, pueda servir para que las personas se hagan daño. 

Justamente así es como enfocamos la creación, con tino, con muchas garras y ganas de atacar lo atacable, pero con gran responsabilidad para que mañana, cuando cambien las circunstancias de eso que estás atacando, la gente todavía se asome a la canción y la vea con cariño.

Cada vez que me paro frente a la computadora, me digo: qué va, hoy no voy a escribir nada. Y me acuerdo de mi mamá soplando la hornilla de carbón para hacerme un pudín de boniato con coco. Voy, me tomo un café, me vuelvo a sentar frente a la computadora, y pienso en la mamá de mis hijos, que ojalá no le tenga que tocar otra vez soplar una hornilla para hacerle un pudín con coco a sus hijos. Y me digo: “Mire, déjese de bobería, que todo lo que hemos avanzado hasta hoy lo logramos porque un día hiciste una canción que sirvió. Tú no sabes si esta noche vas a componer la que va a servir el año que viene.”  Y ahí le meto duro y, poquito a poco, van saliendo las cosas.

“Cuando nos decidimos a poner algo en circulación, a defender una canción, es porque nos va la piel en ello”. Imagen de la portada del disco Carnal.