José Martí, por un realismo ético

Luis Rey Yero
25/1/2020
Sin título, Aldo Soler, 2003, acrílico tela.
 

José Martí vertió todo un sistema eidético acerca de la literatura y el arte en función del mejoramiento humano y las circunstancias epocales en que vivió. Por su profundidad y alcance, mantiene plena vigencia ante los intentos de crear un mundo unipolar que impone el pensamiento único globalizado moldeado a imagen y semejanza de las apetencias del mercado neoliberal. Como se conoce, una parte sustancial de la seudocultura artístico-literaria de hoy transita por las estrategias del mercado, a partir de modelos rigurosamente diseñados por las industrias transnacionales del ocio para el consumo de públicos diferentes, desde la más masiva hasta aquella dirigida a una élite selecta poseedora de altos ingresos. Son esas seductoras golosinas de los mass media de que hablara el periodista español, especializado en el estudio de los grandes medios, Ignacio Ramonet, capaces de crear a escala planetaria gustos y preferencias “culturales”.

Para Martí la creación artístico-literaria debe estar guiada por nobles ideales éticos y estéticos; y, aunque no lo consideró un medio didáctico, sí precisó en más de un comentario la alta responsabilidad que tiene el intelectual ante su obra, donde debe primar la efectividad social, el humanismo y la sinceridad expresiva. Resultan esclarecedores los criterios que vertió acerca de la creación poética y la necesidad de mantener los vínculos con sus circunstancias.

Este hombre continental de todos los tiempos, dotado de una exquisita sensibilidad humana y artística, buscó también la perfección del instrumento expresivo. Para él, dominar y proteger la lengua constituyó un deber ineludible, al igual que el de conocer cabalmente los grandes temas latinoamericanos forjadores de nuestra identidad latinoamericana. Sobre el particular, el estudioso cubano Juan Marinello aseguró que Martí tiene un concepto político de la lengua: mantiene que esta debe acoger los elementos fecundos, sin denuncia de su básica estructura, a fin de que sea un vehículo de unidad y de lucha para los pueblos hispanoamericanos.

Como intelectual del “tercer mundo”, según la definición dada por el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar, su visión de la cultura fue “tercermundista” al defender los valores esenciales que rigen los destinos de una gran parte de la humanidad ubicada en la periferia de quienes toman decisiones planetarias, aunque no se puede absolutizar tal concepto limitado por su impronta más ideológica que estética. El Apóstol llegó a inaugurar una nueva concepción del arte y la literatura al no soslayar las diferencias ideológicas de quienes desean construir una sociedad emancipada y aquellos otros que imponen la filosofía del despojo. Dejó trazada una nueva era sobre política cultural en nuestra América.

Sin ser precisamente un continuador de las doctrinas filosóficas de Marx y Engels, su capacidad de análisis sobre las luchas de los pueblos de nuestro continente lo condujo, por la vía de la praxis revolucionaria, hacia una estética más acorde con las circunstancias históricas definidoras de Nuestra América ante el arribo de los Estados Unidos a su fase imperialista.

Con clara visión de futuro, toda su obra está impregnada de la necesidad de forjar arte y literatura latinoamericana, abierta a lo mejor de la cultura universal, pero alimentadas de sus raíces autóctonas. Martí no solo previó el peligro del imperialismo norteamericano en las esferas económica, política y social sino, incluso, en lo referente a los gustos y preferencias estéticas. En definitiva, avizoró las nuevas formas de subordinación cultural cuando rechazó las apostasías en literatura al preparar con flojedad los ánimos para las venideras y originales luchas latinoamericanas. Al respecto argumentó: “así comprometen sus destinos, torciéndole a ser copia de historia y pueblos extraños”. Y precisó ya en la madurez que hay quienes pretenden ver nuestras cosas “con antiparras yanquis o francesas” y anhelan hacer de nuestros pueblos “una máscara con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España”.

 Del Bravo a la patagonia, Gilberto Frómeta, 1973, mixta tela.
 

En Martí es esencial subrayar sus nexos con los ideales de un humanismo más integral, donde se exalten la armonía entre hombres y mujeres, entre pueblos y la que ocurre en el ser humano al consustanciarse con la naturaleza. Su visión del mundo se regía mediante cierto postulado de equilibrio, reflejado a través del periodismo, la tribuna o el diálogo íntimo de la epístola, manteniendo como trasunto el destaque de lo mejor y más progresista del ser latinoamericano; de ahí que rechazara la literatura naturalista por detenerse en los vicios y debilidades humanas. En ese sentido, hablaba de la guerra como una primera vía necesaria para conquistar el equilibrio inexistente en el régimen colonial español y, después, frenar las apetencias de Norteamérica, verdadera amenaza para la tranquilidad y prosperidad de los pueblos.

Se ha hablado del insigne cubano como crítico de arte o como escritor al servicio de los pueblos de América Latina, que concibió como su patria grande. En la generalidad de sus valoraciones estéticas hay un componente de esencia ética y patriótica. Cuando ponderaba una obra de baja especificidad artística, pero de alto contenido humano, acostumbraba exaltar sus virtudes, pero sin dejar de señalar las carencias. Hay un ejemplo elocuente. Cuando el Mayor General espirituano participante en las tres guerras independentistas, Serafín Sánchez Valdivia, compila una serie de poemas elaborados por mambises en tiempos de beligerancia, le solicita a Martí le haga la presentación. La obra se conocería después con el nombre de Los Poetas de la guerra y es Martí quien comenta en sus palabras introductorias:

Su literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían. Rimaban mal, a veces, pero sólo pedantes y bribones se lo echarán en cara: porque morían bien. Las rimas eran allí hombres: dos que caían juntos, eran sublime dístico: el acento, cauto o arrebatado, estaba en los cascos de la caballería. Y si hubiera dos notas salientes entre tantos versos de molde ajeno e inseguro, en que el espíritu nuevo y viril de los cubanos pedía en vano formas a una poética insignificante e hinchada, serían ellas la púdica ternura de los afectos del hogar, encendidos, como las estrellas en la noche, en el silencioso campamento, y el chiste certero y abundante, como sonrisa de desdén, que florecía allí en medio de la muerte. La poesía de la guerra fue amar y reír.

Es obvio reconocer en este pasaje que en Martí toda valoración estética tiene dosis de preocupación política; como se reconoce también un trasfondo ideológico de carácter patriótico bajo los anhelos de resaltar las cualidades humanas de quienes luchaban por la independencia de Cuba. Desde ese prisma exaltó igualmente las cualidades virtuosas de los pueblos de América Latina. Martí, que fue ante todo un líder de pueblos, oteó más allá de su época a partir de su praxis revolucionaria y penetró en esferas del conocimiento actual donde la necesidad de una toma de conciencia por una identidad continental se hacen cada vez más necesarias. Al igual que en su época previó los peligros que entrañaba la imposición de una cultura ajena a quienes viven al sur del río Bravo, hoy son mucho más actuales sus llamados de fortalecer la identidad de Nuestra América.

Esa visión cada vez más realista y adelantada a su tiempo se debió, en lo fundamental, a la postura dialéctica que adoptó ante los problemas gnoseológicos del momento. El propio investigador francés Nöel Salomon, ante la imposibilidad de encasillarlo en determinada tendencia filosófica a la manera europea, en tanto pertenece a otro mundo, decidió definirlo bajo el concepto híbrido de idealismo práctico. De modo que su praxis cotidiana lo alejó de todo ejercicio especulativo y metafísico y lo acercó a los problemas neurálgicos del continente. Comprendió la necesidad urgente de crear la conciencia colectiva de patria, tan inherente al concepto de cultura. Precisamente hoy están en riesgo todas las naciones que —con sus culturas propias— componen la unidad geográfica latinoamericana. Esa unidad en la diversidad se fragmentaría con las cada vez más peligrosas concesiones hechas al gran capital norteamericano. Nuestra América pudiera convertirse en bantustanes regidos por la cultura de masas más espuria.

A un creador que expone como principio rector que “la poesía ha de tener la raíz en la tierra y base de hecho real” no se puede menos que catalogarlo como un intelectual al servicio de su tiempo. Su concepto del arte se mantuvo muy alejado de lo especulativo y, sin abandonar la visión latinoamericanista que insufló a toda su obra, presentó también una preocupación humanista a escala planetaria. Pero para el Héroe de Dos Ríos no es suficiente describir lo humano, sino su posibilidad de perfectibilidad. Desde esa óptica rechazó la literatura de Emilio Zola y ponderó las de Balzac y Flaubert. No aceptó como norma de creación la literatura naturalista sumergida en los vicios y defectos humanos a través del presupuesto de la tara hereditaria que preconizaba el escritor francés. Para el Maestro, el seguidor de esos postulados no es más que un “poeta de las alcantarillas (que) debe su fama a lo que hay de más bajo y triste en la naturaleza humana”.

Con esta postura, Martí rechazó dar reconocimiento al naturalismo cultivado por Zola como expresión genuina de la realidad. Para él tal tendencia “no viene a ser, en suma, más que el nombre pomposo de un defecto: la carencia de imaginación”. Y concluye categórico: “entre los naturalistas y los que no necesitan serlo, hay la misma diferencia que entre los pintores copistas y los creadores”.

El ensayista martiano Juan Marinello, al referirse a la sustancia realista del gran escritor, estableció medulares diferencias al comentar que Martí se alzó sobre el realismo naturalista de su día, parcial y biologista, para acercarse al buen realismo de su posteridad, tan amplio y profundo que, al encarar lo circundante en todos sus costados —en su dinamismo y en su ímpetu—, acogió la presencia de las fuerzas que pugnan por la transformación social.

Tal criterio se corrobora con el breve, pero sustancial, comentario que publica acerca del reconocido fundador del realismo, el francés Gustave Courbet (1819-1877), batallador que defendió al proletariado y pintó obras donde prefirió abordar los temas tomados del contexto social sin retoques folcloristas o neoclásicos, muy alejados de los temas elevados de la época como los religiosos, históricos, mitológicos y retratos de las clases altas:

Sigue un estudio sobre Courbet, espíritu sincero en mente montañosa, pintor leal de lo doloroso y lo pujante, enemigo rudo y burlón de lo convencional y de sus criaturas, batallador de suyo, por no haber hallado el mundo real conforme al ideal, y poner su ímpetu en echar abajo los obstáculos que impiden a su juicio aquella final y maravillosa, yuxtaformación; batallador terco, de ver tanto la lidia en sí, llegó a ver siempre batalladora a la Naturaleza, y de ver las injusticias sociales, vició en ellas sus ojos, y a la Naturaleza misma pintó en sus horas devastadoras y aparentemente injustas.

Al referirse a los pintores del movimiento impresionista contemporáneo a él, llegó incluso a afirmar su validez en oposición a las normativas académicas en uso cuando señala que “son los pintores fuertes, los pintores varones, los que cansados del ideal de la Academia, frío como una copia, quieren clavar sobre el lienzo, palpitante como una esclava desnuda, a la naturaleza”. Y más adelante expone una vez más el valor realista del movimiento al referirse al origen del buen naturalismo del movimiento:

Los pintores impresionistas vienen ¿quién no lo sabe? de los pintores naturalistas: -de Courbet, bravío espíritu que ni en arte ni en política entendió de más autoridad que la directa de la Naturaleza; de Manet, que no quiso saber de mujeres de porcelana ni de hombres barnizados; de Corot, que puso en pintura, con vibraciones y misterios de lira, las voces veladas que pueblan el aire.

De todo esto se infiere, como mensaje de actualidad, que Martí desdeñó ciertas fórmulas de realismo por su limitada visión de conjunto donde no se tiene presente la función eidética y social de la verdadera obra de arte. En fin, como señala la investigadora María Poumier en Aspectos del realismo martiano, el Maestro constituye el caso más interesante para observar la pluridimensionalidad del valor realista. Aunque valorado desde la perspectiva de la estética contemporánea, su visión llegó a intuir que la creación intelectual tiene un carácter polifuncional.

Batalla inmortal, Antonio Mariño, 2003, acrílico tela.
 

Se puede sustentar que el ideario estético martiano constituye un paradigma a seguir en tanto se mantienen las condicionantes históricas que hicieron de José Martí un convencido antimperialista y latinoamericanista. La obra magna que aspiraba forjar con la unidad de todos los pueblos de Nuestra América aún está por constituirse. La gran patria continental que durante más de un siglo se ha convertido en utopía del pensamiento ilustrado, en la actualidad vive momentos de extremo peligro ante un neoliberalismo diseñado para desmantelar no solo la economía, sino, ante todo, devastar formas de creación autóctonas alimentadas por escritores y artistas de distintas generaciones. La praxis revolucionaria y el rol protagónico que siempre otorgó el Apóstol cubano a la creación artístico-literaria como vehículo transformador de una realidad inaceptable, aún mantienen vigentes sus postulados, delineados a través de una estética participativa, popular y de largo alcance social.